jueves, 15 de octubre de 2026

El poblado

Mediados de octubre, y el Sol sigue castigándome con sus inmisericordes rayos mientras camino por esta senda desprotegida. Casi no puedo con la mochila, cargada con mis pertenencias y algo más; algo inmaterial, aunque mucho más pesado.

Acabo de comer cuando, al tomar una curva, una señal indica que estoy entrando en una población, y el sendero aparece ahora custodiado por árboles que me obsequian una sombra que agradezco de verdad. A lo lejos diviso el poblado, es pequeño, quizá una decena escasa de casas de una planta.

Interiorizo que soy orgulloso y terco, pero ha llegado el momento de descansar después de veinticuatro horas vagando sin cruzarme con nadie desde que…

¿Qué…?, me pregunto al ver cómo los lugareños me dan la bienvenida al entrar al poblado; parece que me estuvieran esperando y al instante unos se apresuran a ayudarme con la mochila mientras otros me ofrecen una bebida fría que acabo de un largo y reconfortante trago. Pero mi expresión sigue siendo la de ese hombre que abandonó su mundo para desaparecer, con un gesto de amarga soberbia en la que no parecen fijarse, ¿o prefieren ignorar? Enseguida alguien dice que necesitaré un sitio donde alojarme y se aleja corriendo. No tarda en volver acompañado de una pareja entrada en años que me mira de arriba abajo antes de ofrecerme una habitación en su establecimiento. Me cuentan que durante unos años regentaron una modesta pensión, pero que tuvieron que cerrarla, por la edad y porque ya casi nadie pasa por aquí; añaden que me puedo quedar los días que necesite y, con un gesto, me invitan a acompañarlos a la que resulta ser una coqueta edificación doble, con dos espacios simétricos; imagino que uno para ellos y el otro para los inquilinos de turno, y éste es el que me ofrecen. Está impoluto, como si lo hubieran preparado para una visita inminente. Los miro con mi cara de póker, no lo puedo remediar, y la respuesta que veo en sus entrañables facciones es un par de sonrisas sinceras que bien podrían ser la definición de bondad; pero no nos pongamos blandengues, tengo una reputación que mantener. Y antes de que pueda preguntar por el precio del alojamiento, me dicen, ahora incluso incrementando la intensidad de sus sonrisas, que no piensan cobrarme nada por los días que acabe quedándome, pues siempre es de agradecer que haya visitas en el pueblo y que, en cuanto al dinero, les basta y les sobra con la pensión que les quedó después de una vida cargada de trabajo.

Alguien deja mi mochila dentro del aposento y me invita a que, una vez haya descansado en mi cama, me acerque al bar del pueblo a tomar algo y cenar, si la esperada conversación se alarga hasta la hora de comer algo antes de acostarse. Asiento descolocado con un gesto ambiguo; quiero quedarme solo, descansar, dormir un rato y, si procede, intentar entender algo de semejante comportamiento.

Sólo han pasado dos horas, pero me siento como nuevo. Me miro en un espejo y me veo diferente, pero por más que intento averiguar el motivo, no lo consigo. Desisto, me preparo y salgo a la calle. En mi misma acera, cerca, diviso el letrero del bar Saloon, y hacia allí me dirijo. Al entrar, me sorprende ver a tanta gente, parece que todo el pueblo se hubiera reunido allí, y me engaño pensando que no es por mí…

Pero sí lo es, pues observo sus rostros y sólo veo sonrisas y serenidad en unas miradas que esperan algo más de mí, porque parece que ya aprecian, como yo, ese pequeño cambio de matiz en mi expresión.

Benito paga la primera ronda, Pepe la siguiente, María otra más… Aquí el orujo casero es suave, pero al final pega y desata las lenguas, las de todos, la mía incluida.

Después de beber bastante y comer lo justo, el barman aconseja: «cada mochuelo a su olivo», y todos hacemos caso.

La noche transcurre de forma natural, sin ruidos, con el canto de algún gallo despistado con su reloj averiado; no me molesta. Al fin amanezco con una paz y quietud que no recordaba. Abro la puerta para impregnarme del aroma de un nuevo día. No tarda en acudir la pareja que me aloja trayéndome un desayuno completo y abundante, ¡qué gente tan entrañable!

  *

No sabría expresarlo mejor, creo que sin darme cuenta he cambiado de universo, de dimensión, o de ambos… Y algo hace clic. Cojo el móvil y marco, esta vez ni la soberbia ni la vergüenza me lo van a impedir.

—Sí, soy yo… ¡Lo siento mucho, me he comportado como un miserable, perdóname si puedes! —Me seco un par de lágrimas que humedecen mi rostro y mi espíritu— ¡Por supuesto que debes, que debemos tener ese hijo, y cuidarlo juntos, si tú me das una nueva oportunidad!

—… —Sólo oigo sollozos en la línea—. ¡Claro, cariño! ¿Dónde estás, cuándo vuelves?

—Pronto, pero antes quiero pedirte una cosa: te acabo de enviar mi ubicación actual ¿podrías acercarte, por favor?, quiero presentarte a unos amigos…

*

Cuando al cabo de un par de días salimos los dos del poblado, muy a nuestro pesar, no puedo resistirme a mirar la señal que indica que estamos abandonándolo: «Reflexiones», leo, y esta vez ya sí, río sin freno, para siempre sin el ceño fruncido, porque nunca un nombre fue tan oportuno.

© Patxi Hinojosa Luján

(15/10/2026)