martes, 21 de marzo de 2017

Música celestial


Un día más sales a pasear, a que te dé el aire —según me matizas, cabizbajo, y lo haces como excusándote. Sé que vas en busca de algo que no acabas de encontrar en casa desde aquel traumático episodio; no te culpo. Tengo muy claro que lo echas en falta, que sabes que antes tú disfrutabas ese algo más que completaba tu vida, pero que también amargaba la mía. Yo, por mi parte, aunque lo he intentado hasta donde permite mi orgullo, no he conseguido dar con la tecla que activara aquella luz que se apagó en ti en aquel instante. Pero no estoy dispuesta a contarte la verdad, al menos no toda; sé que no es justo, pero no soy perfecta.
Ahora vivo en paz, y creo que merezco la recompensa que ha supuesto para mí la situación actual, máxime teniendo en cuenta todos mis desvelos y atenciones tras el disgusto del ictus que nos aquejó.
¡Está bien!... Acepto matizar que el que lo sufrió fuiste tú, pero no puedes negarme que yo lo hice contigo cada minuto hasta que la recuperación física llegó a alcanzar el nivel que se nos había pronosticado y yo pude comprobar que, en efecto, mis súplicas habían sido atendidas.
Desde hace semanas, y cada vez que te ausentas, me suelo parapetar entre los visillos de esa ventana por la que se ve la vida ir y venir. Lo hago a la hora en que sueles regresar cada día de tu paseo, siempre temiendo encontrar un cambio en tu semblante, un cambio que no soportaría y que lo tengo decidido no compartiría contigo.
***
Y, como cabía la posibilidad, al final ha ocurrido. A pesar de verte a lo lejos, constato que has conseguido recordar, o quizá lo hayas encontrado por azar; yo hoy sigo sin entender cómo aquel pub las ponía a todas horas… Te confesaré ahora ya no tiene sentido ocultarlo que yo no las soportaba…
Cojo, con un punto de ansiedad, la maleta y la mochila que contienen mi particular kit de supervivencia y que llevan tiempo preparadas en el altillo del armario. Lo tengo todo calculado: tu estado de salud te obliga a usar siempre el ascensor y he previsto estar bajando por las escaleras para cuando tú subas por él. Antes de abandonar nuestra vivienda, extraigo la nota manuscrita que ha permanecido escondida junto a aquellas y la dejo bien visible en la mesa de la cocina:

«[…] Tienes que saberlo: No soportaba las canciones que componías y que, al no barajar la posibilidad de que me desagradaran, me cantabas a todas horas. No tengo duda alguna de que hoy a ti te habrán sonado a música celestial [...]»

© Patxi Hinojosa Luján
(21/03/2017)

sábado, 18 de marzo de 2017

El trato


La atmósfera andaba ese día sobrada de poesía; en su regazo versos insumisos imaginaban danzas buscando encontrar el equilibrio que les dotara de un plus de armonía y sonoridad y, egoístas cual gato arisco, desahuciaban a una prosa que ya empezaba a escasear. La suya había sido una jornada más larga y cansina de lo habitual, agotadora. Aun así intentaría escribir al menos un par de horas más. Esta que terminaba estaba siendo una semana de ritmo frenético por mor de la inoportuna gripe que amenazó con mutarse a una neumonía que al final pudo evitar. Mas el retraso acumulado por este imprevisto en su quehacer era incompatible con el compromiso adquirido con su editorial, para la que debería tener lista su novela en escasos días.
La cosa pintaba mal, para qué negarlo. Había confiado, según su viciada costumbre, en ese impulso que a última hora, cargado con una insólita energía que solo le visitaba en estas situaciones, le permitía en todas ellas pulir y acabar su obra.
En esta ocasión, la sorpresa en forma de las fiebres más severas que recordaba, de batas blancas, medicinas y serias advertencias con reposo absoluto en cama, amenazaba con arruinar sus planes, lo que con seguridad invalidaría su jugoso contrato.
Se otorgó un pequeño descanso que aprovechó para desentumecer sus articulaciones. Recorrió el pasillo varias veces y volvió a su despacho después de beber un generoso trago de agua con gas. Se acomodó en la butaca de su escritorio y observó el monitor que volvió a la vida con un leve movimiento del periférico roedor. Pensó que quizá debería considerar aceptar esa ayuda que le habían ofrecido con insistencia en los últimos tiempos; si en algún momento tenía sentido tan peregrina idea, ese era este. Cerró los ojos…
***
… cuando los abrió dos capítulos más tarde, observó cómo el cursor se movía nervioso generando nuevas palabras y frases que tenían, en verdad, muy buena pinta; solo en contadas ocasiones retrocedía para cambiar palabras o expresiones por otras más adecuadas, más literarias; también para corregir pequeños despistes ortográficos, de puntuación o de teclado que él solo apreciaba cuando ya estaban desapareciendo. Y le estaba gustando lo que leía. Volvió a cerrar los ojos en lo que pretendió ser un instintivo acto reflejo de relax y que acabó convirtiéndose en mucho más…
No sabría precisar si aún permanecía en mundos oníricos cuando se percató de que se estrechaba la mano con alguien, como cerrando un trato, y la duda mutó a perplejidad cuando constató que ese alguien no era sino el personaje principal de su inacabada novela. Y entonces lo vio claro: era este el que, sin muestras de fatiga y con un estilo literario tan similar al suyo que asustaba, estaba terminando el trabajo con celeridad. Meditó un instante y no tuvo que forzarse para regalarle una sonrisa a la vida.
Rio al recordar las ocasiones varias en las que su protagonista le había confesado que le encantaba cómo estaba evolucionando la trama y que no veía llegar el día de descansar tras el altivo punto final de los finales, siempre ignorante de los restantes dos puntos suspensivos..

© Patxi Hinojosa Luján, en Murcia, con amigos
(18/03/2017)

viernes, 10 de marzo de 2017

La encuesta


Aunque hace ya muchos minutos que terminó de prepararlo todo, algo intangible la retrasa a la hora de ponerse en marcha; recuerda entonces que nunca pensó que fuera a ser fácil. Al fin se deshace del bloqueo que la atenaza y sale de su habitación; deja allí una impresora que, olvidada, guiña uno de sus pilotos con precisa cadencia suiza demandando papel para su vacía bandeja.
Cuando Alicia abandona su apartamento opta por las escaleras, y lo hace retando a las matemáticas y a la física al bajar dos peldaños cada tres pasos.
Apenas ha comido y aun así su estómago es un manojo de nervios que amenaza con liberarse de todo lo que da vueltas en él sin conseguir encontrar su función ni su camino. Sin embargo, su apariencia presenta un aspecto sereno que esconde su verdadero estado, cercano a la ansiedad. Alicia no es religiosa, aunque sin saber por qué se persigna al salir del portal con la suficiente pericia. La suerte está echada. Empieza a caminar calle arriba con parsimonia, como si hubiera olvidado quitarse del todo el freno de mano.
No llueve, pero hace algo de frío y un molesto viento. Lleva una carpeta con documentos apretada contra su pecho, recordando sus tiempos de colegiala y, al hacerlo, una lágrima de añoranza se estrella contra el suelo sembrándolo de mil y una partículas de incertidumbre que enseguida se evaporan.
Constata que está sudando, sabe que desde que salió de casa. «Son los nervios» se dice Alicia, y acelera en los escasos veinte metros que le separan de su destino. Se detiene frente a un panel de timbres y fija la mirada en uno que ya conoce, no es la primera vez que se para allí, aunque sí lo es con el guion definitivo que lleva bien memorizado. Respira hondo y dirige una mano temblorosa hacia el primero B. Su dedo índice no acierta a la primera, mas acaba pulsándolo. Una, dos, tres veces… Parece que no vaya a haber respuesta cuando un sonido electrónico la sobresalta. Se oye un eco con una respiración, y a continuación unas palabras…
—Sí, ¿quién es? —Una voz con el tono de una persona mayor suena recelosa.
Encuesta del ayuntamiento, ¿podría abrirme, por favor? indica Alicia intentando desprender credibilidad.   
Pero, si yo no he llamado a nadie… duda la anciana, denotando desconfianza.
Verá, estamos haciendo una encuesta desde el ayuntamiento y hoy le toca a los vecinos de su calle —Alicia carraspea y necesita toser un par de veces para proseguir. Necesitamos ver qué necesidades hay para estudiar posibles ayudas improvisa, al temer no ser atendida.
Durante unos instantes no se oye sonido alguno por el interfono y su ruido de fondo se confunde con el silencio que rodea a Alicia, cuyo corazón empieza a latir más rápido y fuerte, lo que por un momento le hace temer sufrir una crisis de ansiedad. La voz de la anciana le llega por sorpresa atajando tal posibilidad:
—Ya le abro, vivo en el primero, letra B dice la señora, sin darse cuenta de que esos detalles sobran.
¡Gracias! responde con voz temblorosa Alicia; y se oye un sonido metálico en la cerradura de la puerta que aprovecha ella para abrirla y pasar al portal donde se detiene unos segundos a regular su respiración.
Decide subir por las escaleras; «total, es solo un piso» se dice.
Cuando llega al primer piso se enfrenta a la puerta B. La encuentra entornada y aprecia que es por causa de una cadena de seguridad. La señora de la casa aparece a través de la rendija y la examina de arriba abajo y de abajo arriba. Debe aprobarla puesto que al momento cierra la puerta para retirar la cadena y la vuelve a abrir de par en par mientras le invita a pasar.
Pase usted, estaremos más cómodas allí y le indica la pieza que debe ser el salón-comedor que ofrece su generoso espacio al fondo del pasillo.
¡Muchas gracias, es muy amable! responde Alicia mientras pasa a la vivienda junto con todas sus dudas y temores. Se congratula al constatar que ha conseguido infundir confianza en una primera impresión, aunque no lo muestra en su semblante. Se felicita por ello, por todo ello.
Se sientan una al frente de la otra dejando una pequeña mesa baja en medio. La joven hace ademán de mostrar su carnet de encuestadora pero un gesto de la anciana le dispensa de enseñárselo. La joven respira tranquila, y no solo en sentido figurado, desconociendo hasta qué punto habría resultado convincente su trabajo con la impresora.
Ha pasado poco tiempo cuando la anciana se deshace del poco recelo que le queda y empieza a tratarla con la ternura con la que quizá piensa Alicia se trate a una nieta; con tal puerta abierta, también Alicia se dirige a la anciana con la ternura está segura que merecería su abuela, incluso si la acabara de conocer…
El aire se inunda con preguntas más o menos mecánicas al provenir de la burocracia más impersonal y de respuestas que no en todos los casos acaban plasmadas en la casilla destinada a ello. Pero enseguida llegan las preguntas más personales, sobre familia, sobre parejas, hijos, nietos, separaciones... Alicia quiere saberlo todo de la que podría ser su abuela y, sin pretenderlo, hacer aflorar recuerdos escondidos en lo más profundo de su mente y de su corazón, los de las dos.
De las primeras miradas de reojo han pasado ahora a las sonrisas, y la estancia se llena de calma, de paz, de caricias mano a mano. Todo ello se aliña con un aromático té y unas pastas caseras que desaparecen como por arte de magia cuando la encuesta lleva concluida un buen rato.
Un par de silencios después, estos se rompen…
Bueno, no la entretengo más, tendrá que seguir con sus encuestas —comenta la anfitriona sin mucho convencimiento.
Sí, claro responde Alicia con menos convicción; después cierra su carpeta con los folios dentro y se levanta para despedirse.
Si quiere, puede pasarse cualquier otro día a tomar un té, aunque aún no sepa si me corresponde alguna ayuda o no, siempre es buena hora para tomarse uno en buena compañía —invita la dama que durante un corto lapso hace alarde de una mirada cuyo brillo pareciera haber rejuvenecido diez años.
Descuide, así lo haré responde Alicia desprendiéndose de su disfraz de encuestadora por enésima vez.
Recorren despacio el pasillo, fotograma a fotograma, ahora en sentido contrario hasta la puerta de entrada, y Alicia se despide con un «hasta pronto». Se está dirigiendo a las escaleras cuando, de repente, vuelve sobre sus pasos dando media vuelta y le planta un beso en la frente a la anciana, sonoro como beso de tía lejana. María se lo agradece con un brillo reconocible para la joven, y se adentra en su vivienda andando más erguida que las imágenes de sus espejos recientes.
Ya en la calle, Alicia valora todo lo acontecido en la última hora como muy positivo, matizando que incluso ha superado sus expectativas, y se encamina a una calle cercana a realizar su segunda y última encuesta. Porque ahora sí está segura, ya está preparada...
***
Han pasado unos días. Brilla el Sol y a Alicia le da la impresión de que su mochila se ha descargado de bastante peso, pero solo del peso sobrante. Hace días que no para de cantar y no cree que pueda hacerlo nunca. Deposita un sobre en un buzón de correos y la cara se le humedece; por fin puede llorar de alegría todo lo que antes rio de tristeza.
 ***
Mientras en su casa Alicia juega al escondite con sus gatos sus espejos son testigos, María se dispone a abrir, impaciente y nerviosa, una carta que acaba de recibir. No lleva remite, mas imagina quién puede haberla enviado…

«Señora María, quisiera confesarle algo, le debo una explicación: Gracias a su amabilidad he encontrado la fuerza suficiente para enfrentarme a mis miedos y vencerlos. Necesitaba un traje con el que vestirme de valiente y así animarme a visitar y conocer a la abuela que nunca tuve. Verá, mi madre era adoptada y toda su vida luchó por conocer a la suya, pero su vida fue muy corta porque justo cuando la localizó enfermó y no tuvo el valor ni el tiempo de enfrentarse a su pasado junto con los motivos que hubiera en él para justificar aquella decisión que tantas horas de sueño le robó. Pensé que lo de la encuesta sería una buena idea, pero que necesitaría probarme antes. Le pido disculpas por ello, por haberla elegido a usted para dicha prueba; la conocía de habérmela cruzado alguna vez por el barrio, y cuando aprendí a leer en sus ojos supe que me ayudaría. Todo esto lo he hecho por mi madre, se lo debía, pero también por mí, y no puedo estar más feliz por lo que a estas alturas ha compartido mi abuela conmigo, pero sobre todo por tenerla ahora en mi vida. Gracias, muchísimas gracias. Nos volveremos a ver, no piense que voy a renunciar así como así a sus deliciosas pastas… Suya para lo que necesite, Alicia, no lo dude. Mi dirección y teléfono son […]»

Alicia sigue con su juego, a la espera de que llegue la hora de reunirse un día más con su abuela; ha encontrado a esa persona que tanto añoró y con ella en su mundo este vuelve a parecerse, al fin, a su mil veces imaginado «país de las maravillas».

© Patxi Hinojosa Luján, desde el otro lado del espejo…
(10/03/2017)

miércoles, 8 de marzo de 2017

Kilómetro 0


Saco el brazo izquierdo por la ventanilla, abierta a pesar de que la brisa mañanera aún mantiene bastante del frío de la noche. En ocasiones me gusta conducir un rato así, es como si me estuviera comiendo un dulce de algún sucedáneo de libertad. Sé que no debo, que me expongo a una multa, a un resfriado, ¿quizá a una subida de azúcar…? Aun así aguanto unos minutos que aprovecho como horas tras lo que restablezco extremidad y cristal a unas posiciones más correctas para evitar el riesgo de esos posibles castigos.
Al principio de la ruta me incomoda el blanco amarillento enceguecedor del Sol, dificulta al máximo mi visión al remontar por encima del horizonte; mas hoy las nubes son mis aliadas y enseguida corren a esconderlo hasta que, acercándome a la mitad del trayecto, mi rumbo gira a sureste impidiendo a aquel retarme de frente. Libero entonces de su tarea a mis socias, que se retiran silenciosas dejando un cielo limpio y cálido, transparente hasta el azul celeste.
Disfruto de las vistas del recorrido hasta mi destino, sito en el kilómetro cero de mis excursiones, punto de partida de cada una de ellas. En realidad disfruto todo lo que me rodea; sí, desde hace unos meses lo hago a cada instante de este regalo en forma de préstamo que es la vida, no en vano me lo recuerdo en notas autoadhesivas que he situado, como ayuda a mi despistada memoria, en puntos tan estratégicos como la puerta del refrigerador y algún que otro lóbulo de mi cerebro. A pesar de ello, y cuando menos me lo espero, una serie de extrasístoles despiadadas, inesperadas y aterradoras como «la chica de la curva», me traen a la mente imágenes que no por superadas se niegan a desvanecerse para siempre.
Rememoro aquellos días que fueron de plomo y ceniza, de urgencias y desvelos, de ingresos y altas, de disgustos por recaídas, pero también de coraje y esperanza. De victoria al final… No necesito alimentar su recuerdo porque está presente oculto en el traje de camuflaje que se ha calzado en los últimos tiempos, el de la aparente normalidad; e incluso me saluda cada mañana y me desea buenas noches cuando doy descanso a la arena de mi reloj cuando el día ha caducado.
Recapacitando sobre todo ello estoy cuando enfilo el último giro del trayecto y mi corazón sonríe sin latidos que se adelanten. Este viaje llega a su fin pero sé que en breve nuevos proyectos conseguirán que me ponga en acción y abandone el espacio de confort de mi kilómetro cero; también aquel recuerdo, porque os confesaré que, como no frecuento demasiado los carnavales, ahora, a menudo, olvido recordarlo.

© Patxi Hinojosa Luján, recordando a unos «amigos de toda la vida» que conocimos hace 17 meses y que ya entonces nos invitaron a compartir su particular kilómetro cero.
(08/03/2017)

martes, 28 de febrero de 2017

En el umbral


Evoco sin nostalgia aquel día en el que oí cómo alguien gritaba tras de mí, a lo lejos: ¡¡¡al ladrón, al ladrón!!! Ese alguien eras tú. Recuerdo que yo seguí a lo mío, hasta entonces no había sospechado que pudiera tener alguna habilidad para robar en un corazón, y ni siquiera miré por encima de mi hombro para saciar una curiosidad que no tenía. Más tarde, tú intentarías convencerme de lo contrario con cierto éxito.
Reconozco que esos primeros tiempos se colmaron de miel y sal, de ternura y arrebato, de cordura y locura… Hoy, cuando el ardor de la lava de la pasión hace tiempo que se extinguió, impregnando nuestra rutina con la frialdad del río detenido cual reguero de roca, no quisiera herirte con lo que voy a confesarte, me conoces lo suficiente para ver que no es esa mi intención; pero debes saber, e imagino que lo intuyes, que estoy mejor con ella. Y no me siento culpable, no lo considero infidelidad, tampoco traición.
Ella ha llegado a mi vida para llenarla de sosiego y de paz, y lo ha hecho para quedarse; respeta el silencio que necesito como el respirar desde que tú y yo empezamos a divisar horizontes distintos, a pesar de caminar pegados, pues lo hacíamos con el fino abismo de la indiferencia entre ambos. No me culpo por ello, o al menos no solo a mí. Y te rogaría que apartaras de tu mente la idea de que yo te haya podido engañar, este es un verbo que deseché de mi diccionario mucho antes del principio de la partida.
Durante todo este tiempo de secreta aventura, he disfrutado de ella cuando tú te ibas, y cada día que pasaba aumentaba mi deseo de repetir; aunque no sé si por prudencia o cobardía, no intenté hacerte partícipe de ello, ya ves... No lo lamento, al final los acontecimientos fluyeron hasta que ocurrió lo inevitable.
***
Echando la vista atrás, me recuerdo con una poco disimulada sonrisa contemplándoos a las dos en ese lapso infinitesimal en el que coincidíais conmigo; puedes creerme si te digo que ella, siempre muy discreta, no entró en escena de una manera definitiva hasta que tú te fugaste de mi corazón llevándote los trozos que pudiste recuperar del tuyo atravesando aquel umbral, testigo inanimado del necesario cambio, mientras os cruzabais en él sin prestaros atención; desapareciste así para siempre del elenco de actores de la película de mi vida y fue entonces cuando mi cabeza tomó la decisión de asumir el nuevo guion. En este nuevo escenario, observo cómo un pajarillo emite un canto que nace arrepentido al no querer ensuciar el cautivador silencio y, casi imperceptible, planea hasta mi cornisa como presente en forma de desagravio.
***
Es tu ausencia la que me ha colmado de felicidad, ella es la mejor compañera que hubiera podido imaginar para continuar con la solitaria partida en que, de nuevo, se ha convertido mi aventura.

© Patxi Hinojosa Luján
(01/03/2017)

sábado, 18 de febrero de 2017

Cíclico


Cuando llegó al cuarto piso se encontró la puerta de su vivienda entreabierta, pero ni la cerradura ni la barnizada madera del marco parecían haber sido forzadas. Jadeaba, de un tiempo a esta parte el obsoleto ascensor se pasaba tanto tiempo averiado reclamando una merecida jubilación como cumpliendo su función, y eso era algo que a sus años adquiría gran trascendencia. Se mantuvo cerca del quicio de la puerta, apoyándose en su pomo, a esperar que el ritmo de su corazón se normalizara, a que sus piernas se deshicieran de aquel  incómodo temblor; lamentó haberse olvidado el bastón en casa una vez más.
No tenía prisa por entrar, tampoco inquietud aunque sí curiosidad. Pudo observar desde allí cómo todo se hallaba a oscuras y en silencio, aunque intuía que no se encontraba solo.
Pensó que encendía la luz de la entrada al acceder a su piso, que se adentraba en él cerrando la puerta tras de sí, que se encontraba con alguien de rasgos conocidos y familiares sentado en su sillón favorito, que se hablaban con la mirada revelándose certezas, demandándose respuestas…, aunque no podría asegurar si algo de esto, o todo, ocurría en realidad.
Se giró soltándose del pomo y bajó las escaleras engullendo sus peldaños de tres en tres, a pesar de que el ruido de poleas y motor del moderno ascensor testificaban su servicial funcionamiento. Tenía la extraña y placentera sensación de que no tardaría en olvidar lo que acababa de presenciar, de vivir, mas disfrutó un postrer segundo de lucidez para sospechar que, tal vez, esa fuera la forma en que la Naturaleza regalaba a veces una inmortalidad encubierta, inimaginable, imposible, patente solo en ese sutil destello cíclico de la consciencia de la muerte aplazada de nuevo.
Botó su balón ya en el rellano del portal y, sin recuerdo alguno posterior a los diecinueve años que le cincelaban ahora cuerpo y espíritu, acudió al encuentro de unos amigos que le estarían esperando en la cancha de básquet del  barrio, y un breve escalofrío le atravesó justo en ese instante en que dudó si los reconocería; tan breve que enseguida desapareció junto con cualquier atisbo de la magia anterior.
¿Lograría esta vez imponerse en el concurso de triples? —se preguntó, esperanzado, mientras se alejaba silbando…

© Patxi Hinojosa Luján
(18/02/2017)

lunes, 13 de febrero de 2017

Vidas de cine


Hoy, después de una ducha que disfruta a pesar de estar algo distraído, Víctor se esmera, como siempre, en obtener un afeitado apurado; por ello procura poner un especial cuidado, como nunca, de acabar sin corte alguno, aunque esta vez no lo consigue y debe colocarse una tirita, de color piel, en la barbilla, tan diminuta que bien podría pasar desapercibida incluso a corta distancia. A continuación, se desliza dentro de su mejor traje y se perfuma delante del espejo del recibidor antes de apagar la luz; la imagen con ese aire desenfadado, que acaba de ver en aquel unos segundos antes, se esfuma con el gesto interruptor y él sale silbando camino de su cita.
Al igual que los días anteriores, mientras camina no para de alternar canturreos, tarareos y sonrisas; su rostro muestra todo un catálogo de diferentes pinceladas de una felicidad que es difícil imaginar que se pudiera deber a otra cosa que no fuera un enamoramiento, quizá no ajeno a un flechazo por sorpresa de los que suele lanzar Cupido cuando está generoso, aburrido…, o bromista.
Le quedan pocos pasos por dar antes de llegar al último giro en su camino; sin siquiera esperar a su impaciencia, encara la calle en que se encontrará con Belén. Agranda la curva de su sonrisa cuando, a escasos cincuenta metros, constata que incluso hay menos personas que otros días esperando para entrar. Piensa, satisfecho, que han acertado eligiendo la primera sesión de la tarde a la que, por lógica, nunca acudirían demasiados espectadores. Habían decidido que se buscarían dentro de la sala de cine, cuando ya la oscuridad que anticipa el inicio de la proyección les amparara, cómplice, contra miradas indiscretas.
***
Cogidos de la mano, los dedos entrelazados, sin apenas mirarse si no es de reojo, pasan las sesiones vespertinas esperando ver saltar la chispa que provoque el incendio de la pasión; mas no tienen prisa, ninguno de los dos duda de que no tardará en visitarlos y, en todo caso, ambos se sienten reconfortados con la carga afectiva que han acumulado hasta ese momento.
***
Los días anteriores no cayeron en la cuenta de que en la película que se proyectaba durante esa semana en aquel horario tan poco comercial, Ana y Manuel, los dos protagonistas, acudían cada tarde a una sesión cinematográfica para regalarse carantoñas sin más testigo que la gran pantalla a la que apenas hacían caso y en la que la pareja formada por Pilar y José se citaba en un cine durante la primera proyección de la tarde mientras aquellos no podían llegar a percatarse de que José, al igual que Manuel, lo hacía luciendo un pequeño corte en la cara, disimulada con la tirita que lo protegía y camuflaba...
Pero ese día, en un momento dado Belén y Víctor sintieron que algo especial pasaba y, por un instinto del que desconocerían su origen por siempre, se giraron para mirar sobre sus hombros y descubrir el destello de aquella gran ventana rectangular que nunca antes había estado allí y tras la que jurarían que se les estaba observando.
Es solo un instante, y Belén, Ana, Pilar, Manuel, Víctor, José, todos ellos, no sabrían precisar si serían los únicos que se habían equivocado de dimensión, de cine, o de película…

© Patxi Hinojosa Luján
(13/02/2017)

jueves, 2 de febrero de 2017

Velas


Carga con más edad de la que admite, de la que desearía, y por eso a veces discrepa con la imagen de sus espejos e incluso discute con vehemencia con ella. En su vida, no obstante, reina un silencio espeso, difícil de respirar, que la atmósfera de su barrio ha sabido respetar desde siempre; pero quizá por eso se mudó allí después de aquello…
***
Hoy corre uno de los últimos días del año y él, temprano como cada tarde desde hace algunas semanas, se dispone a preparar una mesa con dos cubiertos al amparo de la pronto esquiva luz solar mientras un gato maúlla con desgana ignorando las croquetas de su cuenco, abundantes como siempre; pronto caerá la noche aprovechando la lentitud de sus acciones, que dibuja a cámara lenta, cada día más.
Justo en el momento en que el Sol se despide sin poderle ofrecer la certidumbre de un nuevo amanecer, enciende una vela que sitúa entre los dos servicios junto a otra sin estrenar que, con la precaución de la intuición, suele colocar a su lado.
Al cabo de un buen rato, un plato permanece intacto, como en ocasiones anteriores, cuando él ya ha terminado el suyo y, con un suspiro de paciencia, lo retira de la mesa junto a todo lo demás antes de volver a sentarse a la misma. Su soledad hace tiempo que mutó a un doloroso vacío, aunque sus lagunas mentales hagan que él cada vez lo tenga menos presente.
***
En la modesta vivienda cada enchufe eléctrico muestra el decorado de unas incipientes telarañas tejidas por la injusticia social; en su estancia menos fría, casi tan helada como el resto, una mesa camilla tiene por único adorno una vela sin usar junto a otra ya consumida hace horas. A su lado, una cara y unas manos surcadas de arrugas descansan medio tapadas por una mantita en un reposo que pareciera ensayar para el definitivo que llegará más pronto que tarde. La oscuridad es total mas se intuye el brillo de dos pequeños ojos felinos. Su dueño maúlla ahora con un punto de desesperación reclamando una atención que puede que su instinto nunca llegue a valorar en su justa dimensión.

«Quizá si araño con persistencia la madera de la puerta, puede que mi humano me oiga y atienda a mi llamada» reflejaría la traducción de los prácticos pensamientos gatunos.

Cuando el humano emerge del mundo de los sueños, lo hace creyendo que también la escena anterior pertenece a ellos; y lo cree también de aquella otra en la que, casi sesenta años atrás, la joven más hermosa de su mundo le rechazó…

«—Me caes muy bien. Pero no, de verdad no puedo. No es por ti, es por mí… Verás, no sé cómo decirte esto: resulta que tú y yo tenemos los mismos gustos, ¿me entiendes?»

… y él nunca lo entendió ni aceptó, y por eso borró aquel rechazo de su memoria, de la memoria de cada uno de sus despertares.

© Patxi Hinojosa Luján
(02/02/2017)

sábado, 28 de enero de 2017

Me quedo con eso


Aquel día, cuando aparentando ser caprichosa te pedí la Luna, bien sabías tú que me hubiera conformado con un simple paseo bajo su mirada protectora, pero enseguida te sorprendí, huidizo, buscando regalarme el más bello eclipse.
Sugerí en ocasiones que me acompañaras más allá de la pasión, a ese reino embrujado donde las miradas descansan en parpadeos que, consonantes, riman entre sí hasta componer los más hermosos poemas, mas cada vez tú intentaste retenerme en tu apasionante poesía asonante.
Y al final del principio, cuando casi te perdí como nunca, me ayudaste a encontrarte para siempre.
Me quedo con eso.

© Patxi Hinojosa Luján
(28/01/2017)

lunes, 16 de enero de 2017

Demasiado tarde


Corrían años sombríos en los que la utopía, con la ligereza que otorga la soberbia, nos engañaba disfrazándose de esperanza. Un nudo en la garganta le impidió calzarse el disfraz que requería la ocasión; ni siquiera fue capaz de colocarse la máscara adecuada. Titubeó al ofrecer una modesta propina a aquel operario al que vio bajar las escaleras a la par que lo hacía su ánimo, pues como casi siempre era portador de unas noticias que hubiera deseado no portar jamás; entonces cerró la puerta y, en una reacción vehemente, hizo una bola deforme con el papel del telegrama y la arrojó con furia contra una pared que apenas la sintió.
Hacía días que algo no iba bien, que en aquel rincón de Mar del Plata que lo acogió años atrás y en cuyas playas solía perderse buscando el reflejo y la llamada de su tierra cuando le invadía la morriña, sólo encontraba plomo, y esas olas que le confiaban sus secretos desde lejos antes de romper en sus orillas, lo hacían ahora en un dialecto que no lograba entender, o no quería…
Acudiría a la llamada, sí, mas con la seguridad de que sería ya demasiado tarde.

© Patxi Hinojosa Luján
(09/11/2016)

jueves, 12 de enero de 2017

Inevitable


No necesitaba mirar más por la ventana para saber que el cielo de otoño seguía apareciendo herido, con esas vendas en forma de espesa bruma y nubes bajas que así lo atestiguaban. Además, los escasos espacios que se libraban de aquellas brindaban una claridad que no lograba imponerse, a pesar de su azulado optimismo.
Era viernes y tenía la tarde libre, por lo que la perspectiva de un fin de semana más largo de lo habitual debería de haberle otorgado un plus de calma que no encontró; al contrario, incluso tuvo que doblar la dosis del ansiolítico que le permitía mantener su rutina diaria con un mínimo de dignidad para conseguir retener el galope de su corazón y devolverlo al redil del trote nervioso.
Algo no iba bien y él lo sintió como cuando la aguja coquetea con la piel antes de introducirse en ella, con la certidumbre de que al final va a acabar haciéndolo; esa certidumbre anuló todo atisbo de sorpresa en la llamada telefónica que no tardó en recibir.
Tenía en sus manos un libro abierto que no leía, y en el giradiscos un long play que oía pero no escuchaba, a pesar del esfuerzo que ponía por llamar su atención, cuando el agudo e intermitente tono le obligó a levantarse para atender esa llamada. Con gesto serio y latidos contenidos, prestó atención a cuanto se le dijo desde el otro lado de la línea para, antes de colgar, responder:

Está bien, entendido… voy enseguida.

Cogió la primera prenda de abrigo que encontró y cerró la puerta tras de sí, llevándose consigo la incertidumbre y el nerviosismo que le ocupaban por completo mente y cuerpo, y dejando dentro el anhelo de encontrarse a la vuelta habiendo, de una vez por todas, pasado página…

Llegó jadeando al que había sido su portal durante todos aquellos años que ahora le parecían tan lejanos. Respiró hondo tratando de deshacerse de, al menos, parte de su nerviosismo y empezó a subir las escaleras, intentando alargar el tiempo, aspirando a llegar arriba algo más preparado…

«¿Cómo se prepara uno para lo inevitable?»

Apartó ese pensamiento tratando de no adelantarse a los acontecimientos y encaró el último giro en las escaleras antes de enfrentarse, quizá, a la nueva visión de su futuro, a su nueva versión.
Cuando llegó, vecinos, conocidos y amigos se agolpaban ya delante de la puerta de la vivienda, una vivienda que él había ocupado veintiuno de sus primeros veintidós años de vida, pero que desde hacía mucho tiempo sentía como extraña y ajena.
Los que parecían ser los jefes de las patrullas de bomberos y policía local desplazadas al lugar le pusieron al corriente de las fundadas sospechas que tenían por mor de la información de que disponían en base a testimonios de vecinos y familiares. Ambos, por su experiencia, se temían lo peor; pero lo peor para unos puede que no lo sea para otros muchos, ya nos advirtió Einstein de lo relativo que es todo.
Le iban a informar también de la operación que ya se estaba llevando a cabo en esos mismos momentos cuando un ruido de llaves y cerraduras les alertó de que en breve saldrían de dudas.
La puerta se abrió desde dentro dejando paso a la visión de un miembro del Cuerpo de Bomberos que, con un clarificador movimiento de barbilla, mientras cerraba los ojos por un segundo debido al cansancio por la tensión, confirmaba la versión de las conjeturas previas. Un silencio hiriente y seco apareció con él. Un silencio mezclado con un espeso, viciado y asfixiante olor, desconocido para él hasta entonces, que dejó paso a más, a mucho más…

Se identificó y, acompañado de dos familiares, entró a la vivienda a cámara lenta como si tuviera echado el freno de mano, intuyendo la desagradable escena que podría encontrarse allí, aunque no la intensidad de la misma, ni a nivel físico ni afectivo. 
Allí dentro el universo parecía haber girado sobre un eje inexistente y sus leyes haber rendido pleitesía al desorden: se podía oler el silencio, se podían oír los zumbidos del penetrante olor, como si las partículas en suspensión que lo constituían asemejaran un enjambre de ruidosas abejas; tan denso era…
Y entonces lo vio en el suelo del salón: arrodillado contra un sofá, inerte, con signos de un evidente rigor mortis, producto del paso de varios días tal vez. Ese cuerpo sin vida ya no era más que el traje, ahora inservible y en un estado desolador, que un día vistió a una persona, su padre; mas este ya no estaba, hacía bastante más tiempo del que se podría suponer que había abandonado este mundo. Mucho antes de esta última caída, tuvo otra de relevancia extrema cuando, sobrio entre dos fases de embriaguez, decidió que no se enfrentaría a la enfermedad, que nunca reconocería padecerla…
Después de contemplar la estampa con tanto detenimiento como congoja y realizar el preceptivo reconocimiento para el que fue requerido, expresó un sentido agradecimiento al valiente que se había descolgado desde el piso superior a través de la fachada de un patio exterior hasta acceder a la vivienda, entrando por una de sus ventanas, donde hizo el macabro descubrimiento. Esperó fuera mientras preparaban el cadáver y no abandonó el lugar hasta que se lo llevaron los operarios de la funeraria.
Tuvo claro enseguida que aquella ensalada de sensaciones perduraría para siempre en su cerebro.
Volvió a su hogar ya sin presión a pesar de la asunción de todos los trámites que quedaban por realizar y con la ligereza de quien acaba de quitarse un gran peso de su mochila, aunque evitó que nada de esto apareciese en su rostro con disfraz alguno, ni de tristeza ni de sonrisa. Se dejó caer en su sillón favorito, cerró los ojos, constató la otra vez regular y ya más baja cadencia de sus pulsaciones y abrazó aquel anhelo, ahora convertido en certeza, la certeza de lo inevitable…

© Patxi Hinojosa Luján
(12/01/2017)