La Vida es una sucesión de recuerdos; la mía no iba a ser una excepción.
Recuerdo la ilusión de aquel día caminando con mi
padre. Recuerdo mi emoción al traspasar la enigmática puerta. Recuerdo sentirme
insignificante dentro de aquel laberinto de estanterías repletas de libros
olvidados, cuando sólo era un crío. Recuerdo el guiño de aquel libro que acabaría
siendo mío; sí, brilló y se me ofreció sin ningún rubor por su parte.
El lomo, rojo como la sangre, no incluía título
alguno, ni ningún otro símbolo. Ojeé sus páginas en blanco y supe al instante
su significado, que no era sino un mandato. Me puse a ello en cuanto volvimos a
casa y me encerré en mi cuarto. La novela ya estaba escrita… en mi imaginación,
sólo tenía que ordenar las ideas y plasmarlas con un mínimo de calidad
literaria, aunque sin prisas. Comencé: «El secreto, querida Alicia, es rodearse
de personas que te hagan sonreír el corazón».
Recuerdo ir plasmando sus aventuras, las del Conejo
Blanco, de El Sombrerero, de la Reina de Corazones… Quiso el destino que pocas
veces tuviera que echar mano de la goma de borrar, como en aquella ocasión en
la que un tal Sam se coló en la historia queriendo ayudar, pues había oído
decir a su amigo Gandalf que «la marea de la Vida estaba subiendo».
Y recuerdo cómo me emocioné cuando tuve que escribir, la historia lo requería, que habían encontrado muerto en su butaca al sombrerero Fortuny. «Acribillado a recuerdos».
© Patxi Hinojosa Luján

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