martes, 12 de junio de 2018

Afianzando certezas

(Imagen extraída de la red Internet)

Imagino a mis vecinos señalándome con unos índices tan temblorosos como acusadores, cuchicheando a mi paso, murmurando que me he convertido en una suerte de espectro; no les culpo. Les deberá extrañar, y mucho, mi extrema palidez, pero sobre todo el extraño, nocturno y antisocial comportamiento que gasto esta última temporada. Yo, que siempre fui una persona de trato afable y generoso, lamento compartir que a mí, llegados a este punto, eso me trae sin cuidado.
Por ello hoy también saldré de casa aprovechando que el Sol sigue obstinado en su periódica ronda de visitas por la superficie terrestre y un día más se ha deslizado por detrás de nuestro horizonte. Además, esta noche tampoco la Luna estará visible, estrena piel nueva lo que aprovechará para esconderse tras ella; podría decirse que espera así saciar su furtiva curiosidad, pero todos sabemos que en el fondo es una romántica. Dentro de quince días lo confirmará cuando envuelva con su brillo llena de luz, pero esa deberá ser la historia de otro relato.
De este modo, con la oscuridad y el silencio pugnando por alcanzar el nivel más extremo, reflexiono negándome a creer que los astros se hayan confabulado sólo para que algunos depredadores puedan salir de caza; acepto que me es imposible evitar liberar una mueca de sonrisa cargada con algo más que un poso de amargura mientras continúo con el plan previsto.  
Voy caminando con cierta ligereza y el repiqueteo de mis tacones en la acera no es sino la llamada que incita a mis miedos a acompañarme; es paradójico, pero sólo ellos me aportan la seguridad que necesito, aunque esto no lo haya asumido hasta hace bien poco.
Debo confesar que nunca creí que los toleraría tan bien, pero aquí vamos mis tacones, mis miedos y yo hacia nuestro acotado particular en el sórdido polígono desde donde puedo observar lo que ocurre en los otros. Y nunca me gusta lo que veo, no podría gustarme.
Mientras avanzo hacia allí examino mis convicciones. Me hiere constatar una vez más que no consigo afianzar certezas desde aquella noche, desde aquella llamada con el archivo adjunto más perverso que se pueda portar: la notificación de la pérdida de un ser querido de manera violenta.
Acabo de llegar a mi puesto y sigo teniendo todas las dudas del mundo y alguna más. Con la respiración aún un tanto forzada por la caminata a paso ligero, me inclino por pensar que seguirá sin aparecer, pero no desfalleceré hasta que lo haga. Quizá se huela algo, o sólo sea que está dejando por precaución que el tiempo corra a su favor; un tiempo valioso en su escala, no lo dudo, pero no tanto como el que él nos arrebató de un plumazo.
De repente, un latido falta a su cita en mi corazón y éste me da un vuelco: lo estoy viendo acercarse a la penumbra del acotado de enfrente con los aires chulescos que ya le presuponía; es él, no cabe duda, los informes policiales que le sustraje del archivo de «clasificados» a aquel policía vicioso, ¡pobre diablo!, lo han descrito a la perfección.
Respiro con dificultad, intentando ajustar la cadencia para dejar de hiperventilar. Cuando por fin lo consigo, me acerco hasta allí con sigilo, tacones en mano, lo que agradezco. Improviso en mi imaginación el teatrillo de pugnar con mi «compañera» por el cliente, o de pedirle fuego a éste para un cigarrillo que nunca fumaré; cualquiera de estas situaciones me servirá antes de que él pueda siquiera sospechar algo.
Por cierto, estoy cayendo en la cuenta de que antes me ha faltado sinceridad, de que en cierta medida he mentido, o no he dicho toda la verdad: debo confesar que también me aporta seguridad esta pistola con la que ahora lo encañono, en unos momentos en los que aún no puedo predecir si, al final, acabaré apretando el gatillo…
Y justo en ese instante me sorprendo buscando en el cielo un guiño cómplice que me ayude, con escasas esperanzas de encontrar ese rostro que era clavadito al de su madre… si no fuera por el halo de profunda tristeza que reflejaba el fondo de su mirada y ese afeitado tan apurado que, ahora lo sé, disimulaba para sus noches más especiales a base de maquillaje sin que yo lo llegara a intuir. Corrían unos tiempos en los que acumulé pocos méritos para poder compartir sus más íntimos sentimientos; mi tolerancia andaba aún en pañales, aunque a día de hoy ya conseguí perdonármelo al reconocerme cambiado.
Y no encuentro su imagen ni siquiera en el fugaz destello que acompaña a la detonación y que ilumina por un brevísimo instante la escena. Pero esto ya poco importa...
Mi sangre impregna el suelo de cemento mientras me tambaleo antes de caer. Debí suponerlo, él se encontraba alerta y ha disparado antes. A punto de cerrarse mi mente para siempre, constato que en este último suspiro dispongo de un lapsus de tiempo precioso, y por una vez lo aprovecho; es tiempo suficiente para afianzar una certeza, la de que en esta ocasión sí intentaba hacer lo correcto.

© Patxi Hinojosa Luján
(12/06/2018)

lunes, 11 de junio de 2018

Los dejaremos entrar

Mi trigésima aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Los dejaremos entrar...».

Los dejaremos entrar una vez más, a estas alturas de la película ellos ya saben que son siempre bienvenidos. Cómo lo diría…, su presencia representa para todos nosotros la mejor póliza de seguros, una sin esa letra pequeña experta en sorpresas desagradables, y nos acompaña en nuestro devenir ayudándonos a elegir la senda correcta en muchas de las ocasiones. 
Lo cierto es que les estamos agradecidos desde que, en su primera aparición, nos trazaran con tanta claridad la frontera entre valentía y temeridad, donde tantas desgracias acontecen cuando se difumina.
¡Cómo no vamos a estar en deuda con ellos, con nuestros miedos…!

© Patxi Hinojosa Luján
(07/06/2018)

lunes, 4 de junio de 2018

Entre sesiones

Mi vigésimo novena aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Prefiero las ratas...».

Prefiero las ratas que esperan a que otras abandonen el barco de turno para hacerlo ellas después. Todas son ratas, sí, aunque unas son más ratas que otras. Todo ello a pesar de que cualquier individuo de su especie podría propagar esa enfermedad que es mejor no nombrar porque debería estar erradicada. Pero parece que no, aún no.
—¿Podrías bajar el volumen de la radio, es que no te cansas? —Me chilla.
Sé que no le gusta que me trague todos y cada uno de los debates parlamentarios, pero la situación ha llegado a unos extremos tales que apesta…

© Patxi Hinojosa Luján
(31/05/2018)

jueves, 24 de mayo de 2018

Ciento ochenta grados

(Imagen extraída de la red Internet)

Aún no han dado las once de la noche cuando suena el teléfono de Diego Morales. Éste responde sin dejar sonar el segundo tono, testimoniando así el estado de máxima alerta en el que se encuentra. Aunque ni la llamada ni su mensaje le han cogido por sorpresa, agradece que no sea de esas que traen adjunto archivos perversos, de los que instan a maldecir a la raza humana. Se dirige al dormitorio a cambiarse y enseguida sale de casa preparado. Siguen sin dar las once.

Miguel Calvo ha bajado a tomar algo al bar de la esquina después de darse una larga ducha que no le ha inducido al sueño reparador que tanto necesitaba y que esperaba encontrar con ella. Suena su móvil justo cuando se dispone a pedir una segunda copa, acaban de dar las doce y media.
—¿Sí, Martínez? Espero que el asunto sea tan importante como para justificar el molestarme a estas horas.
—…
—Entiendo, Martínez, mándeme un mensaje con la ubicación exacta, yo llegaré lo antes posible.
Al cabo de un rato, Miguel Calvo se sube con dos copas de más en su flamante Volvo XC60 y lo arranca con desgana. Al virar a la derecha, lo hace con precipitación y la rueda trasera golpea con violencia el bordillo de la acera, con lo que el vehículo culea unos centímetros, mas enseguida endereza su rumbo y desaparece en la espesa oscuridad.

—¿Qué tenemos aquí? —pregunta el jefe Calvo a los dos agentes uniformados que se encuentran custodiando el cordón policial. Masca un chicle intentando disimular su aliento a alcohol a sabiendas de que no conseguiría engañar a nadie.
—Chico muerto detrás de aquellos arbustos; degollado, parece… —indica el primero.
—Señor subcomisario, hemos detenido a un sospechoso merodeando en la escena del crimen —añade, con énfasis, el segundo—. No ha opuesto mucha resistencia, llevaba encima un cuchillo ensangrentado que bien pudiera ser el arma del crimen.
—Bien, lléveme hasta allí —ordena a Martínez que acaba de unirse al grupo.
Llegan a un claro que se esconde tras unos densos matorrales, ahora iluminado por potentes focos alimentados por baterías. En la escena destaca la típica manta isotérmica, refulgiendo sobre la silueta a la que desdibuja y que para entonces ya debería haber perdido todo su brillo. A pocos metros, un hombre con harapos de vagabundo y las manos esposadas a la espalda es interpelado por un par de policías, aunque sin soltar palabra, con la cabeza gacha. Al subcomisario Calvo se le iluminan los ojos y se dirige hacia allí.
—No pasa nada, agentes, no insistan, ya me encargaré yo de él mañana en comisaría. Ahora llévenlo allí, que pase la noche en el calabozo, a ver si recapacita y se decide a hablar —ordena mientras gira dispuesto a salir de la escena del crimen.
—¿No va a inspeccionar el cuerpo, señor? —pregunta, inseguro, el agente Martínez.
—¡Ah, sí! —responde el subcomisario con apatía, y busca aquellos destellos dorados. Levanta la manta sólo un palmo y la deja caer; después, vuelve a abrir los ojos.

Sólo ha pasado media hora desde que el Sol decidió sustituir a la noche y la sala de reuniones de la comisaría parece ya una olla en ebullición. Una decena de agentes, sentados alrededor de una gran mesa ovalada, comparten impresiones y no reparan en que el volumen de voz es más alto de lo deseable. Cuando dos figuras franquean la puerta, todos ellos se ponen en pie y saludan. La comisaria Isabella Peña se adelanta ordenándoles sentar y al segundo siguiente reina ya un espeso silencio. La comisaria Peña y el subcomisario Calvo toman asiento en las plazas que tienen asignadas.
La primera toma la palabra:
—Como sabrán, esta pasada medianoche recibimos la llamada de una persona que había sacado a pasear a su perro; éste debió oler u oír algo y le llevó tras unos matorrales donde encontró el cuerpo de la víctima en el suelo, había perdido mucha sangre pero aún vivía. Llegamos enseguida junto con los servicios de emergencia, aunque nada se pudo hacer por salvar su vida, falleció a los pocos minutos.
»Todo indica que nuestro asesino en serie ha vuelto a actuar, el crimen tiene su modus operandi: la víctima es un chico joven, no mayor de veinticinco, pelo teñido debajo de una peluca descolocada, vestimentas femeninas; degollado, como los anteriores. Pero todo indica también que aquí han acabado sus fechorías: hemos detenido a un sospechoso que intentaba huir de la escena del crimen; llevaba en la mano lo que es muy posible que sea el arma homicida, pues tiene restos de sangre que estamos analizando para confirmar si es o no la de la víctima; al sujeto en cuestión lo tenemos «meditando» en los calabozos, como seguro también sabrán todos a estas alturas. El subcomisario en persona bajará a interrogarle en cuanto acabe la reunión, se ha ofrecido a hacerlo y no le puedo negar eso a quien tantas confesiones ha obtenido. Esperamos que el caso pueda quedar resuelto a la mayor brevedad posible. Gracias por su atención, pueden volver a sus puestos.

La sala de interrogatorios es como la que se ha visto en tantas películas: cubículo con poca altura, paredes grises en las zonas donde no son blancas, una sola puerta y un espejo generoso en tamaño que todos los detenidos saben que no es sino un cristal transparente visto desde el otro lado y a través del cual se observa y analiza todo lo que ocurre allí dentro. En el centro, en una mesa tan austera y ajada que pareciera haber sido comprada en un mercadillo de lo usado, reposan dos vasos con agua y una videocámara que ha visto mejores épocas y que a buen seguro en breve podría pasar a formar parte del género de cualquier tienda de antigüedades tecnológicas; ahora espera para grabar una nueva declaración. Dos sillas, una a cada lado, completan la minimalista decoración.
Cuando Miguel Calvo pulsa el botón, una diminuta luz roja empieza a mostrar su intermitencia, como si la cámara se la guiñara, cómplice, al detenido.
—No me andaré con rodeos, asesinó usted a ese pobre chico y después se entretuvo observando su obra, lo que propició que le detuviéramos, ¿por qué hizo eso, hombre? —El subcomisario Calvo se mantiene erguido, apoyando las palmas de sus manos en la mesa. Mira hacia abajo observando al detenido que, sentado, tiene esposadas sus dos manos y éstas a su vez a la mesa—. Me refiero a ambos extremos. Entiendo que no le guste ese tipo de personas, disfrazándose de mujerzuelas siempre que pueden; le confieso que a mí tampoco. ¡Me dan asco! Son la vergüenza de la sociedad, ¿verdad? Pero, ¿qué necesidad tenía de matarlo? ¿No bastaba con darle una lección, un escarmiento?
El subcomisario está utilizando la estrategia de la condescendencia, con la que tantas confesiones ha obtenido hasta el momento; pero el detenido no parece dispuesto a caer en la trampa y cruza una mirada desafiante con él. Ninguno de los dos pestañea.
—¿Qué le hace pensar que hice eso, oficial…, que pienso eso? —La voz del vagabundo no podría aparentar más serenidad.
—¡Aquí las preguntas las hago yo, responda! —El subcomisario ha alzado la voz, pero mantiene la calma.
—Pues no. No a lo primero y no a lo segundo. Ni yo lo maté ni me he dejado detener.
—No lo haga más difícil para usted. Las pruebas son claras. El chico acababa de ser atacado y usted estaba allí con un cuchillo lleno de sangre; ahora mismo están cotejándola con la de él para confirmar coincidencia. —El subcomisario se mantiene en pie, aunque etiqueta la situación como bajo control— Debería confesar su crimen y acabaríamos ya.
Mira al espejo antes de sentarse y le guiña un ojo como indicando que aquello no durará mucho más.
—¿En serio? ¿En serio cree que están haciendo eso? ¿En serio cree que el cuchillo estaba manchado con la sangre de ese chi…?
—¡¡No sea insolente, le repito que aquí las preguntas las hago yo!! —Miguel Calvo vuelve a ponerse de pie mientras empieza a gritar, ya no ve la situación tan controlada—. ¿Qué ha querido decir? —añade con un hilo de nerviosismo.
—Esto lo está viendo la comisaria, ¿no es cierto? ¿Qué cree que pensará al comprobar que no me ha hecho ninguna pregunta relacionada con los anteriores crímenes? ¿Es que no piensa que al detenerme han detenido a un asesino en serie? —Respira hondo y durante unos segundos ninguno de los dos dice nada, después añade— Claro que no lo piensa porque «sabe» que yo no maté a aquellos pobres chicos, ¿verdad? Y ahora es cuando empieza a dudar de todo lo ocurrido desde ayer noche.
—El protocolo indica que…, que hay que empezar por aclarar el último crimen y después tirar del hilo. —Miguel Calvo está cada vez más nervioso, el sudor de la frente lo constata.
—Claro que sé eso, es de primero de Criminología, pero usted y yo sabemos que ninguno de nosotros es capaz de esperar para hacer «esa» pregunta, que siempre nos puede la impaciencia.
—¿Nosotros, qué quiere decir con nosotros? —El subcomisario coge su vaso de agua y se lo bebe de dos sorbos, después hace lo propio con el destinado al detenido. Carraspea para continuar—. ¿Es que acaso es usted un antiguo compañero que ha acabado perdiendo el control con ese chico?
—Veo que no lo ha entendido aún. Ese chico está bien, lo que parece sangre sólo es un colorante como los que usan en el mundo del cine y todo esto es un montaje para hacerle creer que podría respirar tranquilo al saber a un pobre diablo entre rejas por imitar al verdadero asesino en serie.
—¡¿Cómo se atreve?! —Hace un intento de golpear al detenido pero se frena en el último instante sabiéndose observado. Intenta recuperar el control y contraataca—. Los tiene usted cuadrados al atreverse a soltar todo eso. ¡Confiese que mató a ese joven!—Recapacita un instante, alterado, y apuntilla— ¡¡Y a los anteriores también, confiese de una puta vez!! —La voz del subcomisario suena hueca, carente de convicción.
En ese instante, los dos se incorporan de sus asientos y, como si de un juego de tanteo se tratara, ambos se buscan a cámara lenta girando alrededor de la mesa. Lo hacen en el sentido contrario a las agujas de un reloj —como si quisieran retroceder en el tiempo para corregir errores—…

«Sabemos que tienes un hijo aficionado a ciertas transformaciones nocturnas, que avergonzarían a cualquiera con unos principios tan rancios y obsoletos como los tuyos, aunque nadie espera que alguien llegue tan lejos como para aplacar su ira quitándole la vida a unos pobres chicos en un claro intento de culpabilizarlos por los supuestos desvíos de su propio hijo. —Al detenido le hubiera gustado gritar todo eso, sí, pero lo sustituye por un duelo de miradas.»

 …hasta situarse justo enfrente de donde estaban hacía escasos segundos, y allí se detienen. Después se dejan caer en las sillas los dos a la vez. Miguel Calvo advierte que el vagabundo se ha deshecho de las esposas; no sabe en qué momento lo ha hecho, pero no le da importancia, ya no la tiene para él.
—Por cierto, el chico del simulacro es Fernández, un compañero de asuntos internos. Está tan vivo que ahora mismo nos está observando junto a la comisaria. Yo soy Morales, Diego Morales. Desde que se cometió el segundo crimen, empezamos a sospechar que estábamos ante un asesino en serie. Cuando obtuvimos la primera prueba, no podíamos creer que un compañero hubiera sido capaz de cometer semejantes asesinatos; ni ahora que después haya sido tan inocente como para caer en esta improvisada trampa.
—¡¡¡No tenéis ninguna prueba contra mí, ni la tendréis jamás!!! —Calvo alterna una mirada rabiosa entre Diego Morales y el espejo, mientras la luz roja intermitente ahora es a él a quien observa aunque sepa que esos guiños ya no son de complicidad.
—¿Ah, no?, entonces dinos que hacía tu ADN entre los dedos del chico asesinado el mes pasado —acepta el tuteo—, cómo llegaron allí ese par de pelos tuyos…
El subcomisario Miguel Calvo se mesa los cabellos y, al observar que tiene algunos pegados por el sudor a las palmas de sus manos, gimotea derrumbándose:
—¿Cómo he sido capaz de pasar por alto ese detalle, cómo he podido menospreciar esta maldita alopecia? —En su lamento, se golpea con rabia la frente con ambos puños.
—Quizá el exceso de alcohol que te acompaña en los últimos tiempos haya ayudado a minimizar tus reflejos —interviene Diego Morales—. Te diré que fue a raíz de encontrar esas evidencias —en aquel momento circunstanciales, lo sabemos— cuando entró en acción mi brigada; entonces eliminamos del informe los análisis inculpatorios para que tú no sospecharas que te seguíamos la pista, a la espera de alguna prueba concluyente.
»Y, como no podíamos esperar hasta que cometieras otro fallo que te delatara, porque no podíamos permitir más asesinatos, propiciamos que lo hicieras lo antes posible en un interrogatorio, justo donde te mueves como pez en el agua, donde nunca fallas. Ha sido esa seguridad tuya en estas lides la que te ha hecho bajar la guardia y entrar al trapo. Es paradójico, pero esta toma de declaración, al igual que antes nosotros dos en torno a la mesa, ha acabado dando un giro que nunca hubieras esperado, un giro de ciento ochenta grados.

© Patxi Hinojosa Luján
(24/05/2018)

martes, 22 de mayo de 2018

Despistado

Mi vigésimo octava aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «La muerte se ha olvidado de nosotros...».

La muerte se ha olvidado de nosotros y confieso que me empieza a preocupar. Aquí, donde la actividad se ha teñido de un rutinario exasperante que combina a la perfección con el gris oscuro casi negro que lo envuelve todo, cada vez encuentro menos motivos para mantener prendido cualquier atisbo de ilusión, pues pasa el tiempo sin control, sin mayores novedades.
Hoy llega el momento de admitir que rara vez recuerdo ya lo despistado que siempre fui cuando, de repente, siento un vuelco donde debería estar mi corazón: ¡A ver si va a ser verdad que mi memoria es más frágil que la de la muerte…!

© Patxi Hinojosa Luján
(17/05/2018)

domingo, 20 de mayo de 2018

Arañazos en tu piel

(Imagen extraída de la red Internet)

¡Cómo me gustaba aquel antiguo reloj de pared! Observar su madera noble, sus exquisitos detalles de marquetería, el vaivén de ese péndulo tan protegido...; todo ello me inducía a la calma, al menos antes…
***
Si una cosa es cierta, es que nunca te agradeceré lo suficiente que me sacaras de la calle en contra de la opinión de todo tu entorno, familia incluida. No debió ser nada fácil tomar aquella decisión, máxime teniendo en cuenta tu clase social, media lindando con alta, donde tanto importa el qué dirán.
Pero nuestra relación ya no es la que fue. Hace tiempo que no disimulas, que te presentas en casa en compañía de tu amante ocasional y le ofreces nuestra cama sin pudor alguno. En los últimos tiempos, y en un plus perverso, nos cierras la puerta en las narices a mi vanidad y a mí y hasta creo oír cómo corres el pestillo del desprecio.
Debo admitir que, aunque escasean, hay temporadas en las que el azar permite que permanezcamos varios días los dos solos, sin injerencias externas, y entonces me engaño pensando que podríamos continuar por siempre así; pero más pronto que tarde una nueva traición surgida de tu debilidad vuelve a poner mi mundo patas arriba.
A veces pienso en renunciar a todo y abandonarte, pero no consigo hacerlo ni en los momentos en que encuentro más decisión; reconozco que en otras ocasiones tampoco he sabido cómo. Cuando esto ocurre, no me queda más remedio que olvidarlo todo y ceder a la cómoda derrota; entonces me permito de nuevo el roce de tu cuerpo en un intento de recomenzar que nace siempre, lo sé, tan imperfecto como fallido.
Ahora recuerdo con nostalgia aquellos primeros encuentros tuyos, cuando me permitías permanecer en nuestro dormitorio, cual voyerista, mientras tú y tu amante disfrutabais del juego más íntimo y yo observaba sin molestar, asumiendo que antepusieras sus arañazos a los míos; desde la perspectiva actual, confieso que estar presente lo hacía menos cruel, a pesar de lo que la lógica pueda dictar.
Dudo a estas alturas de que en algún instante hayas sabido interpretar mis intenciones; la verdad es que mis movimientos siempre estuvieron orientados a que viviéramos en armonía, a que reinara la felicidad. Por eso no entiendo que hayas necesitado traicionarme, que aún lo sigas necesitando demostrándome así que ya no soy lo más importante en tu vida —ya ves, ni siquiera pido exclusividad—; tampoco que maldigas entre dientes cuando recoges cada día los pelos que va soltando mi pequeño cuerpo felino.
***
Hoy es el día en que ya no siento lástima si te veo en apuros, y añado más leña al fuego al sentenciar: ¡Nunca sabrás dónde fue a parar ese péndulo que tanto te está costando reponer!

© Patxi Hinojosa Luján
(20/05/2018)

lunes, 23 de abril de 2018

Sosiego al fin

Mi vigésimo quinta aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «No seas impaciente...».

No seas impaciente, protestaban mis padres cuando, de pequeño, les arrancaba de las manos unos bocadillos apresurados. Años más tarde, lo mismo escuché en mis relaciones de pareja, siempre tras cada súplica mía al ver que no conseguía a la décima cita lo que mis amigos disfrutaban desde la primera. Y algo similar me dirían mis jefes cuando harto de esperar un ascenso lo dejaba caer sin sutileza; también sin esperanza.
Con el tiempo la impaciencia dejó de visitarme. Hoy espero impasible a que alguien me indique, antes de que aquella decida regresar, qué viene después de este confinamiento en un ataúd.  

© Patxi Hinojosa Luján
(18/04/2018)

sábado, 21 de abril de 2018

En tercera persona

(Imagen extraída del cartel anunciador de la obra «La tercera persona» de Ava Hocsem)


X es una persona especial. Cómo no, si todas las personas lo son. Z lo va conociendo poco a poco, sin prisa, no la hay. Pasan los días y, algunos de ellos, X le muestra una costumbre nueva, otros un gesto que Z no identificaba como tal; a veces una manía inconfesable, uno de sus muchos defectos, también un placer oculto, una pasión… Lo hace siempre sin teatralizar, con naturalidad, como quitándole importancia, y Z se siente tan a gusto con esa falta de pudor, que la complicidad va enraizando entre ellos.
En ocasiones Z se pregunta hasta cuándo durará así esta relación, mas enseguida desaparece tal inquietud al entrar en escena la nueva revelación de turno. Se aprecia con claridad que a Z le gusta cómo es X, que lo aprobaría sin dudarlo si esto de un examen se tratase.
Que X ama escribir es bien conocido por todos, pero Z acaba de descubrir hace unos párrafos que a veces, aunque sólo a veces, lo hace enmascarando la primera persona que correspondería al texto en una tercera que coquetea con el desapego.
Es extraño, pero desde aquel momento Z teme enfrentarse a los espejos y pasa de largo ante ellos con los ojos cerrados, temblando como un niño ante un payaso diabólico que le acosara. El temor a quedarse sin confidencias es manifiesto en él, ahora que creía conocerse mejor.
Y mientras, yo me sorprendo escribiendo en tercera persona, intentando difuminar el desapego, buscando identificarme con cualquiera de esas dos letras, o con las dos…

© Patxi Hinojosa Luján
(21/04/2018)

lunes, 16 de abril de 2018

Inevitable

Mi vigésimo cuarta aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Era nuestro sueño...».

«Era nuestro sueño y nadie nos lo conseguiría arrebatar, no en vano lo habíamos alimentado todos estos años con el mejor nutriente, nuestra deslumbrante imaginación. Y, como no le debíamos explicación alguna a nadie, a nadie se la dimos.»
Leyeron una vez más las palabras, sujetas con un imán en la puerta del frigorífico, intentando encontrarles sentido; y estuvieron de acuerdo en que sólo necesitaban las tres primeras, el resto se les quedaban un poco grandes. Las copiarían en un papel que dejarían junto a la bolsa de golosinas, ahora vacía, que encontraron en el armario. Seguro que sus papás lo entenderían…

© Patxi Hinojosa Luján, en Lisboa
(12/04/2018)

lunes, 9 de abril de 2018

Supervivencia

Mi vigésimo tercera aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Nos enviaban de una patada a las duras calles...».

Nos enviaban de una patada a las duras calles, cada vez más duras y menos «calle». Para cualquier espectador imparcial, aquello no era sino un irrespirable infierno gris. Para nosotros, el medio de conseguir un mendrugo de pan, algo de agua y un poco de atención, si la cosa se daba bien…
Ese caos tóxico de cemento molido escondía laberintos cambiantes, y no teníamos más remedio que adaptarnos a ellos, a sus nuevos diseños, a cada nuevo bombardeo.
Nuestra misión, volver a casa sanos y salvos con todo lo que hubiéramos podido encontrar en y junto a unos cuerpos que ya no lo necesitarían nunca más. Sencillo, ¿verdad?

© Patxi Hinojosa Luján
(05/04/2018)

miércoles, 4 de abril de 2018

La plaza del pueblo

Mi vigésimo segunda aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Pesaban muy poco pero aplastaban sueños...».

Pesaban muy poco pero aplastaban sueños a todas horas en cada uno de mis ahora clonados días. Lo peor no era que me impidieran dormir, lo peor fue la desesperanza que forzó la cerradura del cofre de mis sueños, liberándolos para anidar en otros corazones. Acepté que ya nunca más podría albergar uno y me rendí. Fue entonces cuando sucedió…
No me importaba saber a dónde me llevaban maniatado y zarrapastroso, las diminutas y leves gotas de agua ya no torturarían más mi cerebro ni mi piel. Y al ver el cadalso en el centro de la plaza recuperé la esperanza, la tortura había terminado.

© Patxi Hinojosa Luján
(22/03/2018)