Estoy en esa fase de la vida en la que alterno episodios de confusión
y oscuridad con otros en los que me sorprendo con destellos de lucidez; como
éste, porque ahora es el turno de la luz, lo que aprovecho para evocar momentos
trascendentes de mi vida. Como cuando permanecí más de dos años en aquel
cobertizo cubierto y alejado de las miradas indiscretas; recuerdo el frío, la humedad,
y ese aire viciado que por momentos se hacía irrespirable, e incluso así, tras
el pañuelo que incomodaba tanto como protegía, veía cómo ibas cobrando vida y acercándote
a la belleza que diseñé en mi cabeza en función de lo que el bloque de mármol —que
ya había sido dañado y desechado por otros artistas— me permitía; y era feliz
porque estaba, y estoy, orgulloso… de los dos.
En algunos de aquellos momentos, mi expresión de
satisfacción bien podría dar juego a algún artista novel para plasmarla en
lienzos, tablillas o rocas, pero no disponía de tiempo para perderlo en tamaño
ejercicio de vanidad, y procedía a continuar con mi trabajo después de esparcir
un poco de agua que precipitara hacia el suelo el grueso del polvo generado por
mi trabajo y de limpiarme y secarme la cara, adornada ahora con un nuevo pañuelo,
limpio y seco.
***
—¿Sabes?, me pregunto si conoceré algún día a
alguien cuya cara y figura se acerquen en belleza a la tuya, y la posibilidad
de que así sea me proporciona la fuerza necesaria para continuar con mi ingente
pero gratificante labor.
»Sí, ya sé que no voy a escuchar respuesta alguna
por tu parte, pero aquí no hay nadie más que pueda tacharme de loco si me oyen
hablar en la creencia de que lo hago solo.
En este punto, reaparece un sentimiento
recurrente, primo hermano de la culpa, que va aumentando en intensidad y
frecuencia: debo ser sincero conmigo y empezar a aceptarlo. Cada vez es más
evidente… ¡Dios mío!, ¿por qué me permites amar de esta manera la belleza de
esos músculos tan bien torneados?
*
Van pasando los meses, con los días relevándose
unos a otros. Algunos veo avances que me reconfortan, otros parece que se haya
congelado el tiempo y que me halle en un bucle temporal en el que todo se
repita, pues mis ansias por avanzar van por delante de los propios avances. Es justo
en esos momentos cuando aparece el cansancio, que no es tanto físico como mental.
Entonces paro en seco y desvío la mirada para compensar la sobredosis de tu
imagen, que en todo caso debo reconocer es cada vez más perfecta y deseable, a
pesar de mis paranoias.
Cuento cuentas hasta que me sereno, tras lo cual,
o bien vuelvo al trabajo, o bien lo dejo para la jornada siguiente, según dicte
mi ánimo. Así continúo el trabajo que me encargaron mis mecenas, lo que pudiera
hacer que algunos me consideren como un mercenario que cambia su arte por el
terrenal dinero y una vida de privilegios y reconocimientos; pero la verdad es
que esa es la única manera que encuentro de que mis ideas se materialicen.
*
Y por fin una larga noche, pasadas las diez de la
mañana, llegó ese momento tan deseado; cuando terminé de usar la arena de Tebas,
unos días después de haber apartado martillo y cincel, me alejé unos metros
para observar mi obra: allí estaba, terminada y recién pulida, desafiándome con
sus más de cinco metros de altura y sus casi seis toneladas de peso; allí
estabas tú.
Y justo en ese instante, en los albores del siglo
XVI, me pregunté: ¿se hablará de ella, pongamos en el siglo XXI…? ¿Algún
tintero se prestará para recordarla, para recordarme, con letras de oro?
No pude evitar que una furtiva lágrima se
deslizara por mi rostro porque, a la par, estaba interiorizando que acababa de aceptar,
al fin, lo evidente: mi gusto artístico convivía ya en armonía con mi gusto más
personal, íntimo y carnal.
***
Estoy en esa fase de la vida en la que ya sólo viajo
a lugares oscuros que no hacen sino presagiar mi destino, cruel a todas luces,
aunque no más que el del resto de los mortales.
—¿Quién anda ahí, eres tú, Francesco? —susurro
entornando los ojos en un esfuerzo sobrehumano— ¿Cómo has conseguido escapar de
la tumba que con tanto esmero y amor diseñé para ti?
—No se altere, relájese y descanse. No soy
Francesco, soy Tommaso, su amigo, ¿recuerda?
En este reino de la confusión, antesala del de la
oscuridad eterna, mi mente se detiene un instante, pero acaba por resetearse y
de repente es otra la figura que visualizo, todavía con los ojos entrecerrados.
—Recuerda que fui yo quien te creó —y, con el
último hilo de voz que me queda, te llamo—, David, ¿querrías acompañarme
mientras doy el paso?
Pero no es David el que responde, las estatuas
sólo hablan cuando están a solas con sus creadores y en silencio, y ésta ya me
había dicho todo lo que tenía que contarme durante todos estos años…
—Ahora descanse —me pide Tommaso mientras me toma
ambas manos con todo cariño y se acerca a mi oído lo suficiente para que yo
acierte a escuchar unas últimas palabras—. Descanse en paz, Maestro.
Es el turno de la oscuridad…
… que me conducirá hacia la eternidad.
Llegó el turno de pasar a la posteridad.
© Patxi Hinojosa Luján
(12/02/2026)
