lunes, 15 de enero de 2018

Tenemos que anunciaros algo

Mi decimocuarta aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Pestañeó dos veces para decir que sí...».

Pestañeó dos veces para decir que sí y se dirigió a la cocina a preparar el postre. Su marido sería el encargado de comunicar a los chicos la noticia, así lo había querido la lotería de la moneda al aire. Imaginó una vez más cómo se lo tomarían ellos y se volvió a engañar diciéndose que bien, que ya no eran tan pequeños, que lo entenderían… Pero cuatro guindas más tarde, al volver al comedor disimulando su nerviosismo tras la bandeja con el pastel, el ambiente distendido le confirmó que aquel no había reaccionado a su gesto y añadió entonces otro motivo para su demanda de divorcio.

© Patxi Hinojosa Luján
(11/01/2018)

lunes, 8 de enero de 2018

En la pista

Mi decimotercera aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Bucear en el lago que había al lado de la casa...».

Bucear en el lago que había al lado de la casa de campo siempre fue su válvula de escape tras una dura semana de trabajo; le permitía destensar unos músculos que se atrofiaban en aquel ambiente tan claustrofóbico y sombrío, donde la tiranía imperó hasta hacía poco…
El otoño no tardaría en vestirse de crudo invierno y él tendría que aplazar sus escapadas y esperar a fechas primaverales. Debía apresurarse si quería dar carpetazo al asunto enterrando parte de su pasado reciente.
Vuelve a ser sábado por la tarde cuando sale del lago tiritando una sonrisa victoriosa, ajeno a la vigilancia de unos agentes que no tardarán en encontrar el cuerpo.

© Patxi Hinojosa Luján
(20/12/2017)

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Las mentiras del viento


El viento sopla aquí con tanta insistencia que forma parte ya desde tiempos inmemoriales de la banda sonora de nuestras vidas. Esto llegó a ser desesperante para algunos; otros, ingenuos, creímos vislumbrar en la partitura de sus tonadas diferentes mensajes de promesas esperanzadoras.
***
La enfermería —es preciso etiquetar de alguna manera esta habitación— carece de las condiciones mínimas de equipamiento sanitario que serían exigibles en cualquier zona del primer mundo; pero el lugar en el que nos encontramos no pertenece al primer mundo, juega un par de divisiones por debajo…
Dos jóvenes nativos entran sin prisa empujando con un entusiasmo mal balanceado una camilla con ruedas que sitúan en el centro de la estancia, justo debajo de la única bombilla que la ilumina y que, por sus esporádicos guiños, no debería de tardar en fundirse. En ese momento reparo en su presencia, es un joven algo pálido que no presenta mucho mejor aspecto que la lámpara, imagino que extenuado por la falta de descanso y el exceso de horas de trabajo. Aprecio que, desde la esquina donde está situada la única silla, examina la camilla metálica con toda la concentración que le permite la intermitencia de sus cansados párpados antes de levantarse; entonces se acerca y se dirige a mí, su ocupante, con la frase que intuyo utilizará siempre para romper el hielo: «Se me va a quedar quietecito mientras me ocupo de usted, ¿de acuerdo?». Cuando los auxiliares salen en busca de nuevas tareas, lo hacen meneando sonrientes sus cabezas al oírle, está claro que ellos conocen de sobra su particular y terapéutico sentido del humor.
Enfrascado en una bata que ha debido de sufrir unos cuantos lavados para presentar esa tonalidad tan poco vistosa, suspira a pesar de la mascarilla que acaba de colocarse y, con suma delicadeza y respeto, recoloca mis ropajes, acaricia mi frente con un guante a través del cual siento el compasivo calor de sus dedos y echa un penúltimo vistazo a un cuerpo que ha estado expuesto a la epidemia mortal. A continuación, procede a desinfectarlo siguiendo lo que sin duda es el protocolo adoptado por su organización, hay que cortar de cuajo la propagación en todos los frentes posibles. Y mientras me habla y me pregunta, y vuelve a hablarme, no espera respuesta; ese proceder es un mecanismo que, estoy convencido, activa como protección ante la posibilidad de perder la razón a base de tanto luchar contra la sinrazón. Porque, sin tiempo para un descanso reparador, la posibilidad de que sigan llegando más cuerpos no es sino una triste realidad.
En el exterior, el viento no para de soplar.
***
La muerte sigue empeñada en ganarle la partida a la vida, sabedora de que se quedó con las mejores cartas y de que nunca estamos preparados cuando, tramposa, se saca de la manga su as ganador, el de la inevitabilidad…
No es necesario buscar lejos, ayer fue mi turno: cuando se me sellaron los ojos, se abrió de golpe ante mí la percepción de nuevos e inimaginables sentidos. Fue en aquel preciso instante cuando me inundó la certeza de que aquellos susurros para la esperanza no eran más que mentiras, las mentiras del viento.

© Patxi Hinojosa Luján
(27/12/2017)



lunes, 18 de diciembre de 2017

Comprando voluntades

Mi duodécima aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Su padre también le dejaba conducir la furgoneta...».

Su padre también le dejaba conducir la furgoneta cuando pasaba el fin de semana con él y con aquella mujer que le acariciaba tanto. Pedro me lo confesó después de que yo le contara mis últimos planes para conseguir del mío nuevos caprichos.
Ignora que su padre dice que él conduce tan bien como yo. Creo que me aprecia mucho, aunque yo no sea su hijo, pues me deja su furgoneta en el descampado como si lo fuera; no puede esconder que está enamorado de mamá.
Ese será por siempre nuestro secreto, una complicidad que consolidaremos durante los escasos diez minutos en que nos cruzaremos cada quince días.

© Patxi Hinojosa Luján
(14/12/2017)

lunes, 11 de diciembre de 2017

Siempre rebelde

Mi undécima aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Tardaría en encontrar la llave que necesitaba...».

Tardaría en encontrar la llave que necesitaba; nunca tuvo prisa por hacerlo, semejante urgencia no jugaba en su liga.
Él era especial: acumulaba llaves, respuestas, soluciones, resultados… Sabía que se toparía con muchas puertas, que más pronto que tarde llegarían las preguntas, los problemas, los complicados cálculos...
Desde pequeño le repitieron que un día necesitaría utilizar una llave especial, y por eso siempre persiguió, receloso, la equivocada. Cuando llegara el momento de enfrentarse a la prueba, fracasaría con un desmotivado intento de franquear esa última puerta. Se imaginaba alejándose sonriente, y la luz blanca atravesando el ojo de la cerradura, una minúscula estela polvorienta garabateando una interrogación.

© Patxi Hinojosa Luján
(07/12/2017)

jueves, 7 de diciembre de 2017

Reincidencia

Este texto lo presenté al Concurso de Microrrelatos «Ganarás la luz» de «Madrid Destino», la «Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas (UCCI)» y «Escuela de Escritores». «Cuéntanos una historia de Madrid y ganarás la luz», rezaba su lema. 
El texto debía tener 100 palabras como máximo e incluir el nombre del concurso.

Cuando de perderse hablamos, siempre espero encontrarme en La Villa y Corte. Como anteayer, que se me cayó un diente y corrí a entregárselo «a toda leche» al señor Pérez. Como hoy, que los zapatos de tacón «calientan banquillo»; me espera buena caminata.
Ellos me observan pasar desde museos, grandes vías y mayores plazas; yo, me dejo seducir por el arte que atesoran, por su majestuosidad.
Aquí ganarás la luz, proclaman; por eso volveré mañana, reincidente, procurando perderme rondando el Km. 0 de las casualidades; pongamos que soñando con todos los que se pierden por ganar algo de esta luz…

© Patxi Hinojosa Luján
(08/09/2017)

lunes, 4 de diciembre de 2017

Lleno, por favor

Mi décima aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «No pudo seguir adelante sin ella...».

No pudo seguir adelante sin ella, no titubeó al tomar la drástica resolución. Tiró del freno de mano con todas sus fuerzas y el agudo chirrido de sus convicciones le devolvió el recuerdo del joven decidido que un día fue. Por primera vez en mucho tiempo haría lo que él mismo esperaba de sí; además, estaba deseando comprobar si podría recuperar la osadía de contemplarse en otros ojos.
Estaba convencido, no debía seguir sin ella en un viaje que estaba llenándose, por momentos, de unos necios que consiguieron agotársela…, fue entonces cuando, vaso en mano, subió al carro de sus retornos dispuesto a llenarlo con paciencia.

© Patxi Hinojosa Luján
(30/11/2017)

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Expulsado


La estancia exhibe una decoración poco discreta que se aleja de cualquier toque de elegancia, aunque la envuelve una cálida iluminación que le otorga una agradable sensación de serenidad. Es media tarde y, en un sillón colocado de espaldas al ventanal, una dama ataviada con ropa de andar por casa parece haber sucumbido a los encantos de Morfeo mientras disfrutaba de la lectura de un libro, pues éste ahora reposa sobre sus muslos en una posición que reta a la fuerza de gravedad cual avezado equilibrista. En un momento dado, alguien la inoportuna obligándola a abandonar su plácido descanso; tan indignada como alterada, abre los ojos e interpela a la inesperada visita después de la somera explicación que ésta ha emitido a modo de saludo:
—¿Pero… esto qué es?, ¡no entiendo nada! —Y añade, no pudiendo disimular su enfado ¿Cómo que lo expulsan, es eso posible?
—Ya sabe usted, señora, que la nuestra es una institución muy exclusiva y que quién entra ya no sale —empieza a argumentar la visita con voz grave y decidida—. Pero en este caso, excepcional a todas luces, se han dado unas circunstancias fuera de lo normal que han sido las que nos han hecho tomar tan extrema medida.
—Pero… yo ya me había hecho a la idea, ya me había acostumbrado a la nueva situación —no esconde su cambio de estrategia, con un tono que se acerca ahora a una aparente serenidad; comprenda que todo esto me sobrepasa y trastoca por completo mi vida. ¿No podrían reconsiderar el asunto y readmitirlo, por favor? ¡¡¡Se lo ruego!!!
—¡Imposible!, no podemos, en serio… La decisión está tomada y créame que ha sido muy meditada por parte de todo el consejo, con su máximo representante al frente. Es definitiva. No es que él no se haya acostumbrado a su estancia allí, es que su inaudito comportamiento ha revolucionado y alterado en grado superlativo la correcta marcha de nuestra organización y ésta no puede soportarlo ni un instante más. Quizá en otro momento, más adelante, cuando este tema se haya enfriado con el olvido del tiempo…
De las tres figuras que recortan sus siluetas en la habitación, la de la sorprendida anfitriona, inmóvil aún en su sillón, niega con su cabeza mientras intenta hacerse a la idea. Otra, la segunda, se dispone a desaparecer tal y como había llegado, pero ahora sin compañía y tarareando algo. En el giro previo a su partida, los negros harapos que constituyen su indumentaria se abren en un vuelo semicircular dejando entrever el filo de una afilada guadaña que desaparece junto con su portador, no sin antes proyectar el reflejo de un postrer y tímido rayo que entra por la ventana y va a iluminar durante un instante una de las esquinas del cuarto. Allí, hecho un ovillo en el suelo sin pronunciar palabra alguna, un hombre repasa, con los ojos cerrados y tiritando, la estrategia utilizada para contravenir a su destino; recuerda la reciente escena martilleándole las sienes y se arrepiente de aquel descomunal y sobrehumano esfuerzo, empieza ya a asumir que se maldecirá por ello el resto de su existencia…
Mientras observa a su marido, la mujer reflexiona un instante sobre lo inverosímil de todo aquello, también sobre la situación generada por ese imposible giro cósmico. Advierte que aquel mantiene las vestimentas con las que ella misma le acicaló para su, creía entonces, último viaje, ahora sucias y ajadas. En ese momento se incorpora y su gesto cambia perfilando una sonrisa burlona, pero no se percata de que el libro empieza a caer al suelo; por un capricho del destino lo hace a cámara lenta, mostrando al hacerlo un abanico de páginas, todas ellas en blanco. Ya de pie carraspea como si con ello quisiera también aligerar su conciencia y se dirige despacio hacia aquella esquina después de intentar hacer acopio de una ternura que le sigue siendo tan ajena como siempre, porque ha decidido tomar la iniciativa y así romper el hielo de la insólita situación:
—¿Quieres que hoy cenemos pronto, cariño?

© Patxi Hinojosa Luján
(22/11/2017)

lunes, 20 de noviembre de 2017

Sin disfraces

Mi novena aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «No podremos salir del castillo hasta el próximo Halloween...».

No podremos salir del castillo hasta el próximo Halloween, en esta lúgubre estancia todos lo tenemos asumido. Incluso la pequeña Selene, tan distinta ella, lo acepta porque aspira, entusiasmada, a participar en el ritual de cada año; pero nuestra hermana no entendió que papá prescindiera de mamá poniendo en riesgo nuestra triunfal aparición anual. Es cierto que, poco después, ella colaboró una última vez en los festejos con su caracterización más realista, rígida y fría; sin embargo, hoy su presencia sería inadecuada.
Brota ahora aquel recuerdo en mí: Papá buscándose en los espejos, gritando que el desliz de mamá no podía quedar sin castigo, que por eso la momificó...

© Patxi Hinojosa Luján
(15/11/2017)

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Preguntas

Mi octava aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «¿Qué será lo que le ponía su madre?...».

¿Qué será lo que le ponía su madre? La pregunta le martilleaba las sienes cada vez que, al acabar el recreo, sus extenuados amiguitos regresaban a clase buscando unos asientos que se convertían en los más cómodos sofás; porque, mientras, él lo hacía tarareando canciones sin el menor signo de fatiga.
Cuando un buen día se animó a hacerle la delicada pregunta a su madre, ésta le contestó con evasivas, admitiendo sólo que manejaba un ingrediente secreto que a veces incluía en el bizcocho del desayuno.
Y entonces le asaltó una nueva pregunta: ¿sería por eso por lo que tenían casi siempre los ojos tan rojos…, los dos?

© Patxi Hinojosa Luján
(08/11/2017)

lunes, 6 de noviembre de 2017

Penas

Mi séptima aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Y se ríe...».

Y se ríe, cómplice, aunque sólo lo haga en soledad. Imagino su expresión cotidiana, disimulando, tan fría como la lápida que cubre los restos de nuestro compañero.
Ahora él es feliz por mí, lo conozco bien, mas nunca se permitirá, si es observado, mostrar en su semblante ni una leve sonrisa; aspira a acabar sin sobresaltos su particular pena.
Sé que sabe que estaré esperándole cuando termine, y entonces ya podremos reír juntos al evocar la mañana en que al pasar lista no me encontraron allí. Pero debo confesárselo: Él tenía razón, no fue fácil excavar aquel túnel y escapar de la prisión.

© Patxi Hinojosa Luján
(01/11/2017)