sábado, 16 de abril de 2022

Por amor


 (Imagen extraída de la red Internet)

Ellos están aquí, en mi cabeza; los recuerdo con una nitidez que me perturba, y por momentos me entra ese temblequeo que los loqueros se empeñan en decir que es debido al «noséquéson», aunque yo sé que es otra cosa, algo cercano o muy parecido al pánico que surge de esta soledad encubierta que nos devora. Está aquel policía bonachón del que nadie diría que lo es, y al que llamaré «P». También el alpinista al que si le das la cuerda adecuada te sube a la cima más alta que encuentre; él será «A». Y un juez de la nueva escuela, sin herencias condicionantes y con sentido de la Justicia con mayúsculas; nuestro «J». Ellos, y algún otro que sería irrelevante mencionar aquí, tienen en común que frecuentaban el garito en el que yo servía copas cada noche. Si se conocen entre sí, no tiene importancia para el asunto que estoy relatando. Lo que siempre supe es que comparten la misma inclinación, algo que la sociedad se empeña en llamar debilidad. Una debilidad que debe quedar en secreto, a riesgo de dar con los huesos encerrados en una celda de lo más lúgubre. Después del trato que mantuvimos durante el tiempo que conservé mi trabajo, los tres intuían, y ahora saben a ciencia cierta, que yo nunca los delataré, ni aun después de que alguien ajeno a mi entorno sí lo hiciera conmigo.

***

Vivimos tiempos de zozobra, convulsos; malos tiempos en definitiva. La inestabilidad reinante en cada aspecto de la vida social genera unas turbulencias con las que resulta difícil convivir. Al margen del anterior, el ejemplo más patente de todo esto son las guerras; éstas son legales a poco que cumplan unos requisitos que, de tan mínimos, no son sino la perversión hecha realidad, máxime cuando son cumplidos en la mayoría de las ocasiones sin necesidad de teatralizar excusas que, en todo caso, siempre serían tan falsas como el Judas aquel.

Por el contrario, las emociones están mal vistas, y el amor prohibido en todas y cada una de sus manifestaciones. Si cualquier muestra de cariño conlleva cuantiosas multas, ya la primera reincidencia te lleva directo a la cárcel o a un Centro Mental, según caiga la moneda. Eso sí, sin juicio previo, tal es el dictatorial poder de los dueños del mundo. Y en esas, aquí estamos unos cuantos, encerrados.

***

Nikita era un caso especial. Cuentan por los pasillos que en su sentencia no hubo moneda y que su ingreso aquí fue decidido a dedo, pues «hay que tener una severa enfermedad mental para dejarse llevar por tentaciones semejantes a las que frecuentaba», según vociferan los estridentes altavoces del techo cada fin de semana, quizá con otras palabras, antes de obligarnos con sutileza a padecer sus interminables celebraciones religiosas. No ir, no aceptar, es peor, mucho peor, y yo no quiero tener que volver a enfrentarme a la limpieza a fondo de nuestros apestosos baños comunes, por no utilizar otros adjetivos más acordes; todo ello bajo la presión insoportable de sus amenazas. Sí, lo reconozco, acepto el chantaje sin protestar.

Pero Nikita era un alma libre, y almas como la suya son imposibles de encerrar por mucho tiempo. Me viene ahora a la memoria aquella frase que tanto me ha llegado a emocionar cada vez que me regalaba la película en mi anterior vida, en la real: "Algunos pájaros no pueden ser enjaulados, sus plumas son demasiado hermosas. Y cuando se van volando, se alegra esa parte de ti que siempre supo que era un pecado enjaularlos. Aun así, el lugar donde tú sigues viviendo resulta más gris y vacío cuando ya no están". Por eso decidí ayudarle, a pesar del amor no correspondido que le rendía; o quizá por ello mismo.

***

Un interno de los más veteranos, que como yo tuvo la «suerte» de que la moneda le encerrara en este psiquiátrico, insiste en declarar que Nikita huyó por el boquete que abrió una bomba enemiga en el techo de uno de los corredores. Añade nervioso y con risa floja que aprovechó un rayo de luz que la Luna llena, compasiva, llenó de estrías antes de enviárselo por aquél para que pudiera escalar por él. No seré yo quien lo niegue, me cae bien ese tipo. Pero siempre supe que si Nikita consiguió huir fue por amor y que nadie arriesgará su vida por mí como sí hizo aquel celador al que pronto también echarán en falta, si no lo han hecho ya. Sé que disfrutarán de su compañía mutua y de su amor hasta que el infortunio les delate y sean privados de libertad, en el caso de Nikita por segunda vez. Pero, ahora, después del éxito de la acción de «A», si «P» y «J» consiguen también hacer bien su trabajo, y estoy seguro de que por ellos así será, tienen un tiempo precioso para desaparecer, pues los expedientes de su huida estarán un buen tiempo siendo recolocados debajo del montón de asuntos pendientes a cada caso nuevo que entre en los respectivos despachos. Mientras tanto, este tiempo que considero ya como una suerte de redención para mí, hará más llevadera mi particular «Cadena Perpetua». 

© Patxi Hinojosa Luján

(15-16/04/2022)

sábado, 19 de marzo de 2022

Hoy, que es el Día del Padre…

Me sorprendo pensando en ti, por esto que nos lleva golpeando el corazón desde hace tres semanas largas y, de repentemente, caigo en que hoy es el «Día del Padre». ¿Coincidencia, casualidad?, ¡quién sabe! Un gran amigo diría, lo creo casi con total seguridad, que causalidad; y, al fin y al cabo, ¡qué más dará! El caso es que lo aprovecho para retomar el contacto muchos meses después con estas teclas que me saludan extrañadas por el injusto abandono sufrido hasta hoy; así puedo desahogarme un poco de tantos sentimientos que me y nos ahogan en estos días inciertos.
         Y es que no puedo evitar preguntarme: ante tamaño horror, ¿cuál sería hoy tu postura y la de tu ajado carnet del PCE si tu cabeza fuera la misma que lo firmó en primera instancia a mediados del pasado siglo?; porque dos de los principales peones de la macabra partida son tu querida Rusia y tu casi venerada Ucrania, el «granero de Europa» como tú no te cansabas de recordarme con orgullo casi identitario. Pero hoy y aquí tengo que fingir que esa y otras muchas cuestiones no obtendrán respuesta porque te las llevaste contigo a la tumba.

        ―¿Cómo que no, hijo?, te podría sacar de dudas ahora mismo si tú quisieras dignarte a escucharme.
         ―¡Pero papá, que tú no puedes intervenir aquí, que te fuiste al otro barrio sin esperar al año 2000! ―respondo sobresaltado.
           ―¿Por qué no? Soy parte interesada y protagonista, ¡faltaría más!

        «Si alguien me viera u oyera en estos momentos pensaría que estoy loco, y no les faltaría razón.»

         ―¿Qué farfullas, hijo?, que mi oído ya no es el que era.
         ―No, nada, cosas mías. Por cierto, ni el tuyo ni el de muchos de nosotros.
        ―Eso te pasa por haber usado y seguir usando tanto los auriculares. Lo mío es por la edad.
      ―Es por tu estado actual; no te olvides de eso, papá, que parece que te costara admitirlo.
         ―Et voilà! Ya tienes todas las respuestas que buscabas en tu cabecita loca. ¡Con qué facilidad se hacen las cosas en esta dimensión, caray!
        ―¡Es verdad, es como si me hubieras contado otra de tus batallitas, de aquellas que me recreabas de pequeño, pero sin necesidad de decir ni una sola palabra y en un visto y no visto!
       ―Pues ya me voy yendo, hijo, que tengo más puertas a las que llamar con la curiosidad de saber si detrás de ellas también responden: ¿¡papá!?

         Ahora que ya casi no me oyes, tengo que confesarte que pienso que tú te envolviste en una imperfección adornada de las más hermosas imperfecciones, entiéndaseme…Y, como no me podrás ni delatar ni rebatir en público, y volviendo al asunto principal que nos ocupa hoy, presumiré aquí que intuyo lo que dirías, que imagino lo que pensarías… y que sé, a ciencia cierta, lo que sentirías, porque quiero otorgar su debida importancia a estos matices para nada sutiles.

         Hoy, que es el «Día del Padre», te siento… y te quiero.

© Patxi Hinojosa Luján

(19/03/2022)

sábado, 20 de noviembre de 2021

Dos veces por semana

En ocasiones me ponen delante un objeto en el que, de repente, brillan unas imágenes que me hablan y se mueven sin que él lo haga. No es siempre el mismo, a veces lo cambian por otro algo más grande, no mucho, y yo no acabo de entender dónde le ven lo dulce del nombre con que lo nombran… Pero volvamos a lo que nos interesa: estos momentos siempre son especiales porque los veo a Ellos, y oigo sus voces, unas voces cada vez más familiares y cariñosas que me dicen en una lengua cada vez menos extraña, a pesar de no ser la que imagino que acabará siendo la mía, que me quieren, que quisieran estar conmigo y que, al no poder hacerlo, de esa manera suavizan un poco su pena, su dolor. Son especiales porque me envían besitos con sus manos, porque esperan pacientes el día en que yo pueda devolvérselos; porque los siento sentirme.
         Papá está siempre; Abuela, Abuelo, a veces también Bisabuelo, aparecen al principio y me envían cariño desde lo más profundo y sincero de sus ojos mientras sus voces me dicen como si estuvieran tarareando canciones ―tal es la belleza de esos sonidos para mis tiernos oídos―, que soy muy importante para ellos. Os confieso que yo ya empiezo a comprender su estrategia al dejarme enseguida a solas con Papá para que me haga recordar sensaciones de cuando estábamos juntos y él aspiraba a ser el mejor papá del mundo, lo que ocurrió justo hasta que las circunstancias no le permitieron seguir haciéndolo. Y todo esto yo lo siento cierto porque, cuando esa cosa se apaga, y más tarde yo cierro los ojos, no sé cómo ni por qué, los veo intentar no llorar de impotencia, a todos ellos, sin apenas conseguirlo…
          Mas no quisiera que se me malinterpretara: cuando la cosa esa no me traslada a aquel mundo donde me querrían con ellos, donde yo también querría estar, también soy feliz y me siento querida, pero nunca nada es completo y en todo lo que me rodea imagino, cuando no las intuyo, las piezas que faltan para que el puzle de mi afortunada existencia esté completo. 
         Como imaginaréis, yo aún no entiendo de tiempo, ni de espacio; ¡cómo hacerlo si no he cumplido los seis meses de edad! ¿Y los números?, justo empiezo a familiarizarme con ellos; es por eso que sé que mi mundo sólo está completo algunas veces, pocas, en concreto aquellas en que me ponen delante ese objeto encendido: son dos veces por semana en que podría afirmar que no echo en falta nada ni a nadie; aunque esto tampoco sería cierto del todo porque, ¿sabes, Papá?, añoro tus risas…

© Patxi Hinojosa Luján
(20/11/2021)

miércoles, 3 de marzo de 2021

Querido Josean:


Aquella tarde de domingo ―¿o era sábado?― nos dejaron solos. A ti y a mí, que no nos conocíamos de nada. Resulta que el resto de amigos comunes se metió en el Avenida a ver una película que, por esas casualidades de la vida, no nos atraía a ninguno de los dos y, durante el tiempo que duró la proyección, tú y yo recorrimos los alrededores del cine en un improvisado y particular juego de la oca: de bar en bar y ésta la pago yo porque me toca… Como yo ya iba advertido de que podría pasar, me apunté al plan con sumo placer, ¡y lo que me alegro de que así fuera! Creo que conectamos enseguida y estos últimos cuarenta y cinco años han dejado constancia de ello mientras lo reafirmaban día a día, año a año, charla a charla, vaso a vaso.
       ¿Sabes?, por temporadas eras un poco gruñón, sólo un poco, pero eras «nuestro» gruñón; quizá por ello, durante tales períodos, llegué a añorar esas sonrisas y risas tuyas que tanto ánimo me insuflaban cuando tenías a bien compartirlas. Pero para compensar, tenías un corazón tan grande que casi no te cabía dentro, todos nosotros lo sabíamos bien; y no habría hecho falta que nos lo confirmara aquel cirujano que te lo sacó del pecho para colocarte esos bypass que te acompañaron tus últimos trece años, aunque al hacerlo no comprendiera el sentido exacto de lo que nos estaba contando.
       Pero si algo te caracterizó fue esa generosidad tuya tan minuciosa; me explico… Siempre fuiste generoso y desinteresado, pero es que actuabas con un plus: envolvías tus regalos con el más hermoso papel, el de la más cuidada elección que hablaba de tu interés innegociable para que lo que ofrecías como regalo fuera especial, tanto para la persona agraciada como para ti. Y fuimos tantos los que tuvimos el privilegio de vivírtelo…
          ¿Y yo ahora qué?, puede que te preguntes… Te lo tengo que decir, desde ayer parece que el mundo gira a bastante más velocidad, o quizá sea yo el que se mueve a cámara lenta, como si no acabara de digerir lo que ha pasado, y mucho menos creérmelo y aceptarlo. Mas no temas, poco a poco y con esfuerzo volveré a sincronizar mi respiración y mis latidos con el giro natural del planeta, aunque te puedo asegurar que de ahora en adelante ya nada será igual y todo costará siempre un poco más.
           Josean, ¿tú recuerdas qué película era aquella?, porque yo por más que lo intento no consigo retener su título, y reconozco que me encantaría hacerlo para poder dejar de verla una segunda vez en memoria de aquel encuentro, en tu memoria. Eso sí, lo que nunca podré olvidar es que te has ido sin darme tiempo a confiarte de nuevo, y bien que lo siento, que para mí siempre fuiste algo más que un muy querido Amigo, mucho más...

© Patxi Hinojosa Luján

(02-03/03/2021)

domingo, 10 de enero de 2021

Perdiendo el sentido



Doy vueltas como un perro enjaulado. Como conozco el recorrido al milímetro, lo hago con los ojos cerrados: del salón a la cocina, de la cocina a mi cuarto, y vuelta al salón; a veces paso por el baño, cuando me apremia la vejiga, pero enseguida retomo la ruta habitual hasta que, cansado de intentar cansarme, acabo por serenarme.
            Resulta que mi doctora me ha recetado con toda delicadeza que me recluya en casa. Dice que, en mi caso con más razón si cabe, no debemos exponernos lo más mínimo a este virus que nos ha declarado la guerra; quedarme además sin los sentidos del gusto y el olfato, aunque fuera sólo de manera temporal, reduciría a niveles mínimos mi calidad de vida. Comprendo su preocupación: el abuso de auriculares con la música alta ha mermado mi capacidad auditiva; lo otro, de lo que yo no soy culpable pues vino de serie conmigo, no hace sino agravar el conjunto. 
            A pesar de todo ello, le estoy agradecido a la vida: no todo el mundo tiene la suerte de tener tan desarrollado el sentido del tacto como lo tenemos nosotros. Porque en ocasiones, aunque no me toque revisión médica, ella se abre para mí como el más apetecible de los libros para que mis dedos puedan leer en su piel la receta más maravillosa, esa en la que me confiesa que desea tanto mi cuerpo como yo el suyo; y entonces pierdo otro sentido, uno que no figura entre los cinco.

© Patxi Hinojosa Luján
(10/01/2021)

lunes, 14 de diciembre de 2020

De repente


De repente, un día dejé de verme en los espejos. Aunque lo que sucedió en realidad no fue que ya no me viera, sino que no me reconocía en las imágenes que me devolvían aquellos. La figura de turno se me parecía, sí, pero siempre aparentaba unos cuantos años más que yo. Ahora que ya no opino lo mismo, que me he desprendido de mi trasnochado autoengaño y acepto como propios tales reflejos sin cuestionarlos, es cuando lo relaciono con el clic que resonó en mi cabeza poco antes. Fue el anuncio de que acababa de sobrepasar el punto de no retorno en el camino hacia una segunda madurez, un camino que voy recorriendo en la mejor compañía desde hace mucho más de media vida; ¡y qué corto se me está haciendo…! Así las cosas, mi compañera y yo accedimos juntos al nuevo rol, en el que tanto se valoran los cabellos plateados; fue entonces cuando empezamos a imaginarte y a hablar de ti con cierta asiduidad. Y con total naturalidad y la máxima ilusión.
            Nadie nos dijo que esto fuera a ser fácil, y desde que al principio de la partida nos repartieron las cartas, aprendimos como pudimos a sortear obstáculos; esto ocurrió en no pocas ocasiones, aunque no tantas como en las que nos apuntamos al arte de disfrutar los regalos que la vida nos iba dejando desperdigados aquí y allá.
            En un tiempo no necesitamos comprobar lo que llevábamos para intuir si íbamos a ganar o no la mano, y a veces, con el mar a estribor y la esperanza un poco más allá de la proa, por donde despierta el Sol, nos permitíamos el lujo de pensar en ti; porque incluso en las épocas de penuria resultaba gratis desear, todo lo gratis que puede ser algo si conlleva dejar algún que otro pelo en nuestra gatera emocional.
           Llegó un momento en el que tú ya te habías instalado en un huequecito de nuestro corazón, por lo que te teníamos presente con relativa frecuencia... Aunque no, no quisiera faltar a la realidad, ello ocurría muy a menudo; pero mientras, el verde se iba destiñendo poco a poco.
            La pregunta apareció de repente en nuestra vida al volver nuestro hijo de una de sus misiones humanitarias junto con su pareja, a la que aún no conocíamos. Ya a los pocos días, mi compañera y yo, cómplices del mismo deseo y atrapados por él, buscábamos a menudo la mirada del otro mientras dibujábamos en el aire una pregunta muda, siempre la misma: ¿y si…?
            A esas alturas de la película el tiempo corría como si no supiéramos demasiado bien que jamás nos daría una tregua ni se detendría, y nos encontramos añorándolos por temporadas, a los dos. Nuestro hijo volvía a casa siempre que podía, en ocasiones solo, en otras con su pareja, y la pregunta iba cobrando firmeza. ¿Y si…?
          Mas las circunstancias, las suyas en particular y las generales, empezaban a ser tan especiales que la pregunta desaparecía de nuestras vidas por cortas temporadas; y he de confesar que incluso mutó por momentos a: ¿y si al final no…?
            Y para colmo, un mal día, el bicho ese que anda de mediolao, como para atrás, vino a visitarnos y se metió en nuestro hogar sin autorización, dándonos una bofetada de realismo; ahora sabemos que no necesita permisos. Lo cierto es que, durante unos meses, a partir del sonoro bofetón, la nueva situación se convirtió en el monotema que acaparaba toda nuestra atención, con lo que llegamos a dejar de lado, arrinconado en nuestras mentes, el lujo de pensar en ti. También la escritura quedó abandonada; hasta hoy, en que me he animado a hacer regresar los dedos al teclado.
       Aquel fue un tiempo en el que se sucedieron visitas al hospital, consultas con enfermeras, cirujano, anestesistas; una operación; una segunda operación, necesaria debido a los resultados de la biopsia tras la primera, más consultas, sesiones de radioterapia, en concreto veinte, y por fin un tratamiento de hormonoterapia que aún hoy se mantiene y con lo que esperamos se descarte para siempre una nueva sorpresa. Y en todo ese tiempo, tú no hiciste acto de presencia; hasta aquella tarde…
         Acababa el año vigésimo del tercer milenio, que había corrido como un demonio dejando a su paso noticias desagradables ancladas a una pandemia bastante más negativa y dañina que lo inesperada que fue ya de por sí, cuando les oímos hablar de ti por primera vez: nuestro hijo, con una pícara sonrisa, nos llamó abuelos de sopetón, sin venir a cuento. Nos tenía acostumbrados a dirigirse a nosotros como viejotes o trogloditas, en plan broma cariñosa, por lo que de entrada no le dimos importancia, hasta que ella, nuestra nuera, dio la vuelta a la imagen impresa que tenía oculta en su regazo; enseguida comprendimos la magnitud de lo que significaba aquello: la ecografía nos dejó con unas muecas indescifrables garabateándose en nuestras facciones mientras la observábamos incrédulos. Porque sí, al final la respuesta era afirmativa, ella se iba a convertir en la madre de nuestro deseado primer nieto, en tu madre...
           Y como para entonces ya no me costaba reconocerme en mis reflejos, desde aquel instante me sorprendo buscándome en los espejos para recrearme en la inocencia de esa sonrisa bobalicona que anidó para siempre en mi semblante. Porque casi todas las cosas importantes suceden siempre de repente…

© Patxi Hinojosa Luján
(14/12/2020)

lunes, 30 de noviembre de 2020

De perfil

 


A menudo rememoro el tiempo en que vivían en el despacho de papá, rodeados de todas aquellas figurillas antiguas con tan peculiar perfil. Charlaban con pasión mientras planeaban una nueva aventura, con viajes hacia tal o cual yacimiento arqueológico; aunque les servía cualquiera, ambos tenían su preferencia definida. Recuerdo ese brillo en sus ojos, esa sonrisa imposible de disimular en contraposición a la resignación de mamá, con la humedad perenne en su triste mirada. Entonces yo era un niño y no interrelacionaba todo aquello; sólo aspiraba a, de mayor, ser como él, como mi padre. Y aquí estoy ahora, rumiando mi fracaso; tarde o temprano me iban a pillar.
          Oigo pasos, vienen...

      ―Si decides colaborar, en deferencia a tu progenitor te ofreceremos un trato favorable, ¿de acuerdo? ―El inspector enseña sus cartas. 
         ―¡Qué alegría verle! ―suelto, esperanzado―, estoy seguro de que me entenderá, porque sabe de qué va esto. Ustedes dos sentían lo mismo y yo lo heredé de él, ¿qué hay de malo en ello?
         ―No te confundas, hijo, lo mío fue una pasión pasajera; lo de tu padre, una obsesión enfermiza. Y veo que tú has seguido sus pasos, al menos los errados ―añade reprobándome con la mirada―. ¿No te das cuenta de la gravedad de tus actos?
        ―¡Tiene que ayudarme, debe ayudarme, por él! Antes de morir, con su último aliento ―suspiro con dramatismo―, me confió dónde habían localizado la momia y me suplicó, entre estertores, que me apropiara de ella en su memoria.
          ―Continúa, Ra…

Continuará…

© Patxi Hinojosa Luján 
(30/11/2020)

miércoles, 11 de noviembre de 2020

A ella

(Imagen extraída de la red Internet)

Estábamos, al igual que tantas otras noches, de charleta con la Luna Llena cuando la Mar ―hermosa y poderosa, mas siempre sincera― nos confesó de repente que para poder presumir de esas tonalidades con que nos seduce, sin importar el humor con que amanezca el día de turno, se inspiró en sus ojos. Pero eso yo ya lo sabía desde el mismo instante en que me reflejé en ellos por primera vez y me convertí en mejor persona. Hoy es el día en que ella todavía se hace la sorprendida si se lo insinúo y, para que no siga por ahí, se apresura a hechizarme con una nueva mirada cautivadora que me desarma como nunca, lo que ocurre siempre.

Que ella es especial lo confirman todos los que han tenido la suerte de conocerla, aunque muchos prefieran hablar de privilegio. Y que me apresuré a subir a su tren con pase VIP, a estas alturas lo sabéis todos, ahora que compartís conmigo cierta inquietud. Resulta que la vida no hace distinciones y sus regalos, a veces envenenados, le pueden caer a cualquiera, aunque eso constituya una injusticia cósmica.

Ella tiene el don de apreciar, localizar y potenciar el lado bueno de las cosas y de las personas, intentando aislar su posible negatividad. Si hay alguna posibilidad de ver algo en colores lo hará porque, se dice convencida, para los sombríos grises siempre habrá tiempo.

Añadiré que ella gusta de envolver cada atisbo de angustia que aprecia en terceros con el colorido papel de regalo que puede simbolizar un amanecer, o una puesta de sol; o de forrar cada revés con una sonrisa de las que traspasan mascarillas. Y va más allá: a cada sonrisa que ve en otros, dobla la apuesta para ganarle la partida al desaliento. Ella es así, no escatima tales regalos de positividad y alegría, tampoco su solidaridad y generosidad.

Ella gusta también de perderse en los litorales pues se encontró en sus principios y ya no necesita buscarse.

Pero a veces…, cuando ella no me ve porque está distraída pensando cómo endulzar otras vidas, soy yo el que me pierdo en alguna playa y hago acopio de arena en mis bolsillos. No pienso permitir que sus relojes se vacíen a más velocidad de la natural mientras quede un hilo de esperanza en nuestro carrete compartido. Y si un día no quedaran más playas en las que perdernos con nuestros sueños, renunciaría feliz a mi provisión para cederle hasta el último de los granos de arena de mi tiempo…

Porque ahora, cuando tenemos más lejos el hola que el adiós, cada vez me asusta menos su valentía y sólo deseo seguir amándola como nunca, como haré siempre.

 


Pongamos que hablo de Susan
(la idea es que se pueda cantar con la música de «Pongamos que hablo de Joaquín», de L. E. Aute)

Equilibrada y responsable
Encantadora y muy jovial
Es compañera en el Camino
Siempre ayudando a los demás

Quién cerca esté no le preocupa
Ella jamás concibe el mal
Así lo siente y no lo oculta
Aunque anteayer la vi dudar

Evita siempre el desconsuelo
Desde un septiembre abrasador
Mas no se olvida aquí en el suelo
Que allí en el cielo a alguien dejó

Sus hijos hablan de optimismo
Los míos de un gran corazón
Las matemáticas despistan
Sumemos: dos y dos son dos

En el sendero compartido
De su vivir con los demás
Cuando tú vas ella ya vuelve
Vas a sentir curiosidad

Y en ese cruce fortuito
Quizá rocéis la perfección
Aunque ella dice que exagero
Pongamos que hablo… de mi Amor
 

© Patxi Hinojosa Luján

(11/11/2020)

domingo, 11 de octubre de 2020

Aquel bombero


Una vez más la luz de un nuevo día me sorprende encaminándome excitada hacia mi destino, donde preveo otra emocionante experiencia. Al poco de llegar, constato que el plan vuelve a funcionar sin fisuras importantes. Con la satisfacción oculta tras un esbozo de recatada sonrisa que esconde su verdadera naturaleza, observo cómo aquel varón, que al principio me miraba con disimulo, lo hace ya sin rubor, sin quitarme los ojos de encima. Yo correspondo, ahora provocadora, aguantando su mirada desde mi estratégica posición. Por fin se decide y se dirige hacia mí, confiado. Lo imagino justificando la atracción sexual ―¡tampoco somos tan diferentes!, pensará―; pero lo hará, supongo, confundido por la evidente contradicción que supone el sorprendente hecho de que cercanía y lejanía de parentesco se puedan dar juntas, como en nuestro caso.
        Ignora que pronto yacerá inerte a mis pies. No será el primero, ni el último. ¿Debería sentir lástima por ello, por ellos? No lo creo; pero si así fuera, yo seguiré empecinada en la anomalía, siempre me ha costado encontrar dentro de mí el más mínimo rastro de tal sentimiento, y las raras veces en que se me ha insinuado enseguida me han asaltado nuevos pensamientos perturbadores que lo han hecho desparecer. Así soy yo, y así moriré. Todo ello a pesar de que hay algo que me descoloca: ¿qué son esas gotas que resbalan desde sus ojos cuando intuyen lo que les va a ocurrir?
        Pero no he vuelto aquí, a sus dominios, a perder el tiempo con dudas que no llevan a ninguna parte; me he propuesto seducir al máximo número posible de esos individuos y eliminarlos, uno a uno, sin miramientos, disfrutando el placer que me proporciona el arrebatar una vida... tras otra. ¡Qué se le va a hacer, ese es su sino! ―sentencio―, estaban muertos antes siquiera de que sus madres los concibieran porque el mío era encontrarlos.
        Recuerdo que, cuando estaba llegando hasta aquí, me he cruzado con algunas de sus hembras, y he sentido cómo me miraban con desprecio; ¿envidia?, quizá, aunque he percibido en ellas una desconfianza teñida de temor, bien pudiera ser porque no saben cómo interpretar los movimientos de mi cuerpo, con este caminar mío, más erguido, elegante y seguro que los suyos. Enseguida han desviado sus miradas y se han alejado, sin atreverse a más, a pesar de que la robustez de sus cuerpos les pudiera dar ventaja en un supuesto enfrentamiento físico que, por otra parte, no he llegado a contemplar.
        Terminada la misión de la jornada, abandono el lugar tras deshacerme de los restos de los desgraciados agraciados en el día de hoy al aprovechar la profunda sima que descubrí por casualidad unos días atrás.


        Una vez más la luz de un nuevo día me sorprende descolocado, con los ojos irritados, hinchados, y la impresión de haber dormido toda una semana. Ha vuelto a ocurrir, he sido una vez más esa cromañón que aniquila sin piedad a cuantos neandertales consigue engatusar en un intento de exterminar su especie. Supongo que en algún momento debí de oír a algún experto mencionar lo de esa misteriosa extinción, y mi subconsciente hace el resto recreándola durante mis recurrentes sueños.
        Reviso el planning de mis turnos de trabajo y confirmo que hoy no tengo guardia, que tengo todo el tiempo para mí; ¡que autopsien otros!, grito.
        Entro al baño y me examino en el espejo. No me gusta lo que veo porque intuyo que este aspecto enfermizo no desaparecerá ni cuando me afeite esta barba de tres días; aun así lo hago, me reconforta poder ocultar el gris residual con maquillaje para no boicotear el resto del disfraz: peluca, vestido ajustado, bolso, tacones de aguja...
       Acabo de prepararme. Decido que hoy toca Museo Antropológico, condicionado menos por mi sueño que por el hecho de que ayer leí que inauguran hoy no sé qué nuevo departamento. Entonces oculto el bisturí en el bolso, como hago siempre, y salgo de casa.
         Mientras me dirijo con obligada parsimonia al museo, viene a mi mente el recuerdo de aquel sabelotodo que intentaba convencerme de que mis impulsos asesinos provenían de algún trauma infantil, ¡qué sabría él! La expresión de su cara, su mirada suplicante en el momento en que le informaba de que se estaba convirtiendo en mi primera víctima, no las olvidaré jamás; tampoco cuánto estaba disfrutando, hasta el punto de estar pensando ya en ese preciso momento en regalarme una reincidencia.
        Al final no encuentro opciones de éxito aquí y, de regreso a casa, improviso una visita rápida.
      Confieso que odio a toda esa gente que vende su alma, y hasta a su madre, por un puñado de votos, o por poder. Siento que no merecen vivir. Y por eso actúo así. Pero no me malinterpretéis, si no existieran dirigiría mis actos hacia cualquier otro colectivo. Me encanta reincidir en esta reincidencia. Siempre por placer, nunca por vicio.
        ¡Lástima! Al fulano que hace un momento me restregaba su aire de superioridad no le ha dado tiempo de oír mis últimas reflexiones: reposa en el suelo en mitad de un charco de su propia sangre. También su diminuta grabadora digital.
        Estoy imaginando que para cuando vuelva a ver al loquero ya lo habrán aseado cuando, de repente, me acuerdo de aquel bombero pirómano con el que siempre me solidaricé. Sí, lo reconozco, esto lo hago también, como él, para salvaguardar mi trabajo.

© Patxi Hinojosa Luján

(11/10/2020)

lunes, 14 de septiembre de 2020

La puja


¿CÓMO PARTICIPAR EN EL MICRORRETO?
Lo primero es acceder al generador de argumentos de STORYNATOR
  • Copia el argumento que te salga al hacer clic en el botón Generar nuevo argumento.
  • Al copiar el argumento que me salió al  hacer clic en el botón “generar nuevo argumento”, salió esto: Un explorador con problemas de memoria y una condesa que tiene problemas de alcoholemia, buscarán pistas para demostrar que el cantante del grupo de rock del que son admiradores no se suicidó, sin embargo, un director de cine independiente lo cambiará todo, en una historia de terror que habla sobre el retorno del pasado y la privacidad. 
  • Escribe un microrrelato de hasta 250 palabras como máximo basándote en todos o alguno de los elementos que os aparezca en el argumento generado.
  • Publica el microrrelato en tu blog junto al argumento en el que te basaste. Explícanos qué elementos de ese argumento escogiste para escribir tu micro: 
  • Aparecen el explorador con problemas de memoria (aunque no admirador del músico), la condesa con problemas de alcoholemia y admiradora del cantante y el director de cine (más bien poco independiente, pero mucho a la vez, je, je, je).
  • Deja un enlace a tu micro en los comentarios de esta entrada para que pueda añadirlo a la lista y que todos puedan leerlo.
  • Tienes de plazo hasta el 30 de septiembre.
  • Todos los microrrelatos serán publicados en la revista digital EL TINTERO DE ORO MAGAZINE del mes de noviembre.

La puja

―Me invitó a su última fiesta en casa y, créanme, no tenía pinta de suicida ―dije rompiendo el hielo antes de que el silencio empezara a ser incómodo.
―¿Y qué pinta, según su criterio, tiene un suicida? ―intervino Esteban Espiebergeles, el anfitrión, recolocándose las gafas.
¿Menos alegre, quizá…? ―respondí, algo molesto.
Será mejor que tomemos algo, intuyo una reunión larga añadió Esteban.
Para mí agua, no bebo alcohol.
Pero bien conocido era el pasado adicto de la condesa, evidenciado por las huellas en su nariz, oscura y surcada como las tierras de La Rioja.
―Para mí agua también, a ser posible con gas; yo sí me atrevo con bebidas potentes. ―Reí sin ganas.
Aguarden un momento, no tardo ―anunció el director mientras desaparecía por el pasillo.
La condesa aprovechó para interrogarme clavando sus ojos en mi sorprendida mirada.
Yo también fui invitada a aquella fiesta, aunque usted no lo recuerda, ¿verdad? Y no, aquella no era la cara de un suicida, sino la cara del miedo, del pánico. Enseguida comprendí que temía por su vida. Yo sé que fue asesinado, a pesar de lo que digan los medios y la policía.
Entonces, en mi cabeza resonó un clic que pausó mis problemas de memoria.
En efecto, Madame ―solté de repente―. Ese entrometido no debió pujar en aquella subasta exclusiva, arrebatándome la estatuilla tribal que durante tanto tiempo deseé y busqué.
Y un segundo clic desdibujó por completo mi expresión, garabateando una sonrisa inquietante.
―¿O fue porque no soportaba su música…?

© Patxi Hinojosa Luján
(14/09/2020)

viernes, 28 de agosto de 2020

Sentir granjeño


Cuenta una leyenda medio olvidada
Que una piedra de la Torre de Granja
Se desprendió de su nido naranja
Y se esfumó sin besar la calzada

Y se da cuenta en la misma tonada
De la sentencia grabada en su franja
Que abrió una porfía que no se zanja
 Al no llegar nunca a ser consumada

«El destino granjeño será emigrar»
Interpretaron unos la sentencia
Sacando sus costumbres a pasear

Mas otros mantuvieron su presencia
Y consagraron su alma a conservar
El orgullo granjeño con sapiencia

© Patxi Hinojosa Luján
(28/08/2020)