martes, 26 de febrero de 2019

Una sonrisa bobalicona

(Imagen extraída de la red Internet)

Aún estamos en invierno y a pesar de ello, como en anteriores días, hoy hemos amanecido con un cielo azul tan intenso y despejado que el Sol lo ha agradecido perfilando con nitidez el contorno de su cegadora esfera amarilla.
De un tiempo a esta parte, cuando no llueve, algunos miembros de la familia aprovechan para salir de paseo conmigo. Esta mañana, al pasar cerca de la consulta de una psicóloga conocida de no he entendido bien quién, hemos entrado por algo relacionado con una campaña gratuita de no sé qué tipo de concienciación, o algo parecido... En el último instante se ha optado por que yo no entrara y me he quedado en la sala de espera cuidando de una de mis nietas; mejor así, no he dicho nada, pero estaba ya notando la extraña sensación en la cabeza, esa especie de cinta rodeando y rozando mi cerebro. No llego a sentir dolor, no es eso, es más bien que pierdo parte del control sobre mí misma, como si se escurriera arena de mis relojes entre mis dedos temblorosos. Ya me había pasado antes en varias ocasiones, y me preocupa constatar que esa sensación se queda cada vez más tiempo conmigo.
Ellos han salido al cabo de media hora, más o menos. Lo han hecho algo serios. Al verme, sus semblantes han recuperado el brillo al momento, aunque no han entrado en detalles sobre la reunión y a mí me ha dado cosa preguntar. Después hemos seguido paseando hasta llegar a casa y yo, aprovechando un momento de respiro de esa cinta, y que ahora me encuentro sola en mi cuarto, estoy garabateando estas cuatro palabras con una sonrisa bobalicona.
*
Lo pensé anoche antes de dormir, cuando ya no tenía este diario a mano y reinaba la oscuridad: debo anotar aquí, antes de que el huésped que anida en mi cabeza me impida expresarlo, que tengo una hija maravillosa, y que el resto de la familia también lo es; cada vez me hablan con más dulzura y paciencia y ya no se enojan tanto conmigo cuando me despisto por algo. No sé si ellos se dan cuenta de que esto yo lo agradezco de corazón.
*
Parece que ya no me necesitan como antes, cuando yo necesitaba que me necesitaran. Desde hace un tiempo ya no me encargan el cuidado de nadie; será porque se han hecho grandes todos: estas personas tan amables que me llaman mamá, y los chicos que deben de ser sus hijos, porque me llaman abuelita. ¿Cuántos eran…? ¿Serán todos del pueblo?
*
Ahora tengo miedo, pero no sé de qué, y por más que busco y rebusco no encuentro a mi madre. ¡Madre!, ¿dónde está uste…?

*****

Estoy leyendo con el filtro de una cortinilla salada que me nubla la vista cuando llego al repentino final y debo frenar en seco para no precipitarme al blanco vacío; mientras, una impotencia que reincidió sin compasión amenaza con volver. Las palabras que acabo de leer han despejado algunas de las dudas que nos angustiaban, y quién sabe si en sucesivas relecturas lo seguirán haciendo. Mas ya se acabaron las frases, estos arañazos en el alma que escuecen en la misma medida que consuelan. Las hojas que ahora voy pasando con parsimonia, todas en blanco, se relevan entre sí hasta llegar impolutas a la contratapa evidenciando con amargor todo lo que no pudo ser.
Cierro el block cuando ya he hecho lo propio con mis ojos. Dos lágrimas resbalan por mis mejillas, mas no aparece el gesto reflejo de mis manos para frenar su caída y se estrellan en la tapa dura de aquél dejando dos manchones tan oscuros y desiguales como tantos y tantos destinos. Con la cara humedecida me pregunto si mamá no habrá dejado escondida alguna sorpresa más, aunque ésta ya lo sea en grado superlativo y tenga, tengamos, para una larga temporada con ella.
*
Hoy es uno de esos días ―¡y van unos cuantos…!― en que me sorprendo asomándome a la ventana con la mente relajada, puede que algo dispersa, pensando que la esfera amarilla quizá pudiera tener algún mensaje más de mamá, pero enseguida me digo que no, que ella prefería la Luna…
Al igual que otras veces, busco dentro de mi abarrotado bolso las gafas de sol que tanta tristeza han disimulado en mi rostro estos últimos años. Me las pongo y miro al Sol de frente, como retándolo; pero es sólo un instante, debo evitar que me deslumbre. No veo nada. Pero al retirar la vista, hacia la izquierda, unas nubes blancas cual nieve recién caída, y que no sé de dónde han salido, bailan ingrávidas hasta garabatear lo que parece una gigantesca «d» que se mantiene formada el suficiente tiempo para que se quede fijada en mi memoria. Me engaño diciéndome que es la que le faltaba a su última palabra, y me lo creo, aparentando una naturalidad que no hay por dónde cogerla. Y para reafirmarme, recuerdo que ella, la «ella» de antes de la cruel enfermedad, nunca hubiera dejado sin escribir una letra.
Y es entonces cuando mi sensatez, que lleva un buen rato agazapada ante tamaño ejercicio de fe, asoma con cautela y se anima a preguntarme: ¿no será sólo que crees haberla visto…?; a lo que yo le respondo con aparente seguridad: ¡y qué importará!, pues sospecho que ya nunca se retirará de mi rostro esta sonrisa bobalicona.

© Patxi Hinojosa Luján
Dedicado a Susan, no sólo la mejor compañera que uno pueda imaginar, sino también la mejor hija que una madre podría desear, la mejor madre que unos hijos podrían tener…
(26/02/2019)



jueves, 14 de febrero de 2019

Amigas inseparables

(Imagen extraída de la red Internet)


Es muy posible que lleguemos a descorchar un nuevo mañana, incluso que desembalemos más de un pasado mañana, y en todos nos volverás a engatusar con tus encantos; para muestra el botón de esos stripteases lumínicos en los que el Sol tanto tiene que decir… Sí, somos conscientes de lo maravillosa que puedes llegar a ser, sabiendo que usas manga corta para presumir de ése tu as ganador, sin esconderlo como haría un ilusionista mediocre.
Mas en este hoy que se aleja sin rubor de aquellos mañanas no lograrás evitar que te mire con desconfianza, sin querer disimular la rabia que me da ese compadreo tuyo, que ni niegas ni disimulas, con tu amiga del alma, y que sale a relucir sobre todo cuando bajamos la guardia; una guardia que teníamos esa mañana en su nivel más bajo, el de recién despertados, cuando sentimos en la espalda la puñalada que en forma de noticia fatal nos anudó la garganta, saboteando desayunos, a la par que la emotividad abría el álbum de los recuerdos en color tiñéndolo de azul tristeza.
Esta tarde hemos acudido a verle por última vez, pero no era él, ya no. Sabemos que ella se lo llevó mientras tú mirabas para otro lado, quizá silbándole alegres melodías a algún que otro incauto, y sólo nos dejó su traje terrenal para despedirnos de él. Nos queda el consuelo de que tu socia no nos podrá privar del recuerdo de su alegría, de cómo encogía sus hombros juntando los labios en un gesto que le caracterizaba, a él y a su ternura, tampoco de su sonrisa de eterno Peter Pan…
Hoy alegarás, como siempre, que nuestros progenitores firmaron en su día, con sudor primero y sangre después, el contrato vital por el cual «somos y estamos». ¡Vale!, y admito que puedas no avergonzarte de la letra pequeña que le otorga a tu socia ese protagonismo tan puntual e inevitable; pero dime, ¿en serio tú no puedes mediar para que cuando no le quede más remedio que actuar lo haga descartando para siempre esos toques de crueldad insoportable?
Y ya quitadas las caretas, ¿ella qué argumenta, cuál es su versión?
***
Ninguna de las dos vais a responder, ¿verdad?; yo bien sé que es porque ambas tenéis, amigas inseparables Vida y Muerte, ¡qué doble paradoja!, algo que decir…

© Patxi Hinojosa Luján, a la memoria de Georges Pronier, nuestro querido Jorge
(14/02/2019)

lunes, 14 de enero de 2019

Una visita perturbadora

(Imagen extraída de la red Internet)

No entiendo cómo se han podido borrar; anoche estaban aquí, creo recordar que me dormí con ellas. Conectaré el reproductor mp3 al portátil, a ver… Lo esperado, memoria vacía, ¡qué misterio! En fin, cosas de la tecnología. Ya meteré algunas canciones más tarde; mientras tanto, pondré un cd para que me acompañe mientras friego los cacharros del desmadre de anoche, ¡es tan aburrido hacerlo sin música!
¡Y ahora qué pasa!, el reproductor no reconoce el disco, es como si hubiera insertado un cd virgen; pero la carátula no miente, debería sonar el Captain Fantastic de mi primo Elton, y no lo hace…

Ring, dong, ping. ¡Vaya, qué raro y diferente suena el timbre hoy!

―¡Voy! ―Abro la puerta―. Buenos días.
―Buenos días. ¿Es usted el señor…? Sí, claro que es usted, incluso recién levantado está igual que en la fotografía de nuestro archivo.
―¿De qué archivo me habla?, ¿en qué puedo ayudarle?
―Usted a mí en nada, por ahora. En cambio, yo a usted sí; si acepta cooperar, claro.
―Pues usted dirá…
―Dígame una cosa, ¿lo ha notado, se ha percatado ya del cambio?
―¿El cambio? ¿A qué se refiere? ¡No tendrá que ver con…!
―En efecto, deduzco que ya se ha dado cuenta. Es mi deber informarle de que desde esta pasada medianoche ha caducado su permiso de disfrute de todo contenido de ocio y cultura al no haberlo renovado pese a nuestros tres avisos por correo electrónico. Pero, ¿puedo pasar?, hace un frío que pela aquí en el descansillo.
―Sí, claro, pase. ―Le indico con un gesto dónde está el salón― Puede sentarse en aquel sofá, porque esta casa aún mantiene el derecho al descanso, ¿verdad?
―De eso no nos ocupamos, al menos de momento. Es broma, no me haga caso.
―A ver si me aclaro, ¿me está diciendo que me han enviado tres mensajes para renovar un permiso del que ni yo ni nadie que conozco ha oído hablar jamás? Puedo jurarle que de un tiempo a esta parte sólo recibo mensajes de publicidad, y que van todos derechitos a la papelera, siempre. Ningún mensaje de… ¿de quién? Aún no sé quién es usted ni a quién representa.
―Disculpe mi descortesía, por favor. Me presentaré: soy inspector de la Agencia Estatal para el Disfrute del Ocio y la Cultura, la AEDOC. Esta es mi placa identificativa, yo soy el agente 314, le basta con saber eso.
―Pero, ¿cómo lo hacen, borrar todos los archivos digitales y los cd comerciales? Y, lo que me preocupa incluso más, ¿por qué?
―En cuanto a lo primero, constato que aún no ha visto todo lo que podemos hacer. ¿Ha intentado ojear algún libro esta mañana?, ¿no? Hágalo ahora, verá…

Me dirijo nervioso a la biblioteca, elijo dos volúmenes al azar.

―¡No me lo puedo creer, están todas las páginas en blanco! ―cojo un par de tomos más―, las de todos los libros, parece. ¡Qué horror, no pueden hacer algo así!, la Cultura es un derecho y un bien universal y, además, yo he pagado por cada uno de estos libros, y también por cada disco, ¡esto es un atropello, un robo!
―Le recomiendo que se calme, amigo. Le repito que lo podría haber evitado rellenando el cuestionario que le enviamos hasta tres veces; aceptando nuestras condiciones, pero no lo hizo… Yo he venido hoy aquí para intentar reconvertir la situación como una deferencia hacia su persona; los dos pensamos que es usted de fiar.
―Primero, yo no soy su amigo, no me dé coba. Y segundo, no vi ningún mensaje de su agencia porque ninguno recibí, estoy seguro.
―Sí, sí lo hizo, nuestros informáticos han confirmado que todos llegaron a su servidor y fueron descargados por su programa gestor de correo. He de admitir, de todas formas, que no lo ponemos muy fácil al configurar nuestros mensajes como si fueran publicidad, pero debemos asegurarnos de que quien siga con nosotros cumpla todos los requisitos, y uno de ellos es el de la curiosidad por todo lo que le rodea. Necesitamos a todos nuestros «colaboradores» muy despiertos, pendientes de cada detalle; ya sabe, para informarnos de cualquier idea subversiva que identifique, por muy escondida que pueda encontrarse en manifestaciones culturales amparándose en la todavía vigente libertad de expresión.
―Ahora que caigo… Antes dijo «los dos», ¿quién es el otro, lo conozco?
―«La» conoce. Es su esposa…

Justo aparece ella y cruza una mirada con el agente 314, una mirada que confirma todo.

―Me estáis asustando, los dos, y yo me estoy empezando a preocupar, ¡mucho! ¿De qué va todo esto, es quizá alguna broma de nuestros amiguetes?
―¿De verdad piensas que alguno de ellos podría recrear una broma tan sofisticada?, recapacítalo un instante… ―Es ella la que responde.
―Supongo que tienes razón.

De repente estoy cubierto de humedad; sudo por cada poro de mi piel y percibo que tanto sábanas como almohada están empapadas. ¡Un momento, estaba soñando, era eso! Debí de pulsar el resorte que en ocasiones nos permite despertar a voluntad y todo ha vuelto a la normalidad, estoy despierto. Sí, no ha sido más que eso, un mal sueño. Pero necesito comprobar algo y me giro; no hay nadie más, perfecto, yo vivo solo. Aun así, necesito un café bien cargado, voy a preparárm…

Ring, dong, ping. ¡Vaya, qué raro y diferente suena el timbre hoy!

―¿Abres tú, cariño? ―pregunta desde el baño la voz femenina de mi sueño…

© Patxi Hinojosa Luján
(13/01/2019)

sábado, 12 de enero de 2019

Simbolismos

(Imagen extraída de la red Internet)

Quien más, quien menos, se siente atraído por los simbolismos en general, y por el de los números en particular. El que esto escribe no es una excepción.
Os hablaré de un número que desde hace un año no encuentra sosiego; no soporta el peso de lo que representa ante mi hermano, máxime cuando le toca posar en algún calendario. Así, le he visto ocultarse tras la careta de una simple expresión matemática, como si tan sólo fuera el resultado de una atracción total a cuatro mentiras mientras huye por cuatro esquinas. En otras ocasiones le he sorprendido calzándose el disfraz de «dos» para elevarse después cuatro veces por encima de nuestras cabezas y observarnos desde allá arriba, intuyo que con la oculta esperanza de no vernos él tampoco. Yo le entiendo, y quiero pensar que mi hermano también lo hace.
A pesar de ello, he de reconocer que en ocasiones me es imposible controlar mis emociones y le grito que no es más que un número miserable, que no es consciente del dolor que rememora, aunque yo admita para mis adentros que sí pueda serlo… Pero él nunca entra al trapo y sigue inmutable a mis reproches hasta que consigue ceder el testigo a un compañero para poder volverse invisible por otros treinta días.
Entiendo que ese número sienta tanta vergüenza que le cueste dar la cara, aunque también a él le haya tocado bailar con el peor de los recuerdos, el de «la» pérdida; por eso hoy he permitido un adelanto de mi emotividad, a cuatro días de que a aquél le toque desmaquillarse y mostrarse tal cual es sin excusa posible, evitándonos a los dos el mal trago de mirarnos a los ojos. Y de paso a mi hermano también.
Os confesaré algo: nunca dudé, iluso, de que era yo el que jugaba con los números durante el Camino; hasta hoy, cuando empiezo a sospechar que son ellos los que siempre han jugado conmigo, con nosotros. ¿No es verdad, «dieciséis»…?

© Patxi Hinojosa Luján, carente de ánimo para poder expresar algo el día 16…
(12/01/2019)

viernes, 4 de enero de 2019

Siempre anónimo

(Imagen extraída de la red Internet)

El nuestro es un pueblo pequeño, aquí nos conocemos todos. Por eso, cuando llega algún forastero con la intención de quedarse nos enteramos enseguida…
***
Suele contarse en las tertulias de banco de su Plaza Mayor que, aunque cerraba siempre la puerta al anochecer, tenía especial cuidado en dejar su corazón abierto durante el resto del día, y así era casi imposible que no se fuera ganando el respeto y el aprecio de todos sus convecinos, uno a uno, poco a poco.
Aún hoy, algunos suelen recordar de cuando en cuando que llegó aquí una tarde de otoño hace más años de los que mi memoria admite abarcar, y que lo hizo con discreción, la misma de la que hizo gala después; y cuentan también que con discreción se fue una medianoche, cuando ya todos creían caducado el plazo para su partida, incluido un servidor. Esto fue un duro revés para todos los que acabamos sucumbiendo a sus encantos, queriéndole como se quiere a un amigo de toda la vida o al familiar más cercano.
Aunque lo que más recuerdan algunos es cómo, coincidiendo con su llegada o al poco de ésta, comenzó todo...
***
Salpicadas con una periodicidad matemática, empezaron a circular noticias sobre unos sorprendentes eventos que vinieron a alegrar, y en ocasiones solucionar, la vida de no pocos lugareños. Pronto se impuso la lógica y fue imposible mantenerlas en secreto dentro de los límites del municipio, por lo que más pronto que tarde llegó a oídos de las localidades vecinas y las peticiones de empadronamiento desde ellas se multiplicaron. Reaccionando con celeridad, el gobierno del consistorio se vio obligado a emitir un edicto municipal que suspendía sine die todas aquellas que no fueran motivadas por un nacimiento dentro de alguna familia del vecindario.
Pero volviendo a él, era inútil preguntarle nada sobre la cuestión; su reacción ante el osado que se atreviera a planteárselo era un encogimiento de hombros acompañado de un arquear de cejas que evidenciaba una extrañeza no fingida, lo que obligaba a su interlocutor a volverse por donde había venido con nuevas preguntas y el mismo número de respuestas: ninguna.
Después de su partida, se pudo constatar que seguían produciéndose los mismos hechos, aunque es cierto que en estos últimos tiempos se dan con una periodicidad que coquetea más con la anarquía creativa de las Letras que con la exactitud de las Ciencias.
***
Desde hace unos días me noto raro, algo disperso. Mi memoria y mis reflejos fallan por momentos e ignoro cuánto tiempo más me acompañará la lucidez para poder seguir ocultando lo que sé sobre esas órdenes bancarias que tanto sorprenden por su generosa cuantía. Desconozco también si algún día se llegará a identificar al impulsor de semejante plan, a su autor intelectual y material.
A veces, cuando noto aquellas lagunas, me da por releer la enigmática nota manuscrita que apareció un buen día sujeta bajo un imán en la puerta de mi frigorífico, con esa caligrafía que me recuerda tanto a la mía…

[…] en las transferencias bancarias deberá figurar siempre «ordenante anónimo» y el beneficiario ser elegido al azar con el sistema que yo considere más oportuno; eso sí, respetando que no pueda haber dos agraciados dentro de una misma familia […]
***
Cuenta la leyenda que nunca nos dejó del todo. ¡Y quién soy yo para rebatirlo...!

© Patxi Hinojosa Luján
(04/01/2019)

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Certidumbres

(Imagen extraída de la plataforma Pinterest)

Llego a mi urbanización y aparco el coche sin preocuparme por una vez de dejarlo paralelo a las desgastadas rayas blancas, estará bien así, me digo…
Abro la puerta de roble macizo, que hoy parece más pesada que nunca, y entro en casa. Me dirijo a mi habitación. Quiero acostarme enseguida pues mi cuerpo me pide dormir, está cansado y algo dolorido. Sin embargo, de repente me encuentro en la cama con el televisor encendido, intento ver el final de una película que tengo pendiente. Es inútil, no me concentro y rebobino una y otra vez para comenzar el visionado en el mismo, familiar y estruendoso punto. Empiezo a intuir que nunca sabré cómo continúa y acaba la historia.
Así las cosas, me brindo un reproche: no sé por qué hago esto si yo ahora sólo quiero dormir; quizá sea, me defiendo, para enmascarar el sonido tan agudo y molesto que me acompaña como ruido de fondo. Por fin, cansado de no poder descansar aferrándome a un ejercicio de inutilidad, apago la tele e intento cerrar los ojos; entonces me da un vuelco el corazón al comprobar que ya los tenía cerrados, tan cerrados que me es imposible abrirlos. Me tranquilizo al permitirme una auto mentira piadosa: todo esto no es más que un sueño. Pero funciona sólo el instante que dura hasta que él mismo me muestra su verdadera cara, la que suelen ofrecer las pesadillas con toda su maldad, y no tengo más remedio que aceptar que esto sí refleja con más fidelidad la realidad.
El ruido de fondo se acompaña ahora con unas voces que, respetuosas, inician una conversación entre susurros, y al momento noto cómo un flash intenso lo ilumina todo de un blanco brillante.
Sospecho que algo va mal y no necesito que ni mis cansados ojos ni nadie me lo confirmen, pues antes de que consiga recolocar mis ideas, y como por arte de magia, se encadenan ante mí una serie de certidumbres…

Sé que aquella historia no tiene más final que la escena inicial de mi bucle vacío.
Sé que éste no es mi cuarto.
Sé que esa pantalla no es ningún televisor.
Sé que la línea horizontal que en estos momentos debe dividir en dos el monitor es la enésima en sus carreras profesionales, aunque les duela tanto como la primera.
Sé que abandonarán la estancia con la espalda encorvada por lo que ellos mismos considerarán una nueva derrota.
Sé que estos párpados pegados ya jamás se despegarán.

Sé que no llegué a casa.
Sé que no debí conducir en esas circunstancias.
Sé que debería estar arrepentido, y lo estoy.
Sé que ya es tarde para ello.
Sé que ya no soy…

© Patxi Hinojosa Luján
(26/12/2018)

jueves, 15 de noviembre de 2018

Impostor

(Imagen extraída de la red Internet)

En ocasiones me sorprendo alumbrando ocurrencias aspirantes a ideas que pocas veces resultan tocadas por la originalidad. Si consigo simultanear dos o tres, las mezclo hasta que queda una masa uniforme que dejo reposar en su materia gris; y cuando considero que ya está lista, la espolvoreo con unos toques sutiles de despiste, una pizca de osadía y unas gotas de ensoñación. Esto permite que me camufle dentro del selecto grupo sin que nadie se percate de la jugada; así consigo pasar cortas temporadas haciéndoles creer que yo también estoy tocado por ese don que ellos sí poseen, y con el que juntan palabras con tanta clase que acaban creando siempre elegantes danzas lingüísticas. Puedo asegurar aquí que a menudo éstas se adivinan como lo que son, bellezas surgidas de mentes bastante más brillantes que, por poner un ejemplo, las que vacían bolígrafos y falsas sonrisas en diversas ferias del libro entre denigrantes episodios de histeria colectiva, y ello no sin antes haber malgastado tinta y talento ajenos.
 Retomando las confidencias iniciales, debo confesar que gracias a momentos como aquellos logro sentirme importante, porque aunque ayer decidí apostar por mis sueños, y mañana sin falta me pondré a ello, hoy, muy a mi pesar, no sé qué hacer nunca; además, el problema se agrava al constatar que mis «hoy» parecen clonarse unos a otros…
Mas cada vez soy más consciente de que mi disfraz de bufón está ya tan ajado que sus rombos apuntan al mismo desgastado color, casi un tono más en la escala de grises; pero mientras les siga distrayendo con él, confío en que aún tarden en ver en mí al impostor que, sin duda, personifico… 

© Patxi Hinojosa Luján
(15/11/2018)

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Perpleja

(Imagen extraída de la red Internet)

Llevaba puestas sus mejores galas, como hacía siempre; unas vestimentas oscuras rematadas en sus bordes por vistosos y elegantes encajes cual cenefas. Buscaba y rebuscaba, tanto en las tranquilas aguas de aquel lago como en la pista forestal que lo circundaba, pero no conseguía verlo. Aquello era imposible. Imposible de nuevo... Un escalofrío recorrió su ser, aunque ella no sabía lo que era eso. Estaba perpleja.
Éste no debía haber sido un encuentro más, sino una extraordinaria segunda oportunidad, la definitiva; no en vano ella se jactaba de sus conquistas al primer intento; siempre, todas… No podía permitir un nuevo desafío al destino, ni tan siquiera uno.
La primera cita con el apuesto galán resultó no ser una cita al uso, nunca antes había sufrido una humillación semejante: todo aquel que recibía su invitación se presentaba sin dilación, pero no ocurrió así entonces y aquél no acudió... Y tampoco en esta ocasión. Su perplejidad iba en aumento.
Sin duda era una situación atípica, insólita. Por un instante infinitesimal dudó y hasta pensó en la posibilidad de modificar algo su estrategia de seducción, la que desde siempre le había dado resultado a la primera. ¿Qué podría estar pasando en el mundo para que a alguien de su naturaleza se le ninguneara de semejante modo? La respuesta fue la falta de respuesta y tuvo que aceptar que tal provocación derivaba de manera inexorable en un necesario tercer intento que dudó en posponer sine die.
Se refugió en un pliegue del tiempo para recapacitar. Pensó que a pesar de conocer bien la costumbre de los humanos de fiar toda su existencia a hojas de rutas que siempre acababan renombrando con el cómodo nombre de «destino» para así huir de cualquier responsabilidad, no se reconocía como la que era, la mejor y más inmisericorde saboteadora de brújulas del universo. Todo esto había sido ya demasiado…
En un paraje temporal paralelo, el apuesto galán encaraba un nuevo propósito de enmienda al escapar doblando esquinas cómplices; había decidido, por segunda vez en un muy breve espacio de tiempo, empezar a cuidarse.
Y ella, deprimida aún, decidió citarse a sí misma para así acabar con semejante humillación, mas la Muerte sufrió un tercer y afortunado plantón, en esta ocasión de sí misma. ¿Acaso pensó, ilusa, que la Vida se lo permitiría…?

© Patxi Hinojosa Luján
(07/11/2018)

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Lunático

(Imagen extraída de la red Internet)

Benito era… entrañable. Sí, ese es el adjetivo que tanto se me resistía cuando dudaba entre escribir estas líneas o no hacerlo; el que mejor le define, sin duda. El otro, el que utilizaba la gente al principio como mofa para después quedarse como su mote, no me hacía demasiada gracia, aunque con el tiempo fui encontrándole un sentido. Benito era tan buena persona que en el pueblo enseguida dejaron de reparar en sus rarezas, olvidando así de echárselas en cara. Tan pronto ayudaba a los vecinos con las pequeñas chapuzas del hogar como en las siegas o en sus modestas vendimias, que aquí ya sabemos que no hay mucha uva, pero la poca que hay produce un vino exquisito; y en vez de dejarse convidar después de unas horas de duro trabajo, era él quien lo hacía pues siempre tenía en cuenta el llegar con bebidas frescas y las mejores viandas de su despensa allí donde se demandara su presencia. Y qué decir de su querido y famoso tractor, heredado de su progenitor pero que parecía nuevo de lo bien cuidado que lo tenía…, siempre estuvo a disposición de quien pudiera necesitarlo, aunque lo cierto es que nunca nadie aceptó su ofrecimiento alegando diversas excusas, la mayoría poco creíbles.
Él acostumbraba a decir a todo aquel que quisiera escucharle que su conducta carecía de mérito, que era la normal entre los de su especie, los nativos de la Luna, porque siempre juró y perjuró que él era un extraterrestre llegado desde allí. Quien más, quien menos, achacó tal delirio al tremendo golpe que se dio al caerse desde lo más alto del tractor de su padre cuando aún era un jovenzuelo que se afanaba en colaborar con él en cualquier tarea que surgiera. Y sólo por ello, el mencionado vehículo, cuyo tamaño era bastante mayor que el de los pocos que constituían el escaso parque de nuestra localidad, se ganó la fama de funesto que aún hoy mantiene.
Ahora mismo, sentado en uno de los bancos de la única plaza de nuestra aldea desde donde escribo en mi desgastada pero querida libreta estas palabras, mis recuerdos y reflexiones, miro de reojo a la lustrada placa que la adorna y lamento que él no llegara a verla renombrada. «Plaza de Benito», se puede leer hoy, y debajo de las letras, y en un gris plata intenso y brillante, una reproducción de la Luna Llena nos confirma que, a pesar de que nadie lo quisiera admitir de manera oficial, a muchos convecinos les quedó bien grabada en su interior la gran duda, ¿y si… y si siempre nos dijo la verdad? No así a mí, o por lo menos no desde que hace unos meses Benito me guiñara un ojo desde la preciosa, brillante y cercana esfera y lo haya repetido cada veintinueve días desde entonces…; pero me temo que si comento esto por aquí, todos piensen que yo también me haya caído del tractor o bebido toda la producción de tinto del año de un plumazo…
He sobrevivido a muchos de mis amigos, y sé que él me consideraba uno de los suyos. Recuerdo como si fuera hoy mismo y han pasado ya veinte años el día de su entierro y cómo el pueblo entero se volcó para acompañarle en su último recorrido por estas calles que le vieron crecer procurando hacer el bien hasta que le llegó la hora de morir, lo que hizo con total discreción.
Y así, no puedo evitar pensar en algo que me genera una gran inquietud: A saber qué pensarán los que como yo se mantienen con vida cuando, como contempla la ley municipal, en unos días se acceda a su sepultura para exhumar sus restos y llevarlos al osario provincial, y alguien grite, con el terror que generan algunas confirmaciones de sospechas silenciadas, que allí no hay nada que pueda llevarse a ninguna parte…

© Patxi Hinojosa Luján
(19/09/2018)

lunes, 10 de septiembre de 2018

Lo doy por sentido

(Imagen extraída de la red Internet)

Un día me levantaré con ganas de comerme el mundo, lo que entonces quede de él. Con ganas de frenar su rotación hasta hacerle girar en sentido contrario, de darle la vuelta como a un calcetín, en sentido figurado; de retratar todo lo que muestre a mis sentidos con colores tomados prestados de cualquier arcoíris, y describirlo con mis mejores y más sentidas esdrújulas, y cantarlo con mis mal rimados versos dorremifasollasidoados, aunque palabras como ésta tengan poco sentido...
Algún día prescindiré de mi colorido y rómbico disfraz para mostrarme tal cual soy.
Algún día… sucederá… lo doy por sentido.
Mas sé que mañana tampoco será ese día; lo sé desde ayer, si no desde anteayer. Hoy deberé seguir esperando a que desaparezca esta congoja que aprisiona cada amanecer tiñéndolo de gris tristeza, de sinsentidos, que amenaza con encerrarme con mis miedos una vez más.
Y mientras llega el anhelado momento, yo seguiré fingiendo ser el otro, el del disfraz de bufón…

© Patxi Hinojosa Luján
(10/09/2018)

lunes, 3 de septiembre de 2018

Reflexiones poco agudas

(Imagen extraída de la red Internet)

No quisiera parecer cínica, tampoco hacerme la simpática ejerciendo de didáctica, pero confesaré que hoy me he despertado más metódica que romántica sin por ello dejar de sentirme un tanto ridícula.   
Puede que, según avancéis en la lectura, corra el riesgo de que me tachéis de fanática de la fonética, mas debo compartir que me resulta tan lógico aplicar la Lógica de la acentuación como mágico es derramar una lágrima si lo es de felicidad. Por cierto, no todas mis compañeras hacen lo primero y pocos consiguen lo segundo.
No debéis temer, quiero pensar que no sentiréis vértigo por la acústica de esta lectura y que podréis comprobar enseguida que esta película no va de Física o Química, sino de una rápida y cómica reflexión, menos drástica y más humorística de lo que pudiera aparentar visto desde el vértice superior de la página.
Os contaré un secreto: antes de comenzar nada, en una acción mecánica, me tomo de manera figurada un cálido y aromático café, evitando siempre recipientes de plástico. Vamos, todo un clásico… Después de ello, con el cuerpo eléctrico, estoy ya preparada para visitar recónditos y fantásticos lugares en tránsito con mi imaginación y la de tantos otros, aunque en ocasiones me tracen con líneas rústicas y yo me ponga nostálgica.
¿Que quién soy yo, aún no lo habéis adivinado? Soy una palabra, Esdrújula, y no soy única, no, soy tan esdrújula como lo son las otras cuarenta y siete compañeras de este texto con las que me identifico y fusiono. Porque no me negaréis que sí soy auténtica, que yo sí respeto mi nombre y la estética ortográfica acentuándome en la sílaba correcta, la antepenúltima si la Matemática no me falla.
Es por esto que no quisiera terminar sin incluir mi última pincelada, una pícara pregunta: ¿No es verdad, querida Aguda, que tú vas por libre y que por eso decidiste ser tan grave como Llana? Sin duda, un capricho impúdico.

© Patxi Hinojosa Luján
(03/09/2018)