![]() |
Como cada noche, el cansancio y el tedio que conforman nuestra rutina
son los encargados de animarnos a ir a la cama, donde nos acomodamos cada uno
en su costado; entre ambos, un imaginario río de tristeza fluye a sus anchas.
Como cada noche, mi esposa se dispone a escribir
cuatro letras en su diario antes de dar por finiquitado el día de un plumazo, lo
que hace apagando con determinación la lamparita de su mesita de noche. La mía
ya casi nunca la uso, no puedo concentrarme en ninguna de las lecturas que
empiezo.
Y, como cada noche, yo procuro dormir intentando que
aquel río no me salpique, cuando de sobra sé que hace demasiado tiempo me dejó
empapado desde el corazón hasta el alma, y que dormir así no es fácil; a pesar
de eso, consigo instalarme en una especie de duermevela en la que me sorprende
que, desde hace días, no me sobresalte la recurrente pesadilla de aquella triste
disputa familiar, la que nos condujo hasta aquí después de hundirnos con la
macabra maniobra matemática que convirtió aquel entrañable y familiar «tres» en
este frío «uno más uno».
Después de un buen rato, cansado de no descansar,
y con la vejiga reclamando mi atención, me dirijo al cuarto de baño. Al volver,
más relajado, pero igual de triste, veo que ella ha encendido de nuevo su
lámpara y dejado abierto su diario mientras se hace la dormida; lo sé por su
respiración, no está agitada ni esbozando tímidos ronquidos, como suele suceder.
Miro a mi alrededor como si pudiera haber alguien observándome y por fin me
animo a acercarme a leer: «… aguanto porque es mi sino, porque si no…, ¿sí o
no?...», leo, y ya no quiero seguir haciéndolo. Estoy seguro de que se refiere
a nuestra relación; yo la entiendo, ¿cómo no hacerlo si a mí me ocurre lo
mismo?
La mañana nos encuentra casi como nos dejó la
noche, más despeinados e igual de apáticos. Habrá que sacar fuerzas de donde
sea para enfrentar el nuevo día. A ella le falta poco para la jubilación,
aunque intuyo que la retrasará, no le resultará nada sencillo renunciar a su
respetado y valorado puesto de gerenta en su importante empresa dedicada a la
vanguardia tecnológica y, de paso, conseguirá enfrentarse menos tiempo a su...,
a nuestra realidad; yo, por mi lado, soy una especie de actor al que le
encargan repartir alegrías e ilusiones, que ni sé de dónde las saco, aquí y
allá; no es una ocupación nada segura, al contrario, pero es la que el destino
eligió para mí, o así me justifico cuando no veo manera de salir de su potente
atracción. Y de un tiempo a esta parte ya apenas nos contamos detalles de
nuestras respectivas jornadas en la cena, el único momento del día en que
nuestras miradas a veces se cruzan y, cuando lo hacen, sólo ven pena y lágrimas
reprimidas en los ojos del otro.
Hoy he vuelto a fracasar, y casi me doy por
vencido una vez más. Sólo he tenido una llamada y, para colmo, no han querido
hacer frente a mis honorarios argumentando que no he conseguido arrancar ni una
sola carcajada a ninguno de los niños que asistían a la fiesta de cumpleaños, ¡como
si eso fuera tan fácil! ¿Es que nadie ha visto y valorado esas sonrisas
huidizas y oído los conatos de risas que yo sí he apreciado con claridad cual
esquivos garabatos de felicidad? Dicen que no se puede triunfar siempre;
matizaría que hacerlo, aunque sólo fuera de vez en cuando, no estaría de más. Mas
tengo que admitir que éste es mi sino. Éstas son mis cartas y con éstas, me
temo, tendré que seguir jugando.
Creo que hoy llegaré un poco más tarde a casa, recuerdo
que ella tiene una reunión importante a última hora que, con toda seguridad, se
alargará.
Camino desconcentrado, sin prisa, por calles que
no recuerdo haber transitado antes; no me preocupa, ya me orientaré después
para volver a casa, a esa casa que antes del terremoto fue un hogar.
Estoy cansado, necesito un café cargado antes de
regresar a casa solo, como el café que pediré. La cafetería tiene buena pinta.
Entro. Me dirijo a una mesa libre que incluye prensa. Mientras espero al
camarero, echo una ojeada al mostrador y en ese instante se me para el corazón,
mi oxidado corazón. Consigo reiniciarlo tosiendo con vigor y me concentro en la
escena. Estás ahí, en esa concurrida barra, con la mirada perdida de lado. Veo
tu cara en blanco y negro en contraste con tu figura, enfundada en ese disfraz
multicolor. Eres tú, un par de decepciones mayor, y unas lágrimas que creía
extinguidas se deslizan por mi rostro yendo a mojar el periódico. Lo cojo y me
parapeto detrás de él, esperanzado; al contemplarte me sumerjo en tu tristeza,
que siempre será la mía, porque hacer reír nunca garantizó felicidad, ¿no es
cierto, hijo?
Entonces suspiro hondo, buscando en el móvil el contacto de tu madre, sé que no le molestará que la interrumpa mi mensaje en plena reunión. Le contaré que podemos sentirnos por fin aliviados, aunque quede aún mucho trecho por recorrer, pues tu mirada carece ahora de aquella carga de soberbia con que te dirigiste a nosotros… cuando juraste desaparecer para siempre y no seguir jamás mi vocación de payaso.
© Patxi Hinojosa Luján
(13/04/2026)

Hola, Patxi, también en las relaciones amorosas existe el destino, ya sean tríos o uno más uno (me ha gustado mucho esta metáfora). Un destino inevitable para ellos. Muy bien narrado.
ResponderEliminarMuchas gracias por participar en el reto del Tintero.
Un abrazo. :)