miércoles, 17 de mayo de 2017

Idea


Como cada mañana, cuando el alba me recuerda el privilegio de tu presencia en nuestro lecho pruebo a guiñarle un ojo con la esperanza de que, con semejante ejercicio de seducción, se haga a un lado para que pueda disfrutar de un tiempo de descanso añadido, pero no da tregua a su empeño y con toda la luminosidad que encuentra me apremia a la incorporación al mundo de la consciencia; lo hago saliendo del onírico, intentando separar ambos mundos con mi aún escasa energía.
Mientras contemplo tu imagen a través de las cortinillas de la rezagada somnolencia, persigo alguna idea que pueda regalarte como detalle por el nuevo amanecer, mas ellas juegan al escondite conmigo; y lo hacen con ventaja, no en vano, cuando al final se plasman en algo concreto, queda en evidencia que sus estructuras gramaticales y de contenido no chirrían tanto como mis gastadas articulaciones, y neuronas.
Fuera, los árboles que engalanan mi campo de visión, a la espera de su diario baño de sol, están más frondosos que otros años por esta época, lo que las ideas aprovechan para despistarme ocultándose tras ellos, entre ellos; pero lo que no saben es que el regalo que me hacen con esto es de un valor inmenso. Como siempre, acabo situándome en modo pausa durante lo que a mí me parece una eternidad venida a menos, y disfruto de la magia que se esconde, aunque también se muestre a quien quiera verla, en esa imagen de la Naturaleza que presume con su verde esperanza destacando entre todos los demás colores.
Cuando las ideas ya se resignan pensando que una vez más me he olvidado de ellas me conocen bien… salen de su madriguera con la guardia baja y entonces, como ocurre a veces, acierto con mi red «caza-ideas» a alcanzar y atrapar …, o quizá no me conozcan tan bien a una de ellas, casi siempre la misma, o en su defecto a alguna prima suya, y las demás se retiran con la parsimonia que les otorga la tranquilidad de saber saciado a su depredador.
Y, cuando escuchas que no me imagino la vida sin ti, que si me la imagino no quiero ver lo que veo, o cualquiera de esas frases tan manidas que vienen a significar lo mismo, una vez más ignoras mi torpeza por tal falta de originalidad al responderme con tu mejor regalo, ese brillo tuyo en los ojos, tan especial, en el que me quedo a vivir siempre que me lo permites, mientras me castigo con la eterna pregunta de «¿por qué no acaba de llegar nunca esa idea original que tanto ansío?», y siempre me respondo con el consabido «¡no tengo ni idea...!»

© Patxi Hinojosa Luján
(17/05/2017)

lunes, 15 de mayo de 2017

Orgullo


Hoy me ha dado por recordar algunos brillos que conozco bien a base de haberlos observado, con todo el respeto que se me inculcó, siempre que me ha sido posible acceder a la atalaya de una conciencia tranquila; es un ejercicio saludable y recomendable, se me ocurre valorar que casi tanto como la búsqueda, hasta enamorarse, de ese duende que acabará convirtiéndose en el más fiel compañero en nuestro Camino.
Así, recuerdo miradas que hacen el amor con el alma, con toda calma; otras que dan las gracias con el corazón, incluso algunas que reconocen esfuerzos con la razón… Miradas que visten, celosas, a sus amantes antes de compartirlos con nadie, sabedoras de que encontraron oro cuando se hubieran conformado con cobre. Miradas que, mirando más allá en el tiempo, adelantan las gracias a las necesidades en la confianza de que siempre serán cubiertas. Miradas de aprobación a quienes ya antes las tuvieron contigo de manera incondicional. Y en todas ellas los vidriosos ojos que así miran presentan un brillo tan especial, tan bello, que bien podría ser nombrado patrimonio de la humanidad.
Brillos… Me viene ahora a la mente uno de los más recientes, el que advertí adornando a un joven músico que acompañaba por vez primera en el escenario a su famoso padre, estrella de la canción, y que, mientras punteaba una guitarra rozando con respeto sus cuerdas, lo contemplaba al dar su particular «do de pecho», no pudiendo evitar uno de los gestos de admiración más diáfanos que haya visto nunca; ese es uno de los brillos que aspiro a ver en los ojos de mis hijos, sueño con merecerlo algún día...
Son todos ellos brillos de un orgullo sin maquillajes ni disfraces, de los que oxigenan el alma y dejan abierta una puerta a la esperanza. Pero existe otro tipo de orgullo con el que vivir también se torna una experiencia mucho más gratificante, y aquí y ahora no evoco ni me equivoco con ese ligero matiz ortográfico diferenciador entre «ser» y «estar» orgulloso, que se agiganta en su significado, porque tengo que decir que todas esas miradas «están», y puede que ya nunca lo dejen de estar; no, me refiero al orgullo de haber conocido a personas que, a pesar de no haber militado en el equipo de los Amigos queridos, se han adjudicado sin dificultad alguna un pedacito del espejo donde gusto mirarme cada mañana esperando llegar a parecerme algo a ellas con tiempo y ahínco.  
Pero hay ocasiones en las que nos relajamos y dejamos nuestra guardia baja, y es entonces, en ese momento que siempre es el más inesperado, cuando el destino se enfunda el papel de protagonista que exigió para él en el momento del reparto; y en este hoy, que no se ha reunido aún con el mañana que se apropiará de su nombre, aquel me ha forzado a dirigir la mirada hacia una esquina de ese cristal mágico desde donde se me dirigían palabras en castellano mezcladas con algunas en euskera, con un marcado acento gallego, y poco a poco asimilo que me tendré que conformar con las que ya están ahí, porque no habrá más, aunque puede que quizá solo hayan sido imaginaciones mías… Mas se me ha encogido el alma, sé que ya no podré hacerle partícipe de todo esto a él, por lo menos no en esta vida, y ahora que me acompañan dos brillos diferentes, y uno lo es de pena, os puedo asegurar que en el otro seguiré sintiendo por siempre ese último orgullo del que os hablé…

© Patxi Hinojosa Luján, con la mirada vidriosa, fija en el pedacito de espejo que Santi se ganó hace tiempo.
(15/05/2017)

jueves, 11 de mayo de 2017

A veces…


No sé cómo lo hacen, pero suelen intuir cuándo ellos van a acabar apareciendo y se reivindican a su manera, con un juego de seducción no provocada que esconde la exigencia de que se las exhiba; es entonces cuando las sacamos a pasear para que así se oxigenen un tanto y puedan lucirse en presencia de aquellos. Ellos acuden siempre a un encuentro que jamás se retirará de la cartelera, bien es cierto que en ocasiones camuflados en esas sombras que remodelan sus siluetas, mas en la mayoría luciendo sus mejores galas lumínicas.
Lo cierto es que ellas juegan con ventaja, el crupier de ese casino que se nos aparece a la vuelta de cualquier esquina en nuestras intrincadas vidas les reparte siempre las mejores cartas al no poder resistirse a sus encantos; los entiendo, ¿quién lo haría al embrujo que simulara el guiño de las quintas pestañas de unos preciosos ojos color verde promesa? A ellos eso les preocupa más bien poco, ya jugaron sus partidas más importantes y ahora solo aspiran a que sean recordadas, a que se les tenga presentes.
¡A veces las emociones están tan unidas a los recuerdos, a veces…!; pero siempre lo hacen iluminando todo con su brillo especial.
***
Hay una mesa que siempre está preparada desde el mes anterior, y a pesar de que las órbitas de nuestras vidas giren ajenas a ello durante esos treinta días, al final nos conducen hacia aquella atraídas por su cautivador magnetismo. Unos platos y unas copas nos esperan cuando hace un buen rato que las emociones y los recuerdos se repartieron los papeles en la representación; y mientras transcurre el tiempo de esta, chocamos esas copas, y aunque haga casi media vida que nos miramos a los ojos al hacerlo, puede que sea por aquel brillo especial por lo que siempre somos capaces de ver cada vez un poco más dentro.
A veces nos dejamos llevar por ellos, por ellas; a veces…

© Patxi Hinojosa Luján
(11/05/2017)

jueves, 27 de abril de 2017

Llora


Me sorprende verte aquí, tan lejos de la serenidad. Te he reconocido por casualidad y quiero pensar que tú a mí no; me he acercado lo suficiente para observarte mientras paseas por este barrio de la Tristeza que visito en ocasiones para no morir de felicidad, aunque he de confesarte que lo hago siempre embutido en disfraces diversos. Ahora, mientras atuso un mostacho que nunca me creció, advierto que cambias de acera y con ello te acercas, no sé si eres consciente, a la calle Autocompasión; me recorre un ligero escalofrío. Mi corazón anhela que no entres, que pases de largo, no conozco a nadie que haya salido de ella sin negativas secuelas emocionales. Entonces, grito llamadas mudas esperando que no me sean devueltas por «destinatario desconocido o ausente» a la par que ordeno en mi mente todo aquello que desearía compartir contigo.
Sí, ya sé que pocas cosas angustian más que presentir que acabaremos ahogándonos en nuestros propios fracasos, estén anunciados o no, pero existen válvulas de escape que tenemos todos a flor de piel…
Llora, amigo, libera compuertas antes de que el tiempo aliado solo en ocasionesinutilice sus goznes con el óxido de su tiranía y sea ya demasiado tarde.
Llora, ya debes saber que hacerlo no te hará más débil pese al criterio de aquellos que cada vez lo son más sin siquiera sospecharlo.
Llora, humedece nuestras miradas cruzadas con tu desahogo cuando el nudo de tu garganta bloquee esas palabras que solo te podré leer en el brillo de los ojos.
Llora pues, cuando lo necesites llora, no te contengas, mas el resto de tus instantes sonríe, sonríe siempre que el llorar no se antoje tan inevitable como necesario.
Por sonreír, sonríe cuando seas tú el que tenga que recordarme todo esto a mí; sé que no lo olvidarás, como sé también que no escatimarás apoyo alguno.
Y ríe, jamás reprimas tus carcajadas…

© Patxi Hinojosa Luján, desde el Val d'Orcia
(27/04/2017)

domingo, 2 de abril de 2017

Su número


Sacó de su cartera un folio doblado que desplegó con mimo; volvió a mirar lo que en él estaba garabateado y marcó, antes de que pudiera arrepentirse, ese número que se sabía de memoria. Al instante oyó los sonidos que confirmaban que había línea disponible: uno, dos, tres, cuatro, cin…
—Sí, ¿quién es? —después del quinto tono, que sonó interrumpido, un par de respiraciones poco disimuladas dieron paso a una voz grave y recelosa que le permitió al momento imaginar a un señor entrado en recuerdos, y ello no hizo sino aumentar un nerviosismo que llevaba horas hostigándolo.
—Perdone que le moleste, ¿vive ahí Diana...?, no recuerdo ahora su apellido —soltó, temiendo la respuesta, fuera cual fuera el sentido de esta.
—Diana es mi nieta, esta es su casa pero ella no está, ha salido a hacerme unos encargos, ¿sabe usted? —Reveló el abuelo con una voz que ya se estaba desprendiendo de cualquier indicio de desconfianza, esta vez no eran los pesados que siempre le intentaban engañar con ventas fraudulentas—. No creo que tarde ya, ¿quiere que le deje algún recado?
Después de unos segundos que al él le parecieron horas, lo mismo que a su interlocutor, carraspeó para contestar:
—Ha sido muy amable, pero no se moleste, volveré a llamar en otro momento. Gracias por todo —añadió pensando, equivocado, que ahí acababa la conversación.
—¿Usted es el que le ha llamado otras veces, verdad? —oyó como un susurro cuando ya se disponía a cortar la llamada; volvió a acercar el aparato a su oído.
—No, no. Yo…, es la primera vez que llamo —respondió sin mostrar convicción. Una inquietante curiosidad retornó a su ser en aquellos momentos esperando que el anciano compartiera parte de su tiempo, del que con toda seguridad le sobraría mucho, comentando algo más sobre aquellas llamadas.
—Discúlpeme, pensé que tal vez… —dejó terminar la frase en su mente, aunque ello no impidió que se oyera completa al otro lado de la línea.
Le costó romper el silencio inquieto que, teñido de provisionalidad, se instaló en la conversación durante unos segundos; mas no podía mantenerlo, no si quería avanzar en su propósito una vez que pudo esquivar su pánico con un dribling que lo dejó atrás aunque sin lograr hacerlo desaparecer, y lo hizo sin meditar en las posibles consecuencias…
—Dígame, ¿a qué se refiere con lo de «otras veces»?, ¿ha tenido su nieta alguna llamada que se pudiera calificar de especial? —preguntó apostando fuerte al intuir que ese era el momento oportuno para hacerlo.
—Pues sí, me dijo que la semana pasada llamaron dos veces pero que no respondieron, aunque se notaba que había alguien al otro lado… —calló de golpe dejando oír sus dudas, sus sospechas, una vez más.
«Así que era eso, al final llegué a marcar ese número un par de veces aunque me quedara en silencio después de que descolgara —se dijo al confirmar su presentimiento—, ¡maldito ron, no debí probarlo aquellos días!, me dio la valentía justa para dar el primer paso y al instante se esfumó abandonándome antes de que pudiera abrir mi corazón».
Aparcó los anteriores pensamientos y, tratando de desviar el rumbo de la conversación, aumentó el riesgo una muesca más al atreverse a preguntar:
—Su nieta, Diana, ¿se dedica por casualidad a la publicidad? —No se reconocía, nunca hubiera pensado ser tan osado; esperó oír cualquier cosa: una respuesta, también un reproche.
—No, no, ¡qué va! ¡Gracias a Dios!, a mí eso me hubiera disgustado, no me hacen ninguna gracia los anuncios, no me gustan en absoluto —confesó añadiendo un suspiro de alivio.
—¡Vaya!, yo pensaba que sí —indicó, decepcionado, rechazando la idea de contestar a su comentario; él opinaba que la publicidad es algo más, que posee muchos más matices—. Quizá me haya equivocado —pensó, con la pena ganándole la partida a la decepción.
—Joven, mi instinto es sabio, aunque lo sea solo por viejo, y me dice que no, que no se ha equivocado; puede que de profesión sí, pero no de persona, no me pregunte por qué, no sabría contestar…
Un nuevo silencio, ahora más nervioso, mucho más incómodo, se apoderó de la situación hasta que fue roto por un ruido de llaves y cerraduras.
—Mire, acaba de llegar a casa Diana; espere, se la paso…
La imaginó con más intensidad si cabe que las anteriores veces. Oyó cómo su abuelo le plantaba un sonoro beso —en la frente, supuso— y le pasaba el teléfono: «Es para ti, niña, un chico muy agradable».
—Sí, ¡¿dígame?! —no podía verla, pero seguía imaginándola con la misma intensidad, y esa era la voz que llevaba tanto tiempo queriendo volver a oír. Solo entonces recordó, con su mejor sonrisa delineándole la expresión, la tarde en que fue a ver aquella película y la pantalla del cine le mostró, encuadrándola y acercándola con un elegante movimiento de zoom que se escoraba hacia un costado, una agenda abierta por la página correspondiente a la letra «D» con aquel dedo señalando su número…

© Patxi Hinojosa Luján
(02/04/2017)

martes, 21 de marzo de 2017

Música celestial


Un día más sales a pasear, a que te dé el aire —según me matizas, cabizbajo, y lo haces como excusándote. Sé que vas en busca de algo que no acabas de encontrar en casa desde aquel traumático episodio; no te culpo. Tengo muy claro que lo echas en falta, que sabes que antes tú disfrutabas ese algo más que completaba tu vida, pero que también amargaba la mía. Yo, por mi parte, aunque lo he intentado hasta donde permite mi orgullo, no he conseguido dar con la tecla que activara aquella luz que se apagó en ti en aquel instante. Pero no estoy dispuesta a contarte la verdad, al menos no toda; sé que no es justo, pero no soy perfecta.
Ahora vivo en paz, y creo que merezco la recompensa que ha supuesto para mí la situación actual, máxime teniendo en cuenta todos mis desvelos y atenciones tras el disgusto del ictus que nos aquejó.
¡Está bien!... Acepto matizar que el que lo sufrió fuiste tú, pero no puedes negarme que yo lo hice contigo cada minuto hasta que la recuperación física llegó a alcanzar el nivel que se nos había pronosticado y yo pude comprobar que, en efecto, mis súplicas habían sido atendidas.
Desde hace semanas, y cada vez que te ausentas, me suelo parapetar entre los visillos de esa ventana por la que se ve la vida ir y venir. Lo hago a la hora en que sueles regresar cada día de tu paseo, siempre temiendo encontrar un cambio en tu semblante, un cambio que no soportaría y que lo tengo decidido no compartiría contigo.
***
Y, como cabía la posibilidad, al final ha ocurrido. A pesar de verte a lo lejos, constato que has conseguido recordar, o quizá lo hayas encontrado por azar; yo hoy sigo sin entender cómo aquel pub las ponía a todas horas… Te confesaré ahora ya no tiene sentido ocultarlo que yo no las soportaba…
Cojo, con un punto de ansiedad, la maleta y la mochila que contienen mi particular kit de supervivencia y que llevan tiempo preparadas en el altillo del armario. Lo tengo todo calculado: tu estado de salud te obliga a usar siempre el ascensor y he previsto estar bajando por las escaleras para cuando tú subas por él. Antes de abandonar nuestra vivienda, extraigo la nota manuscrita que ha permanecido escondida junto a aquellas y la dejo bien visible en la mesa de la cocina:

«[…] Tienes que saberlo: No soportaba las canciones que componías y que, al no barajar la posibilidad de que me desagradaran, me cantabas a todas horas. No tengo duda alguna de que hoy a ti te habrán sonado a música celestial [...]»

© Patxi Hinojosa Luján
(21/03/2017)

sábado, 18 de marzo de 2017

El trato


La atmósfera andaba ese día sobrada de poesía; en su regazo versos insumisos imaginaban danzas buscando encontrar el equilibrio que les dotara de un plus de armonía y sonoridad y, egoístas cual gato arisco, desahuciaban a una prosa que ya empezaba a escasear. La suya había sido una jornada más larga y cansina de lo habitual, agotadora. Aun así intentaría escribir al menos un par de horas más. Esta que terminaba estaba siendo una semana de ritmo frenético por mor de la inoportuna gripe que amenazó con mutarse a una neumonía que al final pudo evitar. Mas el retraso acumulado por este imprevisto en su quehacer era incompatible con el compromiso adquirido con su editorial, para la que debería tener lista su novela en escasos días.
La cosa pintaba mal, para qué negarlo. Había confiado, según su viciada costumbre, en ese impulso que a última hora, cargado con una insólita energía que solo le visitaba en estas situaciones, le permitía en todas ellas pulir y acabar su obra.
En esta ocasión, la sorpresa en forma de las fiebres más severas que recordaba, de batas blancas, medicinas y serias advertencias con reposo absoluto en cama, amenazaba con arruinar sus planes, lo que con seguridad invalidaría su jugoso contrato.
Se otorgó un pequeño descanso que aprovechó para desentumecer sus articulaciones. Recorrió el pasillo varias veces y volvió a su despacho después de beber un generoso trago de agua con gas. Se acomodó en la butaca de su escritorio y observó el monitor que volvió a la vida con un leve movimiento del periférico roedor. Pensó que quizá debería considerar aceptar esa ayuda que le habían ofrecido con insistencia en los últimos tiempos; si en algún momento tenía sentido tan peregrina idea, ese era este. Cerró los ojos…
***
… cuando los abrió dos capítulos más tarde, observó cómo el cursor se movía nervioso generando nuevas palabras y frases que tenían, en verdad, muy buena pinta; solo en contadas ocasiones retrocedía para cambiar palabras o expresiones por otras más adecuadas, más literarias; también para corregir pequeños despistes ortográficos, de puntuación o de teclado que él solo apreciaba cuando ya estaban desapareciendo. Y le estaba gustando lo que leía. Volvió a cerrar los ojos en lo que pretendió ser un instintivo acto reflejo de relax y que acabó convirtiéndose en mucho más…
No sabría precisar si aún permanecía en mundos oníricos cuando se percató de que se estrechaba la mano con alguien, como cerrando un trato, y la duda mutó a perplejidad cuando constató que ese alguien no era sino el personaje principal de su inacabada novela. Y entonces lo vio claro: era este el que, sin muestras de fatiga y con un estilo literario tan similar al suyo que asustaba, estaba terminando el trabajo con celeridad. Meditó un instante y no tuvo que forzarse para regalarle una sonrisa a la vida.
Rio al recordar las ocasiones varias en las que su protagonista le había confesado que le encantaba cómo estaba evolucionando la trama y que no veía llegar el día de descansar tras el altivo punto final de los finales, siempre ignorante de los restantes dos puntos suspensivos..

© Patxi Hinojosa Luján, en Murcia, con amigos
(18/03/2017)

viernes, 10 de marzo de 2017

La encuesta


Aunque hace ya muchos minutos que terminó de prepararlo todo, algo intangible la retrasa a la hora de ponerse en marcha; recuerda entonces que nunca pensó que fuera a ser fácil. Al fin se deshace del bloqueo que la atenaza y sale de su habitación; deja allí una impresora que, olvidada, guiña uno de sus pilotos con precisa cadencia suiza demandando papel para su vacía bandeja.
Cuando Alicia abandona su apartamento opta por las escaleras, y lo hace retando a las matemáticas y a la física al bajar dos peldaños cada tres pasos.
Apenas ha comido y aun así su estómago es un manojo de nervios que amenaza con liberarse de todo lo que da vueltas en él sin conseguir encontrar su función ni su camino. Sin embargo, su apariencia presenta un aspecto sereno que esconde su verdadero estado, cercano a la ansiedad. Alicia no es religiosa, aunque sin saber por qué se persigna al salir del portal con la suficiente pericia. La suerte está echada. Empieza a caminar calle arriba con parsimonia, como si hubiera olvidado quitarse del todo el freno de mano.
No llueve, pero hace algo de frío y un molesto viento. Lleva una carpeta con documentos apretada contra su pecho, recordando sus tiempos de colegiala y, al hacerlo, una lágrima de añoranza se estrella contra el suelo sembrándolo de mil y una partículas de incertidumbre que enseguida se evaporan.
Constata que está sudando, sabe que desde que salió de casa. «Son los nervios» se dice Alicia, y acelera en los escasos veinte metros que le separan de su destino. Se detiene frente a un panel de timbres y fija la mirada en uno que ya conoce, no es la primera vez que se para allí, aunque sí lo es con el guion definitivo que lleva bien memorizado. Respira hondo y dirige una mano temblorosa hacia el primero B. Su dedo índice no acierta a la primera, mas acaba pulsándolo. Una, dos, tres veces… Parece que no vaya a haber respuesta cuando un sonido electrónico la sobresalta. Se oye un eco con una respiración, y a continuación unas palabras…
—Sí, ¿quién es? —Una voz con el tono de una persona mayor suena recelosa.
Encuesta del ayuntamiento, ¿podría abrirme, por favor? indica Alicia intentando desprender credibilidad.   
Pero, si yo no he llamado a nadie… duda la anciana, denotando desconfianza.
Verá, estamos haciendo una encuesta desde el ayuntamiento y hoy le toca a los vecinos de su calle —Alicia carraspea y necesita toser un par de veces para proseguir. Necesitamos ver qué necesidades hay para estudiar posibles ayudas improvisa, al temer no ser atendida.
Durante unos instantes no se oye sonido alguno por el interfono y su ruido de fondo se confunde con el silencio que rodea a Alicia, cuyo corazón empieza a latir más rápido y fuerte, lo que por un momento le hace temer sufrir una crisis de ansiedad. La voz de la anciana le llega por sorpresa atajando tal posibilidad:
—Ya le abro, vivo en el primero, letra B dice la señora, sin darse cuenta de que esos detalles sobran.
¡Gracias! responde con voz temblorosa Alicia; y se oye un sonido metálico en la cerradura de la puerta que aprovecha ella para abrirla y pasar al portal donde se detiene unos segundos a regular su respiración.
Decide subir por las escaleras; «total, es solo un piso» se dice.
Cuando llega al primer piso se enfrenta a la puerta B. La encuentra entornada y aprecia que es por causa de una cadena de seguridad. La señora de la casa aparece a través de la rendija y la examina de arriba abajo y de abajo arriba. Debe aprobarla puesto que al momento cierra la puerta para retirar la cadena y la vuelve a abrir de par en par mientras le invita a pasar.
Pase usted, estaremos más cómodas allí y le indica la pieza que debe ser el salón-comedor que ofrece su generoso espacio al fondo del pasillo.
¡Muchas gracias, es muy amable! responde Alicia mientras pasa a la vivienda junto con todas sus dudas y temores. Se congratula al constatar que ha conseguido infundir confianza en una primera impresión, aunque no lo muestra en su semblante. Se felicita por ello, por todo ello.
Se sientan una al frente de la otra dejando una pequeña mesa baja en medio. La joven hace ademán de mostrar su carnet de encuestadora pero un gesto de la anciana le dispensa de enseñárselo. La joven respira tranquila, y no solo en sentido figurado, desconociendo hasta qué punto habría resultado convincente su trabajo con la impresora.
Ha pasado poco tiempo cuando la anciana se deshace del poco recelo que le queda y empieza a tratarla con la ternura con la que quizá piensa Alicia se trate a una nieta; con tal puerta abierta, también Alicia se dirige a la anciana con la ternura está segura que merecería su abuela, incluso si la acabara de conocer…
El aire se inunda con preguntas más o menos mecánicas al provenir de la burocracia más impersonal y de respuestas que no en todos los casos acaban plasmadas en la casilla destinada a ello. Pero enseguida llegan las preguntas más personales, sobre familia, sobre parejas, hijos, nietos, separaciones... Alicia quiere saberlo todo de la que podría ser su abuela y, sin pretenderlo, hacer aflorar recuerdos escondidos en lo más profundo de su mente y de su corazón, los de las dos.
De las primeras miradas de reojo han pasado ahora a las sonrisas, y la estancia se llena de calma, de paz, de caricias mano a mano. Todo ello se aliña con un aromático té y unas pastas caseras que desaparecen como por arte de magia cuando la encuesta lleva concluida un buen rato.
Un par de silencios después, estos se rompen…
Bueno, no la entretengo más, tendrá que seguir con sus encuestas —comenta la anfitriona sin mucho convencimiento.
Sí, claro responde Alicia con menos convicción; después cierra su carpeta con los folios dentro y se levanta para despedirse.
Si quiere, puede pasarse cualquier otro día a tomar un té, aunque aún no sepa si me corresponde alguna ayuda o no, siempre es buena hora para tomarse uno en buena compañía —invita la dama que durante un corto lapso hace alarde de una mirada cuyo brillo pareciera haber rejuvenecido diez años.
Descuide, así lo haré responde Alicia desprendiéndose de su disfraz de encuestadora por enésima vez.
Recorren despacio el pasillo, fotograma a fotograma, ahora en sentido contrario hasta la puerta de entrada, y Alicia se despide con un «hasta pronto». Se está dirigiendo a las escaleras cuando, de repente, vuelve sobre sus pasos dando media vuelta y le planta un beso en la frente a la anciana, sonoro como beso de tía lejana. María se lo agradece con un brillo reconocible para la joven, y se adentra en su vivienda andando más erguida que las imágenes de sus espejos recientes.
Ya en la calle, Alicia valora todo lo acontecido en la última hora como muy positivo, matizando que incluso ha superado sus expectativas, y se encamina a una calle cercana a realizar su segunda y última encuesta. Porque ahora sí está segura, ya está preparada...
***
Han pasado unos días. Brilla el Sol y a Alicia le da la impresión de que su mochila se ha descargado de bastante peso, pero solo del peso sobrante. Hace días que no para de cantar y no cree que pueda hacerlo nunca. Deposita un sobre en un buzón de correos y la cara se le humedece; por fin puede llorar de alegría todo lo que antes rio de tristeza.
 ***
Mientras en su casa Alicia juega al escondite con sus gatos sus espejos son testigos, María se dispone a abrir, impaciente y nerviosa, una carta que acaba de recibir. No lleva remite, mas imagina quién puede haberla enviado…

«Señora María, quisiera confesarle algo, le debo una explicación: Gracias a su amabilidad he encontrado la fuerza suficiente para enfrentarme a mis miedos y vencerlos. Necesitaba un traje con el que vestirme de valiente y así animarme a visitar y conocer a la abuela que nunca tuve. Verá, mi madre era adoptada y toda su vida luchó por conocer a la suya, pero su vida fue muy corta porque justo cuando la localizó enfermó y no tuvo el valor ni el tiempo de enfrentarse a su pasado junto con los motivos que hubiera en él para justificar aquella decisión que tantas horas de sueño le robó. Pensé que lo de la encuesta sería una buena idea, pero que necesitaría probarme antes. Le pido disculpas por ello, por haberla elegido a usted para dicha prueba; la conocía de habérmela cruzado alguna vez por el barrio, y cuando aprendí a leer en sus ojos supe que me ayudaría. Todo esto lo he hecho por mi madre, se lo debía, pero también por mí, y no puedo estar más feliz por lo que a estas alturas ha compartido mi abuela conmigo, pero sobre todo por tenerla ahora en mi vida. Gracias, muchísimas gracias. Nos volveremos a ver, no piense que voy a renunciar así como así a sus deliciosas pastas… Suya para lo que necesite, Alicia, no lo dude. Mi dirección y teléfono son […]»

Alicia sigue con su juego, a la espera de que llegue la hora de reunirse un día más con su abuela; ha encontrado a esa persona que tanto añoró y con ella en su mundo este vuelve a parecerse, al fin, a su mil veces imaginado «país de las maravillas».

© Patxi Hinojosa Luján, desde el otro lado del espejo…
(10/03/2017)

miércoles, 8 de marzo de 2017

Kilómetro 0


Saco el brazo izquierdo por la ventanilla, abierta a pesar de que la brisa mañanera aún mantiene bastante del frío de la noche. En ocasiones me gusta conducir un rato así, es como si me estuviera comiendo un dulce de algún sucedáneo de libertad. Sé que no debo, que me expongo a una multa, a un resfriado, ¿quizá a una subida de azúcar…? Aun así aguanto unos minutos que aprovecho como horas tras lo que restablezco extremidad y cristal a unas posiciones más correctas para evitar el riesgo de esos posibles castigos.
Al principio de la ruta me incomoda el blanco amarillento enceguecedor del Sol, dificulta al máximo mi visión al remontar por encima del horizonte; mas hoy las nubes son mis aliadas y enseguida corren a esconderlo hasta que, acercándome a la mitad del trayecto, mi rumbo gira a sureste impidiendo a aquel retarme de frente. Libero entonces de su tarea a mis socias, que se retiran silenciosas dejando un cielo limpio y cálido, transparente hasta el azul celeste.
Disfruto de las vistas del recorrido hasta mi destino, sito en el kilómetro cero de mis excursiones, punto de partida de cada una de ellas. En realidad disfruto todo lo que me rodea; sí, desde hace unos meses lo hago a cada instante de este regalo en forma de préstamo que es la vida, no en vano me lo recuerdo en notas autoadhesivas que he situado, como ayuda a mi despistada memoria, en puntos tan estratégicos como la puerta del refrigerador y algún que otro lóbulo de mi cerebro. A pesar de ello, y cuando menos me lo espero, una serie de extrasístoles despiadadas, inesperadas y aterradoras como «la chica de la curva», me traen a la mente imágenes que no por superadas se niegan a desvanecerse para siempre.
Rememoro aquellos días que fueron de plomo y ceniza, de urgencias y desvelos, de ingresos y altas, de disgustos por recaídas, pero también de coraje y esperanza. De victoria al final… No necesito alimentar su recuerdo porque está presente oculto en el traje de camuflaje que se ha calzado en los últimos tiempos, el de la aparente normalidad; e incluso me saluda cada mañana y me desea buenas noches cuando doy descanso a la arena de mi reloj cuando el día ha caducado.
Recapacitando sobre todo ello estoy cuando enfilo el último giro del trayecto y mi corazón sonríe sin latidos que se adelanten. Este viaje llega a su fin pero sé que en breve nuevos proyectos conseguirán que me ponga en acción y abandone el espacio de confort de mi kilómetro cero; también aquel recuerdo, porque os confesaré que, como no frecuento demasiado los carnavales, ahora, a menudo, olvido recordarlo.

© Patxi Hinojosa Luján, recordando a unos «amigos de toda la vida» que conocimos hace 17 meses y que ya entonces nos invitaron a compartir su particular kilómetro cero.
(08/03/2017)

martes, 28 de febrero de 2017

En el umbral


Evoco sin nostalgia aquel día en el que oí cómo alguien gritaba tras de mí, a lo lejos: ¡¡¡al ladrón, al ladrón!!! Ese alguien eras tú. Recuerdo que yo seguí a lo mío, hasta entonces no había sospechado que pudiera tener alguna habilidad para robar en un corazón, y ni siquiera miré por encima de mi hombro para saciar una curiosidad que no tenía. Más tarde, tú intentarías convencerme de lo contrario con cierto éxito.
Reconozco que esos primeros tiempos se colmaron de miel y sal, de ternura y arrebato, de cordura y locura… Hoy, cuando el ardor de la lava de la pasión hace tiempo que se extinguió, impregnando nuestra rutina con la frialdad del río detenido cual reguero de roca, no quisiera herirte con lo que voy a confesarte, me conoces lo suficiente para ver que no es esa mi intención; pero debes saber, e imagino que lo intuyes, que estoy mejor con ella. Y no me siento culpable, no lo considero infidelidad, tampoco traición.
Ella ha llegado a mi vida para llenarla de sosiego y de paz, y lo ha hecho para quedarse; respeta el silencio que necesito como el respirar desde que tú y yo empezamos a divisar horizontes distintos, a pesar de caminar pegados, pues lo hacíamos con el fino abismo de la indiferencia entre ambos. No me culpo por ello, o al menos no solo a mí. Y te rogaría que apartaras de tu mente la idea de que yo te haya podido engañar, este es un verbo que deseché de mi diccionario mucho antes del principio de la partida.
Durante todo este tiempo de secreta aventura, he disfrutado de ella cuando tú te ibas, y cada día que pasaba aumentaba mi deseo de repetir; aunque no sé si por prudencia o cobardía, no intenté hacerte partícipe de ello, ya ves... No lo lamento, al final los acontecimientos fluyeron hasta que ocurrió lo inevitable.
***
Echando la vista atrás, me recuerdo con una poco disimulada sonrisa contemplándoos a las dos en ese lapso infinitesimal en el que coincidíais conmigo; puedes creerme si te digo que ella, siempre muy discreta, no entró en escena de una manera definitiva hasta que tú te fugaste de mi corazón llevándote los trozos que pudiste recuperar del tuyo atravesando aquel umbral, testigo inanimado del necesario cambio, mientras os cruzabais en él sin prestaros atención; desapareciste así para siempre del elenco de actores de la película de mi vida y fue entonces cuando mi cabeza tomó la decisión de asumir el nuevo guion. En este nuevo escenario, observo cómo un pajarillo emite un canto que nace arrepentido al no querer ensuciar el cautivador silencio y, casi imperceptible, planea hasta mi cornisa como presente en forma de desagravio.
***
Es tu ausencia la que me ha colmado de felicidad, ella es la mejor compañera que hubiera podido imaginar para continuar con la solitaria partida en que, de nuevo, se ha convertido mi aventura.

© Patxi Hinojosa Luján
(01/03/2017)

sábado, 18 de febrero de 2017

Cíclico


Cuando llegó al cuarto piso se encontró la puerta de su vivienda entreabierta, pero ni la cerradura ni la barnizada madera del marco parecían haber sido forzadas. Jadeaba, de un tiempo a esta parte el obsoleto ascensor se pasaba tanto tiempo averiado reclamando una merecida jubilación como cumpliendo su función, y eso era algo que a sus años adquiría gran trascendencia. Se mantuvo cerca del quicio de la puerta, apoyándose en su pomo, a esperar que el ritmo de su corazón se normalizara, a que sus piernas se deshicieran de aquel  incómodo temblor; lamentó haberse olvidado el bastón en casa una vez más.
No tenía prisa por entrar, tampoco inquietud aunque sí curiosidad. Pudo observar desde allí cómo todo se hallaba a oscuras y en silencio, aunque intuía que no se encontraba solo.
Pensó que encendía la luz de la entrada al acceder a su piso, que se adentraba en él cerrando la puerta tras de sí, que se encontraba con alguien de rasgos conocidos y familiares sentado en su sillón favorito, que se hablaban con la mirada revelándose certezas, demandándose respuestas…, aunque no podría asegurar si algo de esto, o todo, ocurría en realidad.
Se giró soltándose del pomo y bajó las escaleras engullendo sus peldaños de tres en tres, a pesar de que el ruido de poleas y motor del moderno ascensor testificaban su servicial funcionamiento. Tenía la extraña y placentera sensación de que no tardaría en olvidar lo que acababa de presenciar, de vivir, mas disfrutó un postrer segundo de lucidez para sospechar que, tal vez, esa fuera la forma en que la Naturaleza regalaba a veces una inmortalidad encubierta, inimaginable, imposible, patente solo en ese sutil destello cíclico de la consciencia de la muerte aplazada de nuevo.
Botó su balón ya en el rellano del portal y, sin recuerdo alguno posterior a los diecinueve años que le cincelaban ahora cuerpo y espíritu, acudió al encuentro de unos amigos que le estarían esperando en la cancha de básquet del  barrio, y un breve escalofrío le atravesó justo en ese instante en que dudó si los reconocería; tan breve que enseguida desapareció junto con cualquier atisbo de la magia anterior.
¿Lograría esta vez imponerse en el concurso de triples? —se preguntó, esperanzado, mientras se alejaba silbando…

© Patxi Hinojosa Luján
(18/02/2017)