miércoles, 19 de septiembre de 2018

Lunático

(Imagen extraída de la red Internet)

Benito era… entrañable. Sí, ese es el adjetivo que tanto se me resistía cuando dudaba entre escribir estas líneas o no hacerlo; el que mejor le define, sin duda. El otro, el que utilizaba la gente al principio como mofa para después quedarse como su mote, no me hacía demasiada gracia, aunque con el tiempo fui encontrándole un sentido. Benito era tan buena persona que en el pueblo enseguida dejaron de reparar en sus rarezas, olvidando así de echárselas en cara. Tan pronto ayudaba a los vecinos con las pequeñas chapuzas del hogar como en las siegas o en sus modestas vendimias, que aquí ya sabemos que no hay mucha uva, pero la poca que hay produce un vino exquisito; y en vez de dejarse convidar después de unas horas de duro trabajo, era él quien lo hacía pues siempre tenía en cuenta el llegar con bebidas frescas y las mejores viandas de su despensa allí donde se demandara su presencia. Y qué decir de su querido y famoso tractor, heredado de su progenitor pero que parecía nuevo de lo bien cuidado que lo tenía…, siempre estuvo a disposición de quien pudiera necesitarlo, aunque lo cierto es que nunca nadie aceptó su ofrecimiento alegando diversas excusas, la mayoría poco creíbles.
Él acostumbraba a decir a todo aquel que quisiera escucharle que su conducta carecía de mérito, que era la normal entre los de su especie, los nativos de la Luna, porque siempre juró y perjuró que él era un extraterrestre llegado desde allí. Quien más, quien menos, achacó tal delirio al tremendo golpe que se dio al caerse desde lo más alto del tractor de su padre cuando aún era un jovenzuelo que se afanaba en colaborar con él en cualquier tarea que surgiera. Y sólo por ello, el mencionado vehículo, cuyo tamaño era bastante mayor que el de los pocos que constituían el escaso parque de nuestra localidad, se ganó la fama de funesto que aún hoy mantiene.
Ahora mismo, sentado en uno de los bancos de la única plaza de nuestra aldea desde donde escribo en mi desgastada pero querida libreta estas palabras, mis recuerdos y reflexiones, miro de reojo a la lustrada placa que la adorna y lamento que él no llegara a verla renombrada. «Plaza de Benito», se puede leer hoy, y debajo de las letras, y en un gris plata intenso y brillante, una reproducción de la Luna Llena nos confirma que, a pesar de que nadie lo quisiera admitir de manera oficial, a muchos convecinos les quedó bien grabada en su interior la gran duda, ¿y si… y si siempre nos dijo la verdad? No así a mí, o por lo menos no desde que hace unos meses Benito me guiñara un ojo desde la preciosa, brillante y cercana esfera y lo haya repetido cada veintinueve días desde entonces…; pero me temo que si comento esto por aquí, todos piensen que yo también me haya caído del tractor o bebido toda la producción de tinto del año de un plumazo…
He sobrevivido a muchos de mis amigos, y sé que él me consideraba uno de los suyos. Recuerdo como si fuera hoy mismo y han pasado ya veinte años el día de su entierro y cómo el pueblo entero se volcó para acompañarle en su último recorrido por estas calles que le vieron crecer procurando hacer el bien hasta que le llegó la hora de morir, lo que hizo con total discreción.
Y así, no puedo evitar pensar en algo que me genera una gran inquietud: A saber qué pensarán los que como yo se mantienen con vida cuando, como contempla la ley municipal, en unos días se acceda a su sepultura para exhumar sus restos y llevarlos al osario provincial, y alguien grite, con el terror que generan algunas confirmaciones de sospechas silenciadas, que allí no hay nada que pueda llevarse a ninguna parte…

© Patxi Hinojosa Luján
(19/09/2018)

lunes, 10 de septiembre de 2018

Lo doy por sentido

(Imagen extraída de la red Internet)

Un día me levantaré con ganas de comerme el mundo, lo que entonces quede de él. Con ganas de frenar su rotación hasta hacerle girar en sentido contrario, de darle la vuelta como a un calcetín, en sentido figurado; de retratar todo lo que muestre a mis sentidos con colores tomados prestados de cualquier arcoíris, y describirlo con mis mejores y más sentidas esdrújulas, y cantarlo con mis mal rimados versos dorremifasollasidoados, aunque palabras como ésta tengan poco sentido...
Algún día prescindiré de mi colorido y rómbico disfraz para mostrarme tal cual soy.
Algún día… sucederá… lo doy por sentido.
Mas sé que mañana tampoco será ese día; lo sé desde ayer, si no desde anteayer. Hoy deberé seguir esperando a que desaparezca esta congoja que aprisiona cada amanecer tiñéndolo de gris tristeza, de sinsentidos, que amenaza con encerrarme con mis miedos una vez más.
Y mientras llega el anhelado momento, yo seguiré fingiendo ser el otro, el del disfraz de bufón…

© Patxi Hinojosa Luján
(10/09/2018)

lunes, 3 de septiembre de 2018

Reflexiones poco agudas

(Imagen extraída de la red Internet)

No quisiera parecer cínica, tampoco hacerme la simpática ejerciendo de didáctica, pero confesaré que hoy me he despertado más metódica que romántica sin por ello dejar de sentirme un tanto ridícula.   
Puede que, según avancéis en la lectura, corra el riesgo de que me tachéis de fanática de la fonética, mas debo compartir que me resulta tan lógico aplicar la Lógica de la acentuación como mágico es derramar una lágrima si lo es de felicidad. Por cierto, no todas mis compañeras hacen lo primero y pocos consiguen lo segundo.
No debéis temer, quiero pensar que no sentiréis vértigo por la acústica de esta lectura y que podréis comprobar enseguida que esta película no va de Física o Química, sino de una rápida y cómica reflexión, menos drástica y más humorística de lo que pudiera aparentar visto desde el vértice superior de la página.
Os contaré un secreto: antes de comenzar nada, en una acción mecánica, me tomo de manera figurada un cálido y aromático café, evitando siempre recipientes de plástico. Vamos, todo un clásico… Después de ello, con el cuerpo eléctrico, estoy ya preparada para visitar recónditos y fantásticos lugares en tránsito con mi imaginación y la de tantos otros, aunque en ocasiones me tracen con líneas rústicas y yo me ponga nostálgica.
¿Que quién soy yo, aún no lo habéis adivinado? Soy una palabra, Esdrújula, y no soy única, no, soy tan esdrújula como lo son las otras cuarenta y siete compañeras de este texto con las que me identifico y fusiono. Porque no me negaréis que sí soy auténtica, que yo sí respeto mi nombre y la estética ortográfica acentuándome en la sílaba correcta, la antepenúltima si la Matemática no me falla.
Es por esto que no quisiera terminar sin incluir mi última pincelada, una pícara pregunta: ¿No es verdad, querida Aguda, que tú vas por libre y que por eso decidiste ser tan grave como Llana? Sin duda, un capricho impúdico.

© Patxi Hinojosa Luján
(03/09/2018)

sábado, 18 de agosto de 2018

Sin maquillaje

(Imagen extraída de la red Internet)

Oigo caer la lluvia con fuerza ahí fuera y asomo un instante la cabeza a la calle para empaparme de su magia. Siempre equiparé ese sonido a diversas melodías, y me encantan las que compone para mí; aunque la de hoy es distinta, es como si quisiera confiarme algo diferente, pero yo no acabo de entenderla y cierro la ventana. Dentro, una emisora de radio lanza al aire sus propuestas musicales sin que yo le preste demasiada atención; a pesar de eso es una grata compañía en cualquier circunstancia. En un momento dado, una canción de M Clan coge el testigo de la lluvia y me regala un verso que se me queda grabado: «Éste no es un tiempo de cobardes». Noto cómo algo se acciona en mi interior cual resorte y corro a buscarte. Te encuentro en el baño. Antes he tenido la precaución de dejar la puerta cerrada.
Aquí estamos. Hacía tiempo que esta charla nos llamaba a gritos. Ojalá podamos tenerla con tiempo, sin prisas, sin agobios, sin miedo; y sin paños calientes. Hasta ahora siempre nos excusábamos con el hecho de que, al no estar solas, nunca encontrábamos el momento; pero como la situación no cambia, si no es a peor, de hoy ya no podía pasar. Me reafirma en esta idea esa capa de maquillaje que intentas disimular y que si en alguna ocasión fue necesaria, no lo fue por estética sino por dignidad. Lo sabes tan bien como yo.
Ya sé que es muy duro constatar a cada amanecer que nada de lo malo que pasa en tus días ha sido un sueño, que la calabaza ya nunca más se convertirá en carroza porque el canalla paró el reloj a las doce y un minuto de la medianoche y lo hizo trizas después, cuando decidió que ya nunca más serías su princesa, que serías su rehén.
Te confieso que cada vez lo tengo más claro: si te cuesta dar ese paso tan necesario no es por la esperanza de que él cambie, porque a estas alturas de la película no la hay ya, sino porque da la sensación de que te sienta como un guante ese traje confeccionado a base de retales de comodidad, apariencia y resignación. No creas que te culpo por ello, no es eso, pero ha llegado el momento de reaccionar pues las dos os merecéis ser felices. Es así de sencillo, y así de trascendente. Por favor, no me mires así, con esa mirada acuosa, me vas a hacer llorar…, de sobra sabes que tengo toda la razón.
Perdona un momento; oigo unos nudillos golpeando con delicadeza en la puerta reclamando mi atención. Veo que respeta mi espacio y mi tiempo unos instantes y que después entra. Me temo que ahora tendré que dejarte, sin duda ella querrá ocupar mi plaza frente a este espejo para prepararse, y ya sabemos cómo se las gasta esta jovencita cuando va a salir. Pero la decisión está ya tomada: intentaré mantenerla el mayor tiempo posible ajena a las maniobras en defensa propia de su madre, una madre que da las «gracias por los días que vendrán» y que luchará desde ya mismo para poder ir siempre sin maquillaje, viajando en la carroza que sin duda… merecemos.

© Patxi Hinojosa Luján
(18/08/2018)

jueves, 16 de agosto de 2018

Atrapado

(Imagen extraída de la red Internet)

Atrapado. Él, pintor de mil y una brochas, va perdiendo a bocanadas perversas el control de una paleta que hasta hace un suspiro y medio le había pertenecido; y ello conlleva que está perdiendo la partida. Ahora es una voluntad ajena la que las maneja a ambas y no quiero ni imaginarme que pudiera intentar justificarlo con un porqué, ni cuál sería éste en su caso. Desconozco si él también podrá ver, tal y como nosotros lo hacemos, cómo desaparece en la mezcla multicolor de aquella paleta, de manera paulatina e inexorable, el color verde esperanza mientras es sustituido por un negro oscuro, casi abismo; me recorre un escalofrío al pensar que quizá, durante algunos instantes, sí lo haya hecho…
Atrapado. Me angustia pensar en su angustia, atrapado como está en una jaula, con sus neuronas reduciendo número y actividad sin freno ni medida, permitiéndole percibir sólo de forma cada vez más difusa cómo aumenta la pena a su alrededor en la misma y maldita magnitud en que va desapareciendo su percepción.
Atrapado. Intento imaginar qué pueda sentir él, si es que aún pudiera, pero el esfuerzo es tan arduo como estéril. Si su menguada consciencia intenta reflexionar o imaginar algo, si ello no fuera una quimera, nunca se podrá saber, pues la posible salida de esta pesadilla se hace por momentos más y más pequeña, insignificante, y a través de ella cuesta ya todo un mundo reconocer su huella.
Atrapado. Cierto. Mas cuando llamen a la última puerta en pie del muro de su resistencia, sé que la abrirá sin recelo para traspasarla con dignidad y sin miedos, buscando una renacida esperanza, imagino que de un nuevo e indescriptible color.
¿Y nosotros…? Nosotros quedaremos atrapados en la tristeza, con la nostalgia por lo que fue, y por lo que no pudo ser, arañándonos el alma.

© Patxi Hinojosa Luján
(16/08/2018)

viernes, 29 de junio de 2018

La caja de música

(Imagen extraída de la red Internet)

Me maravilla comprobar cómo ciertas sensaciones pueden convertirse en la máquina del tiempo más eficaz y transportarnos a escenas pasadas que, por el hecho mismo de ser especiales, consiguieron en su momento y sin disimulo dejar abierta una puerta a la comunicación atemporal gracias a un recuerdo sensorial asociado. Es magia pura, como si de repente se abriera ante nosotros un agujero negro a través del cual pudiéramos llegar en un suspiro hasta esa escena que nos marcó. Ésta puede ser feliz, o estar teñida de tristeza; también de pánico y sufrimiento, no faltarán uno o mil motivos perversos para provocarlos. Es en esas ocasiones en que uno de nuestros sentidos nos sacude cuando el presente se nubla, se desvanece, para reaparecer después como una certidumbre inexorable.
***
Han pasado más años de los que acepta mi ya obsoleta sensatez y aún se me eriza la piel cada vez que oigo esa melodía.
Recuerdo a la perfección el momento exacto de la compra, y lo que sentí al escribir la nota que iría adjunta. La cuartilla luce hoy con orgullo un tono amarillento donde se pueden leer mis mayúsculas salvadoras; mas lo hace en mi escritorio, pues lo que mi torpeza intentó confesarle entonces mi cobardía lo impidió.
¡Y pensar que sigue sonando como el primer día después de todos estos años…!
***
Dicen de mí que nací coqueta, y yo me temo que coqueta moriré.
Los espejos no tienen la culpa, lo sé, pero en estos últimos tiempos la he tomado con ellos a pesar de que fueron unos buenos amigos hasta no hace tanto. Sé que ellos se limitan a mostrarme lo que ven de mí, ni más ni menos; como ahora mismo, cuando constato que ni siquiera con el lápiz rojo pasión, mi color preferido desde siempre, lo consigo… Es cierto, ya no alcanzo a perfilar mis agrietados labios con la misma precisión que anteayer, cuando aún era joven. Y soy más consciente de esta contrariedad cada vez que me paro a contemplar las diversas fotografías que cuelgan de las paredes del salón, algunas tan mal niveladas como mi expresión cuando ensayo sonrisas de compromiso; pero en aquellas sí me reconozco. En esas ocasiones no puedo evitar dejar escapar un suspiro al verlos, aunque me incomode que siempre aparezcan luciendo su sempiterna pose de enamorados, esa tan empalagosa que solían gastar...
Parece que fue ayer cuando los conocí. Se mudaron de recién casados a nuestro vecindario; al apartamento de al lado, para ser exactos, cuando yo llevaba ya algunos meses instalada allí. Me cayeron bien enseguida, y quiero pensar que el sentimiento fue recíproco.
Siempre recordaré cómo desde el primer encuentro me cautivó con sus grandes ojos verdes y su mirada profunda, serena y segura. Desde entonces he sido suya, sólo suya, aunque lo fuera ocultándome tras mi miedo al rechazo. Si durante todos estos años en algún momento lo llegó a saber o sospechar, nunca me lo dijo, y yo me limité a esperar la ocasión oportuna, mientras me deslizaba resignada por el sendero de mi vida sin acabar de dar el primer paso, ignorando oportunidades disfrazadas, parapetándome tras vicios menores.
No me siento orgullosa de mi costumbre de arrojar colillas al cenicero que encuentre más a mano, dejando caer con desidia la prueba de mi poco original y menos saludable vicio tatuada siempre con rojo carmín; pero cuando reparo en ello, quiero imaginar que es en sus labios donde he dejado semejante huella y sonrío con una mezcla de amargura y felicidad. Entonces, un atisbo de escalofrío amenaza con recordarme esos tiempos en los que sí los sentía con toda su energía cada vez que construía, a base de intenso deseo, nuestros encuentros furtivos, unos encuentros que jamás se producirían.
Quizá sea por compensar algo, no lo sé, pero algunas noches, libre de todo pudor, suelo pegar una oreja al muro de mis lamentaciones con el único propósito de volver a oír sus palabras, la más dulce melodía para mis oídos. Mas esto no me sale gratis, ni siquiera barato; el precio a pagar en ocasiones es escuchar bastante más que eso…
***
Un día más me cruzo con ellos en el descansillo de la escalera. Van menos acaramelados que de costumbre, cada vez ya menos; parece que ese aliado del paso del tiempo que es la rutina no se casa con nadie más.
Advierto que lo ha vuelto a hacer con total naturalidad. ¡Qué elegancia, qué estilo! A mí, otra vez, me ha subido la temperatura y he buscado sus ojos. Él no acaba de entender ni aceptar mis sentimientos, y me ha vuelto a fulminar con la mirada.
Ante este nuevo desprecio, me refugio en la soledad de mi hogar y busco aquella caja de música que nunca tuve el valor de entregarle. Me planteo subir su tapa deseando descubrir, con la incertidumbre implícita en una caja de bombones surtidos, qué sentimiento removerá esta vez… aunque, antes de hacerlo, me quedo a vivir un instante eterno en ese runrún en la cabeza que alimenta mis deseos, que cada vez son más el recuerdo de mis deseos.

He confesado ya que soy coqueta. Compartiré además que, a la mínima ocasión, firmo alianzas con la arena de mis relojes que sólo en contadas ocasiones respetan.
Es momento ahora de repasar mis labios con lápiz y barra. Quién sabe, puede que ella, que conserva ese brillo único en sus preciosos ojos verdes, con la excusa de pedirme algo, toque a mi puerta para no pedirme nada.
Sé que él nunca agradecerá lo bastante la fortuna que tuvo al hacer escala en su Ipanema particular y conquistar «la chica». Como sé que no me perdonará jamás que yo le rechazara aquella tarde de otoño, todavía en el albor de nuestra vecindad, cuando mi enamorada esperanza anhelaba una respuesta esmeralda en la mirada de ella. Esto sucedió mucho antes de que yo me acostumbrara a caminar descalza entre cristales obstinados en reflejar, multiplicado en un perverso juego caleidoscópico, cada fracaso...

© Patxi Hinojosa Luján
(29/06/2018)

martes, 12 de junio de 2018

Afianzando certezas

(Imagen extraída de la red Internet)

Imagino a mis vecinos señalándome con unos índices tan temblorosos como acusadores, cuchicheando a mi paso, murmurando que me he convertido en una suerte de espectro; no les culpo. Les deberá extrañar, y mucho, mi extrema palidez, pero sobre todo el extraño, nocturno y antisocial comportamiento que gasto esta última temporada. Yo, que siempre fui una persona de trato afable y generoso, lamento compartir que a mí, llegados a este punto, eso me trae sin cuidado.
Por ello hoy también saldré de casa aprovechando que el Sol sigue obstinado en su periódica ronda de visitas por la superficie terrestre y un día más se ha deslizado por detrás de nuestro horizonte. Además, esta noche tampoco la Luna estará visible, estrena piel nueva lo que aprovechará para esconderse tras ella; podría decirse que espera así saciar su furtiva curiosidad, pero todos sabemos que en el fondo es una romántica. Dentro de quince días lo confirmará cuando envuelva con su brillo llena de luz, pero esa deberá ser la historia de otro relato.
De este modo, con la oscuridad y el silencio pugnando por alcanzar el nivel más extremo, reflexiono negándome a creer que los astros se hayan confabulado sólo para que algunos depredadores puedan salir de caza; acepto que me es imposible evitar liberar una mueca de sonrisa cargada con algo más que un poso de amargura mientras continúo con el plan previsto.  
Voy caminando con cierta ligereza y el repiqueteo de mis tacones en la acera no es sino la llamada que incita a mis miedos a acompañarme; es paradójico, pero sólo ellos me aportan la seguridad que necesito, aunque esto no lo haya asumido hasta hace bien poco.
Debo confesar que nunca creí que los toleraría tan bien, pero aquí vamos mis tacones, mis miedos y yo hacia nuestro acotado particular en el sórdido polígono desde donde puedo observar lo que ocurre en los otros. Y nunca me gusta lo que veo, no podría gustarme.
Mientras avanzo hacia allí examino mis convicciones. Me hiere constatar una vez más que no consigo afianzar certezas desde aquella noche, desde aquella llamada con el archivo adjunto más perverso que se pueda portar: la notificación de la pérdida de un ser querido de manera violenta.
Acabo de llegar a mi puesto y sigo teniendo todas las dudas del mundo y alguna más. Con la respiración aún un tanto forzada por la caminata a paso ligero, me inclino por pensar que seguirá sin aparecer, pero no desfalleceré hasta que lo haga. Quizá se huela algo, o sólo sea que está dejando por precaución que el tiempo corra a su favor; un tiempo valioso en su escala, no lo dudo, pero no tanto como el que él nos arrebató de un plumazo.
De repente, un latido falta a su cita en mi corazón y éste me da un vuelco: lo estoy viendo acercarse a la penumbra del acotado de enfrente con los aires chulescos que ya le presuponía; es él, no cabe duda, los informes policiales que le sustraje del archivo de «clasificados» a aquel policía vicioso, ¡pobre diablo!, lo han descrito a la perfección.
Respiro con dificultad, intentando ajustar la cadencia para dejar de hiperventilar. Cuando por fin lo consigo, me acerco hasta allí con sigilo, tacones en mano, lo que agradezco. Improviso en mi imaginación el teatrillo de pugnar con mi «compañera» por el cliente, o de pedirle fuego a éste para un cigarrillo que nunca fumaré; cualquiera de estas situaciones me servirá antes de que él pueda siquiera sospechar algo.
Por cierto, estoy cayendo en la cuenta de que antes me ha faltado sinceridad, de que en cierta medida he mentido, o no he dicho toda la verdad: debo confesar que también me aporta seguridad esta pistola con la que ahora lo encañono, en unos momentos en los que aún no puedo predecir si, al final, acabaré apretando el gatillo…
Y justo en ese instante me sorprendo buscando en el cielo un guiño cómplice que me ayude, con escasas esperanzas de encontrar ese rostro que era clavadito al de su madre… si no fuera por el halo de profunda tristeza que reflejaba el fondo de su mirada y ese afeitado tan apurado que, ahora lo sé, disimulaba para sus noches más especiales a base de maquillaje sin que yo lo llegara a intuir. Corrían unos tiempos en los que acumulé pocos méritos para poder compartir sus más íntimos sentimientos; mi tolerancia andaba aún en pañales, aunque a día de hoy ya conseguí perdonármelo al reconocerme cambiado.
Y no encuentro su imagen ni siquiera en el fugaz destello que acompaña a la detonación y que ilumina por un brevísimo instante la escena. Pero esto ya poco importa...
Mi sangre impregna el suelo de cemento mientras me tambaleo antes de caer. Debí suponerlo, él se encontraba alerta y ha disparado antes. A punto de cerrarse mi mente para siempre, constato que en este último suspiro dispongo de un lapsus de tiempo precioso, y por una vez lo aprovecho; es tiempo suficiente para afianzar una certeza, la de que en esta ocasión sí intentaba hacer lo correcto.

© Patxi Hinojosa Luján
(12/06/2018)

lunes, 11 de junio de 2018

Los dejaremos entrar

Mi trigésima aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Los dejaremos entrar...».

Los dejaremos entrar una vez más, a estas alturas de la película ellos ya saben que son siempre bienvenidos. Cómo lo diría…, su presencia representa para todos nosotros la mejor póliza de seguros, una sin esa letra pequeña experta en sorpresas desagradables, y nos acompaña en nuestro devenir ayudándonos a elegir la senda correcta en muchas de las ocasiones. 
Lo cierto es que les estamos agradecidos desde que, en su primera aparición, nos trazaran con tanta claridad la frontera entre valentía y temeridad, donde tantas desgracias acontecen cuando se difumina.
¡Cómo no vamos a estar en deuda con ellos, con nuestros miedos…!

© Patxi Hinojosa Luján
(07/06/2018)

lunes, 4 de junio de 2018

Entre sesiones

Mi vigésimo novena aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Prefiero las ratas...».

Prefiero las ratas que esperan a que otras abandonen el barco de turno para hacerlo ellas después. Todas son ratas, sí, aunque unas son más ratas que otras. Todo ello a pesar de que cualquier individuo de su especie podría propagar esa enfermedad que es mejor no nombrar porque debería estar erradicada. Pero parece que no, aún no.
—¿Podrías bajar el volumen de la radio, es que no te cansas? —Me chilla.
Sé que no le gusta que me trague todos y cada uno de los debates parlamentarios, pero la situación ha llegado a unos extremos tales que apesta…

© Patxi Hinojosa Luján
(31/05/2018)

jueves, 24 de mayo de 2018

Ciento ochenta grados

(Imagen extraída de la red Internet)

Aún no han dado las once de la noche cuando suena el teléfono de Diego Morales. Éste responde sin dejar sonar el segundo tono, testimoniando así el estado de máxima alerta en el que se encuentra. Aunque ni la llamada ni su mensaje le han cogido por sorpresa, agradece que no sea de esas que traen adjunto archivos perversos, de los que instan a maldecir a la raza humana. Se dirige al dormitorio a cambiarse y enseguida sale de casa preparado. Siguen sin dar las once.

Miguel Calvo ha bajado a tomar algo al bar de la esquina después de darse una larga ducha que no le ha inducido al sueño reparador que tanto necesitaba y que esperaba encontrar con ella. Suena su móvil justo cuando se dispone a pedir una segunda copa, acaban de dar las doce y media.
—¿Sí, Martínez? Espero que el asunto sea tan importante como para justificar el molestarme a estas horas.
—…
—Entiendo, Martínez, mándeme un mensaje con la ubicación exacta, yo llegaré lo antes posible.
Al cabo de un rato, Miguel Calvo se sube con dos copas de más en su flamante Volvo XC60 y lo arranca con desgana. Al virar a la derecha, lo hace con precipitación y la rueda trasera golpea con violencia el bordillo de la acera, con lo que el vehículo culea unos centímetros, mas enseguida endereza su rumbo y desaparece en la espesa oscuridad.

—¿Qué tenemos aquí? —pregunta el jefe Calvo a los dos agentes uniformados que se encuentran custodiando el cordón policial. Masca un chicle intentando disimular su aliento a alcohol a sabiendas de que no conseguiría engañar a nadie.
—Chico muerto detrás de aquellos arbustos; degollado, parece… —indica el primero.
—Señor subcomisario, hemos detenido a un sospechoso merodeando en la escena del crimen —añade, con énfasis, el segundo—. No ha opuesto mucha resistencia, llevaba encima un cuchillo ensangrentado que bien pudiera ser el arma del crimen.
—Bien, lléveme hasta allí —ordena a Martínez que acaba de unirse al grupo.
Llegan a un claro que se esconde tras unos densos matorrales, ahora iluminado por potentes focos alimentados por baterías. En la escena destaca la típica manta isotérmica, refulgiendo sobre la silueta a la que desdibuja y que para entonces ya debería haber perdido todo su brillo. A pocos metros, un hombre con harapos de vagabundo y las manos esposadas a la espalda es interpelado por un par de policías, aunque sin soltar palabra, con la cabeza gacha. Al subcomisario Calvo se le iluminan los ojos y se dirige hacia allí.
—No pasa nada, agentes, no insistan, ya me encargaré yo de él mañana en comisaría. Ahora llévenlo allí, que pase la noche en el calabozo, a ver si recapacita y se decide a hablar —ordena mientras gira dispuesto a salir de la escena del crimen.
—¿No va a inspeccionar el cuerpo, señor? —pregunta, inseguro, el agente Martínez.
—¡Ah, sí! —responde el subcomisario con apatía, y busca aquellos destellos dorados. Levanta la manta sólo un palmo y la deja caer; después, vuelve a abrir los ojos.

Sólo ha pasado media hora desde que el Sol decidió sustituir a la noche y la sala de reuniones de la comisaría parece ya una olla en ebullición. Una decena de agentes, sentados alrededor de una gran mesa ovalada, comparten impresiones y no reparan en que el volumen de voz es más alto de lo deseable. Cuando dos figuras franquean la puerta, todos ellos se ponen en pie y saludan. La comisaria Isabella Peña se adelanta ordenándoles sentar y al segundo siguiente reina ya un espeso silencio. La comisaria Peña y el subcomisario Calvo toman asiento en las plazas que tienen asignadas.
La primera toma la palabra:
—Como sabrán, esta pasada medianoche recibimos la llamada de una persona que había sacado a pasear a su perro; éste debió oler u oír algo y le llevó tras unos matorrales donde encontró el cuerpo de la víctima en el suelo, había perdido mucha sangre pero aún vivía. Llegamos enseguida junto con los servicios de emergencia, aunque nada se pudo hacer por salvar su vida, falleció a los pocos minutos.
»Todo indica que nuestro asesino en serie ha vuelto a actuar, el crimen tiene su modus operandi: la víctima es un chico joven, no mayor de veinticinco, pelo teñido debajo de una peluca descolocada, vestimentas femeninas; degollado, como los anteriores. Pero todo indica también que aquí han acabado sus fechorías: hemos detenido a un sospechoso que intentaba huir de la escena del crimen; llevaba en la mano lo que es muy posible que sea el arma homicida, pues tiene restos de sangre que estamos analizando para confirmar si es o no la de la víctima; al sujeto en cuestión lo tenemos «meditando» en los calabozos, como seguro también sabrán todos a estas alturas. El subcomisario en persona bajará a interrogarle en cuanto acabe la reunión, se ha ofrecido a hacerlo y no le puedo negar eso a quien tantas confesiones ha obtenido. Esperamos que el caso pueda quedar resuelto a la mayor brevedad posible. Gracias por su atención, pueden volver a sus puestos.

La sala de interrogatorios es como la que se ha visto en tantas películas: cubículo con poca altura, paredes grises en las zonas donde no son blancas, una sola puerta y un espejo generoso en tamaño que todos los detenidos saben que no es sino un cristal transparente visto desde el otro lado y a través del cual se observa y analiza todo lo que ocurre allí dentro. En el centro, en una mesa tan austera y ajada que pareciera haber sido comprada en un mercadillo de lo usado, reposan dos vasos con agua y una videocámara que ha visto mejores épocas y que a buen seguro en breve podría pasar a formar parte del género de cualquier tienda de antigüedades tecnológicas; ahora espera para grabar una nueva declaración. Dos sillas, una a cada lado, completan la minimalista decoración.
Cuando Miguel Calvo pulsa el botón, una diminuta luz roja empieza a mostrar su intermitencia, como si la cámara se la guiñara, cómplice, al detenido.
—No me andaré con rodeos, asesinó usted a ese pobre chico y después se entretuvo observando su obra, lo que propició que le detuviéramos, ¿por qué hizo eso, hombre? —El subcomisario Calvo se mantiene erguido, apoyando las palmas de sus manos en la mesa. Mira hacia abajo observando al detenido que, sentado, tiene esposadas sus dos manos y éstas a su vez a la mesa—. Me refiero a ambos extremos. Entiendo que no le guste ese tipo de personas, disfrazándose de mujerzuelas siempre que pueden; le confieso que a mí tampoco. ¡Me dan asco! Son la vergüenza de la sociedad, ¿verdad? Pero, ¿qué necesidad tenía de matarlo? ¿No bastaba con darle una lección, un escarmiento?
El subcomisario está utilizando la estrategia de la condescendencia, con la que tantas confesiones ha obtenido hasta el momento; pero el detenido no parece dispuesto a caer en la trampa y cruza una mirada desafiante con él. Ninguno de los dos pestañea.
—¿Qué le hace pensar que hice eso, oficial…, que pienso eso? —La voz del vagabundo no podría aparentar más serenidad.
—¡Aquí las preguntas las hago yo, responda! —El subcomisario ha alzado la voz, pero mantiene la calma.
—Pues no. No a lo primero y no a lo segundo. Ni yo lo maté ni me he dejado detener.
—No lo haga más difícil para usted. Las pruebas son claras. El chico acababa de ser atacado y usted estaba allí con un cuchillo lleno de sangre; ahora mismo están cotejándola con la de él para confirmar coincidencia. —El subcomisario se mantiene en pie, aunque etiqueta la situación como bajo control— Debería confesar su crimen y acabaríamos ya.
Mira al espejo antes de sentarse y le guiña un ojo como indicando que aquello no durará mucho más.
—¿En serio? ¿En serio cree que están haciendo eso? ¿En serio cree que el cuchillo estaba manchado con la sangre de ese chi…?
—¡¡No sea insolente, le repito que aquí las preguntas las hago yo!! —Miguel Calvo vuelve a ponerse de pie mientras empieza a gritar, ya no ve la situación tan controlada—. ¿Qué ha querido decir? —añade con un hilo de nerviosismo.
—Esto lo está viendo la comisaria, ¿no es cierto? ¿Qué cree que pensará al comprobar que no me ha hecho ninguna pregunta relacionada con los anteriores crímenes? ¿Es que no piensa que al detenerme han detenido a un asesino en serie? —Respira hondo y durante unos segundos ninguno de los dos dice nada, después añade— Claro que no lo piensa porque «sabe» que yo no maté a aquellos pobres chicos, ¿verdad? Y ahora es cuando empieza a dudar de todo lo ocurrido desde ayer noche.
—El protocolo indica que…, que hay que empezar por aclarar el último crimen y después tirar del hilo. —Miguel Calvo está cada vez más nervioso, el sudor de la frente lo constata.
—Claro que sé eso, es de primero de Criminología, pero usted y yo sabemos que ninguno de nosotros es capaz de esperar para hacer «esa» pregunta, que siempre nos puede la impaciencia.
—¿Nosotros, qué quiere decir con nosotros? —El subcomisario coge su vaso de agua y se lo bebe de dos sorbos, después hace lo propio con el destinado al detenido. Carraspea para continuar—. ¿Es que acaso es usted un antiguo compañero que ha acabado perdiendo el control con ese chico?
—Veo que no lo ha entendido aún. Ese chico está bien, lo que parece sangre sólo es un colorante como los que usan en el mundo del cine y todo esto es un montaje para hacerle creer que podría respirar tranquilo al saber a un pobre diablo entre rejas por imitar al verdadero asesino en serie.
—¡¿Cómo se atreve?! —Hace un intento de golpear al detenido pero se frena en el último instante sabiéndose observado. Intenta recuperar el control y contraataca—. Los tiene usted cuadrados al atreverse a soltar todo eso. ¡Confiese que mató a ese joven!—Recapacita un instante, alterado, y apuntilla— ¡¡Y a los anteriores también, confiese de una puta vez!! —La voz del subcomisario suena hueca, carente de convicción.
En ese instante, los dos se incorporan de sus asientos y, como si de un juego de tanteo se tratara, ambos se buscan a cámara lenta girando alrededor de la mesa. Lo hacen en el sentido contrario a las agujas de un reloj —como si quisieran retroceder en el tiempo para corregir errores—…

«Sabemos que tienes un hijo aficionado a ciertas transformaciones nocturnas, que avergonzarían a cualquiera con unos principios tan rancios y obsoletos como los tuyos, aunque nadie espera que alguien llegue tan lejos como para aplacar su ira quitándole la vida a unos pobres chicos en un claro intento de culpabilizarlos por los supuestos desvíos de su propio hijo. —Al detenido le hubiera gustado gritar todo eso, sí, pero lo sustituye por un duelo de miradas.»

 …hasta situarse justo enfrente de donde estaban hacía escasos segundos, y allí se detienen. Después se dejan caer en las sillas los dos a la vez. Miguel Calvo advierte que el vagabundo se ha deshecho de las esposas; no sabe en qué momento lo ha hecho, pero no le da importancia, ya no la tiene para él.
—Por cierto, el chico del simulacro es Fernández, un compañero de asuntos internos. Está tan vivo que ahora mismo nos está observando junto a la comisaria. Yo soy Morales, Diego Morales. Desde que se cometió el segundo crimen, empezamos a sospechar que estábamos ante un asesino en serie. Cuando obtuvimos la primera prueba, no podíamos creer que un compañero hubiera sido capaz de cometer semejantes asesinatos; ni ahora que después haya sido tan inocente como para caer en esta improvisada trampa.
—¡¡¡No tenéis ninguna prueba contra mí, ni la tendréis jamás!!! —Calvo alterna una mirada rabiosa entre Diego Morales y el espejo, mientras la luz roja intermitente ahora es a él a quien observa aunque sepa que esos guiños ya no son de complicidad.
—¿Ah, no?, entonces dinos que hacía tu ADN entre los dedos del chico asesinado el mes pasado —acepta el tuteo—, cómo llegaron allí ese par de pelos tuyos…
El subcomisario Miguel Calvo se mesa los cabellos y, al observar que tiene algunos pegados por el sudor a las palmas de sus manos, gimotea derrumbándose:
—¿Cómo he sido capaz de pasar por alto ese detalle, cómo he podido menospreciar esta maldita alopecia? —En su lamento, se golpea con rabia la frente con ambos puños.
—Quizá el exceso de alcohol que te acompaña en los últimos tiempos haya ayudado a minimizar tus reflejos —interviene Diego Morales—. Te diré que fue a raíz de encontrar esas evidencias —en aquel momento circunstanciales, lo sabemos— cuando entró en acción mi brigada; entonces eliminamos del informe los análisis inculpatorios para que tú no sospecharas que te seguíamos la pista, a la espera de alguna prueba concluyente.
»Y, como no podíamos esperar hasta que cometieras otro fallo que te delatara, porque no podíamos permitir más asesinatos, propiciamos que lo hicieras lo antes posible en un interrogatorio, justo donde te mueves como pez en el agua, donde nunca fallas. Ha sido esa seguridad tuya en estas lides la que te ha hecho bajar la guardia y entrar al trapo. Es paradójico, pero esta toma de declaración, al igual que antes nosotros dos en torno a la mesa, ha acabado dando un giro que nunca hubieras esperado, un giro de ciento ochenta grados.

© Patxi Hinojosa Luján
(24/05/2018)

martes, 22 de mayo de 2018

Despistado

Mi vigésimo octava aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «La muerte se ha olvidado de nosotros...».

La muerte se ha olvidado de nosotros y confieso que me empieza a preocupar. Aquí, donde la actividad se ha teñido de un rutinario exasperante que combina a la perfección con el gris oscuro casi negro que lo envuelve todo, cada vez encuentro menos motivos para mantener prendido cualquier atisbo de ilusión, pues pasa el tiempo sin control, sin mayores novedades.
Hoy llega el momento de admitir que rara vez recuerdo ya lo despistado que siempre fui cuando, de repente, siento un vuelco donde debería estar mi corazón: ¡A ver si va a ser verdad que mi memoria es más frágil que la de la muerte…!

© Patxi Hinojosa Luján
(17/05/2018)