domingo, 22 de septiembre de 2019

Hermosa palabra


Sé que a muchos os extrañará, pero hoy quiero compartir con vosotros que, además de mis queridas tres hermanas, tengo dos hermanos. Sí, tal y como lo leéis, en plural y en masculino, ese género que tantas veces nos cuesta a algunos reconocer como propio por todo lo que ya sabéis y que no viene al caso para el relato, este conjunto de palabras juntadas para la ocasión en un ejercicio de improvisación emotiva. Y los tengo porque, hace más espinas clavadas de las que puedo recordar, y de manera unilateral, ellos empezaron a llamarme Hermano, hermosa palabra donde las haya. Y lo hacen así, con esa magnífica «H» mayúscula y sin el titubeo que podría generarles el hecho de que no compartamos la misma sangre, porque ni esta ni la Amistad, la verdadera, entienden de vínculos si no son afectivos, y de afecto los nuestros andan sobrados. Debo confesar aquí y ahora cuán honrado me siento por tal privilegio y que lo seguiré estando hasta el final. Los dos lo saben incluso hoy, a pesar de ayer. Y cada uno tiene todo ello bien presente; no así la existencia del otro.    
A uno de ellos, el menor, lo tengo tan cerca que nos vemos poco, muy poco para lo que sería de desear. Una paradoja más de las que aliñan nuestras existencias. Aunque, por el contrario, nos sentimos mucho, a menudo, siempre. Y a veces nos escribimos. Y en ocasiones nos enviamos sin saberlo mensajes en clave que sólo nosotros dos podremos llegar a descifrar algún día, si es que alguien decide algún día que ese día tiene que llegar. Y mientras reflexiono, «¡son tantos los días que interactúan con nosotros desde el pasado y desde el futuro, cuando lo tendrían que estar haciendo desde el presente!», ya estoy pensando en otras cosas, ensayando vivirlas.
Mas hoy quisiera detenerme en el mayor de los dos, el que hasta ayer me seguía a dos días de prudente distancia vigilando de cerca mi rumbo. Porque ayer tarde, demasiado pronto para cualquier lógica, tomó una curva cerrada que no aparecía en el Maps de marras y consiguió ―¡dita sea!― despistarnos para irse en busca de algo de bienestar y de ese descanso que llaman eterno aunque yo no sé si creérmelo; me quedo con la certeza de que bien ganado se lo tenía después de tanto sufrimiento.
Ahora no puedo por menos que recordar la última vez que oí la hermosa palabra salir de su boca, con gran esfuerzo por su parte: fue hace once días y quizá, sólo quizá, ambos presentíamos que aquella podía estar siendo la despedida final, por lo que en un acuerdo tácito la aceleramos maquillándola de «hasta pronto»; él por esperanza, tan justa como humana, yo por cobardía. Recuerdo que los dos le añadimos tanto ánimo que las lágrimas, las mías al menos, tuvieron que esperar, pacientes, a momentos de intimidad para conseguir liberarse.
Y es sobre todo en esos momentos de intimidad cuando estos días me asaltan los recuerdos. En muchos de ellos estamos los dos disfrazados contra nuestra voluntad, felices de habernos hermanado. La sonrisa siempre de oreja a oreja para despistar y contrariar a los que se autoerigían como nuestros mandos, ¡a la orden!, ¡sí, señor!
―Y en uno de tantos de esos recuerdos, repetido sin rubor, aparecemos tú y yo metiendo por enésima vez en la máquina de discos una moneda que, junto a otras que seguirán su mismo camino, evitará sin saberlo que, al término de una nueva tarde, acabemos emborrachándonos. Y ahí nos veo, a ti y a mí, oyendo una vez más cómo los Status Quo vuelven a equivocarse en el estribillo de su canción más famosa; qué chicos, nunca recordaban, ni siquiera lo hacen hoy en día, el verso correcto, el que sí gritábamos nosotros dos a grito pelado. ¿Te acuerdas, Eduardo?
―…
―Te prometo que intentaré que llegue nuestro grito de libertad, camuflado de fiesta, eso sí, hasta la inimaginable dimensión en la que ya deberías estar descansando.
―…
―«Queremos champán, queremos champán…». ¿Me recibes, Hermano?


© Patxi Hinojosa Luján
(22/09/2019)

lunes, 5 de agosto de 2019

Esquirlas de vida


Antes de abrir la puerta que comunica el salón con la terraza, me aseguro siempre de cerrar la del balcón de la cocina; por las corrientes, ¿sabe usted? Es que están orientadas a calles distintas, y ambas son acristaladas.
»Mi modesta pensión de jubilado no da para extras como cristaleros; si apenas soporta los gastos de mi comida y la de los gatos que me acogieron en la que yo consideraba hasta entonces mi casa, y donde se pasan buena parte del día maullando que abra puertas a su paso…
»¡Ay!
»Pero esta vez me olvidé por completo. La memoria de uno ya no es la que era. ¿Puede que tenga algo que ver con ese principio de nosequé del que cuchicheaban esos jóvenes enfermeros el otro día?
―…
―No se disguste con ellos, doctora, ¡ayayay!, intentaron que yo no los oyera, pero resulta que a mi edad tengo el oído de un mozalbete, ¿puede creerlo?
―Seguro que hablaban de otro paciente ―con su bata blanca a medio abrochar, carraspea para aclararse la voz en un vano intento de resultar creíble, pero casi se atraganta con el nudo de una emoción para la que no encuentra acomodo―. Ahora no te muevas, papá, estoy con la última esquirla de cristal, casi no te quedará marca.

«Está decidido, reflexiona quitándose los guantes, te mudas a nuestra casa.»

Ya en el rellano, cruzan sus miradas vidriosas entre maullidos de impaciencia; y entretanto, unas lágrimas escapan surfeando arrugas para caer en el olvido justo antes de abrir la puerta.

© Patxi Hinojosa Luján
(06/08/2019)

viernes, 2 de agosto de 2019

De engaños y deseos


Antes de abrir la puerta garabateé cuatro palabras tan atormentadas como desordenadas y dejé la nota bajo el imán de tu desdén. Tenía la seguridad de que allí la encontrarías.
  
[…] Los goznes chirriaron, sorprendidos, evidenciando un desuso crónico, cuando traspasé el umbral prohibido sin rastro alguno de arrepentimiento […]

Caíste en la trampa, cariño; creíste vengarte cruzando la imaginaria puerta tú también, siendo tú también infiel. Porque, como supuse, ni por un instante se te ocurrió confirmar una realidad en la que jamás habrían tenido sentido esos dos «también».
Y yo tarde supe que estabas deseando este nuevo escenario desde que, bien al principio, deseaste dejar de desearme.

© Patxi Hinojosa Luján
(02/08/2019)

martes, 9 de julio de 2019

Ansiedad


Antes de abrir la puerta cierra los ojos; es poco más que un pestañeo. Busca alejar su ansiedad para evitar enfrentarse a una nueva versión de la misma.
Ya había estado dentro antes. De aquí se sale ―intenta calmarse―, aunque no consigue olvidar los malos tragos pasados allí, y lo hace tragando saliva, como si quisiera adelantar trabajo y allanar el tortuoso camino.  
Recuerda los instantes previos, cuando notó cómo esa sensación gélida salía huyendo por debajo de la puerta y se enroscaba alrededor de sus temblorosas piernas bajo las perneras de sus pantalones.
Acaban de llamarle, ahora debe entrar. Cierra la puerta tras de sí dejándose fuera su escasa seguridad.

―Buenas tardes ―saluda su nerviosismo, pues son las diez de la mañana―. Perdone mi atrevimiento, pero, ¿podrían «bajar» un poco el aire acondicionado, por favor?

La mujer hace un gesto casi imperceptible a su ayudante, que se apresura a subir dos grados el termostato, y otro a él que, obediente, se sienta.

Se la ha imaginado tantas veces cogiendo algo de una bandeja, girándose hacia él, dirigiendo el foco de luz hacia su cara, empapada de sudor gélido…

Intenta no apartar la vista de la puerta, en este momento la puerta más inaccesible del mundo a sus ojos; ansía poder atravesarla de nuevo, mas esta vez en sentido contrario, aunque aún falte lo peor.

…, mientras presiona con suavidad el émbolo de una jeringuilla apuntando a un costado para expulsar el poco aire que pudiera contener.

―Y ahora, procure tranquilizarse. ¿Qué muela me dijo…?

© Patxi Hinojosa Luján
(09/07/2019)

viernes, 28 de junio de 2019

Principiante

(Imagen extraída de la red Internet)

Las aguas hacen honor al nombre de su océano con una calma que sobrecoge, de tal modo que parece que la embarcación patinara sobre un gigantesco espejo horizontal donde se reflejan los más bellos tonos plateados, esmeraldas y turquesas, según qué pasatiempo utilicen las nubes para distraer al Sol en cada ocasión. Consecuencia: por momentos me engaño al imaginar que estoy navegando por placer; aunque mi sensatez, con un quiebro certero, me recuerda que no es así.
En verdad, esta placidez me desconcierta, sospecho que en cualquier instante pueda saltar la sorpresa en forma de algún otro nuevo y notable susto... Dos puntos. Imploro al Cielo para que lo impida, pues le temo al mar embravecido casi tanto como a una posible nueva versión de mí mismo.
***
Acabamos de llegar a destino, la pantalla no miente, y el hormigueo en el estómago, compañero durante la travesía completa, amenaza ahora con desquiciar mi sistema nervioso. Para tranquilizarme, rememoro el viaje reconociendo que ha habido suerte, que no puedo quejarme del trayecto. Además, las modernas técnicas de navegación facilitan el trabajo de manera considerable incluso a marinos tan inexpertos como yo. Y aquí estoy, en este pequeño barco, a más de 1700 km al este de Nueva Zelanda, rodeado de agua hasta donde me alcanza la vista en cada uno de los 360 grados que recorro no sin cierta inquietud. Así, permaneceré anclado en pleno Pacífico Sur los próximos siete días, al final de los cuales se cumple el plazo que me he dado antes de dar por finiquitado mi retiro voluntario.
***
En estos tiempos todo está en la red de redes, y al menor indicio de duda o problema acudimos a ella en busca de consejo o solución. Presuroso, eso hice después del incidente, pues antes yo no creía… Dos puntos. Y a la única solución con algo de lógica me aferré tras descartar las demás por descabelladas. Va a ser una semana larga, lo sé, pero el esfuerzo habrá merecido la pena si cuando termine resulta que es verdad, que mi «contratiempo» se resuelve tal y como prometían.
¿Que si tengo fe en que funcione…?, no sabría qué responder; al menos, de momento, parece que el asunto no va a más, y ello me procura un atisbo de optimismo.
Pero contaba con que las horas no transcurrirían a la misma velocidad con que se agotan las provisiones, unas provisiones que traje por partida doble, y por desgracia no me equivoqué. Deberé tener cuidado si no quiero desfallecer antes de que pase lo que sea que tenga que pasar.

*****

He rebasado el ecuador de mi tiempo de aislamiento y algunas cosas han cambiado. Las aguas han olvidado su quietud y amenazan con no respetar a nada ni a nadie. Se avecina tormenta ―pienso en voz tan alta que incluso creo percibir asentimiento en el graznido del albatros que nos sobrevuela huyendo hacia el sur―; y llega.
En su tiranía, las aguas obligan a su convidado a una danza violenta que provoca que emerjan desde la bodega crujidos de madera junto con otros lamentos sordos. Aunque no me transmite menos intranquilidad sentir cómo aumenta por momentos esa presión en mis encías que creía dormida. El escaso optimismo que mantenía se va desmadejando poco a poco sin remedio y la fisura que amenazaba con rasgar el casco cambia de objetivo y acaba haciéndolo en mi esperanza; intuyo con terror que he dejado atrás mi particular «punto de no retorno».
***
En este trance todos mis pensamientos giran alrededor de aquel maldito suceso, también esta obsesión por vestir con cuello alto que comenzó al poco de mi primera visita al castillo, cuando fui incapaz de recuperar los recuerdos de una buena parte de la misma y me descubrí los… Dos puntos. También esta dichosa tensión en los cuatro caninos.
Espero que la sangre no llegue al río, pienso, y rompo en carcajadas nerviosas al percatarme de la magnitud de mi pensamiento, con su doble sentido, con su sinsentido...

*****

Ahora que el escenario es inexorable, asumo que, al igual que en los que traje conmigo, pronto tampoco contemplaré mi reflejo en el espejo gigante que ha vuelto a aparecer debajo del casco. Ha amainado el temporal. A pesar de ello, sigo oyendo ruidos provenientes de la bodega, y a cada instante que pasa su frecuencia e intensidad aumentan. No son sino la confirmación de que se habrá pasado, antes del tiempo que preví, el efecto de la droga que le suministré a mi «plan B», al desdichado que ya estará digiriendo, supongo, el destino que le espera, el de los... Dos puntos. Escapa a la razón, lo sé, pero alguien tiró una moneda al aire y salió cruz, cruz para los dos…
La Luna Llena luce magnífica esta noche; es parte del encanto de este entorno, y lo disfruto a sabiendas de cuál es mi destino; a pesar de saber lo cruel que llegará a ser.
Sí, mi destino dictó su sentencia coincidiendo con mi segunda e indagadora visita: es ya muy tarde para él, nunca debió merodear solo por los alrededores del Castillo de Bran, una fortaleza que por requerimiento del dichoso consejo ―para contrarrestar el mal, y anularlo, huir de inmediato lo más lejos posible, acuciaba mi «plan A»―, se encuentra justo en las antípodas de este lugar donde en breve, tan excitado como cualquier principiante, tatuaré con su sangre mis primeros… dos puntos.

© Patxi Hinojosa Luján
(28/06/2019)

jueves, 13 de junio de 2019

La mejor


En "Esta Noche Te Cuento" (ENTC) buscaban relatos con menos de 200 palabras inspirados en esta magnífica foto de Annie Leibovitz, que capta una mueca exagerada de Cate Blanchett. Un servidor colaboró con el siguiente texto:

La mejor

Siempre fuiste como una madre para mí, lo sabes bien. Me protegiste, me cuidaste, me guiaste, me allanaste el camino. Tú, siempre tan recta, tan formal, tan perfecta… Mas he de confesarte que si por ello alguna vez pudiera haber tenido la tentación de querer parecerme a ti, ese deseo hubiera desaparecido hoy de un plumazo.
Verás, podía pasarte que fueras tan maravillosa porque lo eras sin intentar sustituir a mamá en mi corazón, y eso me mantenía serena; pero lo de esta tarde…
No contabas con que estuviera en casa, claro; aceptarás que la profesora del taller de teatro tenga derecho a enfermar... Te decía que he vuelto a casa antes de que tú llegaras del trabajo. Me ha extrañado que no hicieras ruido alguno y he salido de mi habitación a ver: ensayabas frente al espejo y he comprobado con horror que lo has conseguido, que has superado a nuestra madre en esa mueca de burla que sacaba a pasear frente a mis debilidades; sí, esa que tanto me enfadaba y que yo nunca fui capaz ni de garabatear. A ti, hermanita, hoy te ha salido perfecta.
También en esto tenías que ser la mejor, ¿verdad?

© Patxi Hinojosa Luján
(22/04/2018)

El cofre del tesoro


En "Esta Noche Te Cuento" (ENTC) buscaban relatos con menos de 200 palabras inspirados en esta foto de René Maltête. Un servidor colaboró con el siguiente texto:

El cofre del tesoro

Te preguntarás qué aire me ha dado para garabatearte estas líneas con mis torpes manos. El suyo no es sino el segundo tipo de torpeza que las ha propiciado, porque te confesaré que ayer me dio por husmear en la cajita nacarada que te regalé en nuestro séptimo aniversario, donde ocultas tus secretos, después de que una vocecita me provocara desde su interior…
Cuando intenté ver lo que contenía, me temblaron las manos más de lo habitual y se me cayeron al suelo varias fotografías. Al recogerlas, me llamó la atención una que no había visto en mi vida, donde sin embargo estaba yo con cuarenta años menos; calculo que sería más o menos de la época en que nos conocimos. En ella destacaba un tapiz, que estaba aireándose en mi balcón, con una imagen incompleta enlazando su contorno con mi perfil al sobresalir yo por encima de él.
Ahora entiendo, por fin, lo de los inusuales nombres que propusiste para que nos identificáramos con ellos desde el principio. Por eso, pirata Jack, cierra ya tu cofre del tesoro y escóndelo para que no vuelva a encontrarlo; después búscame en nuestro mirador, tu sirena estará esperándote de nuevo…

© Patxi Hinojosa Luján
(14/03/2018)

Imaginando


En "Esta Noche Te Cuento" (ENTC) buscaban relatos con menos de 200 palabras inspirados en esta foto de Tom Waterhouse. Un servidor colaboró con el siguiente texto:

Imaginando

Yo ya sé que a quién le debo todo. Esto es algo que tengo bien claro desde que aparezco en cuanto ellos me imaginan; por eso nunca pienso que me puedan abandonar dejándome así, como hoy, en tan incómoda posición.
La mía es una postura imposible que él, en una especie de burla perversa, intenta imitar mientras abandona la escena huyendo bajo un suave sirimiri que tiñe de húmeda tristeza el recuerdo de lo que ya nunca más será; desconoce que, un fotograma después, una pequeña balsa de agua va a hacer que resbale yendo a perder algo más que su digna porte en ella. Pero eso no pertenece a este relato y yo me quedo inmóvil, oscura, sabedora de que ya di mi último paso, a la espera de que el tiempo en su transcurrir se alíe con vientos y desidias, y llegue el día en que ya no quede rastro de mí en la pared y pueda, al fin, olvidarme de esta molesta tortícolis imaginando que algún otro artista me imagine, quién sabe si esta vez en colores, para variar, y que yo no necesite imaginar pedruscos que bien podrían desnucar a alguien tras un resbalón inoportuno...

© Patxi Hinojosa Luján
(23/01/2018)

Alivio


En "Esta Noche Te Cuento" (ENTC) buscaban 100 relatos de 200 palabras inspirados en esta fotografía de Thomas Hoepker. Un servidor colaboró con el siguiente texto:

Alivio

Hoy he vuelto a fracasar, me doy por vencido. Dicen que no se puede ganar siempre; matizaría que hacerlo, aunque fuera una sola vez, no estaría de más.
Estoy cansado, necesito un café cargado antes de regresar a casa solo. La cafetería tiene buena pinta. Entro. Me dirijo a una mesa libre que incluye prensa. Mientras espero al camarero, echo una ojeada al mostrador y en ese instante se me para el corazón. Consigo reiniciarlo tosiendo con violencia y me concentro en la escena. Estás ahí, en esa concurrida barra, con la mirada perdida de costado. Veo tu cara en blanco y negro en contraste con tu figura, enfundada en ese disfraz multicolor. Eres tú, un par de decepciones mayor, y unas lágrimas que creía extinguidas aparecen por mi rostro yendo a mojar el periódico. Lo cojo y me parapeto detrás de él esperanzado; al contemplarte me sumerjo en tu tristeza, que siempre será la mía, porque hacer reír nunca garantizó felicidad, ¿no es cierto?
Entonces suspiro hondo, aliviado al fin, pues tu mirada carece ahora de aquella carga de soberbia con que te dirigiste a nosotros cuando juraste desaparecer para siempre y no seguir jamás mi vocación de payaso.

© Patxi Hinojosa Luján
(10/01/2018)

Gateando


(Imagen extraída de la red Internet)
Este texto supuso mi colaboración con ENTC («Esta noche te cuento») en enero de 2017.

Gateando  

Estos días son más cortos, grises, fríos, húmedos y tristes de lo que mi bienestar demanda. No lo recordaba de otros años, pero es cierto que la gente está más ruidosa que de costumbre. Aunque lo que en verdad me preocupa es que mi inquilino dedica menos tiempo del habitual a prestarme atención; en todo caso, creo que lo mantendré de momento en la nómina de mi universo, supongo que en breve todo volverá a la normalidad y que recuperará el comportamiento que espero de él.
Es ya muy tarde. Hoy volverá, si vuelve, bien entrada la madrugada; menos mal para él que me dejó preparada comida y bebida y mi espacio privado recogido y limpio.
Oigo ruidos en la escalera que me han despertado, se aproximan a la puerta; noto cómo intentan abrirla: es él, seguro.
En efecto, lo es. A la par que la puerta se abre después de varios intentos, su cuerpo se deja caer al suelo, en un intento de amortiguar y minimizar el inevitable golpe. Me ve y pronuncia algo ininteligible para cualquier ser vivo mientras pretende acercárseme.
Es extraño, yo soy el gato pero es él, mi humano, el que está, con torpeza, gateando.

© Patxi Hinojosa Luján
(04/01/2017)

lunes, 27 de mayo de 2019

Por un voto

(Imagen extraída de la red Internet)

Peco de inmodestia, lo sé, al considerar que mi corta carrera profesional dejó una joya arquitectónica: la Torre Helico, con doble espiral de cristal y titanio, por la que me otorgaron varios premios. Pero intentando sosegar mi orgullo, confesaré que a veces, al escribir, confundía la posición de algunas letras, intercambiándolas sin darme cuenta; y con los números también me pasaba algo similar. No soy disléxico, no es eso, lo que ocurre es que siempre he sido muy muy despistado. En la mayoría de las ocasiones la cosa no iba a más: me percataba enseguida del error y lo corregía, punto; en la mayoría…
***
La coalición de partidos que nos gobierna desde hace cinco décadas, justo desde la última vez en que se nos permitió ejercer el derecho al voto, impone un sistema basado en Ciencia y Tecnología a partes iguales, por lo que destina las partidas presupuestarias más altas a apostar por lo que antes se denominaba I+D+i y que enseguida rebautizaron como «BienEstar», aunque se hayan olvidado del nuestro, y de nosotros...
Si cuento esto es porque es de justicia indicar que todo lo que se ha avanzado a nivel tecnológico se ha retrocedido en derechos sociales; y todos los que, como yo, lo hemos manifestado de manera pacífica, hemos acabado igual, secuestrados de por vida entre cuatro paredes tan blancas que acaban por desgastarnos el alma a través de nuestros cada vez más cegados ojos. Pero eso poco les importa, ellos ya saben bien lo que firman en sus edictos-condena cuando nos encierran en sus mal llamados «Talleres de Conducta», eufemismo cruel donde los haya.
Mas la vida suele ofrecer válvulas de escape, fisuras por donde atacar al enemigo de turno, a veces permitiéndonos aprovechar la fuerza de nuestro oponente en su contra como si de un combate virtual de aikido habláramos.
Estábamos en el año 2069 cuando apareció mi fisura particular, y no era cuestión de desaprovecharla. Aquella mañana íbamos en formación hacia el comedor a la hora del desayuno cuando la vi apoyada en una pared del pasillo: imponente, brillante, tan vanidosa con sus leds encendidos; seguro que funciona, pensé. Y pensé más, tanto que me olvidé de comer aquel día con lo que supuse que mi historial sumaría una nueva amonestación.
Aquella noche apenas dormí, dándole vueltas al asunto, trazando un arriesgado plan, garabateándolo en mi cabeza con insistencia; la única forma, por otra parte, de poder hacerlo al carecer de cualquier atisbo de utensilio de escritura.
Amaneció, y yo lo hice con el día, tan empapado de esperanza como de sudor. En la fila que nos conducía al frugal desayuno, iba avanzando a saltitos, como si ensayara con el germen de un nuevo y rudimentario baile. Cuando llegué a la altura del ingenio, deserté en perpendicular de la formación y corrí hacia la máquina todo lo que mis torpes piernas de setentón me permitieron. Abrí su puerta, entré y cerré con fuerza y estrépito sobre los gritos de los desconcertados guardias. Activé el interruptor principal y enseguida se iluminaron todos los paneles. Extraje de mi mente la fecha exacta y la tecleé en el holograma surgido para tal efecto. La suerte estaba echada.
***
Recuerdo bien, ¡cómo no hacerlo!, que las últimas elecciones generales fueron el domingo 28 de abril del año 2019. Se presentaban en segunda vuelta las dos opciones que resultaron vencedoras en la primera una semana antes. Yo, como gran enamorado de los avances tecnológicos que era, voté por la coalición PPEF (Partidos Por El Futuro), que ganó por la menor diferencia de la historia: un solo voto. Si hubiera votado a sus oponentes, la lógica matemática indica que estos habrían ganado por ese voto de diferencia y yo me habría evitado pasar toda una vida encerrado junto a mis convicciones y remordimientos; porque la realidad es que la coalición recortó las libertades hasta hacerlas desaparecer y me encerró en defensa de la Sociedad, según alegaban siempre los abogados del Estado cuando de juzgar casos similares al mío se trataba.
Pero, por otro lado, la misma coalición propició con su política de inversiones que en el año 2059 se llevara a cabo con éxito el primer viaje en el tiempo; la máquina del tiempo ya era toda una realidad, aunque permaneció en secreto dentro de los ámbitos del Gobierno unos cinco años, hasta su perfeccionamiento. Tras ese período nos enteramos todos del gran logro gracias a la machacona propaganda gubernamental, que llegó incluso a nuestros oídos, confinados como estaban en los últimos rincones de sus mazmorras.
***
Ahora no puedo evitar reírme de mí mismo, y lo hago a carcajadas: estoy atrapado. No puedo salir de la máquina, no responde a ninguno de mis requerimientos pues no hay indicio alguno de que quede algo de energía; tampoco puedo reprogramar un sistema que quizá pereció hace décadas.
Y lo peor no es que me encuentre perdido en el año 2190, en una tierra asolada, sin rastro alguno de vida. Tampoco que esté interiorizando que quizá sea el último humano vivo, temiendo dejar de serlo en breve mientras creo observar, a lo lejos, cómo sólo se mantiene levantada la torre Helico, mi orgullo. No, lo peor es que yo soy el único responsable de mi suerte.
Mi fallido plan era regresar al 27 de abril de 2019 para poder votar en contra del PPEF, pero… ¿Recordáis que os confesé que soy muy muy despistado…?

© Patxi Hinojosa Luján
(27/05/2019)