martes, 27 de junio de 2017

Rodeados


No sé si me creeréis, pero debo decirlo: estamos rodeados de unos seres especiales que nos contemplan, suplicantes, desde los que en algún instante fueron sus particulares edenes.
Tragando humillaciones, olvidando desprecios, han podido observar cómo ese paraíso ha ido mutando hasta un infierno en el que las llamas abrasan bastante menos que las vejaciones y estas menos incluso que el recuerdo de un tiempo en el que semejante cambio era imposible por impensable.
Recapacitando en ello estoy cuando veo un niño que, desde el patio de su colegio, se despide sonriente de su madre mandándole un beso volador; desenfoco su imagen y me centro en ella, exhibe esa sonrisa que tan bien le sale, aunque no tanto como disimular con maquillaje el calvario del que ansía que puedan escapar algún día.
Aunque lo intento, no encuentro apelativo mejor para ellas que el de «superhéroes»; no siéndolo, decidme cómo podrían crear unos mundos virtuales para sus hijos y entorno con todas esas miserias familiares camufladas… Además, como cualquier «superhéroe» que se precie, tienen incluso su punto débil, y no pudieron ser tocadas con uno más apropiado, un inmenso amor incondicional.
Son «superhéroes», sí, mas ellas no eligieron serlo.

© Patxi Hinojosa Luján
(17/06/2017) 

lunes, 19 de junio de 2017

Tiempo de «superhéroes»


En ocasiones veo muertos… Pero no temáis, no estoy afirmando que tenga los poderes del niño de El sexto sentido; los veo en las sentidas palabras de unas personas que, antes de compartirlas, se cuidan de quitar toda carga de sensacionalismo que haya podido anidar en sus relatos.
Lo hacen al acabar la misión de turno, cuando vuelven a casa, a pesar de que ahora ya lo pueda ser cualquiera que les brinde un colchón cada noche aunque esté tirado en el suelo donde pasar unas pocas horas de descanso desvelado mientras el cuerpo recupera parte de la energía perdida.
Vuelven más delgados, siempre, pero el peso perdido se compensa con creces con las nuevas experiencias vitales que cargan, cada vez más orgullosas y ajadas, sus mochilas, las dos. Sin ser conscientes, y de antemano, ellos ya han dado por bueno el trueque, ese quid pro quo no buscado y que ninguna de las dos partes pareciera reconocer; y es ahí donde aportan lo más valioso de que disponen, no solo ellos sino cualquier ser humano, su tiempo.
Una vez leí en las dependencias de una empresa de servicios lo siguiente: «No cobro por lo que hago, sino por lo que sé». No es que me parezca mal, que no, pero ellos no obran igual, aunque podrían, son de otra pasta; han despojado a su valioso tiempo de cualquier matiz mercantilista y al compartirlo se convierte en un regalo de un valor incalculable.
Su tiempo… Cuando hablamos de él hablamos sin ninguna duda de tiempo de «superhéroes», viviendo como estamos en esta época que, por muchos motivos y por necesidad, se ha transformado en un tiempo de «superhéroes». Ya veis, dos «tiempos», mas un solo objetivo.
***
A veces imagino capas que ondean al viento buscando un reparto más justo de los recursos, y cuando cierro los ojos constato que no son de colores llamativos ni tienen artísticas iniciales bordadas; entonces me digo: ¡ni falta que hace!
Lo confieso, también veo esperanza, en ocasiones…

© Patxi Hinojosa Luján
(19/06/2017)

martes, 13 de junio de 2017

La sonrisa


Aquella tarde treinta y nueve años atrás el destino nos cruzó en el baile de ilusiones y el tiempo, cómplice, se detuvo en un instante eterno, justo lo que necesitaron nuestras miradas para leer en el interior del otro. Terminado el examen, en silencio, dejaste caer con picardía una sonrisa que yo recogí con presteza antes de que llegara al suelo y pudiera mutar a decepción; la coloqué en su sitio y desde entonces, ni tú has parado de sonreír, ni yo de contemplarnos en tan bello espejo...

© Patxi Hinojosa Luján
(13/06/2017)

sábado, 27 de mayo de 2017

Viaje en el tiempo


Hoy he viajado en el tiempo… He conocido el significado de aquel brillo en los ojos de nuestra madre, cuando garabateaba con su mirada frases como «pásalo bien, no vuelvas tarde…», y a continuación, y más bajito, casi para sí y con tristeza, «y ten cuidado…» que yo no podía oír porque ya bajaba volando las escaleras para subir a alguna de mis montañas predilectas; o porque entonces no tenía acceso a esa dimensión emocional…
Me lo ha mostrado hoy el espejo de mis certidumbres, que me ha reflejado interpretando el «otro» papel; entonces he descubierto unos temores que antes no existían, cuando yo tampoco he podido evitar, susurrando para no molestar, el más sentido «y ten cuidado…» en el momento que nuestro hijo ha partido una vez más para continuar con su vida.
Y aunque sé que Ella las rechazará, debo pedirle disculpas por los momentos de angustia que le ocasioné, sin ser consciente de ello, al no tener aún el carnet del nuevo rol.
A la espera de no llegar a generar, además, nuevas necesidades de disculpas como aquellas, vuelvo a mirar en aquel espejo para contemplarme en la imagen que refleja, la de un hijo reconvertido en padre.

© Patxi Hinojosa Luján
(27/05/2017)

miércoles, 17 de mayo de 2017

Idea


Como cada mañana, cuando el alba me recuerda el privilegio de tu presencia en nuestro lecho pruebo a guiñarle un ojo con la esperanza de que, con semejante ejercicio de seducción, se haga a un lado para que pueda disfrutar de un tiempo de descanso añadido, pero no da tregua a su empeño y con toda la luminosidad que encuentra me apremia a la incorporación al mundo de la consciencia; lo hago saliendo del onírico, intentando separar ambos mundos con mi aún escasa energía.
Mientras contemplo tu imagen a través de las cortinillas de la rezagada somnolencia, persigo alguna idea que pueda regalarte como detalle por el nuevo amanecer, mas ellas juegan al escondite conmigo; y lo hacen con ventaja, no en vano, cuando al final se plasman en algo concreto, queda en evidencia que sus estructuras gramaticales y de contenido no chirrían tanto como mis gastadas articulaciones, y neuronas.
Fuera, los árboles que engalanan mi campo de visión, a la espera de su diario baño de sol, están más frondosos que otros años por esta época, lo que las ideas aprovechan para despistarme ocultándose tras ellos, entre ellos; pero lo que no saben es que el regalo que me hacen con esto es de un valor inmenso. Como siempre, acabo situándome en modo pausa durante lo que a mí me parece una eternidad venida a menos, y disfruto de la magia que se esconde, aunque también se muestre a quien quiera verla, en esa imagen de la Naturaleza que presume con su verde esperanza destacando entre todos los demás colores.
Cuando las ideas ya se resignan pensando que una vez más me he olvidado de ellas me conocen bien… salen de su madriguera con la guardia baja y entonces, como ocurre a veces, acierto con mi red «caza-ideas» a alcanzar y atrapar …, o quizá no me conozcan tan bien a una de ellas, casi siempre la misma, o en su defecto a alguna prima suya, y las demás se retiran con la parsimonia que les otorga la tranquilidad de saber saciado a su depredador.
Y, cuando escuchas que no me imagino la vida sin ti, que si me la imagino no quiero ver lo que veo, o cualquiera de esas frases tan manidas que vienen a significar lo mismo, una vez más ignoras mi torpeza por tal falta de originalidad al responderme con tu mejor regalo, ese brillo tuyo en los ojos, tan especial, en el que me quedo a vivir siempre que me lo permites, mientras me castigo con la eterna pregunta de «¿por qué no acaba de llegar nunca esa idea original que tanto ansío?», y siempre me respondo con el consabido «¡no tengo ni idea...!»

© Patxi Hinojosa Luján
(17/05/2017)

lunes, 15 de mayo de 2017

Orgullo


Hoy me ha dado por recordar algunos brillos que conozco bien a base de haberlos observado, con todo el respeto que se me inculcó, siempre que me ha sido posible acceder a la atalaya de una conciencia tranquila; es un ejercicio saludable y recomendable, se me ocurre valorar que casi tanto como la búsqueda, hasta enamorarse, de ese duende que acabará convirtiéndose en el más fiel compañero en nuestro Camino.
Así, recuerdo miradas que hacen el amor con el alma, con toda calma; otras que dan las gracias con el corazón, incluso algunas que reconocen esfuerzos con la razón… Miradas que visten, celosas, a sus amantes antes de compartirlos con nadie, sabedoras de que encontraron oro cuando se hubieran conformado con cobre. Miradas que, mirando más allá en el tiempo, adelantan las gracias a las necesidades en la confianza de que siempre serán cubiertas. Miradas de aprobación a quienes ya antes las tuvieron contigo de manera incondicional. Y en todas ellas los vidriosos ojos que así miran presentan un brillo tan especial, tan bello, que bien podría ser nombrado patrimonio de la humanidad.
Brillos… Me viene ahora a la mente uno de los más recientes, el que advertí adornando a un joven músico que acompañaba por vez primera en el escenario a su famoso padre, estrella de la canción, y que, mientras punteaba una guitarra rozando con respeto sus cuerdas, lo contemplaba al dar su particular «do de pecho», no pudiendo evitar uno de los gestos de admiración más diáfanos que haya visto nunca; ese es uno de los brillos que aspiro a ver en los ojos de mis hijos, sueño con merecerlo algún día...
Son todos ellos brillos de un orgullo sin maquillajes ni disfraces, de los que oxigenan el alma y dejan abierta una puerta a la esperanza. Pero existe otro tipo de orgullo con el que vivir también se torna una experiencia mucho más gratificante, y aquí y ahora no evoco ni me equivoco con ese ligero matiz ortográfico diferenciador entre «ser» y «estar» orgulloso, que se agiganta en su significado, porque tengo que decir que todas esas miradas «están», y puede que ya nunca lo dejen de estar; no, me refiero al orgullo de haber conocido a personas que, a pesar de no haber militado en el equipo de los Amigos queridos, se han adjudicado sin dificultad alguna un pedacito del espejo donde gusto mirarme cada mañana esperando llegar a parecerme algo a ellas con tiempo y ahínco.  
Pero hay ocasiones en las que nos relajamos y dejamos nuestra guardia baja, y es entonces, en ese momento que siempre es el más inesperado, cuando el destino se enfunda el papel de protagonista que exigió para él en el momento del reparto; y en este hoy, que no se ha reunido aún con el mañana que se apropiará de su nombre, aquel me ha forzado a dirigir la mirada hacia una esquina de ese cristal mágico desde donde se me dirigían palabras en castellano mezcladas con algunas en euskera, con un marcado acento gallego, y poco a poco asimilo que me tendré que conformar con las que ya están ahí, porque no habrá más, aunque puede que quizá solo hayan sido imaginaciones mías… Mas se me ha encogido el alma, sé que ya no podré hacerle partícipe de todo esto a él, por lo menos no en esta vida, y ahora que me acompañan dos brillos diferentes, y uno lo es de pena, os puedo asegurar que en el otro seguiré sintiendo por siempre ese último orgullo del que os hablé…

© Patxi Hinojosa Luján, con la mirada vidriosa, fija en el pedacito de espejo que Santi (Santiago Crespo, de Electro Etxe, en Irún) se ganó hace tiempo. 
(15/05/2017)

jueves, 11 de mayo de 2017

A veces…


No sé cómo lo hacen, pero suelen intuir cuándo ellos van a acabar apareciendo y se reivindican a su manera, con un juego de seducción no provocada que esconde la exigencia de que se las exhiba; es entonces cuando las sacamos a pasear para que así se oxigenen un tanto y puedan lucirse en presencia de aquellos. Ellos acuden siempre a un encuentro que jamás se retirará de la cartelera, bien es cierto que en ocasiones camuflados en esas sombras que remodelan sus siluetas, mas en la mayoría luciendo sus mejores galas lumínicas.
Lo cierto es que ellas juegan con ventaja, el crupier de ese casino que se nos aparece a la vuelta de cualquier esquina en nuestras intrincadas vidas les reparte siempre las mejores cartas al no poder resistirse a sus encantos; los entiendo, ¿quién lo haría al embrujo que simulara el guiño de las quintas pestañas de unos preciosos ojos color verde promesa? A ellos eso les preocupa más bien poco, ya jugaron sus partidas más importantes y ahora solo aspiran a que sean recordadas, a que se les tenga presentes.
¡A veces las emociones están tan unidas a los recuerdos, a veces…!; pero siempre lo hacen iluminando todo con su brillo especial.
***
Hay una mesa que siempre está preparada desde el mes anterior, y a pesar de que las órbitas de nuestras vidas giren ajenas a ello durante esos treinta días, al final nos conducen hacia aquella atraídas por su cautivador magnetismo. Unos platos y unas copas nos esperan cuando hace un buen rato que las emociones y los recuerdos se repartieron los papeles en la representación; y mientras transcurre el tiempo de esta, chocamos esas copas, y aunque haga casi media vida que nos miramos a los ojos al hacerlo, puede que sea por aquel brillo especial por lo que siempre somos capaces de ver cada vez un poco más dentro.
A veces nos dejamos llevar por ellos, por ellas; a veces…

© Patxi Hinojosa Luján
(11/05/2017)

jueves, 27 de abril de 2017

Llora

(Imagen extraída de la red Internet)

Me sorprende verte aquí, tan lejos de la serenidad. Te he reconocido por casualidad y quiero pensar que tú a mí no; me he acercado lo suficiente para observarte mientras paseas por este barrio de la Tristeza que visito en ocasiones para no morir de felicidad, aunque he de confesarte que lo hago siempre embutido en disfraces diversos. Ahora, mientras atuso un mostacho que nunca me creció, advierto que cambias de acera y con ello te acercas, no sé si eres consciente, a la calle Autocompasión; me recorre un ligero escalofrío. Mi corazón anhela que no entres, que pases de largo, no conozco a nadie que haya salido de ella sin negativas secuelas emocionales. Entonces, grito llamadas mudas esperando que no me sean devueltas por «destinatario desconocido o ausente» a la par que ordeno en mi mente todo aquello que desearía compartir contigo.
Sí, ya sé que pocas cosas angustian más que presentir que acabaremos ahogándonos en nuestros propios fracasos, estén anunciados o no, pero existen válvulas de escape que tenemos todos a flor de piel…
Llora, amigo, libera compuertas antes de que el tiempo aliado solo en ocasiones— inutilice sus goznes con el óxido de su tiranía y sea ya demasiado tarde.
Llora, ya debes saber que hacerlo no te hará más débil pese al criterio de aquellos que cada vez lo son más sin siquiera sospecharlo.
Llora, humedece nuestras miradas cruzadas con tu desahogo cuando el nudo de tu garganta bloquee esas palabras que solo te podré leer en el brillo de los ojos.
Llora pues, cuando lo necesites llora, no te contengas, mas el resto de tus instantes sonríe, sonríe siempre que el llorar no se antoje tan inevitable como necesario.
Por sonreír, sonríe cuando seas tú el que tenga que recordarme todo esto a mí; sé que no lo olvidarás, como sé también que no escatimarás apoyo alguno.
Y ríe, jamás reprimas tus carcajadas…

© Patxi Hinojosa Luján, desde el Val d'Orcia
(27/04/2017)

domingo, 2 de abril de 2017

Su número


Sacó de su cartera un folio doblado que desplegó con mimo; volvió a mirar lo que en él estaba garabateado y marcó, antes de que pudiera arrepentirse, ese número que se sabía de memoria. Al instante oyó los sonidos que confirmaban que había línea disponible: uno, dos, tres, cuatro, cin…
—Sí, ¿quién es? —después del quinto tono, que sonó interrumpido, un par de respiraciones poco disimuladas dieron paso a una voz grave y recelosa que le permitió al momento imaginar a un señor entrado en recuerdos, y ello no hizo sino aumentar un nerviosismo que llevaba horas hostigándolo.
—Perdone que le moleste, ¿vive ahí Diana...?, no recuerdo ahora su apellido —soltó, temiendo la respuesta, fuera cual fuera el sentido de esta.
—Diana es mi nieta, esta es su casa pero ella no está, ha salido a hacerme unos encargos, ¿sabe usted? —Reveló el abuelo con una voz que ya se estaba desprendiendo de cualquier indicio de desconfianza, esta vez no eran los pesados que siempre le intentaban engañar con ventas fraudulentas—. No creo que tarde ya, ¿quiere que le deje algún recado?
Después de unos segundos que al él le parecieron horas, lo mismo que a su interlocutor, carraspeó para contestar:
—Ha sido muy amable, pero no se moleste, volveré a llamar en otro momento. Gracias por todo —añadió pensando, equivocado, que ahí acababa la conversación.
—¿Usted es el que le ha llamado otras veces, verdad? —oyó como un susurro cuando ya se disponía a cortar la llamada; volvió a acercar el aparato a su oído.
—No, no. Yo…, es la primera vez que llamo —respondió sin mostrar convicción. Una inquietante curiosidad retornó a su ser en aquellos momentos esperando que el anciano compartiera parte de su tiempo, del que con toda seguridad le sobraría mucho, comentando algo más sobre aquellas llamadas.
—Discúlpeme, pensé que tal vez… —dejó terminar la frase en su mente, aunque ello no impidió que se oyera completa al otro lado de la línea.
Le costó romper el silencio inquieto que, teñido de provisionalidad, se instaló en la conversación durante unos segundos; mas no podía mantenerlo, no si quería avanzar en su propósito una vez que pudo esquivar su pánico con un dribling que lo dejó atrás aunque sin lograr hacerlo desaparecer, y lo hizo sin meditar en las posibles consecuencias…
—Dígame, ¿a qué se refiere con lo de «otras veces»?, ¿ha tenido su nieta alguna llamada que se pudiera calificar de especial? —preguntó apostando fuerte al intuir que ese era el momento oportuno para hacerlo.
—Pues sí, me dijo que la semana pasada llamaron dos veces pero que no respondieron, aunque se notaba que había alguien al otro lado… —calló de golpe dejando oír sus dudas, sus sospechas, una vez más.
«Así que era eso, al final llegué a marcar ese número un par de veces aunque me quedara en silencio después de que descolgara —se dijo al confirmar su presentimiento—, ¡maldito ron, no debí probarlo aquellos días!, me dio la valentía justa para dar el primer paso y al instante se esfumó abandonándome antes de que pudiera abrir mi corazón».
Aparcó los anteriores pensamientos y, tratando de desviar el rumbo de la conversación, aumentó el riesgo una muesca más al atreverse a preguntar:
—Su nieta, Diana, ¿se dedica por casualidad a la publicidad? —No se reconocía, nunca hubiera pensado ser tan osado; esperó oír cualquier cosa: una respuesta, también un reproche.
—No, no, ¡qué va! ¡Gracias a Dios!, a mí eso me hubiera disgustado, no me hacen ninguna gracia los anuncios, no me gustan en absoluto —confesó añadiendo un suspiro de alivio.
—¡Vaya!, yo pensaba que sí —indicó, decepcionado, rechazando la idea de contestar a su comentario; él opinaba que la publicidad es algo más, que posee muchos más matices—. Quizá me haya equivocado —pensó, con la pena ganándole la partida a la decepción.
—Joven, mi instinto es sabio, aunque lo sea solo por viejo, y me dice que no, que no se ha equivocado; puede que de profesión sí, pero no de persona, no me pregunte por qué, no sabría contestar…
Un nuevo silencio, ahora más nervioso, mucho más incómodo, se apoderó de la situación hasta que fue roto por un ruido de llaves y cerraduras.
—Mire, acaba de llegar a casa Diana; espere, se la paso…
La imaginó con más intensidad si cabe que las anteriores veces. Oyó cómo su abuelo le plantaba un sonoro beso —en la frente, supuso— y le pasaba el teléfono: «Es para ti, niña, un chico muy agradable».
—Sí, ¡¿dígame?! —no podía verla, pero seguía imaginándola con la misma intensidad, y esa era la voz que llevaba tanto tiempo queriendo volver a oír. Solo entonces recordó, con su mejor sonrisa delineándole la expresión, la tarde en que fue a ver aquella película y la pantalla del cine le mostró, encuadrándola y acercándola con un elegante movimiento de zoom que se escoraba hacia un costado, una agenda abierta por la página correspondiente a la letra «D» con aquel dedo señalando su número…

© Patxi Hinojosa Luján
(02/04/2017)

martes, 21 de marzo de 2017

Música celestial


Un día más sales a pasear, a que te dé el aire —según me matizas, cabizbajo, y lo haces como excusándote. Sé que vas en busca de algo que no acabas de encontrar en casa desde aquel traumático episodio; no te culpo. Tengo muy claro que lo echas en falta, que sabes que antes tú disfrutabas ese algo más que completaba tu vida, pero que también amargaba la mía. Yo, por mi parte, aunque lo he intentado hasta donde permite mi orgullo, no he conseguido dar con la tecla que activara aquella luz que se apagó en ti en aquel instante. Pero no estoy dispuesta a contarte la verdad, al menos no toda; sé que no es justo, pero no soy perfecta.
Ahora vivo en paz, y creo que merezco la recompensa que ha supuesto para mí la situación actual, máxime teniendo en cuenta todos mis desvelos y atenciones tras el disgusto del ictus que nos aquejó.
¡Está bien!... Acepto matizar que el que lo sufrió fuiste tú, pero no puedes negarme que yo lo hice contigo cada minuto hasta que la recuperación física llegó a alcanzar el nivel que se nos había pronosticado y yo pude comprobar que, en efecto, mis súplicas habían sido atendidas.
Desde hace semanas, y cada vez que te ausentas, me suelo parapetar entre los visillos de esa ventana por la que se ve la vida ir y venir. Lo hago a la hora en que sueles regresar cada día de tu paseo, siempre temiendo encontrar un cambio en tu semblante, un cambio que no soportaría y que lo tengo decidido no compartiría contigo.
***
Y, como cabía la posibilidad, al final ha ocurrido. A pesar de verte a lo lejos, constato que has conseguido recordar, o quizá lo hayas encontrado por azar; yo hoy sigo sin entender cómo aquel pub las ponía a todas horas… Te confesaré ahora ya no tiene sentido ocultarlo que yo no las soportaba…
Cojo, con un punto de ansiedad, la maleta y la mochila que contienen mi particular kit de supervivencia y que llevan tiempo preparadas en el altillo del armario. Lo tengo todo calculado: tu estado de salud te obliga a usar siempre el ascensor y he previsto estar bajando por las escaleras para cuando tú subas por él. Antes de abandonar nuestra vivienda, extraigo la nota manuscrita que ha permanecido escondida junto a aquellas y la dejo bien visible en la mesa de la cocina:

«[…] Tienes que saberlo: No soportaba las canciones que componías y que, al no barajar la posibilidad de que me desagradaran, me cantabas a todas horas. No tengo duda alguna de que hoy a ti te habrán sonado a música celestial [...]»

© Patxi Hinojosa Luján
(21/03/2017)

sábado, 18 de marzo de 2017

El trato


La atmósfera andaba ese día sobrada de poesía; en su regazo versos insumisos imaginaban danzas buscando encontrar el equilibrio que les dotara de un plus de armonía y sonoridad y, egoístas cual gato arisco, desahuciaban a una prosa que ya empezaba a escasear. La suya había sido una jornada más larga y cansina de lo habitual, agotadora. Aun así intentaría escribir al menos un par de horas más. Esta que terminaba estaba siendo una semana de ritmo frenético por mor de la inoportuna gripe que amenazó con mutarse a una neumonía que al final pudo evitar. Mas el retraso acumulado por este imprevisto en su quehacer era incompatible con el compromiso adquirido con su editorial, para la que debería tener lista su novela en escasos días.
La cosa pintaba mal, para qué negarlo. Había confiado, según su viciada costumbre, en ese impulso que a última hora, cargado con una insólita energía que solo le visitaba en estas situaciones, le permitía en todas ellas pulir y acabar su obra.
En esta ocasión, la sorpresa en forma de las fiebres más severas que recordaba, de batas blancas, medicinas y serias advertencias con reposo absoluto en cama, amenazaba con arruinar sus planes, lo que con seguridad invalidaría su jugoso contrato.
Se otorgó un pequeño descanso que aprovechó para desentumecer sus articulaciones. Recorrió el pasillo varias veces y volvió a su despacho después de beber un generoso trago de agua con gas. Se acomodó en la butaca de su escritorio y observó el monitor que volvió a la vida con un leve movimiento del periférico roedor. Pensó que quizá debería considerar aceptar esa ayuda que le habían ofrecido con insistencia en los últimos tiempos; si en algún momento tenía sentido tan peregrina idea, ese era este. Cerró los ojos…
***
… cuando los abrió dos capítulos más tarde, observó cómo el cursor se movía nervioso generando nuevas palabras y frases que tenían, en verdad, muy buena pinta; solo en contadas ocasiones retrocedía para cambiar palabras o expresiones por otras más adecuadas, más literarias; también para corregir pequeños despistes ortográficos, de puntuación o de teclado que él solo apreciaba cuando ya estaban desapareciendo. Y le estaba gustando lo que leía. Volvió a cerrar los ojos en lo que pretendió ser un instintivo acto reflejo de relax y que acabó convirtiéndose en mucho más…
No sabría precisar si aún permanecía en mundos oníricos cuando se percató de que se estrechaba la mano con alguien, como cerrando un trato, y la duda mutó a perplejidad cuando constató que ese alguien no era sino el personaje principal de su inacabada novela. Y entonces lo vio claro: era este el que, sin muestras de fatiga y con un estilo literario tan similar al suyo que asustaba, estaba terminando el trabajo con celeridad. Meditó un instante y no tuvo que forzarse para regalarle una sonrisa a la vida.
Rio al recordar las ocasiones varias en las que su protagonista le había confesado que le encantaba cómo estaba evolucionando la trama y que no veía llegar el día de descansar tras el altivo punto final de los finales, siempre ignorante de los restantes dos puntos suspensivos..

© Patxi Hinojosa Luján, en Murcia, con amigos
(18/03/2017)