miércoles, 14 de febrero de 2018

La transformación

(Imagen tomada prestada de la red Internet)

Yo también estuve una vez allí, y he de reconocer que lo intenté después en varias ocasiones más. No miento si digo que la experiencia fue tan fascinante como provechosa, así que era inevitable que le siguieran nuevas tentativas, aunque todas ellas resultaran fallidas. Me invade ahora la añoranza al rememorar cómo a la euforia inicial le siguió una etapa de profunda decepción que se prolongó en demasía, pues los efectos del fantástico regalo se esfumaron tal y como llegaron al poco de hacerlo sin que yo fuera capaz de asumirlo hasta pasado bastante tiempo. Sí, lo acabo de confesar, no respeté la máxima de que «allí donde has sido feliz no debieras tratar de volver» al reincidir, fracasando, en lo que no fue sino una huida hacia adelante que me transformó en lo poco o mucho que queda de mi yo a día de hoy.
No renegaba de mí, no era eso, pero lo cierto es que me dirigí allí escapando de mi suerte anterior con la escasa convicción que otorga la cobardía; porque, no quisiera engañar a nadie, la valentía no vino de serie con mi equipamiento, y no me alcanzaban los méritos para adquirir semejante extra. Escapaba, pensaba, de un mundo que no me comprendía y que me ahogaba por momentos; y que no se dignó en seguirme para convencerme de que no lo hiciera. Tan sólo una cosa hizo: ignorarme, como siempre hasta ese instante. Y con ese desapego tatuado en el alma y mi mochila cargada de imprudente ignorancia, me fui para no volver jamás; o eso creía entonces…
Yo era un joven idealista apasionado con la idea de llegar a plasmar en mis lienzos, más pronto que tarde, la Belleza con mayúsculas, una belleza ni siquiera imaginada hasta ese momento y que esperaba, provocando, desde el límite electrificado de la perfección. Mis queridas pinturas… Pronto conseguí ver, no lo niego, musicalidad en algunas, originalidad en otras, clase en la mayoría; no en todas, claro, pero mi ego ya estaba lo bastante henchido. Creía en verdad que tenía la base suficiente como para poder dar un salto cualitativo que avalara que mi pasión pudiera convertirse algún día en mi ocupación a tiempo completo, en mi profesión. Pero llegó un momento en que me vi estancado; aquello no avanzaba y, lo peor de todo, no había visos de que fuera a hacerlo en breve. Nadie se dignaba ya en visitarme para contemplar y alabar mis cuadros, como hasta hacía poco, unos cuadros que mi verborrea publicitaba con toda la pasión de que yo era capaz; mucho menos aún comprarlos. Fue entonces cuando oí hablar, por casualidad, del mágico lugar.
Recuerdo que era otoño, un otoño húmedo y ventoso que adelantó su muda. Demasiado pronto tuvimos que buscar parte de su belleza a ras de suelo al no poder encontrarla toda en la transparencia con que sus esqueletos arbóreos dotaban al paisaje. Eso no me importaba, mis sentidos estaban siempre alerta al encuentro de los más bellos matices que trasladar a mis lienzos amplificados en su hermosura. Debo añadir que aquel otoño llegó triste, más triste de lo habitual, quiero decir… Hoy sé que en la tristeza también se puede encontrar felicidad, aunque sea efímera, porque eso es lo que me ocurrió a mí: la disfruté, mas sufrí su fugacidad.
Después de aquello, me he mantenido cerca de allí intentando dotar de vida a mis cuadros con colores inimaginables, obligados a convivir y mezclarse entre sí, a rimar sus tonos contra su voluntad forzados por mi obstinado ego. Para cuando supe que lo de aquella vez no fue sino un regalo de bienvenida, por tanto irrepetible, una especie de señuelo con el que se me engatusó, el poco talento que un día es posible que tuviera ya me había abandonado en busca de acomodo en algún espíritu más noble, y ya era tarde para rectificar, para admitirlo.
***
Hace ya unas cuantas lunas volví a mi zona de confort en mi viejo mundo. Me encuentro de nuevo en la casilla de salida y no parece que los dados vayan a cambiar de intención, tendré que conformarme con los esporádicos sietes que se dignen en regalarme a modo de migaja mientras voy aceptando que puede que jamás vuelva la magia que encontré en «La encrucijada de las transformaciones», ese fantástico lugar que te regala la inspiración necesaria para un único trabajo digno de denominarse obra de arte.
He reflexionado en ocasiones llegando a considerar el volver a acercarme allí, a pesar de todo; aunque sea sólo para examinar miradas, buscando encontrar un brillo como el que reflejaron mis espejos aquella vez, e intentar volver a ilusionarme con el yo que nunca debí dejar de ser, ahora que constato que ya no soy el mismo.
***
Es extraño, no sé por qué me estoy fijando en aquel oscuro rincón de mi estudio, en ese cuadro que no sé qué hace ahí. Me levanto despacio y me acerco, menos curioso que inquieto, para examinarlo mientras una visión monopoliza mi cerebro de repente confirmándome que esa pintura no es ni más ni menos que el fruto de aquella regalada inspiración. En efecto, cuando lo acerco a la luz lo reconozco como tal, y enseguida caigo en la cuenta de que el personaje que está representado a la izquierda, y que parece huir de lo que sin duda es un taller de pintura, se parece a mí más de lo que sugeriría la lógica. Me digo, murmurando para nadie, que de mañana no pasa que lo coloque en la pared, en un lugar que le haga justicia.
No puedo dejar de sonreír mientras vuelvo al trabajo que he dejado en pausa en la penumbra de mi escritorio; allí me esperan media docena de libros junto con todas esas cuartillas en blanco, siempre tan desafiantes, y un tintero casi agotado, en las dos acepciones, después de redactarse estas líneas y otras muchas anteriores que hace tiempo ya dejaron de ser mías…

© Patxi Hinojosa Luján
(14/02/2018)

lunes, 12 de febrero de 2018

Mudanza de riesgo


Mi decimoséptima aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Se quedaban discutiendo dónde pondrían el sofá...».

Se quedaban discutiendo dónde pondrían el sofá cuando aproveché para escapar de su apartamento y subir al mío sin despedirme. La descarga de los muebles del furgón de la mudanza, hasta situarlos en la vivienda de mis nuevos vecinos, no había supuesto demasiado esfuerzo para mi trabajada musculatura, pero suspiré intranquilo.
Pasada media hora, aún podía oír cómo mantenían su agria disputa, aunque no conseguía entender si seguían con lo del sofá o...
Quizá sea este el momento de confesar que siento pánico a que un día descubra nuestros encuentros furtivos; al igual que ella, nunca podré resistirme a las insinuantes curvas de esos bíceps de gimnasio.

© Patxi Hinojosa Luján
(07/02/2018)

lunes, 5 de febrero de 2018

Perseverando

Mi decimosexta aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Los rincones vacíos de la casa ya desmantelada...».

Los rincones vacíos de la casa ya desmantelada huelen a mudanza, al amargo último plato del menú de nuestro fracaso. Su eco nos despide a los dos, aunque salgamos por separado sin antes volvernos para contemplarlos una última vez. No habrá ya una caricia postrera, gritos tampoco; ni siquiera palabras que me vuelvan a interrogar acerca de las chicas de las fotografías que, opinan, nunca deberían haber encontrado.
Mas soy una persona perseverante, lo volveré a intentar. Desde que localicé esta casa, me propuse hacerte feliz en ella; por eso necesito ensayar con cualquiera que se preste a esta farsa hasta localizar a quien acabará convirtiéndose en ti.

© Patxi Hinojosa Luján
(31/01/2018)

lunes, 22 de enero de 2018

Desgracias por duplicado

Mi decimoquinta aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Ya recogerían la mesa mañana...».

Ya recogerían la mesa mañana, cuando se levantaran, antes de desayunar; después quitarían el polvo, harían las camas y prepararían la comida de mediodía. Por qué no concederse ese margen de confianza si todo ello seguía perteneciendo a su día a día…
Pero desde hace unos meses la realidad contradice sin piedad sus reflexiones: ellos lo piensan, cierto, pero son otras las manos que se encargan de realizar todo aquello, las mismas que les acarician con cariño y paciencia, las que en ocasiones limpian lágrimas propias y ajenas maldiciendo al monstruo que se adueñó de las vidas de sus padres, y de las de ellos…

© Patxi Hinojosa Luján, desolado por los últimos acontecimientos.
(18/01/2018)

lunes, 15 de enero de 2018

Tenemos que anunciaros algo

Mi decimocuarta aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Pestañeó dos veces para decir que sí...».

Pestañeó dos veces para decir que sí y se dirigió a la cocina a preparar el postre. Su marido sería el encargado de comunicar a los chicos la noticia, así lo había querido la lotería de la moneda al aire. Imaginó una vez más cómo se lo tomarían ellos y se volvió a engañar diciéndose que bien, que ya no eran tan pequeños, que lo entenderían… Pero cuatro guindas más tarde, al volver al comedor disimulando su nerviosismo tras la bandeja con el pastel, el ambiente distendido le confirmó que aquel no había reaccionado a su gesto y añadió entonces otro motivo para su demanda de divorcio.

© Patxi Hinojosa Luján
(11/01/2018)

lunes, 8 de enero de 2018

En la pista

Mi decimotercera aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Bucear en el lago que había al lado de la casa...».

Bucear en el lago que había al lado de la casa de campo siempre fue su válvula de escape tras una dura semana de trabajo; le permitía destensar unos músculos que se atrofiaban en aquel ambiente tan claustrofóbico y sombrío, donde la tiranía imperó hasta hacía poco…
El otoño no tardaría en vestirse de crudo invierno y él tendría que aplazar sus escapadas y esperar a fechas primaverales. Debía apresurarse si quería dar carpetazo al asunto enterrando parte de su pasado reciente.
Vuelve a ser sábado por la tarde cuando sale del lago tiritando una sonrisa victoriosa, ajeno a la vigilancia de unos agentes que no tardarán en encontrar el cuerpo.

© Patxi Hinojosa Luján
(20/12/2017)

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Las mentiras del viento


El viento sopla aquí con tanta insistencia que forma parte ya desde tiempos inmemoriales de la banda sonora de nuestras vidas. Esto llegó a ser desesperante para algunos; otros, ingenuos, creímos vislumbrar en la partitura de sus tonadas diferentes mensajes de promesas esperanzadoras.
***
La enfermería —es preciso etiquetar de alguna manera esta habitación— carece de las condiciones mínimas de equipamiento sanitario que serían exigibles en cualquier zona del primer mundo; pero el lugar en el que nos encontramos no pertenece al primer mundo, juega un par de divisiones por debajo…
Dos jóvenes nativos entran sin prisa empujando con un entusiasmo mal balanceado una camilla con ruedas que sitúan en el centro de la estancia, justo debajo de la única bombilla que la ilumina y que, por sus esporádicos guiños, no debería de tardar en fundirse. En ese momento reparo en su presencia, es un joven algo pálido que no presenta mucho mejor aspecto que la lámpara, imagino que extenuado por la falta de descanso y el exceso de horas de trabajo. Aprecio que, desde la esquina donde está situada la única silla, examina la camilla metálica con toda la concentración que le permite la intermitencia de sus cansados párpados antes de levantarse; entonces se acerca y se dirige a mí, su ocupante, con la frase que intuyo utilizará siempre para romper el hielo: «Se me va a quedar quietecito mientras me ocupo de usted, ¿de acuerdo?». Cuando los auxiliares salen en busca de nuevas tareas, lo hacen meneando sonrientes sus cabezas al oírle, está claro que ellos conocen de sobra su particular y terapéutico sentido del humor.
Enfrascado en una bata que ha debido de sufrir unos cuantos lavados para presentar esa tonalidad tan poco vistosa, suspira a pesar de la mascarilla que acaba de colocarse y, con suma delicadeza y respeto, recoloca mis ropajes, acaricia mi frente con un guante a través del cual siento el compasivo calor de sus dedos y echa un penúltimo vistazo a un cuerpo que ha estado expuesto a la epidemia mortal. A continuación, procede a desinfectarlo siguiendo lo que sin duda es el protocolo adoptado por su organización, hay que cortar de cuajo la propagación en todos los frentes posibles. Y mientras me habla y me pregunta, y vuelve a hablarme, no espera respuesta; ese proceder es un mecanismo que, estoy convencido, activa como protección ante la posibilidad de perder la razón a base de tanto luchar contra la sinrazón. Porque, sin tiempo para un descanso reparador, la posibilidad de que sigan llegando más cuerpos no es sino una triste realidad.
En el exterior, el viento no para de soplar.
***
La muerte sigue empeñada en ganarle la partida a la vida, sabedora de que se quedó con las mejores cartas y de que nunca estamos preparados cuando, tramposa, se saca de la manga su as ganador, el de la inevitabilidad…
No es necesario buscar lejos, ayer fue mi turno: cuando se me sellaron los ojos, se abrió de golpe ante mí la percepción de nuevos e inimaginables sentidos. Fue en aquel preciso instante cuando me inundó la certeza de que aquellos susurros para la esperanza no eran más que mentiras, las mentiras del viento.

© Patxi Hinojosa Luján
(27/12/2017)



lunes, 18 de diciembre de 2017

Comprando voluntades

Mi duodécima aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Su padre también le dejaba conducir la furgoneta...».

Su padre también le dejaba conducir la furgoneta cuando pasaba el fin de semana con él y con aquella mujer que le acariciaba tanto. Pedro me lo confesó después de que yo le contara mis últimos planes para conseguir del mío nuevos caprichos.
Ignora que su padre dice que él conduce tan bien como yo. Creo que me aprecia mucho, aunque yo no sea su hijo, pues me deja su furgoneta en el descampado como si lo fuera; no puede esconder que está enamorado de mamá.
Ese será por siempre nuestro secreto, una complicidad que consolidaremos durante los escasos diez minutos en que nos cruzaremos cada quince días.

© Patxi Hinojosa Luján
(14/12/2017)

lunes, 11 de diciembre de 2017

Siempre rebelde

Mi undécima aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Tardaría en encontrar la llave que necesitaba...».

Tardaría en encontrar la llave que necesitaba; nunca tuvo prisa por hacerlo, semejante urgencia no jugaba en su liga.
Él era especial: acumulaba llaves, respuestas, soluciones, resultados… Sabía que se toparía con muchas puertas, que más pronto que tarde llegarían las preguntas, los problemas, los complicados cálculos...
Desde pequeño le repitieron que un día necesitaría utilizar una llave especial, y por eso siempre persiguió, receloso, la equivocada. Cuando llegara el momento de enfrentarse a la prueba, fracasaría con un desmotivado intento de franquear esa última puerta. Se imaginaba alejándose sonriente, y la luz blanca atravesando el ojo de la cerradura, una minúscula estela polvorienta garabateando una interrogación.

© Patxi Hinojosa Luján
(07/12/2017)

jueves, 7 de diciembre de 2017

Reincidencia

Este texto lo presenté al Concurso de Microrrelatos «Ganarás la luz» de «Madrid Destino», la «Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas (UCCI)» y «Escuela de Escritores». «Cuéntanos una historia de Madrid y ganarás la luz», rezaba su lema. 
El texto debía tener 100 palabras como máximo e incluir el nombre del concurso.

Cuando de perderse hablamos, siempre espero encontrarme en La Villa y Corte. Como anteayer, que se me cayó un diente y corrí a entregárselo «a toda leche» al señor Pérez. Como hoy, que los zapatos de tacón «calientan banquillo»; me espera buena caminata.
Ellos me observan pasar desde museos, grandes vías y mayores plazas; yo, me dejo seducir por el arte que atesoran, por su majestuosidad.
Aquí ganarás la luz, proclaman; por eso volveré mañana, reincidente, procurando perderme rondando el Km. 0 de las casualidades; pongamos que soñando con todos los que se pierden por ganar algo de esta luz…

© Patxi Hinojosa Luján
(08/09/2017)

lunes, 4 de diciembre de 2017

Lleno, por favor

Mi décima aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «No pudo seguir adelante sin ella...».

No pudo seguir adelante sin ella, no titubeó al tomar la drástica resolución. Tiró del freno de mano con todas sus fuerzas y el agudo chirrido de sus convicciones le devolvió el recuerdo del joven decidido que un día fue. Por primera vez en mucho tiempo haría lo que él mismo esperaba de sí; además, estaba deseando comprobar si podría recuperar la osadía de contemplarse en otros ojos.
Estaba convencido, no debía seguir sin ella en un viaje que estaba llenándose, por momentos, de unos necios que consiguieron agotársela…, fue entonces cuando, vaso en mano, subió al carro de sus retornos dispuesto a llenarlo con paciencia.

© Patxi Hinojosa Luján
(30/11/2017)