miércoles, 1 de julio de 2026

Tiritas

 


Todo está en penumbra, casi en silencio, si no fuera por la costumbre que tienen algunos soldados, cuando están excitados, de extraer su espada de la vaina unos centímetros para volverla a colocar en su sitio en un tic nervioso.

—Tardan en empezar, ¿no? —le susurro a padre.

—Tranquila, no seas impaciente, empezarán pronto—me responde padre sin siquiera mirarme.

—Tú ya has visto antes esta obra, ¿no es cierto? —pregunto para acelerar el tiempo.

—Tantas veces que me la sé de memoria; muchas con madre, antes de que… —Se para en seco, y yo quedo inmóvil al imaginar ese nudo en su garganta que le impide continuar.

—También ella se la sabría, ¿verdad? Madre era muy lista y tenía muy buena memoria.

Tadeo, que así se llama padre, asiente sin girarse a mirarme, pero me coge una mano con las dos suyas y ese calor familiar me reconforta.

Tiemblo al pensar en cómo sería la vida ahora con ella, con tantos peligros como nos acechan en estos tiempos cambiantes, mas enseguida recuerdo lo valiente que era y el valor que esgrimía ante las injusticias. Por eso muchos hombres se burlaban de padre y lo tildaban de aquella manera tan despectiva.

Tengo que parar de recordar, han encendido las velas del escenario anunciando que la obra comenzará en breve, y necesito disfrutarla concentrada. Padre me aprieta un poco más la mano, quizá por volver a vivir conmigo lo que tantas veces disfrutó con madre.

Titilan las llamas de las velas al acercarse los actores por el movimiento de sus vestimentas, y noto cómo me pongo nerviosa. Ya no se oye ni una mosca cuando el primer actor empieza a declamar su texto; tiene una voz alta y clara. Hay palabras que no conozco, pero entiendo el conjunto de todas las frases. De repente, mi cabecita loca se va por otro camino y se hace una pregunta que ignoro de dónde ha salido: ¿qué pasará en un futuro, si a espectáculos de este tipo acuden muchas más personas y los escenarios son mucho mayores?, ¿cómo harán para que todos los espectadores escuchen bien, incluso los que se sienten en las filas más alejadas? Padre se ha dado cuenta de que he desconectado por un instante y, con un leve toque en mi brazo, me devuelve al presente.

Termina la función sin más distracciones por mi parte. La gente se levanta de sus taburetes. Ha gustado tanto que todos quieren manifestar su agrado, algunos con vítores, los más; los menos desenvainando sus espadas y haciéndolas silbar en el aire con más bebida encima de la deseable, por lo que padre me aparta de ellos con celeridad para evitar accidentes, y yo apunto en mi lista imaginaria una nueva cualidad que debe de venir de serie con los padres.

Todavía es de día cuando llegamos a casa, padre no quiere que frecuente taberna alguna, y menos cuando acaba de llegar al poblado un tercio de soldados envalentonados a raíz de su reciente y sonada victoria. Gran parte de los honorarios obtenidos lo destinarán a embriagarse y no sería prudente estar cerca, me explica padre, aunque no hayamos tenido más remedio que hacerlo antes, en la representación teatral donde, más o menos, se han comportado.

—Te vas a acostar sin cenar otra vez… —me reprocha padre cuando ve que voy directa a mis aposentos, y yo asiento.

—Tengo poca hambre —miento, pero mis ansias por escribir todo lo vivido durante la tarde se comen a aquélla, y deseo ponerme a ello ya para no olvidar lo importante— mañana desayunaré bien, te lo prometo, padre.

Traspaso el cortinón que hace de puerta y entro a mi reino particular donde doy rienda suelta a mis inquietudes. Si padre supiera leer, sabría que intento reflejar todo lo que ocurre en nuestras vidas desde que madre desapareció sin dejar huella, aunque aquí todo el mundo sospecha que no fue voluntario, quién lo hizo y por qué. Si padre pudiera ver todo lo que he escrito desde entonces, sé que lo aprobaría, sobre todo cuando hablo de la personalidad de madre: valiente, rebelde, intransigente con las injusticias.

Tozuda, intento aferrarme a la vigilia sin éxito; me duermo, continuaré mañana. Ahora, espero que me vuelvan a visitar esas locas ideas que dibujan mundos diferentes, como el de la función teatral. Y espero contar con la reconfortante compañía de madre, tan irreal como entrañable.

***

Terminando está el siglo XIX cuando una niña curiosa encuentra en un baúl escondido en la buhardilla de su casa unos manuscritos, al parecer muy antiguos; están amarillentos y va a tener que tratarlos con mucho cuidado para que no acaben por descomponerse. Se sienta en el suelo. Lee con atención y empieza a absorber todo lo que está escrito en torno a «madre», y la devoción con la que su hija la ha descrito. En pocos minutos queda atraída por la fuerte y magnética personalidad que desprende. Ese día se promete a sí misma intentar parecerse a aquella mujer para homenajearla, por dignidad y justicia para ella y para el resto de mujeres.

Tarde tras tarde, al salir de la escuela, corre a casa a refugiarse con su tesoro, un tesoro que para ella no son sino tiritas, tiritas para el alma.

—Te vas a tener que instalar ahí arriba, Carmen Eulalia, casi no bajas a visitarnos.

—Te recuerdo, mamá, que ahora me llamo Clara, ¡Clara!


© Patxi Hinojosa Luján

(17/06/2026)

domingo, 3 de mayo de 2026

La Madre

El juglar subrayó con un arpegio del laúd y con una sonrisa que era casi una mueca el final de su balada, mientras el público, formado por gruesos campesinos que llenaban la posada, explotaba en grandes carcajadas. Se giró justo a tiempo de esconder unas lágrimas de felicidad que tenía reservadas para este momento en concreto y corrió raudo hacia su improvisado camerino; allí él también explotó, mas en su caso con una cascada de sollozos de felicidad no contenida que acabó de un plumazo con años de tristeza y sufrimiento silenciosos. Cuando pudo al fin calmarse, consiguió oír con claridad por encima de los últimos temblores llorosos que el público demandaba su vuelta al escenario con una sinfonía de palmas que en un momento dado se coordinaron hasta conseguir unificar un ritmo que ya quisieran para sí en cualquier evento lúdico musical. Arregló los desperfectos que observó en su rostro provocados por aquel desahogo con una nueva capa de maquillaje, suspiró hondo una, dos, tres veces, y volvió al rústico escenario.

En cuanto llegó, la claridad de decenas de velas encendidas a la vez le cegó por un momento. Le costó un rato ajustar sus pupilas para poder fijarse en su público y agradecerle su apoyo con cruces de miradas expresivas y reverencias de protocolo. Cuando enfocó la última fila, alguien se levantó y se quitó el abrigo: debajo portaba un traje de juglar tan rómbico y colorido como el suyo y, desde allí, recibió un par de besos que le llegaron volando y que él recogió con destreza y recolocó en sus mejillas con el pecho henchido de orgullo de padre.

Mientras, parapetada detrás de una oronda camarera, una esposa y Madre observaba la escena… 

© Patxi Hinojosa Luján

(03/05/2026) 

Por esas casualidades de la vida (y algunos entenderéis por qué digo esto…), el tercer libro de mi tercer estante resulta que es (en el momento de la convocatoria, porque puede variar en función de nuevas adquisiciones) Los ladrones del Santo Grial, de Renato Giovannoli (Editorial El Barco de Vapor) y que me regaló hace muchos años nuestro hijo menor. 

lunes, 13 de abril de 2026

Aliviados

Como cada noche, el cansancio y el tedio que conforman nuestra rutina son los encargados de animarnos a ir a la cama, donde nos acomodamos cada uno en su costado; entre ambos, un imaginario río de tristeza fluye a sus anchas.

Como cada noche, mi esposa se dispone a escribir cuatro letras en su diario antes de dar por finiquitado el día de un plumazo, lo que hace apagando con determinación la lamparita de su mesita de noche. La mía ya casi nunca la uso, no puedo concentrarme en ninguna de las lecturas que empiezo.

Y, como cada noche, yo procuro dormir intentando que aquel río no me salpique, cuando de sobra sé que hace demasiado tiempo me dejó empapado desde el corazón hasta el alma, y que dormir así no es fácil; a pesar de eso, consigo instalarme en una especie de duermevela en la que me sorprende que, desde hace días, no me sobresalte la recurrente pesadilla de aquella triste disputa familiar, la que nos condujo hasta aquí después de hundirnos con la macabra maniobra matemática que convirtió aquel entrañable y familiar «tres» en este frío «uno más uno».

Después de un buen rato, cansado de no descansar, y con la vejiga reclamando mi atención, me dirijo al cuarto de baño. Al volver, más relajado, pero igual de triste, veo que ella ha encendido de nuevo su lámpara y dejado abierto su diario mientras se hace la dormida; lo sé por su respiración, no está agitada ni esbozando tímidos ronquidos, como suele suceder. Miro a mi alrededor como si pudiera haber alguien observándome y por fin me animo a acercarme a leer: «… aguanto porque es mi sino, porque si no…, ¿sí o no?...», leo, y ya no quiero seguir haciéndolo. Estoy seguro de que se refiere a nuestra relación; yo la entiendo, ¿cómo no hacerlo si a mí me ocurre lo mismo?

La mañana nos encuentra casi como nos dejó la noche, más despeinados e igual de apáticos. Habrá que sacar fuerzas de donde sea para enfrentar el nuevo día. A ella le falta poco para la jubilación, aunque intuyo que la retrasará, no le resultará nada sencillo renunciar a su respetado y valorado puesto de gerenta en su importante empresa dedicada a la vanguardia tecnológica y, de paso, conseguirá enfrentarse menos tiempo a su..., a nuestra realidad; yo, por mi lado, soy una especie de actor al que le encargan repartir alegrías e ilusiones, que ni sé de dónde las saco, aquí y allá; no es una ocupación nada segura, al contrario, pero es la que el destino eligió para mí, o así me justifico cuando no veo manera de salir de su potente atracción. Y de un tiempo a esta parte ya apenas nos contamos detalles de nuestras respectivas jornadas en la cena, el único momento del día en que nuestras miradas a veces se cruzan y, cuando lo hacen, sólo ven pena y lágrimas reprimidas en los ojos del otro.

Hoy he vuelto a fracasar, y casi me doy por vencido una vez más. Sólo he tenido una llamada y, para colmo, no han querido hacer frente a mis honorarios argumentando que no he conseguido arrancar ni una sola carcajada a ninguno de los niños que asistían a la fiesta de cumpleaños, ¡como si eso fuera tan fácil! ¿Es que nadie ha visto y valorado esas sonrisas huidizas y oído los conatos de risas que yo sí he apreciado con claridad cual esquivos garabatos de felicidad? Dicen que no se puede triunfar siempre; matizaría que hacerlo, aunque sólo fuera de vez en cuando, no estaría de más. Mas tengo que admitir que éste es mi sino. Éstas son mis cartas y con éstas, me temo, tendré que seguir jugando.

Creo que hoy llegaré un poco más tarde a casa, recuerdo que ella tiene una reunión importante a última hora que, con toda seguridad, se alargará.

Camino desconcentrado, sin prisa, por calles que no recuerdo haber transitado antes; no me preocupa, ya me orientaré después para volver a casa, a esa casa que antes del terremoto fue un hogar.

Estoy cansado, necesito un café cargado antes de regresar a casa solo, como el café que pediré. La cafetería tiene buena pinta. Entro. Me dirijo a una mesa libre que incluye prensa. Mientras espero al camarero, echo una ojeada al mostrador y en ese instante se me para el corazón, mi oxidado corazón. Consigo reiniciarlo tosiendo con vigor y me concentro en la escena. Estás ahí, en esa concurrida barra, con la mirada perdida de lado. Veo tu cara en blanco y negro en contraste con tu figura, enfundada en ese disfraz multicolor. Eres tú, un par de decepciones mayor, y unas lágrimas que creía extinguidas se deslizan por mi rostro yendo a mojar el periódico. Lo cojo y me parapeto detrás de él, esperanzado; al contemplarte me sumerjo en tu tristeza, que siempre será la mía, porque hacer reír nunca garantizó felicidad, ¿no es cierto, hijo?

Entonces suspiro hondo, buscando en el móvil el contacto de tu madre, sé que no le molestará que la interrumpa mi mensaje en plena reunión. Le contaré que podemos sentirnos por fin aliviados, aunque quede aún mucho trecho por recorrer, pues tu mirada carece ahora de aquella carga de soberbia con que te dirigiste a nosotros… cuando juraste desaparecer para siempre y no seguir jamás mi vocación de payaso. 

© Patxi Hinojosa Luján

(13/04/2026)

miércoles, 4 de marzo de 2026

En las tinieblas


¿Aún no os habéis percatado…

*

Detesto que me recéis, me aburre sobremanera. Aunque espero que no perdáis la fe, lo necesito para seguir con mi plan, del cual vosotros seguís siendo unos excelentes colaboradores.

Me dirijo a vosotros, humanos, los demás seres vivos no me preocupan, no mientras no evolucionen… En cuanto visteis que erais los únicos con un mínimo de inteligencia os apresurasteis a autodenominaros —¡engreídos!— homo sapiens sapiens, mas os empeñáis en imitar la estrategia del avestruz para no ver lo evidente; no lo acabo de entender, habiendo ya pasado prehistoria y unos cuantos siglos de historia. Sólo hay que constatar que, por mis arbitrarias actuaciones y por mi desidia, continúan las guerras, las muertes por hambre, sed, frío…, las injusticias sociales aumentando las desigualdades entre los cada vez más ricos y los cada vez más pobres… ¿Cómo explicáis entonces que un Dios bondadoso deje morir a tantos niños inocentes e indefensos? ¿De verdad que no son suficientes pistas para vuestras mentes sapiens?, ¡qué fácil me lo estáis poniendo!

¡Ay!, perdonad mi poca educación, me presentaré: soy Satán, y debéis saber que, entre otros muchos nombres, también me llaman Lucifer, Príncipe de las Tinieblas, pero sois vosotros los que, obtusos, estáis en ellas, de donde jamás os permitiré salir y donde os auto exterminareis mientras yo sigo con mi maligna labor en otros mundos habitados.

*

… de que soy un impostor, de que hace milenios le usurpé el trono a Dios y lo confiné en la Mazmorra Eterna?

© Patxi Hinojosa Luján

(04/03/2026)

jueves, 12 de febrero de 2026

Maestro


Estoy en esa fase de la vida en la que alterno episodios de confusión y oscuridad con otros en los que me sorprendo con destellos de lucidez; como éste, porque ahora es el turno de la luz, lo que aprovecho para evocar momentos trascendentes de mi vida. Como cuando permanecí más de dos años en aquel cobertizo cubierto y alejado de las miradas indiscretas; recuerdo el frío, la humedad, y ese aire viciado que por momentos se hacía irrespirable, e incluso así, tras el pañuelo que incomodaba tanto como protegía, veía cómo ibas cobrando vida y acercándote a la belleza que diseñé en mi cabeza en función de lo que el bloque de mármol —que ya había sido dañado y desechado por otros artistas— me permitía; y era feliz porque estaba, y estoy, orgulloso… de los dos.

En algunos de aquellos momentos, mi expresión de satisfacción bien podría dar juego a algún artista novel para plasmarla en lienzos, tablillas o rocas, pero no disponía de tiempo para perderlo en tamaño ejercicio de vanidad, y procedía a continuar con mi trabajo después de esparcir un poco de agua que precipitara hacia el suelo el grueso del polvo generado por mi trabajo y de limpiarme y secarme la cara, adornada ahora con un nuevo pañuelo, limpio y seco.

 ***

—¿Sabes?, me pregunto si conoceré algún día a alguien cuya cara y figura se acerquen en belleza a la tuya, y la posibilidad de que así sea me proporciona la fuerza necesaria para continuar con mi ingente pero gratificante labor.

»Sí, ya sé que no voy a escuchar respuesta alguna por tu parte, pero aquí no hay nadie más que pueda tacharme de loco si me oyen hablar en la creencia de que lo hago solo.

En este punto, reaparece un sentimiento recurrente, primo hermano de la culpa, que va aumentando en intensidad y frecuencia: debo ser sincero conmigo y empezar a aceptarlo. Cada vez es más evidente… ¡Dios mío!, ¿por qué me permites amar de esta manera la belleza de esos músculos tan bien torneados?

*

Van pasando los meses, con los días relevándose unos a otros. Algunos veo avances que me reconfortan, otros parece que se haya congelado el tiempo y que me halle en un bucle temporal en el que todo se repita, pues mis ansias por avanzar van por delante de los propios avances. Es justo en esos momentos cuando aparece el cansancio, que no es tanto físico como mental. Entonces paro en seco y desvío la mirada para compensar la sobredosis de tu imagen, que en todo caso debo reconocer es cada vez más perfecta y deseable, a pesar de mis paranoias.

Cuento cuentas hasta que me sereno, tras lo cual, o bien vuelvo al trabajo, o bien lo dejo para la jornada siguiente, según dicte mi ánimo. Así continúo el trabajo que me encargaron mis mecenas, lo que pudiera hacer que algunos me consideren como un mercenario que cambia su arte por el terrenal dinero y una vida de privilegios y reconocimientos; pero la verdad es que esa es la única manera que encuentro de que mis ideas se materialicen.

*

Y por fin una larga noche, pasadas las diez de la mañana, llegó ese momento tan deseado; cuando terminé de usar la arena de Tebas, unos días después de haber apartado martillo y cincel, me alejé unos metros para observar mi obra: allí estaba, terminada y recién pulida, desafiándome con sus más de cinco metros de altura y sus casi seis toneladas de peso; allí estabas tú.

Y justo en ese instante, en los albores del siglo XVI, me pregunté: ¿se hablará de ella, pongamos en el siglo XXI…? ¿Algún tintero se prestará para recordarla, para recordarme, con letras de oro?

No pude evitar que una furtiva lágrima se deslizara por mi rostro porque, a la par, estaba interiorizando que acababa de aceptar, al fin, lo evidente: mi gusto artístico convivía ya en armonía con mi gusto más personal, íntimo y carnal.

***

Estoy en esa fase de la vida en la que ya sólo viajo a lugares oscuros que no hacen sino presagiar mi destino, cruel a todas luces, aunque no más que el del resto de los mortales.

—¿Quién anda ahí, eres tú, Francesco? —susurro entornando los ojos en un esfuerzo sobrehumano— ¿Cómo has conseguido escapar de la tumba que con tanto esmero y amor diseñé para ti?

—No se altere, relájese y descanse. No soy Francesco, soy Tommaso, su amigo, ¿recuerda?

En este reino de la confusión, antesala del de la oscuridad eterna, mi mente se detiene un instante, pero vuelve a activarse y de repente es otra la figura que visualizo, todavía con los ojos entrecerrados.

—Recuerda que fui yo quien te creó —y, con el último hilo de voz que me queda, suplico—, David, ¿querrías acompañarme mientras doy el paso?

Pero no es David el que responde, las estatuas sólo se comunican cuando están a solas con sus creadores y en silencio, y ésta ya me había dicho todo lo que tenía que contarme durante todos estos años…

—Ahora descanse —me pide Tommaso mientras me toma ambas manos con todo cariño y se acerca a mi oído lo suficiente para que yo acierte a escuchar unas últimas palabras—. Descanse en paz, Maestro.

Es el turno de la oscuridad…

… que me conducirá hacia la eternidad.

Llegó el turno de pasar a la posteridad.

 

© Patxi Hinojosa Luján

(12/02/2026)

martes, 27 de enero de 2026

Recuerdos


 La Vida es una sucesión de recuerdos; la mía no iba a ser una excepción.

Recuerdo la ilusión de aquel día caminando con mi padre. Recuerdo mi emoción al traspasar la enigmática puerta. Recuerdo sentirme insignificante dentro de aquel laberinto de estanterías repletas de libros olvidados, cuando sólo era un crío. Recuerdo el guiño de aquel libro que acabaría siendo mío; sí, brilló y se me ofreció sin ningún rubor por su parte.

El lomo, rojo como la sangre, no incluía título alguno, ni ningún otro símbolo. Ojeé sus páginas en blanco y supe al instante su significado, que no era sino un mandato. Me puse a ello en cuanto volvimos a casa y me encerré en mi cuarto. La novela ya estaba escrita… en mi imaginación, sólo tenía que ordenar las ideas y plasmarlas con un mínimo de calidad literaria, aunque sin prisas. Comencé: «El secreto, querida Alicia, es rodearse de personas que te hagan sonreír el corazón».

Recuerdo ir plasmando sus aventuras, las del Conejo Blanco, de El Sombrerero, de la Reina de Corazones… Quiso el destino que pocas veces tuviera que echar mano de la goma de borrar, como en aquella ocasión en la que un tal Sam se coló en la historia queriendo ayudar, pues había oído decir a su amigo Gandalf que «la marea de la Vida estaba subiendo».

Y recuerdo cómo me emocioné cuando tuve que escribir, la historia lo requería, que habían encontrado muerto en su butaca al sombrerero Fortuny. «Acribillado a recuerdos». 

© Patxi Hinojosa Luján

(27/01/2026)