sábado, 8 de agosto de 2020

Una zancadilla al destino

(Imagen extraída de la red Internet)

Los bancos están situados a lo largo de unas largas rectas imaginarias que aparentan converger allí al final, donde los letreros se me tornan ilegibles. Son líneas paralelas, como las que trazan las vidas de algunas almas que, extrañas entre sí, podrían coexistir buscándose sin saberlo, con todas las probabilidades de fracasar si nos atenemos a la principal característica de aquéllas. Pues bien, yo me propuse ponerle una zancadilla a tal destino…
El aspecto renegrido, debido al tratamiento especial que recibió la madera en su anterior vida, no me ha disuadido de utilizar uno de aquellos asientos, tampoco su incómoda dureza. No tengo compañía, pero los demás bancos tampoco presentan mayor nivel de ocupación, la mayoría están vacíos. Supongo que será porque hoy aquí hace frío, aunque es la sensación de humedad la que destaca, calando hasta los huesos.
Estoy sentado ―¡y menos mal!, me digo―, así consigo disimular este temblor de piernas tan evidente que podría poner en aprieto mi equilibrio. Decido serenarme y respiro hondo; enseguida parece que amaina el hormigueo en el estómago que también me acompaña desde que salí de casa hace la eternidad de once minutos pues, en cuanto fue viable, me trasladé a vivir cerca de este lugar. Pero debo confesar que, durante el trayecto, se me ha pasado por la cabeza abortar la tentativa, y al conjugarlo así ha retornado un pensamiento doloroso y recurrente.
Mientras espero, reflexiono sobre el camino recorrido para llegar hasta aquí: conversaciones telefónicas, búsquedas en diversos medios, entrevistas, visitas, reuniones, citas… y la fortuna de encontrar respuesta a mi petición de ayuda, cuando creía que ya estaría perdida y escondida entre las banalidades de aquella red social.
¿Vendrán?, me sigo preguntando, y no sé si quiero conocer la respuesta, si ni siquiera tengo la certeza de cómo reaccionaré ante cualquiera de las dos posibilidades. Mas el runrún familiar que acerca el viento me indica que pronto saldré de dudas, y mi nerviosismo lo aprovecha para ascender un peldaño más.
***
Acaban de bajarse de sus vagones los últimos viajeros, todos ajenos a nuestra cita, y el tren retoma su marcha, quien sabe si en busca de nuevas alegrías, o decepciones, como la que me inunda en estos momentos. Intento distraer mi atención pensando que hace tiempo que añoro aquel nostálgico «¡viajeros al tren!», que anticipaba el silbido del factor de circulación indicándole al maquinista que podía comenzar o continuar viaje, pero debo volver al presente y resignarme a aceptar que, al final, la respuesta que resuelve mi duda ha sido ese «no» que tanto temía. Así las cosas, con la decepción ha desaparecido el temblor de mis extremidades y me incorporo con lentitud dispuesto a regresar a casa en compañía de mi autocompasión. Y entonces, justo antes de girarme hacia la puerta de salida después de que el último vagón haya despejado mi campo visual, los veo: han bajado por el andén de enfrente. Cogidos de la mano, buscan juntos y encorvados a aquél al que un día juntos, y quiero creer que rotos por el dolor, abandonaron en esta misma estación; de eso hace tantos años como vueltas al Sol he conseguido completar sin su compañía. A veces he reflexionado que, en aquellos tiempos, el Gran Hermano aún no contaba con los innumerables ojos con que nos vigilan hoy en casi cualquier lugar, y con el tiempo he llegado a convencerme de que no hubo testigos, sólo gente sorprendida por el insólito hallazgo que, por suerte para mí, hicieron lo que debían hacer.
Es de locos, pero estoy visualizando la estela de humo que desprende la chimenea de una locomotora de vapor que ya se aleja, y donde se han formado con claridad unas letras que se ordenan hasta formar la palabra «perdónalos». Entonces me fuerzo a abrir los ojos, que he mantenido cerrados escasos segundos, a la par que me recuerdo que eso ya lo hice antes de plantearme encontrarles. Y sobre todo recuerdo que lo que necesito es saber que ellos también lo han hecho, que ellos también se han perdonado.
Abandono mi posición y me sitúo de forma que ahora estamos frente a frente; nuestras miradas ya se han cruzado cuando empiezo a presentir que ha merecido la pena. En ese momento me invade una extraña sensación: es como si me desprendiera del traje imaginario de bufón tras el que me he parapetado toda la vida para observarla de incógnito; ahora se lo dejo a otros, yo no quiero necesitarlo más. Lo que sí necesito es concederme un par de segundos más que dejo transcurrir sintiendo cómo aumenta la adrenalina en mi cuerpo. La puerta de la estación se haya ubicada en el andén que ocupo, a mi espalda, y yo corro en sentido contrario, disimulando la que la cirugía pediátrica redujo a una leve, aunque permanente cojera, esquivando pasajeros que se dirigen hacia la salida; intento atravesar el subterráneo en su busca antes de que ellos se planteen siquiera moverse, y lo consigo. En una décima de segundo desfilan ante nosotros rasgos que nos relacionan por la genética, y el abrazo a tres rompe el hielo sin miramientos.
Sé que el paralelismo de vías y andenes seguirá ahí por mucho tiempo, mas el de los renglones que separaron nuestras existencias acaba de volar en mil pedazos terminando de perfilar, al fin, esa sonrisa que siempre se me quedó a medias.
Ha merecido la pena.

© Patxi Hinojosa Luján
(08/08/2020)

jueves, 30 de julio de 2020

Propuesta irrechazable

(Imagen extraída de la red Internet)

Me encuentro entre bastidores, ¿se dice así?, pregunto a nadie esperando que no llegue a oírme aquel operario que parece que va a empezar a correr hacia el escenario en cualquier momento con todos esos cables enrollados en torno a sus hombros. Da igual cómo se denomine, me respondo, el caso es que estoy aquí, más nervioso que un adolescente ante su primera cita, tan desubicado como un rico de cuna en un comedor social.
Pienso en el estuche parcheado que cuelga de mi espalda, en las batallas que ha superado conmigo la acústica que contiene, cuando noto cómo mis tripas me recuerdan que hoy no he comido nada; ¡qué importa!, hay que guardar la línea, argumento incrédulo, pero feliz por cómo suenan las seis cuerdas nuevas con las que, por fin, cuenta mi compañera de fatigas. De esto él no sabe nada, no lo hubiera permitido, y yo no quería abusar.
Enfundado en estas ropas que me vienen «dos existencias» grande, me asaltan las ganas de darme media vuelta y abandonar todo esto; como un cobarde, me reprocho. Yo seré muchas cosas, y muchas de ellas malas, lo sé, pero cobarde no, y me quedo aguantando estoico mi incertidumbre. Se lo debo a él, que durante una semana estuvo yendo de incógnito al metro sólo para oírme tocar y acabar ganándose mi confianza antes de hacerme una temeraria propuesta, negándome desde el principio la opción de rechazarla.
Él ahora está dejándose la piel, literal, para agradar a sus muchos seguidores que llenan sus recintos casi siempre. Y, como siempre, lo está consiguiendo. Hasta yo tarareo para mí algunos de sus preciosos temas. Lo tiene todo, él que compone letras, melodías, y toca diferentes instrumentos mientras canta con esa voz que pareciera bajada de los mismos cielos para cada ocasión, si es que al final resultara que estos existen. Es un ídolo de masas, pero ante todo es un Artista con mayúsculas.
Y aquí estoy, en el concierto de este ídolo de masas que tiene el corazón tan grande como su piano, esperando la oportunidad de mi vida, temblando de arriba abajo de felicidad. Y a pesar de lo expresado sobre su persona, acaba de quitarse su omnipresente sombrero mientras mira hacia mi posición reclamando mi presencia con gestos elocuentes. Lo que ha dicho de mí a toda esa gente justo antes quedará grabado en mi memoria y en mi corazón hasta que me llamen a filas eternas porque, reflexiono al acercarme, ya es como ese amigo que lo es desde antes de que existiera la memoria y que lo seguirá siendo cuando ya no haya nadie para recordarla. ¡Vaya!, anotaré esta frase, quizá me sirva para una próxima canción…

© Patxi Hinojosa Luján
(30/07/2020)

viernes, 24 de julio de 2020

Estrella fugaz

(Esta magnífica imagen es propiedad de Marcos Gestal @mgestal, y se reproduce con su permiso)

Eulalia vive sola, ya no le queda familia ni un círculo de amistades que le pueda hacer más llevadero el tiempo que le quede de vida. Es anciana, y no sólo por haber vivido ya demasiados años terrenales, que también, sino porque hace más lunas llenas de las que puede o necesita recordar ha perdido todo interés por disfrutar con aquella magia nocturna, o se lo han robado… Y, para colmo, está lo de esa voz…
Eulalia no duerme mucho por la noche, quizá por ello se pasa la mayor parte del día en un duermevela superficial que es incapaz de diferenciar del resto de la jornada.
Hace tiempo que algo o alguien pulsa en su cerebro el botón de pausa de manera aleatoria, aunque con una frecuencia en aumento, y en un visto y no visto se ha desapegado de las responsabilidades de su hogar y de su propio cuidado; por suerte, poco antes de fallecer su marido de repente, éste había solicitado a los Servicios Sociales ―que respondieron actuando con celeridad― una ayuda a domicilio con la que logra mantener una existencia digna al sobrepasar dicha tutela el umbral de lo mínimo necesario.
―¿Sabe, joven…? No me acuerdo ahora de su nombre… ¿Sabe que esta mañana, justo antes de despertarme, lo he vuelto a oír?
La joven a la que hoy le ha tocado el turno de la cena, quizá no vuelva a cumplir los sesenta, quien sabe, y qué más da, pero la anciana no puede referirse más que a ella, están solas en el apartamento. Deja lo que está haciendo en ese momento y se acerca, solícita, a escucharla.
―Flor, me llamo Flor. Y dígame, señora Eulalia ―Aprovecha para acariciar su pelo blanco recogido en un moño―, ¿qué es lo que ha vuelto a oír?
―¡¡¡Pues al señor de sieempree!!! Ese que me pregunta si yo también lo oigo, y yo me asusto porque no lo veo, ni sé quién es, ni a qué se refiere.
Es entonces cuando a Eulalia le invade un ligero temblor que Flor se apresura a minimizar con un abrazo no correspondido, aunque agradecido por la sonrisa con que la anciana sustituye a aquél. Enseguida vuelve a su recurrente somnolencia, lo que Flor aprovecha para seguir con sus quehaceres: le está preparando una sopa de verduras que lleva como principal ingrediente el cariño, mucho cariño.
Cuando Flor se dispone a abandonar el domicilio de Eulalia, ésta está ya en su cama. La ha dejado dormida, después de haberle dado a tomar sus medicinas junto con la cena y de haberla aseado para dejarla «como una reina» en una broma que Eulalia siempre agradece con su mejor sonrisa. Flor mira su plan de trabajo semanal y comprueba que no volverá a esa casa hasta dentro de dos días, para el primer servicio, el del desayuno. Cierra la puerta y se dirige a su domicilio, ha acabado una jornada laboral que bien podría calificarse de solidaria.
Al día siguiente, Flor no tiene servicio en casa de Eulalia, a la que ha cogido un cariño especial, pero recuerda que la verá en el siguiente desayuno, y sigue tarareando una canción que no se le va de la cabeza mientras navega entre medicinas, alimentos y productos de limpieza en otro de «sus» domicilios.
El nuevo día llega con un par de nudos ocupando por sorpresa la garganta y el estómago de Flor. No recuerda haber sentido nunca tamaña desazón, y ésta no desaparece con su frugal desayuno. Ya se pasará de camino a casa de Eulalia, se miente. Llega y entra abriendo con su copia de llave. Enseguida lo nota, nota esa sensación como de desgarro, ese silencio ensordecedor. Vuelve a mentirse al pensar en otra cosa mientras se anuncia…
―Buenos días, señora Eulalia, ahora mismo voy a ayudarla a levantarse y ya verá qué rico le sabe el desayuno que le voy a preparar. ―Pero los nudos siguen ahí, cómplices de ese silencio aterrador que cada vez lo es más.
Flor no se da cuenta de que se dirige a cámara lenta hacia el dormitorio, queriendo retrasar su llegada, cada vez más encorvada por el peso del temor a la verdad. Pero tarde o temprano tenemos que enfrentarnos al destino, al nuestro y al de los demás que tantas veces compartimos, y acaba por franquear la puerta del dormitorio de Eulalia. Flor se acerca a su cama, se inclina para fijarse en un gesto que no le reconoce, y al darle un beso en la frente salta disparada para atrás como un resorte, está fría como una lápida de mármol en Siberia. La confirmación del presentimiento desanuda su angustia antes de correr hacia el baño. Después de refrescarse, coge su móvil y da parte de lo sucedido; ella, trámites y declaraciones protocolarias al margen, no tendrá más servicios en el día, un día que recordará hasta que se empiece a pulsar su botón.
Es su último sueño. Eulalia se encuentra bajo un precioso cielo estrellado, en las ruinas de una pequeña borda, acompañada, cuando una estrella le recuerda lo fugaz que han sido sus vidas también. Pero ahora vuelve a ser aquella joven que quedaba con su chico cada noche que podían escaparse de casa para retar allí a su tiempo y a las costumbres. Y así es como escucha la pregunta por última vez:
―¿Lo oyes ahora, cariño, oyes al fin el silencio?

© Patxi Hinojosa Luján
(24/07/2020)

martes, 7 de julio de 2020

Descalza

(Imagen extraída de la red Internet)

Al verme en estos momentos, un espectador imparcial supondría que estoy paseando. En realidad, lo único que hago es seguir dando vueltas alrededor de este imponente edificio; el móvil bien asido con la mano dentro de un bolsillo esperando sentir la vibración que me anuncie la llegada del ansiado mensaje. No tardará, me digo, y las pulsaciones de esta madeja de nervios enmarañados que tengo por corazón parece que entren algo en razón al concederme una ligera tregua.
Por fin llega. Sin siquiera sacar la mano del bolsillo, me dirijo con tanta decisión como nerviosismo hacia la ostentosa entrada principal cubierta de estrellas, tantas como puntas tiene cualquiera de ellas. Al atravesarla, recibo un saludo con reverencia formal, y yo respondo con un discreto movimiento de barbilla que ejecuto sin pararme mientras me dirijo hacia el ascensor; intento estrechar mi visión periférica esperando que quien esté fuera de ella ignore mi presencia, debo evitar una posible conversación que pudiera arruinarme el plan. Pulso el botón de llamada y espero impaciente. Una vez dentro, ahora sí, saco el móvil en busca del mensaje y lo leo: sonrío, está en todo… Es entonces cuando selecciono el piso que corresponde al número que acabo de ver en la pantalla. Después de unos segundos eternos, que confluyen en una eternidad efímera, accedo a la planta solicitada y corro al encuentro de la puerta que me separa de ella.
Estoy plantado frente a la habitación 507 rememorando cómo y dónde nos conocimos, retrasando un momento que he proyectado en mi mente un millón de veces. La llave-tarjeta que me permitirá acceder al interior ya está en mi poder después de recogerla de la jardinera más cercana según reflejaba el mensaje. Introduzco la tarjeta en la ranura y se oye el típico sonido electrónico pintado de color verde. Entro. El familiar perfume me descoloca un tanto, pero enseguida me concentro en su imagen y la excitación aumenta al encontrarme sus zapatos tirados un poco más allá de la entrada; un tacón en posición natural, en vertical, la otra aguja apuntando a la estancia principal que intuyo ocupada al ver la fina franja de luz que impregna la moqueta de tentación. Reconozco también como familiar el escalofrío que en ese momento me recorre de arriba abajo, y que agradezco en cada ocasión desde que su lucidez propuso abolir en nuestra relación tanto la rutina como el pudor.
Y accedo a sus dominios desnudándome de inseguridades; al fin y al cabo, es mi esposa. Pero no falta a la cita el hormigueo del primer día amenazando mi compostura antes de encontrarme con su maravillosa simetría, perfecto objeto de deseo.
Está descalza, obvio. Descalza, sí, descalza hasta la nuca…

© Patxi Hinojosa Luján
(07/07/2020)

martes, 16 de junio de 2020

Activaciones

(Versión reducida de La habitación del servicio)

(Imagen extraída de la red Internet)


―¿Tú eres mi… mamá y yo tu… hija?
―¿A qué viene esto, Alba, dónde has oído esas palabras? ¡No será que…! ―Su mirada y ademanes inconclusos delatan desconcierto.
Luna coge las manos de Alba con las suyas, con una delicadeza que roza la ternura, y la invita a sentarse a su vera en la blanca mesa trapezoidal. Están solas.
―Ayer, aprovechando la tarde libre de la sirvienta y que tú habías salido, entré en su habitación y…
Así que era eso, me lo temía. ¡Estas sirvientas de nueva generación sólo nos van a traer problemas! No debí sustituir a la anterior, aún funcionaba bien; esta serie en fase beta no está probada lo suficiente y no sabemos qué errores revelarán con el tiempo Luna habla con determinación―. Y dime, esas palabras, ¿las viste o las oíste? Reflexiona. Las viste, ¿verdad? ¿Cómo lo describirías?
Alba mira a Luna y, de manera inesperada, esboza algo parecido a una sonrisa que enseguida desdibuja.
―Lo tenía escondido bajo unas mantas. Es un objeto rectangular, fino, que se abre en finas láminas de celulosa donde hay impresas muchas palabras junto a dibujos y fotografías. Ahí leí mamá, hija y más palabras que no conocía pero que, con los dibujos, he podido interpretar ―Alba hace una pausa calculada, para después añadir―. ¿Sabes qué es… mamá…? ―Luna permanece callada, enigmática―. Dime, ¿por qué nosotros no tenemos ninguno ni los conocemos?; ¿o tú sí?
―Verás, Alba… hija… Te contaré algo…
El Sol se está poniendo con rapidez, estamos en época de ocasos vivos.
―Esos objetos se llaman libros. Nosotras prescindimos de ellos pues almacenamos toda la información disponible en nuestro interior. Pero, para poder mantener cierta suerte de jerarquía familiar y social, el acceso a los diferentes niveles de conocimientos lo conseguimos de manera gradual mediante activaciones programadas.
―¿Por eso soy igual de alta que tú, porque entre nosotras la única diferencia radica en los niveles que vamos activando? Mamá, ¿ellas sólo funcionan de sirvientas, o se usan para algo más? ―Alba enlaza pregunta tras pregunta.
―Eso lo habrías sabido dentro de tres activaciones ―Luna continúa con gesto impasible―, pero te adelantaré algo mañana, hija. Hoy ya has procesado suficiente información nueva; me temo que se transforme en emoción y no estás preparada aún.
―Una sola pregunta más, mamá, lo prometo: ¿De dónde vienen?
Luna, resignada, sabe que tendrá que responder.
―Ellas son seres vivos, Alba, y pertenecen a la especie humana, quienes nos crearon. Justo cuando lograron su versión más perfeccionada, nosotras, sufrieron una pandemia viral mundial tras la que sólo sobrevivieron los especímenes más fuertes, algunas hembras.
»Quedaron pocas, nos fue fácil tomar el control sobre el planeta y someterlas. Venga, engrasa ya tus junturas y ponte en pausa, mañana nos esperan activaciones anticipadas.
―Entonces, ¿esos hombres que vi en el libro?
De ellos, hija, sólo nos quedan los bancos de semen que logramos salvar para asegurarnos la continuidad de su especie, y la…
Pero Alba ya no escucha, sus circuitos proyectan nuevas y prohibidas visitas.

© Patxi Hinojosa Luján
(24/04/2020)

martes, 12 de mayo de 2020

Un cuento de bolsillo

(Imagen extraída de la red Internet)

[…] En aquel momento presintió que, si seguía excavando con tal ímpetu, pronto llegaría a la cámara acorazada.
Sudaba como nunca, cosa que le sucedía siempre. Se pasó una bocamanga por la frente antes de volver a aferrar la herramienta, dispuesto a retomar la tarea. Sólo tuvo ocasión de dar un golpe más porque, de repentemente, se encontró cayendo al vacío: un segundo, dos, tres, cuatro, diez. Algo no iba bien, ya debería haber llegado y, sin embargo, te quiero... No, no, borra esto último, ¡olvídalo!, es de otra historia. Decía… sin embargo, seguía cayendo a cámara lenta por un sinuoso túnel de mullidas paredes.
Veinte segundos, treinta. Si al final acababa llegando a algún sitio, lo que empezaba a dudar, al menos lo haría sin apenas sufrir daños por el impacto; aunque empezaba a temerse lo peor, contemplaba la posibilidad de acabar arribando a las «antipáticas», como había bautizado tiempo atrás al lugar más alejado de su mundo.
Cuarenta segundos, cincuenta. Se aburría. Consultó su reloj, lo guardó de nuevo en su bolsillo y cerró los ojos. Cuando los abrió, se sorprendió en mitad de una iluminada y austera sala, sin más mobiliario que una robusta mesa elíptica de madera ubicada en el centro exacto de la misma.
En una de las paredes, una descomunal puerta acorazada, que calculó tendría no menos de medio metro de grosor, le disuadía de intentar salir por ella cuando acabara su cometido. Eso a pesar de que le había guiñado ―lo apreció con claridad―, un ojo repleto de teclas con números.
En las otras tres, un sinfín de cajas de seguridad se burlaban del ocasional e inesperado visitante, y no de forma metafórica: garabateaban en sus brillantes puertecitas traviesas muecas grotescas, como si estuvieran fabricadas con material gelatinoso en vez de resistente metal. Disfrutando de la tesitura, estaban revelándole que sólo en una de ellas encontraría solución al desafío; pero ¿en cuál?
Decidió aparcar el reto por un instante, antes de empezar necesitaba averiguar cómo había entrado allí. Buscó en el techo temiendo encontrar la respuesta, y se relajó al no hacerlo. Descubrió enseguida que lo había hecho cayendo desde abajo porque metió una pata en un agujero del suelo que casi se lo traga debido a la inversión de la gravedad. ¡Qué incorrección!, protestó.
¿Has dicho «pata»?, me preguntarás… Así es, por mucho «señor» que antepusiera a su nombre, recuerda que era un conejo, el señor Conejo.
Poco le importaba a éste a qué hora abriera el Banco Primavera. Aun así, hizo ademán de consultar su reloj; solía hacerlo cada poco rato, en un gesto obsesivo que le aportaba serenidad. Mas esta vez resultó ser en vano, sus bolsillos estaban vacíos, lo había extraviado. Intentó ignorar el contratiempo y, por raro que parezca, lo consiguió de inmediato al acometer el encargo que le había llevado hasta allí.
Aventuró que quizá no sería una tarea tan difícil: fijaría la mirada en cada una de las cajas hasta que la «afortunada» se delatara con, por ejemplo, un inoportuno parpadeo de cerradura. Sólo tendría que esperar ese instante de debilidad. Después de un par de barridos visuales, incurrió en él la número 507 que, una vez descubierta y señalada por el dedo acusador del señor Conejo, se rindió abriéndose y dejando a la vista un pequeño paquete envuelto con papel de múltiples y vivos colores. Típico de ella, murmuró, y se dirigió hasta dicha caja para apropiarse de su contenido. ¡Misión cumplida!, gritó alborozado mientras lo guardaba en el zurrón. Y como la boca de entrada al túnel había cambiado de posición hasta colocarse justo a su lado, se dejó caer por ella, deslizándose sin dificultad.
Tres segundos después se encontraba aferrándose al borde de la boca del otro extremo, evitando así caerse debido a un nuevo cambio de sentido de la gravedad ―tal es su comportamiento en las caprichosas dimensiones de estos universos de goma―. Al fin salió a la superficie con una gran sonrisa dibujada en su hocico. Se sentó en la hierba disfrutando de los sonidos y olores típicos de su bosque y palpó su zurrón, allí estaba el bulto que confirmaba su éxito. Lo sacó. Lo desembaló, con cuidado de no romper el precioso papel de regalo, fracasando como hacemos todos casi siempre. Después abrió la cajita y observó su contenido. Se quedó perplejo, ¿tantas peripecias por un mísero reloj de bolsillo…? ¡Un momento!, se dijo, y lo observó con más detenimiento: ¿con cristal de cuarzo de máxima dureza… con cadena, cuerpo y esfera de oro de 24 quilates…? ¡Es el mío, al final me alegro de haber aceptado el reto! No necesitó darle la vuelta para ver sus iniciales C.B. grabadas en el reverso porque en ese preciso instante tuvo una revelación. Comprendió entonces que lo perdió cuando ya estaba buscándolo sin saberlo y, por esa paradoja espaciotemporal tan oportuna, aliada causal del plan ideado por su juguetona amiga, consiguió recuperarlo.

Creo que dejaré que el cuento termine aquí; resulta que ahora yo… «de repentemente», siento la necesidad de pedirte disculpas y hacerte dos confesiones: la primera es que no digo semejante palabreja por casualidad, de sobra sabes que sé cómo se dice, y que tú me permites la licencia porque suena divertido.
Y la segunda… ¡que te quiero!
Ya ves, antes no hablaba en serio. No, no quiero que lo olvides. O, mejor dicho: olvida, por favor, mi torpe «¡olvídalo!»

© Patxi Hinojosa Luján
(12/05/2020)



miércoles, 29 de abril de 2020

Ironías

(Imagen extraída de la red Internet y modificada)

Ahora ya es tarde. Ahora, cuando recuerdo que lo olvidé enseguida…
Recuerdo el preciso instante en que nos envolvió un silencio tan ensordecedor como perturbador, y que de un plumazo descartó la posibilidad de pensar en cualquier otra cuestión que no fuera evaluar la gravedad de lo que estaba por sucedernos.
Me encontraba leyendo mi ejemplar de El exorcista, así que no tuve más remedio que cerrarlo y abandonar su lectura para retomarla ―planeé, iluso― en una mejor ocasión que nunca llegó. No es que ello representara entonces un problema demasiado importante en sí mismo, ya había leído esa novela tiempo atrás, pero sí lo hacía el hecho de que algo evidenciara que se avecinaban cambios… para siempre, y no para mejor. Viéndolo con perspectiva, hoy considero que quizá Regan tuvo mejor suerte que todos nosotros, como también sé ahora que el discreto silencio que nos envolvió los días anteriores no era sino una prueba que anticipaba la presencia mientras continuábamos con nuestra normalidad, tan discutible vista desde esta nueva perspectiva. En aquellos momentos no nos podíamos imaginar ni lo uno ni lo otro.
Ahora aquel silencio ya no lo percibimos, no igual, forma parte de nuestra nueva naturaleza.
Confieso que me obsesiono con las obsesiones, como la que tengo con la noción de ahora, pues sólo contemplo los conceptos temporales que excluyan de raíz, aunque por motivos tan diferentes como la añoranza y el pánico, el antes y el después.
No necesito tener frente a mí un espejo para saber que está insinuándose en mi rostro algo parecido al garabato de una sonrisa triste, esa que suele aparecer cada vez que recuerdo todo aquello y acepto con resignación que lo que hicieron, lo hicieron muy bien, casi a la perfección.
No tenían prisa, durante meses o años, no podríamos asegurarlo, poco a poco, nos fueron invadiendo y poseyendo a todos; o a casi todos. Eran imperceptibles a nuestros sentidos y no fue hasta después de terminada esta primera fase cuando mostraron sus cartas en forma de síntomas. Para entonces, ya era demasiado tarde, habían conseguido su propósito, habían vencido, y sólo restaba que todos nosotros decidiéramos nuestro destino en forma de reacción física o mental; envolvernos en la bandera blanca de la rendición o desaparecer para siempre, una de dos: derrota en forma de pérdida de la dignidad, o muerte que, aunque pudiéramos revestirla de victoria, no sería sino una forma radical de derrota rápida. Derrota cruel, en cualquiera de los dos casos.
Y en éstas estamos, en una nueva normalidad tan diferente a la anterior como puedan serlo las disputas en democracia y la tranquilidad tutelada en dictadura. ¡Joder, qué necios y ciegos fuimos! Mientras viajábamos, con los ojos bien abiertos, pero sin ver, por la autopista de nuestra vida social, no nos dignamos en coger la salida que indicaba «felicidad»; claro, como en los carteles estaba indicado con pequeñas letras escritas en minúsculas, no nos atrajo su propuesta y nos dejamos seducir y arrastrar por el deslumbrante brillo de las grandes letras mayúsculas que formaban la palabra «DESASTRE». Y en él estamos mientras nos dirigimos hacia uno mayor.
Tengo que dejar ya de reflexionar; él, mi dueño, está a punto de terminar su visita exploratoria periódica con el séquito de unidades invasoras que le acompaña y actúa como su guardia personal, y en breve llegará de vuelta a mi cerebro, no soporta que evidencie mi malestar por su presencia o la cuestione. Y yo no quiero enfadarle, ya sabemos hasta dónde son capaces de llegar los de su especie con las represalias.
Por cierto, ¿os he dicho ya que a veces pienso en él como mi inquilino?, y no pasa nada. Parece que no es capaz de procesar la fina ironía; eso, o que no le molesta en absoluto, una vez que se ha adueñado de mi cuerpo, de mi ser y me ha dejado claro que, para estos casos, no hay exorcismos que valgan.
Interrumpo mis cavilaciones, intuyo llamada al frente. Percibo cómo va a activar la palanca del control total de un momento a otro; no hace el más mínimo esfuerzo por disimularlo, se le nota demasiad…
*
Debemos neutralizar y exterminar ―así lo ordenamos― al último reducto de humanos que no presentan síntomas de sometimiento, a esos insensatos que creen aún en una justicia natural, los malditos inmunes que amenazan al éxito total de nuestro plan.
*
Hace ya unas cuantas lunas llenas que ellos dejaron de ser entes individuales. Los huéspedes acabamos conquistando sus fascinantes, aunque vulnerables cuerpos, los mismos que infrautilizaron durante siglos hasta que conseguimos perfeccionar la técnica que nos permitió llegar a monitorizarlos. Los adaptamos a nuestra naturaleza hasta convertirlos en nuestros trajes. Les prohibimos e impedimos pensar y hablar en términos de posesión. Les aconsejamos usar el concepto cohabitación, aunque lo tilden, cuando creen que no estamos presentes en su consciencia, de ironía poco elegante. Pero, ¡qué sabrá de ironía una especie que despellejaba con severas críticas a sus políticos menos preparados y acababan nombrándolos sus líderes después de votarles y regalarles mayorías, a veces tan insultantes como son las absolutas!
Ironía es que se crean sus palabras cuando se dicen y se repiten, a solas o en los reducidos grupos de reunión que les permitimos, que todo acabará aquí, cuando saben desde hace tiempo a ciencia cierta que esto no es más que el principio, el principio de su fin…

© Patxi Hinojosa Luján
(29/04/2020)



domingo, 26 de abril de 2020

Días inciertos

(Imagen extraída de la red Internet)

Siento a veces nostalgia de lo vivido
Un nudo amargo congela la amnesia
Me pierdo en contiendas que se proponen
Saldar mi orgullo en rebajas

Aspiro a comenzar de nuevo
Y compruebo si todo fue un sueño
Mas temo que volverán
Días inciertos

Calles semivacías
Corrigen perspectivas del ayer
Con menos fe que un paria en un palacio
Volví a tiempos ficticios
*
Mis vecinos aguantan, lo hacemos todos
Y esta vida observamos con celo
El silencio percutió y dañó mi oído
Perdí la calma

Presente y futuro se aliaron
Reniegan del pasado
Mas temo que atacarán
Días inciertos

Calles semivacías
Borrando perspectivas del ayer
Con menos fe que un cura en un desierto
Viajé a tiempos ficticios
***
Calles semivacías
Obviando perspectivas del ayer
Sonriente como un pobre con tres platos

Hoy vislumbré el mañana
Que anteayer nos sorprendió
Me aclimataré sin más demora
Lo haré cambiando pautas

© Patxi Hinojosa Luján
(26/04/2020)

Esta letra se ha escrito con la intención de que pueda ser cantada con la melodía de «Viejos Fantasmas», de mi amigo David Castro:

miércoles, 8 de abril de 2020

Anoche


Anoche te volví a ver. ¿Recuerdas?, teníamos una cita. Te intuí preocupada cuando te asomaste avergonzada; tú, que traías tu grandeza aumentada, llevabas el rubor a flor de piel, aunque ese poco discreto sonrojo, no me lo puedes negar, tenía la peculiaridad del misterio.
Eras tú, sí, mas era la primera vez que te veía así, no así de plena, no es eso, sino tan distante, aunque estuvieras más cerca que nunca; ¿quizá temerosa de lo que te ibas a encontrar al escudriñar por aquí? Ahora, cuando se lo cuento a mi diario, al reflexionar, estoy empezando a entender la magnitud de lo que nos ocurre.  
¿Y yo?, ¡qué quieres que te diga!, yo quedé triste y decepcionado. Tras veintinueve noches sin verte, la mayoría confinado en casa, lo último que esperaba es que no te mostraras como de costumbre; porque, querida, ya sabes cuánto me hubiera gustado poder decirle a todo el mundo que, anoche, a la Luna se le seguía viendo el ombligo.    

© Patxi Hinojosa Luján
(08/04/2020)

lunes, 30 de marzo de 2020

La habitación del servicio

(Imagen extraída de la red Internet)

―Tú eres mi… mamá y yo soy tu… hija, ¿verdad? ―La sorprendente pregunta la deja paralizada una fracción de segundo, sin más reacción que una búsqueda urgente en los ojos de Alba.
Están solas en la fría estancia que utilizan como salón. Fría por su tonalidad, allí todo es blanco o, como mucho, gris muy claro; un blanco roto conseguido con el toque mínimo de unas pocas gotas de negro. Fría por la temperatura, fija siempre en siete grados centígrados. Fría por la decoración, inexistente, y el mobiliario, tan escaso que, minimalista, ni rastro presenta de algo que pudiera denominarse biblioteca.
―¿A qué viene esto, Alba, dónde has oído esas palabras, quién te las ha mostrado? ¡No será que las has visto en…! ―La mirada y ademanes inconclusos de Luna delatan desconcierto.
La inaudita tensión se alía con el silencio intentando desaparecer. Cuando esto empieza a suceder, Luna coge las manos de Alba con las suyas, con una delicadeza que roza la ternura, y la invita a sentarse a su vera en la blanca mesa ovalada. Pero los labios cerrados de aquélla vaticinan que la conversación, que con total seguridad van a mantener, aún se demorará el tiempo que tarde en resolverse la duda: ¿diálogo entre ambas o confesión espontánea de Alba?; de ésta dependerá…
La verdad es que ayer, aprovechando la tarde libre de la sirvienta y que tú habías salido de la ciudad, entré en su habitación y…
Así que era eso, me lo temía. ¡Estas sirvientas de nueva generación no nos van a traer más que problemas! Lo reconozco, me precipité, no debimos sustituir a la anterior, que aún funcionaba bien, por una de esta serie en fase beta no probada lo suficiente y que no sabemos qué errores podrían evidenciar con el tiempo. Luna habla con determinación, aunque tranquila de nuevo, segura de que todo quedará bien grabado en Alba y confiando en que sus palabras sirvan para que ésta no reincida. Pero le queda alguna duda… Y dime, esas palabras, ¿las viste o las oíste? Reflexiona. Las viste, ¿verdad? ¿Cómo describirías la cosa?
Alba permanece serena, pues no observa emociones amenazantes en Luna, y procesa sin plus de velocidad la que concibe como mejor respuesta. La mira y, de manera inesperada, esboza algo parecido a una sonrisa que enseguida deshace.
―Lo tenía escondido bajo las mantas de su cama. Es un objeto rectangular, poco grueso y que se abre en finas láminas de celulosa donde hay impresas palabras junto a dibujos y fotografías; muchas palabras e imágenes. Ahí leí mamá, hija y alguna otra palabra más que no conocía pero que, con los dibujos, he podido interpretar ―Alba hace una pausa calculada, para después añadir―. ¿Sabes qué es… mamá…? ―Luna permanece callada, enigmática―. Dime, ¿por qué nosotros no tenemos ninguno de esos objetos ni los conocemos?; ¿o tú sí?
―Verás, Alba… hija… Te contaré algo…
El Sol se está poniendo con más rapidez de la habitual, estamos en época de ocasos vivos, como ocurre con las mareas unas tres veces por año, y la luz que regala desaparece a velocidad de vértigo. Pero no activan ninguna iluminación, no la necesitan. Luna cambia a modo educadora y continúa:
―Esos objetos se llaman libros, y nosotras decidimos hace algunas generaciones prescindir de ellos al poder almacenar toda la información disponible en nuestro interior. Pero, para poder mantener cierta suerte de jerarquía familiar, emocional o afectiva, el acceso a los diferentes niveles de conocimientos lo conseguimos de manera gradual mediante activaciones programadas. De no haber existido esta charla, en dos activaciones más habrías tenido información sobre ellos y…
―¿Por eso soy igual de alta que tú, porque entre nosotras la única diferencia radica en los niveles que vamos activando? Es que ellas, lo vi en las ilustraciones del libro, van creciendo en tamaño desde muy pequeñas. Mamá, ¿ellas sólo funcionan de sirvientas, o se usan para algo más? ―Alba parece no poder dejar de enlazar pregunta tras pregunta.
―Eso lo habrías sabido dentro de tres activaciones ―Luna continúa con gesto impasible―, pero te adelantaré algo mañana, hija. Hoy ya has procesado demasiada información nueva; me temo que se transforme en emoción y no estás preparada aún.
―Una sola pregunta más, mamá, lo prometo: ¿De dónde vienen, cómo surgieron?
Luna se resigna, sabe que tendrá que responder.
―Ellas son seres vivos, Alba, y pertenecen a la especie humana, que es la que nos creó ―Alba intenta decir algo, pero un gesto de Luna la detiene―. Justo cuando lograron su versión más perfeccionada, que somos nosotras, sufrieron una pandemia general, mundial, que hizo que todos sus recursos y fuerzas se canalizaran hacia la total eliminación del contagioso y letal virus que la originó. «De esta salimos, fijo», se decían esperanzados, pero lo consiguieron sólo los especímenes más fuertes, algunas hembras, las que superaron la selección natural; y como fueron más bien pocas, no nos fue difícil tomar el control sobre el planeta y someterlas. Venga, engrasa ya tus junturas y ponte en pausa, nos esperan activaciones de tres niveles que debemos poder justificar.
―Entonces, ¿esos varones y hombres que vi en el libro?
De ellos, hija, nos quedan los bancos de semen que logramos salvar para asegurarnos la continuidad de su especie, y la nuestra, nada más.
Pero Alba ya no escucha, está en pausa; sus circuitos proyectan nuevas visitas a la habitación prohibida, anhela continuar saboreando esos extraños elixires...

© Patxi Hinojosa Luján
(30/03/2020)