lunes, 13 de abril de 2026

Aliviados

Como cada noche, el cansancio y el tedio que conforman nuestra rutina son los encargados de animarnos a ir a la cama, donde nos acomodamos cada uno en su costado; entre ambos, un imaginario río de tristeza fluye a sus anchas.

Como cada noche, mi esposa se dispone a escribir cuatro letras en su diario antes de dar por finiquitado el día de un plumazo, lo que hace apagando con determinación la lamparita de su mesita de noche. La mía ya casi nunca la uso, no puedo concentrarme en ninguna de las lecturas que empiezo.

Y, como cada noche, yo procuro dormir intentando que aquel río no me salpique, cuando de sobra sé que hace demasiado tiempo me dejó empapado desde el corazón hasta el alma, y que dormir así no es fácil; a pesar de eso, consigo instalarme en una especie de duermevela en la que me sorprende que, desde hace días, no me sobresalte la recurrente pesadilla de aquella triste disputa familiar, la que nos condujo hasta aquí después de hundirnos con la macabra maniobra matemática que convirtió aquel entrañable y familiar «tres» en este frío «uno más uno».

Después de un buen rato, cansado de no descansar, y con la vejiga reclamando mi atención, me dirijo al cuarto de baño. Al volver, más relajado, pero igual de triste, veo que ella ha encendido de nuevo su lámpara y dejado abierto su diario mientras se hace la dormida; lo sé por su respiración, no está agitada ni esbozando tímidos ronquidos, como suele suceder. Miro a mi alrededor como si pudiera haber alguien observándome y por fin me animo a acercarme a leer: «… aguanto porque es mi sino, porque si no…, ¿sí o no?...», leo, y ya no quiero seguir haciéndolo. Estoy seguro de que se refiere a nuestra relación; yo la entiendo, ¿cómo no hacerlo si a mí me ocurre lo mismo?

La mañana nos encuentra casi como nos dejó la noche, más despeinados e igual de apáticos. Habrá que sacar fuerzas de donde sea para enfrentar el nuevo día. A ella le falta poco para la jubilación, aunque intuyo que la retrasará, no le resultará nada sencillo renunciar a su respetado y valorado puesto de gerenta en su importante empresa dedicada a la vanguardia tecnológica y, de paso, conseguirá enfrentarse menos tiempo a su..., a nuestra realidad; yo, por mi lado, soy una especie de actor al que le encargan repartir alegrías e ilusiones, que ni sé de dónde las saco, aquí y allá; no es una ocupación nada segura, al contrario, pero es la que el destino eligió para mí, o así me justifico cuando no veo manera de salir de su potente atracción. Y de un tiempo a esta parte ya apenas nos contamos detalles de nuestras respectivas jornadas en la cena, el único momento del día en que nuestras miradas a veces se cruzan y, cuando lo hacen, sólo ven pena y lágrimas reprimidas en los ojos del otro.

Hoy he vuelto a fracasar, y casi me doy por vencido una vez más. Sólo he tenido una llamada y, para colmo, no han querido hacer frente a mis honorarios argumentando que no he conseguido arrancar ni una sola carcajada a ninguno de los niños que asistían a la fiesta de cumpleaños, ¡como si eso fuera tan fácil! ¿Es que nadie ha visto y valorado esas sonrisas huidizas y oído los conatos de risas que yo sí he apreciado con claridad cual esquivos garabatos de felicidad? Dicen que no se puede triunfar siempre; matizaría que hacerlo, aunque sólo fuera de vez en cuando, no estaría de más. Mas tengo que admitir que éste es mi sino. Éstas son mis cartas y con éstas, me temo, tendré que seguir jugando.

Creo que hoy llegaré un poco más tarde a casa, recuerdo que ella tiene una reunión importante a última hora que, con toda seguridad, se alargará.

Camino desconcentrado, sin prisa, por calles que no recuerdo haber transitado antes; no me preocupa, ya me orientaré después para volver a casa, a esa casa que antes del terremoto fue un hogar.

Estoy cansado, necesito un café cargado antes de regresar a casa solo, como el café que pediré. La cafetería tiene buena pinta. Entro. Me dirijo a una mesa libre que incluye prensa. Mientras espero al camarero, echo una ojeada al mostrador y en ese instante se me para el corazón, mi oxidado corazón. Consigo reiniciarlo tosiendo con vigor y me concentro en la escena. Estás ahí, en esa concurrida barra, con la mirada perdida de lado. Veo tu cara en blanco y negro en contraste con tu figura, enfundada en ese disfraz multicolor. Eres tú, un par de decepciones mayor, y unas lágrimas que creía extinguidas se deslizan por mi rostro yendo a mojar el periódico. Lo cojo y me parapeto detrás de él, esperanzado; al contemplarte me sumerjo en tu tristeza, que siempre será la mía, porque hacer reír nunca garantizó felicidad, ¿no es cierto, hijo?

Entonces suspiro hondo, buscando en el móvil el contacto de tu madre, sé que no le molestará que la interrumpa mi mensaje en plena reunión. Le contaré que podemos sentirnos por fin aliviados, aunque quede aún mucho trecho por recorrer, pues tu mirada carece ahora de aquella carga de soberbia con que te dirigiste a nosotros… cuando juraste desaparecer para siempre y no seguir jamás mi vocación de payaso. 

© Patxi Hinojosa Luján

(13/04/2026)

2 comentarios:

  1. Hola, Patxi, también en las relaciones amorosas existe el destino, ya sean tríos o uno más uno (me ha gustado mucho esta metáfora). Un destino inevitable para ellos. Muy bien narrado.
    Muchas gracias por participar en el reto del Tintero.
    Un abrazo. :)

    ResponderEliminar
  2. Hola Patxi, sin duda hay desavenencias familiares que tienen el potencial de amargarlo todo. Me ha gustado tu propuesta, sobre todo la forma en la que narras los sentimientos de ambos. También, qué duro que el protagonista tenga que salir a hacer reír cuando está inmerso en la tristeza. Bueno, es un trabajo. Cuando uno está frente a payasos rara vez piensa uno en eso. Muy bueno Patxi, me gustó. Saludos.

    ResponderEliminar