Mediados de octubre, y el Sol sigue castigándome con sus
inmisericordes rayos mientras camino por esta senda desprotegida. Casi no puedo
con la mochila, cargada con mis pertenencias y algo más; algo inmaterial,
aunque mucho más pesado.
Acabo de comer cuando, al tomar una curva, una
señal indica que estoy entrando en una población, y el sendero aparece ahora custodiado
por árboles que me obsequian una sombra que agradezco de verdad. A lo lejos diviso
el poblado, es pequeño, quizá una decena escasa de casas de una planta.
Interiorizo que soy orgulloso y terco, pero ha
llegado el momento de descansar después de veinticuatro horas vagando sin
cruzarme con nadie desde que…
¿Qué…?, me pregunto al ver cómo los lugareños me dan
la bienvenida al entrar al poblado; parece que me estuvieran esperando y al
instante unos se apresuran a ayudarme con la mochila mientras otros me ofrecen
una bebida fría que acabo de un largo y reconfortante trago. Pero mi expresión
sigue siendo la de ese hombre que abandonó su mundo para desaparecer, con un
gesto de amarga soberbia en la que no parecen fijarse, ¿o prefieren ignorar?
Enseguida alguien dice que necesitaré un sitio donde alojarme y se aleja
corriendo. No tarda en volver acompañado de una pareja entrada en años que me
mira de arriba abajo antes de ofrecerme una habitación en su establecimiento.
Me cuentan que durante unos años regentaron una modesta pensión, pero que
tuvieron que cerrarla, por la edad y porque ya casi nadie pasa por aquí; añaden
que me puedo quedar los días que necesite y, con un gesto, me invitan a acompañarlos
a la que resulta ser una coqueta edificación doble, con dos espacios
simétricos; imagino que uno para ellos y el otro para los inquilinos de turno,
y éste es el que me ofrecen. Está impoluto, como si lo hubieran preparado para
una visita inminente. Los miro con mi cara de póker, no lo puedo remediar, y la
respuesta que veo en sus entrañables facciones es un par de sonrisas sinceras
que bien podrían ser la definición de bondad; pero no nos pongamos blandengues,
tengo una reputación que mantener. Y antes de que pueda preguntar por el precio
del alojamiento, me dicen, ahora incluso incrementando la intensidad de sus
sonrisas, que no piensan cobrarme nada por los días que acabe quedándome, pues
siempre es de agradecer que haya visitas en el pueblo y que, en cuanto al
dinero, les basta y les sobra con la pensión que les quedó después de una vida cargada
de trabajo.
Alguien deja mi mochila dentro del aposento y me
invita a que, una vez haya descansado en mi cama, me acerque al bar del pueblo
a tomar algo y cenar, si la esperada conversación se alarga hasta la hora de comer
algo antes de acostarse. Asiento descolocado con un gesto ambiguo; quiero quedarme
solo, descansar, dormir un rato y, si procede, intentar entender algo de
semejante comportamiento.
Sólo han pasado dos horas, pero me siento como
nuevo. Me miro en un espejo y me veo diferente, pero por más que intento averiguar
el motivo, no lo consigo. Desisto, me preparo y salgo a la calle. En mi misma
acera, cerca, diviso el letrero del bar Saloon, y hacia allí me dirijo. Al
entrar, me sorprende ver a tanta gente, parece que todo el pueblo se hubiera
reunido allí, y me engaño pensando que no es por mí…
Pero sí lo es, pues observo sus rostros y sólo veo
sonrisas y serenidad en unas miradas que esperan algo más de mí, porque parece
que ya aprecian, como yo, ese pequeño cambio de matiz en mi expresión.
Benito paga la primera ronda, Pepe la siguiente,
María otra más… Aquí el orujo casero es suave, pero al final pega y desata las
lenguas, las de todos, la mía incluida.
Después de beber bastante y comer lo justo, el barman
aconseja: «cada mochuelo a su olivo», y todos hacemos caso.
La noche transcurre de forma natural, sin ruidos,
con el canto de algún gallo despistado con su reloj averiado; no me molesta. Al
fin amanezco con una paz y quietud que no recordaba. Abro la puerta para
impregnarme del aroma de un nuevo día. No tarda en acudir la pareja que me
aloja trayéndome un desayuno completo y abundante, ¡qué gente tan entrañable!
*
No sabría expresarlo mejor, creo que sin darme cuenta he cambiado de
universo, de dimensión, o de ambos… Y algo hace clic. Cojo el móvil y marco,
esta vez ni la soberbia ni la vergüenza me lo van a impedir.
—Sí, soy yo… ¡Lo siento mucho, me he comportado
como un miserable, perdóname si puedes! —Me seco un par de lágrimas que
humedecen mi rostro y mi espíritu— ¡Por supuesto que debes, que debemos tener
ese hijo, y cuidarlo juntos, si tú me das una nueva oportunidad!
—… —Sólo oigo sollozos en la línea—. ¡Claro,
cariño! ¿Dónde estás, cuándo vuelves?
—Pronto, pero antes quiero pedirte una cosa: te
acabo de enviar mi ubicación actual ¿podrías acercarte, por favor?, quiero
presentarte a unos amigos…
*
Cuando al cabo de un par de días salimos los dos del poblado, muy a nuestro pesar, no puedo resistirme a mirar la señal que indica que estamos abandonándolo: «Reflexiones», leo, y esta vez ya sí, río sin freno, para siempre sin el ceño fruncido, porque nunca un nombre fue tan oportuno.
© Patxi Hinojosa Luján
(15/10/2026)
