lunes, 14 de enero de 2019

Una visita perturbadora

(Imagen extraída de la red Internet)

No entiendo cómo se han podido borrar; anoche estaban aquí, creo recordar que me dormí con ellas. Conectaré el reproductor mp3 al portátil, a ver… Lo esperado, memoria vacía, ¡qué misterio! En fin, cosas de la tecnología. Ya meteré algunas canciones más tarde; mientras tanto, pondré un cd para que me acompañe mientras friego los cacharros del desmadre de anoche, ¡es tan aburrido hacerlo sin música!
¡Y ahora qué pasa!, el reproductor no reconoce el disco, es como si hubiera insertado un cd virgen; pero la carátula no miente, debería sonar el Captain Fantastic de mi primo Elton, y no lo hace…

Ring, dong, ping. ¡Vaya, qué raro y diferente suena el timbre hoy!

―¡Voy! ―Abro la puerta―. Buenos días.
―Buenos días. ¿Es usted el señor…? Sí, claro que es usted, incluso recién levantado está igual que en la fotografía de nuestro archivo.
―¿De qué archivo me habla?, ¿en qué puedo ayudarle?
―Usted a mí en nada, por ahora. En cambio, yo a usted sí; si acepta cooperar, claro.
―Pues usted dirá…
―Dígame una cosa, ¿lo ha notado, se ha percatado ya del cambio?
―¿El cambio? ¿A qué se refiere? ¡No tendrá que ver con…!
―En efecto, deduzco que ya se ha dado cuenta. Es mi deber informarle de que desde esta pasada medianoche ha caducado su permiso de disfrute de todo contenido de ocio y cultura al no haberlo renovado pese a nuestros tres avisos por correo electrónico. Pero, ¿puedo pasar?, hace un frío que pela aquí en el descansillo.
―Sí, claro, pase. ―Le indico con un gesto dónde está el salón― Puede sentarse en aquel sofá, porque esta casa aún mantiene el derecho al descanso, ¿verdad?
―De eso no nos ocupamos, al menos de momento. Es broma, no me haga caso.
―A ver si me aclaro, ¿me está diciendo que me han enviado tres mensajes para renovar un permiso del que ni yo ni nadie que conozco ha oído hablar jamás? Puedo jurarle que de un tiempo a esta parte sólo recibo mensajes de publicidad, y que van todos derechitos a la papelera, siempre. Ningún mensaje de… ¿de quién? Aún no sé quién es usted ni a quién representa.
―Disculpe mi descortesía, por favor. Me presentaré: soy inspector de la Agencia Estatal para el Disfrute del Ocio y la Cultura, la AEDOC. Esta es mi placa identificativa, yo soy el agente 314, le basta con saber eso.
―Pero, ¿cómo lo hacen, borrar todos los archivos digitales y los cd comerciales? Y, lo que me preocupa incluso más, ¿por qué?
―En cuanto a lo primero, constato que aún no ha visto todo lo que podemos hacer. ¿Ha intentado ojear algún libro esta mañana?, ¿no? Hágalo ahora, verá…

Me dirijo nervioso a la biblioteca, elijo dos volúmenes al azar.

―¡No me lo puedo creer, están todas las páginas en blanco! ―cojo un par de tomos más―, las de todos los libros, parece. ¡Qué horror, no pueden hacer algo así!, la Cultura es un derecho y un bien universal y, además, yo he pagado por cada uno de estos libros, y también por cada disco, ¡esto es un atropello, un robo!
―Le recomiendo que se calme, amigo. Le repito que lo podría haber evitado rellenando el cuestionario que le enviamos hasta tres veces; aceptando nuestras condiciones, pero no lo hizo… Yo he venido hoy aquí para intentar reconvertir la situación como una deferencia hacia su persona; los dos pensamos que es usted de fiar.
―Primero, yo no soy su amigo, no me dé coba. Y segundo, no vi ningún mensaje de su agencia porque ninguno recibí, estoy seguro.
―Sí, sí lo hizo, nuestros informáticos han confirmado que todos llegaron a su servidor y fueron descargados por su programa gestor de correo. He de admitir, de todas formas, que no lo ponemos muy fácil al configurar nuestros mensajes como si fueran publicidad, pero debemos asegurarnos de que quien siga con nosotros cumpla todos los requisitos, y uno de ellos es el de la curiosidad por todo lo que le rodea. Necesitamos a todos nuestros «colaboradores» muy despiertos, pendientes de cada detalle; ya sabe, para informarnos de cualquier idea subversiva que identifique, por muy escondida que pueda encontrarse en manifestaciones culturales amparándose en la todavía vigente libertad de expresión.
―Ahora que caigo… Antes dijo «los dos», ¿quién es el otro, lo conozco?
―«La» conoce. Es su esposa…

Justo aparece ella y cruza una mirada con el agente 314, una mirada que confirma todo.

―Me estáis asustando, los dos, y yo me estoy empezando a preocupar, ¡mucho! ¿De qué va todo esto, es quizá alguna broma de nuestros amiguetes?
―¿De verdad piensas que alguno de ellos podría recrear una broma tan sofisticada?, recapacítalo un instante… ―Es ella la que responde.
―Supongo que tienes razón.

De repente estoy cubierto de humedad; sudo por cada poro de mi piel y percibo que tanto sábanas como almohada están empapadas. ¡Un momento, estaba soñando, era eso! Debí de pulsar el resorte que en ocasiones nos permite despertar a voluntad y todo ha vuelto a la normalidad, estoy despierto. Sí, no ha sido más que eso, un mal sueño. Pero necesito comprobar algo y me giro; no hay nadie más, perfecto, yo vivo solo. Aun así, necesito un café bien cargado, voy a preparárm…

Ring, dong, ping. ¡Vaya, qué raro y diferente suena el timbre hoy!

―¿Abres tú, cariño? ―pregunta desde el baño la voz femenina de mi sueño…

© Patxi Hinojosa Luján
(13/01/2019)

sábado, 12 de enero de 2019

Simbolismos

(Imagen extraída de la red Internet)

Quien más, quien menos, se siente atraído por los simbolismos en general, y por el de los números en particular. El que esto escribe no es una excepción.
Os hablaré de un número que desde hace un año no encuentra sosiego; no soporta el peso de lo que representa ante mi hermano, máxime cuando le toca posar en algún calendario. Así, le he visto ocultarse tras la careta de una simple expresión matemática, como si tan sólo fuera el resultado de una atracción total a cuatro mentiras mientras huye por cuatro esquinas. En otras ocasiones le he sorprendido calzándose el disfraz de «dos» para elevarse después cuatro veces por encima de nuestras cabezas y observarnos desde allá arriba, intuyo que con la oculta esperanza de no vernos él tampoco. Yo le entiendo, y quiero pensar que mi hermano también lo hace.
A pesar de ello, he de reconocer que en ocasiones me es imposible controlar mis emociones y le grito que no es más que un número miserable, que no es consciente del dolor que rememora, aunque yo admita para mis adentros que sí pueda serlo… Pero él nunca entra al trapo y sigue inmutable a mis reproches hasta que consigue ceder el testigo a un compañero para poder volverse invisible por otros treinta días.
Entiendo que ese número sienta tanta vergüenza que le cueste dar la cara, aunque también a él le haya tocado bailar con el peor de los recuerdos, el de «la» pérdida; por eso hoy he permitido un adelanto de mi emotividad, a cuatro días de que a aquél le toque desmaquillarse y mostrarse tal cual es sin excusa posible, evitándonos a los dos el mal trago de mirarnos a los ojos. Y de paso a mi hermano también.
Os confesaré algo: nunca dudé, iluso, de que era yo el que jugaba con los números durante el Camino; hasta hoy, cuando empiezo a sospechar que son ellos los que siempre han jugado conmigo, con nosotros. ¿No es verdad, «dieciséis»…?

© Patxi Hinojosa Luján, carente de ánimo para poder expresar algo el día 16…
(12/01/2019)

viernes, 4 de enero de 2019

Siempre anónimo

(Imagen extraída de la red Internet)

El nuestro es un pueblo pequeño, aquí nos conocemos todos. Por eso, cuando llega algún forastero con la intención de quedarse nos enteramos enseguida…
***
Suele contarse en las tertulias de banco de su Plaza Mayor que, aunque cerraba siempre la puerta al anochecer, tenía especial cuidado en dejar su corazón abierto durante el resto del día, y así era casi imposible que no se fuera ganando el respeto y el aprecio de todos sus convecinos, uno a uno, poco a poco.
Aún hoy, algunos suelen recordar de cuando en cuando que llegó aquí una tarde de otoño hace más años de los que mi memoria admite abarcar, y que lo hizo con discreción, la misma de la que hizo gala después; y cuentan también que con discreción se fue una medianoche, cuando ya todos creían caducado el plazo para su partida, incluido un servidor. Esto fue un duro revés para todos los que acabamos sucumbiendo a sus encantos, queriéndole como se quiere a un amigo de toda la vida o al familiar más cercano.
Aunque lo que más recuerdan algunos es cómo, coincidiendo con su llegada o al poco de ésta, comenzó todo...
***
Salpicadas con una periodicidad matemática, empezaron a circular noticias sobre unos sorprendentes eventos que vinieron a alegrar, y en ocasiones solucionar, la vida de no pocos lugareños. Pronto se impuso la lógica y fue imposible mantenerlas en secreto dentro de los límites del municipio, por lo que más pronto que tarde llegó a oídos de las localidades vecinas y las peticiones de empadronamiento desde ellas se multiplicaron. Reaccionando con celeridad, el gobierno del consistorio se vio obligado a emitir un edicto municipal que suspendía sine die todas aquellas que no fueran motivadas por un nacimiento dentro de alguna familia del vecindario.
Pero volviendo a él, era inútil preguntarle nada sobre la cuestión; su reacción ante el osado que se atreviera a planteárselo era un encogimiento de hombros acompañado de un arquear de cejas que evidenciaba una extrañeza no fingida, lo que obligaba a su interlocutor a volverse por donde había venido con nuevas preguntas y el mismo número de respuestas: ninguna.
Después de su partida, se pudo constatar que seguían produciéndose los mismos hechos, aunque es cierto que en estos últimos tiempos se dan con una periodicidad que coquetea más con la anarquía creativa de las Letras que con la exactitud de las Ciencias.
***
Desde hace unos días me noto raro, algo disperso. Mi memoria y mis reflejos fallan por momentos e ignoro cuánto tiempo más me acompañará la lucidez para poder seguir ocultando lo que sé sobre esas órdenes bancarias que tanto sorprenden por su generosa cuantía. Desconozco también si algún día se llegará a identificar al impulsor de semejante plan, a su autor intelectual y material.
A veces, cuando noto aquellas lagunas, me da por releer la enigmática nota manuscrita que apareció un buen día sujeta bajo un imán en la puerta de mi frigorífico, con esa caligrafía que me recuerda tanto a la mía…

[…] en las transferencias bancarias deberá figurar siempre «ordenante anónimo» y el beneficiario ser elegido al azar con el sistema que yo considere más oportuno; eso sí, respetando que no pueda haber dos agraciados dentro de una misma familia […]
***
Cuenta la leyenda que nunca nos dejó del todo. ¡Y quién soy yo para rebatirlo...!

© Patxi Hinojosa Luján
(04/01/2019)

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Certidumbres

(Imagen extraída de la plataforma Pinterest)

Llego a mi urbanización y aparco el coche sin preocuparme por una vez de dejarlo paralelo a las desgastadas rayas blancas, estará bien así, me digo…
Abro la puerta de roble macizo, que hoy parece más pesada que nunca, y entro en casa. Me dirijo a mi habitación. Quiero acostarme enseguida pues mi cuerpo me pide dormir, está cansado y algo dolorido. Sin embargo, de repente me encuentro en la cama con el televisor encendido, intento ver el final de una película que tengo pendiente. Es inútil, no me concentro y rebobino una y otra vez para comenzar el visionado en el mismo, familiar y estruendoso punto. Empiezo a intuir que nunca sabré cómo continúa y acaba la historia.
Así las cosas, me brindo un reproche: no sé por qué hago esto si yo ahora sólo quiero dormir; quizá sea, me defiendo, para enmascarar el sonido tan agudo y molesto que me acompaña como ruido de fondo. Por fin, cansado de no poder descansar aferrándome a un ejercicio de inutilidad, apago la tele e intento cerrar los ojos; entonces me da un vuelco el corazón al comprobar que ya los tenía cerrados, tan cerrados que me es imposible abrirlos. Me tranquilizo al permitirme una auto mentira piadosa: todo esto no es más que un sueño. Pero funciona sólo el instante que dura hasta que él mismo me muestra su verdadera cara, la que suelen ofrecer las pesadillas con toda su maldad, y no tengo más remedio que aceptar que esto sí refleja con más fidelidad la realidad.
El ruido de fondo se acompaña ahora con unas voces que, respetuosas, inician una conversación entre susurros, y al momento noto cómo un flash intenso lo ilumina todo de un blanco brillante.
Sospecho que algo va mal y no necesito que ni mis cansados ojos ni nadie me lo confirmen, pues antes de que consiga recolocar mis ideas, y como por arte de magia, se encadenan ante mí una serie de certidumbres…

Sé que aquella historia no tiene más final que la escena inicial de mi bucle vacío.
Sé que éste no es mi cuarto.
Sé que esa pantalla no es ningún televisor.
Sé que la línea horizontal que en estos momentos debe dividir en dos el monitor es la enésima en sus carreras profesionales, aunque les duela tanto como la primera.
Sé que abandonarán la estancia con la espalda encorvada por lo que ellos mismos considerarán una nueva derrota.
Sé que estos párpados pegados ya jamás se despegarán.

Sé que no llegué a casa.
Sé que no debí conducir en esas circunstancias.
Sé que debería estar arrepentido, y lo estoy.
Sé que ya es tarde para ello.
Sé que ya no soy…

© Patxi Hinojosa Luján
(26/12/2018)

jueves, 15 de noviembre de 2018

Impostor

(Imagen extraída de la red Internet)

En ocasiones me sorprendo alumbrando ocurrencias aspirantes a ideas que pocas veces resultan tocadas por la originalidad. Si consigo simultanear dos o tres, las mezclo hasta que queda una masa uniforme que dejo reposar en su materia gris; y cuando considero que ya está lista, la espolvoreo con unos toques sutiles de despiste, una pizca de osadía y unas gotas de ensoñación. Esto permite que me camufle dentro del selecto grupo sin que nadie se percate de la jugada; así consigo pasar cortas temporadas haciéndoles creer que yo también estoy tocado por ese don que ellos sí poseen, y con el que juntan palabras con tanta clase que acaban creando siempre elegantes danzas lingüísticas. Puedo asegurar aquí que a menudo éstas se adivinan como lo que son, bellezas surgidas de mentes bastante más brillantes que, por poner un ejemplo, las que vacían bolígrafos y falsas sonrisas en diversas ferias del libro entre denigrantes episodios de histeria colectiva, y ello no sin antes haber malgastado tinta y talento ajenos.
 Retomando las confidencias iniciales, debo confesar que gracias a momentos como aquellos logro sentirme importante, porque aunque ayer decidí apostar por mis sueños, y mañana sin falta me pondré a ello, hoy, muy a mi pesar, no sé qué hacer nunca; además, el problema se agrava al constatar que mis «hoy» parecen clonarse unos a otros…
Mas cada vez soy más consciente de que mi disfraz de bufón está ya tan ajado que sus rombos apuntan al mismo desgastado color, casi un tono más en la escala de grises; pero mientras les siga distrayendo con él, confío en que aún tarden en ver en mí al impostor que, sin duda, personifico… 

© Patxi Hinojosa Luján
(15/11/2018)

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Perpleja

(Imagen extraída de la red Internet)

Llevaba puestas sus mejores galas, como hacía siempre; unas vestimentas oscuras rematadas en sus bordes por vistosos y elegantes encajes cual cenefas. Buscaba y rebuscaba, tanto en las tranquilas aguas de aquel lago como en la pista forestal que lo circundaba, pero no conseguía verlo. Aquello era imposible. Imposible de nuevo... Un escalofrío recorrió su ser, aunque ella no sabía lo que era eso. Estaba perpleja.
Éste no debía haber sido un encuentro más, sino una extraordinaria segunda oportunidad, la definitiva; no en vano ella se jactaba de sus conquistas al primer intento; siempre, todas… No podía permitir un nuevo desafío al destino, ni tan siquiera uno.
La primera cita con el apuesto galán resultó no ser una cita al uso, nunca antes había sufrido una humillación semejante: todo aquel que recibía su invitación se presentaba sin dilación, pero no ocurrió así entonces y aquél no acudió... Y tampoco en esta ocasión. Su perplejidad iba en aumento.
Sin duda era una situación atípica, insólita. Por un instante infinitesimal dudó y hasta pensó en la posibilidad de modificar algo su estrategia de seducción, la que desde siempre le había dado resultado a la primera. ¿Qué podría estar pasando en el mundo para que a alguien de su naturaleza se le ninguneara de semejante modo? La respuesta fue la falta de respuesta y tuvo que aceptar que tal provocación derivaba de manera inexorable en un necesario tercer intento que dudó en posponer sine die.
Se refugió en un pliegue del tiempo para recapacitar. Pensó que a pesar de conocer bien la costumbre de los humanos de fiar toda su existencia a hojas de rutas que siempre acababan renombrando con el cómodo nombre de «destino» para así huir de cualquier responsabilidad, no se reconocía como la que era, la mejor y más inmisericorde saboteadora de brújulas del universo. Todo esto había sido ya demasiado…
En un paraje temporal paralelo, el apuesto galán encaraba un nuevo propósito de enmienda al escapar doblando esquinas cómplices; había decidido, por segunda vez en un muy breve espacio de tiempo, empezar a cuidarse.
Y ella, deprimida aún, decidió citarse a sí misma para así acabar con semejante humillación, mas la Muerte sufrió un tercer y afortunado plantón, en esta ocasión de sí misma. ¿Acaso pensó, ilusa, que la Vida se lo permitiría…?

© Patxi Hinojosa Luján
(07/11/2018)

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Lunático

(Imagen extraída de la red Internet)

Benito era… entrañable. Sí, ese es el adjetivo que tanto se me resistía cuando dudaba entre escribir estas líneas o no hacerlo; el que mejor le define, sin duda. El otro, el que utilizaba la gente al principio como mofa para después quedarse como su mote, no me hacía demasiada gracia, aunque con el tiempo fui encontrándole un sentido. Benito era tan buena persona que en el pueblo enseguida dejaron de reparar en sus rarezas, olvidando así de echárselas en cara. Tan pronto ayudaba a los vecinos con las pequeñas chapuzas del hogar como en las siegas o en sus modestas vendimias, que aquí ya sabemos que no hay mucha uva, pero la poca que hay produce un vino exquisito; y en vez de dejarse convidar después de unas horas de duro trabajo, era él quien lo hacía pues siempre tenía en cuenta el llegar con bebidas frescas y las mejores viandas de su despensa allí donde se demandara su presencia. Y qué decir de su querido y famoso tractor, heredado de su progenitor pero que parecía nuevo de lo bien cuidado que lo tenía…, siempre estuvo a disposición de quien pudiera necesitarlo, aunque lo cierto es que nunca nadie aceptó su ofrecimiento alegando diversas excusas, la mayoría poco creíbles.
Él acostumbraba a decir a todo aquel que quisiera escucharle que su conducta carecía de mérito, que era la normal entre los de su especie, los nativos de la Luna, porque siempre juró y perjuró que él era un extraterrestre llegado desde allí. Quien más, quien menos, achacó tal delirio al tremendo golpe que se dio al caerse desde lo más alto del tractor de su padre cuando aún era un jovenzuelo que se afanaba en colaborar con él en cualquier tarea que surgiera. Y sólo por ello, el mencionado vehículo, cuyo tamaño era bastante mayor que el de los pocos que constituían el escaso parque de nuestra localidad, se ganó la fama de funesto que aún hoy mantiene.
Ahora mismo, sentado en uno de los bancos de la única plaza de nuestra aldea desde donde escribo en mi desgastada pero querida libreta estas palabras, mis recuerdos y reflexiones, miro de reojo a la lustrada placa que la adorna y lamento que él no llegara a verla renombrada. «Plaza de Benito», se puede leer hoy, y debajo de las letras, y en un gris plata intenso y brillante, una reproducción de la Luna Llena nos confirma que, a pesar de que nadie lo quisiera admitir de manera oficial, a muchos convecinos les quedó bien grabada en su interior la gran duda, ¿y si… y si siempre nos dijo la verdad? No así a mí, o por lo menos no desde que hace unos meses Benito me guiñara un ojo desde la preciosa, brillante y cercana esfera y lo haya repetido cada veintinueve días desde entonces…; pero me temo que si comento esto por aquí, todos piensen que yo también me haya caído del tractor o bebido toda la producción de tinto del año de un plumazo…
He sobrevivido a muchos de mis amigos, y sé que él me consideraba uno de los suyos. Recuerdo como si fuera hoy mismo y han pasado ya veinte años el día de su entierro y cómo el pueblo entero se volcó para acompañarle en su último recorrido por estas calles que le vieron crecer procurando hacer el bien hasta que le llegó la hora de morir, lo que hizo con total discreción.
Y así, no puedo evitar pensar en algo que me genera una gran inquietud: A saber qué pensarán los que como yo se mantienen con vida cuando, como contempla la ley municipal, en unos días se acceda a su sepultura para exhumar sus restos y llevarlos al osario provincial, y alguien grite, con el terror que generan algunas confirmaciones de sospechas silenciadas, que allí no hay nada que pueda llevarse a ninguna parte…

© Patxi Hinojosa Luján
(19/09/2018)

lunes, 10 de septiembre de 2018

Lo doy por sentido

(Imagen extraída de la red Internet)

Un día me levantaré con ganas de comerme el mundo, lo que entonces quede de él. Con ganas de frenar su rotación hasta hacerle girar en sentido contrario, de darle la vuelta como a un calcetín, en sentido figurado; de retratar todo lo que muestre a mis sentidos con colores tomados prestados de cualquier arcoíris, y describirlo con mis mejores y más sentidas esdrújulas, y cantarlo con mis mal rimados versos dorremifasollasidoados, aunque palabras como ésta tengan poco sentido...
Algún día prescindiré de mi colorido y rómbico disfraz para mostrarme tal cual soy.
Algún día… sucederá… lo doy por sentido.
Mas sé que mañana tampoco será ese día; lo sé desde ayer, si no desde anteayer. Hoy deberé seguir esperando a que desaparezca esta congoja que aprisiona cada amanecer tiñéndolo de gris tristeza, de sinsentidos, que amenaza con encerrarme con mis miedos una vez más.
Y mientras llega el anhelado momento, yo seguiré fingiendo ser el otro, el del disfraz de bufón…

© Patxi Hinojosa Luján
(10/09/2018)

lunes, 3 de septiembre de 2018

Reflexiones poco agudas

(Imagen extraída de la red Internet)

No quisiera parecer cínica, tampoco hacerme la simpática ejerciendo de didáctica, pero confesaré que hoy me he despertado más metódica que romántica sin por ello dejar de sentirme un tanto ridícula.   
Puede que, según avancéis en la lectura, corra el riesgo de que me tachéis de fanática de la fonética, mas debo compartir que me resulta tan lógico aplicar la Lógica de la acentuación como mágico es derramar una lágrima si lo es de felicidad. Por cierto, no todas mis compañeras hacen lo primero y pocos consiguen lo segundo.
No debéis temer, quiero pensar que no sentiréis vértigo por la acústica de esta lectura y que podréis comprobar enseguida que esta película no va de Física o Química, sino de una rápida y cómica reflexión, menos drástica y más humorística de lo que pudiera aparentar visto desde el vértice superior de la página.
Os contaré un secreto: antes de comenzar nada, en una acción mecánica, me tomo de manera figurada un cálido y aromático café, evitando siempre recipientes de plástico. Vamos, todo un clásico… Después de ello, con el cuerpo eléctrico, estoy ya preparada para visitar recónditos y fantásticos lugares en tránsito con mi imaginación y la de tantos otros, aunque en ocasiones me tracen con líneas rústicas y yo me ponga nostálgica.
¿Que quién soy yo, aún no lo habéis adivinado? Soy una palabra, Esdrújula, y no soy única, no, soy tan esdrújula como lo son las otras cuarenta y siete compañeras de este texto con las que me identifico y fusiono. Porque no me negaréis que sí soy auténtica, que yo sí respeto mi nombre y la estética ortográfica acentuándome en la sílaba correcta, la antepenúltima si la Matemática no me falla.
Es por esto que no quisiera terminar sin incluir mi última pincelada, una pícara pregunta: ¿No es verdad, querida Aguda, que tú vas por libre y que por eso decidiste ser tan grave como Llana? Sin duda, un capricho impúdico.

© Patxi Hinojosa Luján
(03/09/2018)

sábado, 18 de agosto de 2018

Sin maquillaje

(Imagen extraída de la red Internet)

Oigo caer la lluvia con fuerza ahí fuera y asomo un instante la cabeza a la calle para empaparme de su magia. Siempre equiparé ese sonido a diversas melodías, y me encantan las que compone para mí; aunque la de hoy es distinta, es como si quisiera confiarme algo diferente, pero yo no acabo de entenderla y cierro la ventana. Dentro, una emisora de radio lanza al aire sus propuestas musicales sin que yo le preste demasiada atención; a pesar de eso es una grata compañía en cualquier circunstancia. En un momento dado, una canción de M Clan coge el testigo de la lluvia y me regala un verso que se me queda grabado: «Éste no es un tiempo de cobardes». Noto cómo algo se acciona en mi interior cual resorte y corro a buscarte. Te encuentro en el baño. Antes he tenido la precaución de dejar la puerta cerrada.
Aquí estamos. Hacía tiempo que esta charla nos llamaba a gritos. Ojalá podamos tenerla con tiempo, sin prisas, sin agobios, sin miedo; y sin paños calientes. Hasta ahora siempre nos excusábamos con el hecho de que, al no estar solas, nunca encontrábamos el momento; pero como la situación no cambia, si no es a peor, de hoy ya no podía pasar. Me reafirma en esta idea esa capa de maquillaje que intentas disimular y que si en alguna ocasión fue necesaria, no lo fue por estética sino por dignidad. Lo sabes tan bien como yo.
Ya sé que es muy duro constatar a cada amanecer que nada de lo malo que pasa en tus días ha sido un sueño, que la calabaza ya nunca más se convertirá en carroza porque el canalla paró el reloj a las doce y un minuto de la medianoche y lo hizo trizas después, cuando decidió que ya nunca más serías su princesa, que serías su rehén.
Te confieso que cada vez lo tengo más claro: si te cuesta dar ese paso tan necesario no es por la esperanza de que él cambie, porque a estas alturas de la película no la hay ya, sino porque da la sensación de que te sienta como un guante ese traje confeccionado a base de retales de comodidad, apariencia y resignación. No creas que te culpo por ello, no es eso, pero ha llegado el momento de reaccionar pues las dos os merecéis ser felices. Es así de sencillo, y así de trascendente. Por favor, no me mires así, con esa mirada acuosa, me vas a hacer llorar…, de sobra sabes que tengo toda la razón.
Perdona un momento; oigo unos nudillos golpeando con delicadeza en la puerta reclamando mi atención. Veo que respeta mi espacio y mi tiempo unos instantes y que después entra. Me temo que ahora tendré que dejarte, sin duda ella querrá ocupar mi plaza frente a este espejo para prepararse, y ya sabemos cómo se las gasta esta jovencita cuando va a salir. Pero la decisión está ya tomada: intentaré mantenerla el mayor tiempo posible ajena a las maniobras en defensa propia de su madre, una madre que da las «gracias por los días que vendrán» y que luchará desde ya mismo para poder ir siempre sin maquillaje, viajando en la carroza que sin duda… merecemos.

© Patxi Hinojosa Luján
(18/08/2018)

jueves, 16 de agosto de 2018

Atrapado

(Imagen extraída de la red Internet)

Atrapado. Él, pintor de mil y una brochas, va perdiendo a bocanadas perversas el control de una paleta que hasta hace un suspiro y medio le había pertenecido; y ello conlleva que está perdiendo la partida. Ahora es una voluntad ajena la que las maneja a ambas y no quiero ni imaginarme que pudiera intentar justificarlo con un porqué, ni cuál sería éste en su caso. Desconozco si él también podrá ver, tal y como nosotros lo hacemos, cómo desaparece en la mezcla multicolor de aquella paleta, de manera paulatina e inexorable, el color verde esperanza mientras es sustituido por un negro oscuro, casi abismo; me recorre un escalofrío al pensar que quizá, durante algunos instantes, sí lo haya hecho…
Atrapado. Me angustia pensar en su angustia, atrapado como está en una jaula, con sus neuronas reduciendo número y actividad sin freno ni medida, permitiéndole percibir sólo de forma cada vez más difusa cómo aumenta la pena a su alrededor en la misma y maldita magnitud en que va desapareciendo su percepción.
Atrapado. Intento imaginar qué pueda sentir él, si es que aún pudiera, pero el esfuerzo es tan arduo como estéril. Si su menguada consciencia intenta reflexionar o imaginar algo, si ello no fuera una quimera, nunca se podrá saber, pues la posible salida de esta pesadilla se hace por momentos más y más pequeña, insignificante, y a través de ella cuesta ya todo un mundo reconocer su huella.
Atrapado. Cierto. Mas cuando llamen a la última puerta en pie del muro de su resistencia, sé que la abrirá sin recelo para traspasarla con dignidad y sin miedos, buscando una renacida esperanza, imagino que de un nuevo e indescriptible color.
¿Y nosotros…? Nosotros quedaremos atrapados en la tristeza, con la nostalgia por lo que fue, y por lo que no pudo ser, arañándonos el alma.

© Patxi Hinojosa Luján
(16/08/2018)