martes, 9 de julio de 2019

Ansiedad


Antes de abrir la puerta cierra los ojos; es poco más que un pestañeo. Busca alejar su ansiedad para evitar enfrentarse a una nueva versión de la misma.
Ya había estado dentro antes. De aquí se sale ―intenta calmarse―, aunque no consigue olvidar los malos tragos pasados allí, y lo hace tragando saliva, como si quisiera adelantar trabajo y allanar el tortuoso camino.  
Recuerda los instantes previos, cuando notó cómo esa sensación gélida salía huyendo por debajo de la puerta y se enroscaba alrededor de sus temblorosas piernas bajo las perneras de sus pantalones.
Acaban de llamarle, ahora debe entrar. Cierra la puerta tras de sí dejándose fuera su escasa seguridad.

―Buenas tardes ―saluda su nerviosismo, pues son las diez de la mañana―. Perdone mi atrevimiento, pero, ¿podrían «bajar» un poco el aire acondicionado, por favor?

La mujer hace un gesto casi imperceptible a su ayudante, que se apresura a subir dos grados el termostato, y otro a él que, obediente, se sienta.
***
Se la ha imaginado tantas veces cogiendo algo de una bandeja, girándose hacia él, dirigiendo el foco de luz hacia su cara, empapada de sudor gélido…
***
Intenta no apartar la vista de la puerta, en este momento la puerta más inaccesible del mundo a sus ojos; ansía poder atravesarla de nuevo, mas esta vez en sentido contrario, aunque aún falte lo peor…
***
…, mientras presiona con suavidad el émbolo de una jeringuilla apuntando a un costado para expulsar el poco aire que pudiera contener.
***
―Y ahora, procure tranquilizarse. ¿Qué muela me dijo…?

© Patxi Hinojosa Luján
(09/07/2019)

viernes, 28 de junio de 2019

Principiante

(Imagen extraída de la red Internet)

Las aguas hacen honor al nombre de su océano con una calma que sobrecoge, de tal modo que parece que la embarcación patinara sobre un gigantesco espejo horizontal donde se reflejan los más bellos tonos plateados, esmeraldas y turquesas, según qué pasatiempo utilicen las nubes para distraer al Sol en cada ocasión. Consecuencia: por momentos me engaño al imaginar que estoy navegando por placer; aunque mi sensatez, con un quiebro certero, me recuerda que no es así.
En verdad, esta placidez me desconcierta, sospecho que en cualquier instante pueda saltar la sorpresa en forma de algún otro nuevo y notable susto... Dos puntos. Imploro al Cielo para que lo impida, pues le temo al mar embravecido casi tanto como a una posible nueva versión de mí mismo.
***
Acabamos de llegar a destino, la pantalla no miente, y el hormigueo en el estómago, compañero durante la travesía completa, amenaza ahora con desquiciar mi sistema nervioso. Para tranquilizarme, rememoro el viaje reconociendo que ha habido suerte, que no puedo quejarme del trayecto. Además, las modernas técnicas de navegación facilitan el trabajo de manera considerable incluso a marinos tan inexpertos como yo. Y aquí estoy, en este pequeño barco, a más de 1700 km al este de Nueva Zelanda, rodeado de agua hasta donde me alcanza la vista en cada uno de los 360 grados que recorro no sin cierta inquietud. Así, permaneceré anclado en pleno Pacífico Sur los próximos siete días, al final de los cuales se cumple el plazo que me he dado antes de dar por finiquitado mi retiro voluntario.
***
En estos tiempos todo está en la red de redes, y al menor indicio de duda o problema acudimos a ella en busca de consejo o solución. Presuroso, eso hice después del incidente, pues antes yo no creía… Dos puntos. Y a la única solución con algo de lógica me aferré tras descartar las demás por descabelladas. Va a ser una semana larga, lo sé, pero el esfuerzo habrá merecido la pena si cuando termine resulta que es verdad, que mi «contratiempo» se resuelve tal y como prometían.
¿Que si tengo fe en que funcione…?, no sabría qué responder; al menos, de momento, parece que el asunto no va a más, y ello me procura un atisbo de optimismo.
Pero contaba con que las horas no transcurrirían a la misma velocidad con que se agotan las provisiones, unas provisiones que traje por partida doble, y por desgracia no me equivoqué. Deberé tener cuidado si no quiero desfallecer antes de que pase lo que sea que tenga que pasar.

*****

He rebasado el ecuador de mi tiempo de aislamiento y algunas cosas han cambiado. Las aguas han olvidado su quietud y amenazan con no respetar a nada ni a nadie. Se avecina tormenta ―pienso en voz tan alta que incluso creo percibir asentimiento en el graznido del albatros que nos sobrevuela huyendo hacia el sur―; y llega.
En su tiranía, las aguas obligan a su convidado a una danza violenta que provoca que emerjan desde la bodega crujidos de madera junto con otros lamentos sordos. Aunque no me transmite menos intranquilidad sentir cómo aumenta por momentos esa presión en mis encías que creía dormida. El escaso optimismo que mantenía se va desmadejando poco a poco sin remedio y la fisura que amenazaba con rasgar el casco cambia de objetivo y acaba haciéndolo en mi esperanza; intuyo con terror que he dejado atrás mi particular «punto de no retorno».
***
En este trance todos mis pensamientos giran alrededor de aquel maldito suceso, también esta obsesión por vestir con cuello alto que comenzó al poco de mi primera visita al castillo, cuando fui incapaz de recuperar los recuerdos de una buena parte de la misma y me descubrí los… Dos puntos. También esta dichosa tensión en los cuatro caninos.
Espero que la sangre no llegue al río, pienso, y rompo en carcajadas nerviosas al percatarme de la magnitud de mi pensamiento, con su doble sentido, con su sinsentido...

*****

Ahora que el escenario es inexorable, asumo que, al igual que en los que traje conmigo, pronto tampoco contemplaré mi reflejo en el espejo gigante que ha vuelto a aparecer debajo del casco. Ha amainado el temporal. A pesar de ello, sigo oyendo ruidos provenientes de la bodega, y a cada instante que pasa su frecuencia e intensidad aumentan. No son sino la confirmación de que se habrá pasado, antes del tiempo que preví, el efecto de la droga que le suministré a mi «plan B», al desdichado que ya estará digiriendo, supongo, el destino que le espera, el de los... Dos puntos. Escapa a la razón, lo sé, pero alguien tiró una moneda al aire y salió cruz, cruz para los dos…
La Luna Llena luce magnífica esta noche; es parte del encanto de este entorno, y lo disfruto a sabiendas de cuál es mi destino; a pesar de saber lo cruel que llegará a ser.
Sí, mi destino dictó su sentencia coincidiendo con mi segunda e indagadora visita: es ya muy tarde para él, nunca debió merodear solo por los alrededores del Castillo de Bran, una fortaleza que por requerimiento del dichoso consejo ―para contrarrestar el mal, y anularlo, huir de inmediato lo más lejos posible, acuciaba mi «plan A»―, se encuentra justo en las antípodas de este lugar donde en breve, tan excitado como cualquier principiante, tatuaré con su sangre mis primeros… dos puntos.

© Patxi Hinojosa Luján
(28/06/2019)

jueves, 13 de junio de 2019

La mejor


En "Esta Noche Te Cuento" (ENTC) buscaban relatos con menos de 200 palabras inspirados en esta magnífica foto de Annie Leibovitz, que capta una mueca exagerada de Cate Blanchett. Un servidor colaboró con el siguiente texto:

La mejor

Siempre fuiste como una madre para mí, lo sabes bien. Me protegiste, me cuidaste, me guiaste, me allanaste el camino. Tú, siempre tan recta, tan formal, tan perfecta… Mas he de confesarte que si por ello alguna vez pudiera haber tenido la tentación de querer parecerme a ti, ese deseo hubiera desaparecido hoy de un plumazo.
Verás, podía pasarte que fueras tan maravillosa porque lo eras sin intentar sustituir a mamá en mi corazón, y eso me mantenía serena; pero lo de esta tarde…
No contabas con que estuviera en casa, claro; aceptarás que la profesora del taller de teatro tenga derecho a enfermar... Te decía que he vuelto a casa antes de que tú llegaras del trabajo. Me ha extrañado que no hicieras ruido alguno y he salido de mi habitación a ver: ensayabas frente al espejo y he comprobado con horror que lo has conseguido, que has superado a nuestra madre en esa mueca de burla que sacaba a pasear frente a mis debilidades; sí, esa que tanto me enfadaba y que yo nunca fui capaz ni de garabatear. A ti, hermanita, hoy te ha salido perfecta.
También en esto tenías que ser la mejor, ¿verdad?

© Patxi Hinojosa Luján
(22/04/2018)

El cofre del tesoro


En "Esta Noche Te Cuento" (ENTC) buscaban relatos con menos de 200 palabras inspirados en esta foto de René Maltête. Un servidor colaboró con el siguiente texto:

El cofre del tesoro

Te preguntarás qué aire me ha dado para garabatearte estas líneas con mis torpes manos. El suyo no es sino el segundo tipo de torpeza que las ha propiciado, porque te confesaré que ayer me dio por husmear en la cajita nacarada que te regalé en nuestro séptimo aniversario, donde ocultas tus secretos, después de que una vocecita me provocara desde su interior…
Cuando intenté ver lo que contenía, me temblaron las manos más de lo habitual y se me cayeron al suelo varias fotografías. Al recogerlas, me llamó la atención una que no había visto en mi vida, donde sin embargo estaba yo con cuarenta años menos; calculo que sería más o menos de la época en que nos conocimos. En ella destacaba un tapiz, que estaba aireándose en mi balcón, con una imagen incompleta enlazando su contorno con mi perfil al sobresalir yo por encima de él.
Ahora entiendo, por fin, lo de los inusuales nombres que propusiste para que nos identificáramos con ellos desde el principio. Por eso, pirata Jack, cierra ya tu cofre del tesoro y escóndelo para que no vuelva a encontrarlo; después búscame en nuestro mirador, tu sirena estará esperándote de nuevo…

© Patxi Hinojosa Luján
(14/03/2018)

Imaginando


En "Esta Noche Te Cuento" (ENTC) buscaban relatos con menos de 200 palabras inspirados en esta foto de Tom Waterhouse. Un servidor colaboró con el siguiente texto:

Imaginando

Yo ya sé que a quién le debo todo. Esto es algo que tengo bien claro desde que aparezco en cuanto ellos me imaginan; por eso nunca pienso que me puedan abandonar dejándome así, como hoy, en tan incómoda posición.
La mía es una postura imposible que él, en una especie de burla perversa, intenta imitar mientras abandona la escena huyendo bajo un suave sirimiri que tiñe de húmeda tristeza el recuerdo de lo que ya nunca más será; desconoce que, un fotograma después, una pequeña balsa de agua va a hacer que resbale yendo a perder algo más que su digna porte en ella. Pero eso no pertenece a este relato y yo me quedo inmóvil, oscura, sabedora de que ya di mi último paso, a la espera de que el tiempo en su transcurrir se alíe con vientos y desidias, y llegue el día en que ya no quede rastro de mí en la pared y pueda, al fin, olvidarme de esta molesta tortícolis imaginando que algún otro artista me imagine, quién sabe si esta vez en colores, para variar, y que yo no necesite imaginar pedruscos que bien podrían desnucar a alguien tras un resbalón inoportuno...

© Patxi Hinojosa Luján
(23/01/2018)

Alivio


En "Esta Noche Te Cuento" (ENTC) buscaban 100 relatos de 200 palabras inspirados en esta fotografía de Thomas Hoepker. Un servidor colaboró con el siguiente texto:

Alivio

Hoy he vuelto a fracasar, me doy por vencido. Dicen que no se puede ganar siempre; matizaría que hacerlo, aunque fuera una sola vez, no estaría de más.
Estoy cansado, necesito un café cargado antes de regresar a casa solo. La cafetería tiene buena pinta. Entro. Me dirijo a una mesa libre que incluye prensa. Mientras espero al camarero, echo una ojeada al mostrador y en ese instante se me para el corazón. Consigo reiniciarlo tosiendo con violencia y me concentro en la escena. Estás ahí, en esa concurrida barra, con la mirada perdida de costado. Veo tu cara en blanco y negro en contraste con tu figura, enfundada en ese disfraz multicolor. Eres tú, un par de decepciones mayor, y unas lágrimas que creía extinguidas aparecen por mi rostro yendo a mojar el periódico. Lo cojo y me parapeto detrás de él esperanzado; al contemplarte me sumerjo en tu tristeza, que siempre será la mía, porque hacer reír nunca garantizó felicidad, ¿no es cierto?
Entonces suspiro hondo, aliviado al fin, pues tu mirada carece ahora de aquella carga de soberbia con que te dirigiste a nosotros cuando juraste desaparecer para siempre y no seguir jamás mi vocación de payaso.

© Patxi Hinojosa Luján
(10/01/2018)

Gateando


(Imagen extraída de la red Internet)
Este texto supuso mi colaboración con ENTC («Esta noche te cuento») en enero de 2017.

Gateando  

Estos días son más cortos, grises, fríos, húmedos y tristes de lo que mi bienestar demanda. No lo recordaba de otros años, pero es cierto que la gente está más ruidosa que de costumbre. Aunque lo que en verdad me preocupa es que mi inquilino dedica menos tiempo del habitual a prestarme atención; en todo caso, creo que lo mantendré de momento en la nómina de mi universo, supongo que en breve todo volverá a la normalidad y que recuperará el comportamiento que espero de él.
Es ya muy tarde. Hoy volverá, si vuelve, bien entrada la madrugada; menos mal para él que me dejó preparada comida y bebida y mi espacio privado recogido y limpio.
Oigo ruidos en la escalera que me han despertado, se aproximan a la puerta; noto cómo intentan abrirla: es él, seguro.
En efecto, lo es. A la par que la puerta se abre después de varios intentos, su cuerpo se deja caer al suelo, en un intento de amortiguar y minimizar el inevitable golpe. Me ve y pronuncia algo ininteligible para cualquier ser vivo mientras pretende acercárseme.
Es extraño, yo soy el gato pero es él, mi humano, el que está, con torpeza, gateando.

© Patxi Hinojosa Luján
(04/01/2017)

lunes, 27 de mayo de 2019

Por un voto

(Imagen extraída de la red Internet)

Peco de inmodestia, lo sé, al considerar que mi corta carrera profesional dejó una joya arquitectónica: la Torre Helico, con doble espiral de cristal y titanio, por la que me otorgaron varios premios. Pero intentando sosegar mi orgullo, confesaré que a veces, al escribir, confundía la posición de algunas letras, intercambiándolas sin darme cuenta; y con los números también me pasaba algo similar. No soy disléxico, no es eso, lo que ocurre es que siempre he sido muy muy despistado. En la mayoría de las ocasiones la cosa no iba a más: me percataba enseguida del error y lo corregía, punto; en la mayoría…
***
La coalición de partidos que nos gobierna desde hace cinco décadas, justo desde la última vez en que se nos permitió ejercer el derecho al voto, impone un sistema basado en Ciencia y Tecnología a partes iguales, por lo que destina las partidas presupuestarias más altas a apostar por lo que antes se denominaba I+D+i y que enseguida rebautizaron como «BienEstar», aunque se hayan olvidado del nuestro, y de nosotros...
Si cuento esto es porque es de justicia indicar que todo lo que se ha avanzado a nivel tecnológico se ha retrocedido en derechos sociales; y todos los que, como yo, lo hemos manifestado de manera pacífica, hemos acabado igual, secuestrados de por vida entre cuatro paredes tan blancas que acaban por desgastarnos el alma a través de nuestros cada vez más cegados ojos. Pero eso poco les importa, ellos ya saben bien lo que firman en sus edictos-condena cuando nos encierran en sus mal llamados «Talleres de Conducta», eufemismo cruel donde los haya.
Mas la vida suele ofrecer válvulas de escape, fisuras por donde atacar al enemigo de turno, a veces permitiéndonos aprovechar la fuerza de nuestro oponente en su contra como si de un combate virtual de aikido habláramos.
Estábamos en el año 2069 cuando apareció mi fisura particular, y no era cuestión de desaprovecharla. Aquella mañana íbamos en formación hacia el comedor a la hora del desayuno cuando la vi apoyada en una pared del pasillo: imponente, brillante, tan vanidosa con sus leds encendidos; seguro que funciona, pensé. Y pensé más, tanto que me olvidé de comer aquel día con lo que supuse que mi historial sumaría una nueva amonestación.
Aquella noche apenas dormí, dándole vueltas al asunto, trazando un arriesgado plan, garabateándolo en mi cabeza con insistencia; la única forma, por otra parte, de poder hacerlo al carecer de cualquier atisbo de utensilio de escritura.
Amaneció, y yo lo hice con el día, tan empapado de esperanza como de sudor. En la fila que nos conducía al frugal desayuno, iba avanzando a saltitos, como si ensayara con el germen de un nuevo y rudimentario baile. Cuando llegué a la altura del ingenio, deserté en perpendicular de la formación y corrí hacia la máquina todo lo que mis torpes piernas de setentón me permitieron. Abrí su puerta, entré y cerré con fuerza y estrépito sobre los gritos de los desconcertados guardias. Activé el interruptor principal y enseguida se iluminaron todos los paneles. Extraje de mi mente la fecha exacta y la tecleé en el holograma surgido para tal efecto. La suerte estaba echada.
***
Recuerdo bien, ¡cómo no hacerlo!, que las últimas elecciones generales fueron el domingo 28 de abril del año 2019. Se presentaban en segunda vuelta las dos opciones que resultaron vencedoras en la primera una semana antes. Yo, como gran enamorado de los avances tecnológicos que era, voté por la coalición PPEF (Partidos Por El Futuro), que ganó por la menor diferencia de la historia: un solo voto. Si hubiera votado a sus oponentes, la lógica matemática indica que estos habrían ganado por ese voto de diferencia y yo me habría evitado pasar toda una vida encerrado junto a mis convicciones y remordimientos; porque la realidad es que la coalición recortó las libertades hasta hacerlas desaparecer y me encerró en defensa de la Sociedad, según alegaban siempre los abogados del Estado cuando de juzgar casos similares al mío se trataba.
Pero, por otro lado, la misma coalición propició con su política de inversiones que en el año 2059 se llevara a cabo con éxito el primer viaje en el tiempo; la máquina del tiempo ya era toda una realidad, aunque permaneció en secreto dentro de los ámbitos del Gobierno unos cinco años, hasta su perfeccionamiento. Tras ese período nos enteramos todos del gran logro gracias a la machacona propaganda gubernamental, que llegó incluso a nuestros oídos, confinados como estaban en los últimos rincones de sus mazmorras.
***
Ahora no puedo evitar reírme de mí mismo, y lo hago a carcajadas: estoy atrapado. No puedo salir de la máquina, no responde a ninguno de mis requerimientos pues no hay indicio alguno de que quede algo de energía; tampoco puedo reprogramar un sistema que quizá pereció hace décadas.
Y lo peor no es que me encuentre perdido en el año 2190, en una tierra asolada, sin rastro alguno de vida. Tampoco que esté interiorizando que quizá sea el último humano vivo, temiendo dejar de serlo en breve mientras creo observar, a lo lejos, cómo sólo se mantiene levantada la torre Helico, mi orgullo. No, lo peor es que yo soy el único responsable de mi suerte.
Mi fallido plan era regresar al 27 de abril de 2019 para poder votar en contra del PPEF, pero… ¿Recordáis que os confesé que soy muy muy despistado…?

© Patxi Hinojosa Luján
(27/05/2019)

viernes, 19 de abril de 2019

El recuerdo de lo que no pudo ser

(Imagen extraída de la red Internet)

Observo una vez más cómo el marco de la diminuta ventana encuadra esas montañas que me son tan familiares, y vuelvo a fantasear imaginándomelas como si formaran parte de un lienzo hiperrealista. Sonrío de medio lado al pensar en el trabajo de ciertos pintores de esa corriente, retratando espacios naturales, esgrimiendo cámaras con forma de pinceles que deben esconder lentes y objetivos entre sus pelos; porque si no, no se explica...

―Cariño, ¿no llevas ya mucho tiempo ahí? Sal pronto, ¡por favor…! ―me susurra pegado a la puerta.

Aquel ejercicio de admiración dura poco, lo que tarda el recuerdo de lo que no pudo ser en aflorar a la superficie de mi consciencia; emerge justo un instante antes de perecer ahogado por el excesivo tiempo de inmersión. Es cierto que intenta seducirme siempre, mas el tiempo no juega a su favor y a cada tentativa evidencia menos determinación, menos autoconfianza, sabedor de que no tardará en desaparecer de mis anhelos.

―No he terminado aún, pero no tardaré en salir ―miento.

A ese recuerdo le toma el relevo la cruda realidad, la que me tiene encerrada aquí, separada no sé por cuánto tiempo más de lo único que me aferra a este mundo. Sí, todo esto ocurre de nuevo entre estas cuatro paredes en que me encuentro y que han convertido el reducido y frío espacio en mi edén particular, donde evacuo sin testigos lágrimas de infelicidad que, paradoja, no me impiden ver con claridad.

―Venga, tú y yo sabemos que no estás haciendo nada, ¡sal ya de ahí, ca-ri-ño! ―Ya no susurra.
―Enseguida, voy enseguida… ―contesto más asustada que antes por ese cambio de tono que tan bien conozco.

Aunque aquí, en mi refugio, predomina el blanco, yo me siento gris, oscura. Sé que no debería ser así, pero ese remordimiento por algo que aún no ha sucedido, y que puede que no ocurra nunca, me está corroyendo por dentro ante el temor de que eche por la borda algo más que mi vida, algo mucho más importante.

―¡Date prisa!, ¿es que no me oyes? ―grita, para añadir más calmado tras un instante que a mí se me hace eterno― Tendrás hambre, estoy troceando el pollo asado que encargaste. Por cierto, ¿por qué has cambiado los cuchillos de sitio?, me ha costado encontrar uno.
―¡Ya voy! ―indico, aterrorizada, imaginándomelo.
―Sabes que me tienes que contar adónde has mandado a la niña; porque a mí no me engañas, no está en casa de su amiga, ¿verdad? ―suelta como un mazazo, mientras camina hacia la cocina.
***
Desconozco de dónde habré sacado la fuerza mental…

Desbloqueo la puerta del baño y la abro. Que no se enfade más, que no sospeche, me digo, pero mis lágrimas no obedecen a la orden de discreción y surcan mis mejillas, desde hace años lecho del desahogo de nuestro calvario. Me restriego los ojos con el dorso de mi mano izquierda, la derecha está a otra cosa. Camino hacia él a cámara lenta sin pararme, fingiendo sumisión, y veo con nitidez cómo él se regodea con el sufrimiento que tan bien reconoce en mi cara. Y a cámara lenta veo sus negros ojos mirándome con estupefacción mientras siento cómo se hunde la hoja del cuchillo en sus entrañas a la par que mi esperanza emprende su salida a flote.

… para cambiar la idea de la cuchilla por la del cuchillo, los pensamientos de suicidio por otros nuevos de asesinato; para decidir conservar mi… nuestra vida a cambio de la suya…
***
Un día más lo intento a sabiendas de que mi esfuerzo será baldío. Estoy sumida en una espiral de autocompasión y frustración. Ni siquiera intento engañarme diciéndome que es sólo una mala racha, que más pronto que tarde todo volverá a la normalidad... yo sé que nunca tendré ni la facilidad ni la clase necesaria para describir con un buen texto aquella pesadilla que nos hizo vivir y sufrir nuestro monstruo particular. Quizá la cosa cambie en casa, pronto dejaré esta celda. El abogado de oficio no tuvo que esforzarse demasiado en demostrar que, lo que hice, lo hice en defensa propia, sin apenas tener que argumentar los poderosos atenuantes.
***
Ha llovido mucho desde entonces, mas cuando han sido lágrimas lo han sido de alegría. Ella es ya toda una mujer, y aunque ahora vivimos separadas, estamos cerca. Resulta que es mi cumpleaños, y yo ni me había acordado. Mi hija se ha presentado en casa con su pareja y, después de dejar lo que parece un cuadro en la mesa, me ha hecho el mejor regalo que podría hacerme: me ha cogido las dos manos con las suyas, me ha mirado a los ojos permitiéndome alcanzar con la mirada su alma, y me ha confiado con la voz más segura que jamás le he oído: «Mamá, desde hace unas semanas ya no sueño con sus abusos». Nos hemos dado un abrazo que me ha sabido a justicia divina y me he desarmado de felicidad. Después se ha despedido y, cuando se marchaba agarrada de la cintura por su novia, tan feliz, ésta le ha dado un beso que el pudor ha terminado recolocando a medio camino entre mejilla y labios.
Acabo de reparar en que no he desembalado el cuadro; lo hago y no puedo evitar una sonrisa, esta sí, completa: es una réplica hiperrealista de El cuarto de baño de Antonio López. ¡Qué chiquilla…!

© Patxi Hinojosa Luján
(19/04/2019)

miércoles, 27 de marzo de 2019

De hierro forjado

(Mimi y Momo: Imagen de la obra Mimos, cortesía de su autora y directora, Cristina Torres)

Recuerdo cuando en este mismo emplazamiento había un banco como Dios manda, de esos de hierro forjado en los laterales y madera noble en asiento y respaldo, como los muchos que adornaban los parques de antes, en aquellos tiempos en los que aún no teníamos contaminada la esperanza y ésta mantenía intacta su verde promesa…

Abro unos cansados ojos y sonrío para mis adentros por la cursilada que acabo de soltar, que no es la primera vez que acude a mi mente; pero no la rechazo, al contrario, nunca dejaré de ser un romántico empedernido y un nostálgico incurable.

Llevo ya un par de horas aquí, así que no es de extrañar que me remueva en mi asiento, incómodo y molesto por la dureza del cemento armado. Por hoy es más que suficiente, y ya sé que una vez más a mis músculos les costará despertarse de camino a casa. Según me levanto, la mariposa más grande que recuerdo se apresura a ocupar mi sitio y bate sus alas, con franjas rojas y negras en las de atrás, como señal, interpreto, de agradecimiento y despedida. Vuelvo a sonreír, ahora sin disimulo, y le devuelvo un torpe saludo mientras siento que algo se me escapa…

No es ningún secreto que mañana volveré a mi cita diaria con el frío banco, es la única solución que he encontrado como terapia para el problema de mi memoria… Veréis, ya han empezado a difuminarse los recuerdos de aquella historia que tuvo lugar en este mismo lugar donde hoy padecemos un parque de diseño para gloria de algún politicucho sin escrúpulos; y sé que acabarán por borrarse para siempre, mas también que ésta es la única manera en que podré disfrutarlos un poco más de tiempo. Porque lo cierto es que los recuerdo a todos con cariño, con ese cariño que se tiene a quien, aunque no sea familia de sangre, sí lo es de corazón.
Recuerdo a Carlos, un niño grande en un cuerpo de adulto con manías obsesivas, pero con un corazón tan grande como su pecho, me decían, y lo recuerdo caminando como a saltitos, intentando no pisar las juntas que todo suelo tiene. Recuerdo a Lidia, derrumbada tras su divorcio y que tuvo que armarse de valor y convivir con sus demonios para juntar los cachitos en que se convirtió y así poder recomponerse; también a Mila que, incapaz de aceptar su pérdida, se engañó día tras día hasta perder el control de su vida. Y, ¡cómo no!, a Momo y a Mimi, dos mimos que fueron el nexo de unión de todos ellos, con sus problemas y con sus soluciones.
Quizá os preguntéis, como hacía yo al principio, qué pintaban Mimi y Momo todo el día merodeando por el parque, con sus entrañables aunque escasas actuaciones, porque sus sombreros pesaban poco más cuando se retiraban al caer el sol que cuando llegaban por la mañana. La respuesta es bien sencilla: con el tiempo comprendimos todos que, en esencia, su misión era ayudar, hacer el bien, o al menos intentarlo con todo su empeño, y ello hacía que prestaran poca atención a las monedas. Y quiero pensar que consiguieron que pasado un tiempo algunas voluntades parecieran tan sólidas y artísticas como el hierro forjado de sus… de nuestros bancos. Con su justa dosis de locura, acabaron pintando con brochazos de cordura todas aquellas existencias, también la mía, hasta recolocar cada pieza en su sitio.

Ahora que caigo, hace tiempo que Lidia y Carlos ya no vienen a pasear con su niño; un niño fruto, qué paradoja, de la casualidad más elaborada por nuestra pareja de mimos. ¡Menudos diablillos estaban hechos Momo y Mimi!
Por cierto, me han contado que la desatendida floristería que Mila regentaba en una esquina de este mismo parque tuvo que cerrar. Ella tiene bastante con la pensión de viudedad que le quedó de su difunto Enrique, que al fin aceptó y reconoció como tal gracias al esfuerzo y paciencia de sus amigos, y nuestras mimos no podían hacerse cargo de ella por más tiempo; de la floristería, quiero decir…
*****
Hoy, cuando peino menos pelos pero más canas que antes, acabo de verlo con claridad… Sucedió el día que Momo contó todo… cuando abrió su válvula de escape y, a modo de confesión, se sinceró detallando retazos de su vida en una escala de colores tan desgastados como su traje de clown; como por ejemplo que Mimi, una tarde en que ambas compartieron unos cafés bien cargados… pero de desilusión, la convenció para que se uniera a ella en su delirante proyecto actoral; que en aquellos momentos ya no soportaba no poder ayudar en su consulta de psiquiatría como ella había soñado cuando, siendo una joven ingenua, cursaba la carrera; que Carlos y Mila habían sido dos de sus primeros y más fieles pacientes; que ya no podría concebir su vida de otra manera…
Veo con nitidez cómo, cuando Momo compartió todo esto mientras Mimi asentía a cada frase, y yo espiaba desde el banco de enfrente simulando leer la prensa del día, saludando de cuando en cuando, ese día también vino de visita una mariposa, una mariposa con unas bellas franjas rojas y negras en sus alas traseras…
*****
Venga, señor Carlos, es tarde y hace frío ―me dice esa chica tan simpática y morena, la de siempre―, vayamos a casa; y yo aún recuerdo que debo obedecer…

© Patxi Hinojosa Luján
Inspirado y basado en el musical Mimos, escrito por Cristina Torres para su grupo de teatro Les Figuretes
(27/03/2019)

martes, 26 de febrero de 2019

Una sonrisa bobalicona

(Imagen extraída de la red Internet)

Aún estamos en invierno y a pesar de ello, como en anteriores días, hoy hemos amanecido con un cielo azul tan intenso y despejado que el Sol lo ha agradecido perfilando con nitidez el contorno de su cegadora esfera amarilla.
De un tiempo a esta parte, cuando no llueve, algunos miembros de la familia aprovechan para salir de paseo conmigo. Esta mañana, al pasar cerca de la consulta de una psicóloga conocida de no he entendido bien quién, hemos entrado por algo relacionado con una campaña gratuita de no sé qué tipo de concienciación, o algo parecido... En el último instante se ha optado por que yo no entrara y me he quedado en la sala de espera cuidando de una de mis nietas; mejor así, no he dicho nada, pero estaba ya notando la extraña sensación en la cabeza, esa especie de cinta rodeando y rozando mi cerebro. No llego a sentir dolor, no es eso, es más bien que pierdo parte del control sobre mí misma, como si se escurriera arena de mis relojes entre mis dedos temblorosos. Ya me había pasado antes en varias ocasiones, y me preocupa constatar que esa sensación se queda cada vez más tiempo conmigo.
Ellos han salido al cabo de media hora, más o menos. Lo han hecho algo serios. Al verme, sus semblantes han recuperado el brillo al momento, aunque no han entrado en detalles sobre la reunión y a mí me ha dado cosa preguntar. Después hemos seguido paseando hasta llegar a casa y yo, aprovechando un momento de respiro de esa cinta, y que ahora me encuentro sola en mi cuarto, estoy garabateando estas cuatro palabras con una sonrisa bobalicona.
*
Lo pensé anoche antes de dormir, cuando ya no tenía este diario a mano y reinaba la oscuridad: debo anotar aquí, antes de que el huésped que anida en mi cabeza me impida expresarlo, que tengo una hija maravillosa, y que el resto de la familia también lo es; cada vez me hablan con más dulzura y paciencia y ya no se enojan tanto conmigo cuando me despisto por algo. No sé si ellos se dan cuenta de que esto yo lo agradezco de corazón.
*
Parece que ya no me necesitan como antes, cuando yo necesitaba que me necesitaran. Desde hace un tiempo ya no me encargan el cuidado de nadie; será porque se han hecho grandes todos: estas personas tan amables que me llaman mamá, y los chicos que deben de ser sus hijos, porque me llaman abuelita. ¿Cuántos eran…? ¿Serán todos del pueblo?
*
Ahora tengo miedo, pero no sé de qué, y por más que busco y rebusco no encuentro a mi madre. ¡Madre!, ¿dónde está uste…?

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Estoy leyendo con el filtro de una cortinilla salada que me nubla la vista cuando llego al repentino final y debo frenar en seco para no precipitarme al blanco vacío; mientras, una impotencia que reincidió sin compasión amenaza con volver. Las palabras que acabo de leer han despejado algunas de las dudas que nos angustiaban, y quién sabe si en sucesivas relecturas lo seguirán haciendo. Mas ya se acabaron las frases, estos arañazos en el alma que escuecen en la misma medida que consuelan. Las hojas que ahora voy pasando con parsimonia, todas en blanco, se relevan entre sí hasta llegar impolutas a la contratapa evidenciando con amargor todo lo que no pudo ser.
Cierro el block cuando ya he hecho lo propio con mis ojos. Dos lágrimas resbalan por mis mejillas, mas no aparece el gesto reflejo de mis manos para frenar su caída y se estrellan en la tapa dura de aquél dejando dos manchones tan oscuros y desiguales como tantos y tantos destinos. Con la cara humedecida me pregunto si mamá no habrá dejado escondida alguna sorpresa más, aunque ésta ya lo sea en grado superlativo y tenga, tengamos, para una larga temporada con ella.
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Hoy es uno de esos días ―¡y van unos cuantos…!― en que me sorprendo asomándome a la ventana con la mente relajada, puede que algo dispersa, pensando que la esfera amarilla quizá pudiera tener algún mensaje más de mamá, pero enseguida me digo que no, que ella prefería la Luna…
Al igual que otras veces, busco dentro de mi abarrotado bolso las gafas de sol que tanta tristeza han disimulado en mi rostro estos últimos años. Me las pongo y miro al Sol de frente, como retándolo; pero es sólo un instante, debo evitar que me deslumbre. No veo nada. Pero al retirar la vista, hacia la izquierda, unas nubes blancas cual nieve recién caída, y que no sé de dónde han salido, bailan ingrávidas hasta garabatear lo que parece una gigantesca «d» que se mantiene formada el suficiente tiempo para que se quede fijada en mi memoria. Me engaño diciéndome que es la que le faltaba a su última palabra, y me lo creo, aparentando una naturalidad que no hay por dónde cogerla. Y para reafirmarme, recuerdo que ella, la «ella» de antes de la cruel enfermedad, nunca hubiera dejado sin escribir una letra.
Y es entonces cuando mi sensatez, que lleva un buen rato agazapada ante tamaño ejercicio de fe, asoma con cautela y se anima a preguntarme: ¿no será sólo que crees haberla visto…?; a lo que yo le respondo con aparente seguridad: ¡y qué importará!, pues sospecho que ya nunca se retirará de mi rostro esta sonrisa bobalicona.

© Patxi Hinojosa Luján
Dedicado a Susan, no sólo la mejor compañera que uno pueda imaginar, sino también la mejor hija que una madre podría desear, la mejor madre que unos hijos podrían tener…
(26/02/2019)