miércoles, 17 de mayo de 2017

Idea


Como cada mañana, cuando el alba me recuerda el privilegio de tu presencia en nuestro lecho pruebo a guiñarle un ojo con la esperanza de que, con semejante ejercicio de seducción, se haga a un lado para que pueda disfrutar de un tiempo de descanso añadido, pero no da tregua a su empeño y con toda la luminosidad que encuentra me apremia a la incorporación al mundo de la consciencia; lo hago saliendo del onírico, intentando separar ambos mundos con mi aún escasa energía.
Mientras contemplo tu imagen a través de las cortinillas de la rezagada somnolencia, persigo alguna idea que pueda regalarte como detalle por el nuevo amanecer, mas ellas juegan al escondite conmigo; y lo hacen con ventaja, no en vano, cuando al final se plasman en algo concreto, queda en evidencia que sus estructuras gramaticales y de contenido no chirrían tanto como mis gastadas articulaciones, y neuronas.
Fuera, los árboles que engalanan mi campo de visión, a la espera de su diario baño de sol, están más frondosos que otros años por esta época, lo que las ideas aprovechan para despistarme ocultándose tras ellos, entre ellos; pero lo que no saben es que el regalo que me hacen con esto es de un valor inmenso. Como siempre, acabo situándome en modo pausa durante lo que a mí me parece una eternidad venida a menos, y disfruto de la magia que se esconde, aunque también se muestre a quien quiera verla, en esa imagen de la Naturaleza que presume con su verde esperanza destacando entre todos los demás colores.
Cuando las ideas ya se resignan pensando que una vez más me he olvidado de ellas me conocen bien… salen de su madriguera con la guardia baja y entonces, como ocurre a veces, acierto con mi red «caza-ideas» a alcanzar y atrapar …, o quizá no me conozcan tan bien a una de ellas, casi siempre la misma, o en su defecto a alguna prima suya, y las demás se retiran con la parsimonia que les otorga la tranquilidad de saber saciado a su depredador.
Y, cuando escuchas que no me imagino la vida sin ti, que si me la imagino no quiero ver lo que veo, o cualquiera de esas frases tan manidas que vienen a significar lo mismo, una vez más ignoras mi torpeza por tal falta de originalidad al responderme con tu mejor regalo, ese brillo tuyo en los ojos, tan especial, en el que me quedo a vivir siempre que me lo permites, mientras me castigo con la eterna pregunta de «¿por qué no acaba de llegar nunca esa idea original que tanto ansío?», y siempre me respondo con el consabido «¡no tengo ni idea...!»

© Patxi Hinojosa Luján
(17/05/2017)

lunes, 15 de mayo de 2017

Orgullo


Hoy me ha dado por recordar algunos brillos que conozco bien a base de haberlos observado, con todo el respeto que se me inculcó, siempre que me ha sido posible acceder a la atalaya de una conciencia tranquila; es un ejercicio saludable y recomendable, se me ocurre valorar que casi tanto como la búsqueda, hasta enamorarse, de ese duende que acabará convirtiéndose en el más fiel compañero en nuestro Camino.
Así, recuerdo miradas que hacen el amor con el alma, con toda calma; otras que dan las gracias con el corazón, incluso algunas que reconocen esfuerzos con la razón… Miradas que visten, celosas, a sus amantes antes de compartirlos con nadie, sabedoras de que encontraron oro cuando se hubieran conformado con cobre. Miradas que, mirando más allá en el tiempo, adelantan las gracias a las necesidades en la confianza de que siempre serán cubiertas. Miradas de aprobación a quienes ya antes las tuvieron contigo de manera incondicional. Y en todas ellas los vidriosos ojos que así miran presentan un brillo tan especial, tan bello, que bien podría ser nombrado patrimonio de la humanidad.
Brillos… Me viene ahora a la mente uno de los más recientes, el que advertí adornando a un joven músico que acompañaba por vez primera en el escenario a su famoso padre, estrella de la canción, y que, mientras punteaba una guitarra rozando con respeto sus cuerdas, lo contemplaba al dar su particular «do de pecho», no pudiendo evitar uno de los gestos de admiración más diáfanos que haya visto nunca; ese es uno de los brillos que aspiro a ver en los ojos de mis hijos, sueño con merecerlo algún día...
Son todos ellos brillos de un orgullo sin maquillajes ni disfraces, de los que oxigenan el alma y dejan abierta una puerta a la esperanza. Pero existe otro tipo de orgullo con el que vivir también se torna una experiencia mucho más gratificante, y aquí y ahora no evoco ni me equivoco con ese ligero matiz ortográfico diferenciador entre «ser» y «estar» orgulloso, que se agiganta en su significado, porque tengo que decir que todas esas miradas «están», y puede que ya nunca lo dejen de estar; no, me refiero al orgullo de haber conocido a personas que, a pesar de no haber militado en el equipo de los Amigos queridos, se han adjudicado sin dificultad alguna un pedacito del espejo donde gusto mirarme cada mañana esperando llegar a parecerme algo a ellas con tiempo y ahínco.  
Pero hay ocasiones en las que nos relajamos y dejamos nuestra guardia baja, y es entonces, en ese momento que siempre es el más inesperado, cuando el destino se enfunda el papel de protagonista que exigió para él en el momento del reparto; y en este hoy, que no se ha reunido aún con el mañana que se apropiará de su nombre, aquel me ha forzado a dirigir la mirada hacia una esquina de ese cristal mágico desde donde se me dirigían palabras en castellano mezcladas con algunas en euskera, con un marcado acento gallego, y poco a poco asimilo que me tendré que conformar con las que ya están ahí, porque no habrá más, aunque puede que quizá solo hayan sido imaginaciones mías… Mas se me ha encogido el alma, sé que ya no podré hacerle partícipe de todo esto a él, por lo menos no en esta vida, y ahora que me acompañan dos brillos diferentes, y uno lo es de pena, os puedo asegurar que en el otro seguiré sintiendo por siempre ese último orgullo del que os hablé…

© Patxi Hinojosa Luján, con la mirada vidriosa, fija en el pedacito de espejo que Santi se ganó hace tiempo.
(15/05/2017)

jueves, 11 de mayo de 2017

A veces…


No sé cómo lo hacen, pero suelen intuir cuándo ellos van a acabar apareciendo y se reivindican a su manera, con un juego de seducción no provocada que esconde la exigencia de que se las exhiba; es entonces cuando las sacamos a pasear para que así se oxigenen un tanto y puedan lucirse en presencia de aquellos. Ellos acuden siempre a un encuentro que jamás se retirará de la cartelera, bien es cierto que en ocasiones camuflados en esas sombras que remodelan sus siluetas, mas en la mayoría luciendo sus mejores galas lumínicas.
Lo cierto es que ellas juegan con ventaja, el crupier de ese casino que se nos aparece a la vuelta de cualquier esquina en nuestras intrincadas vidas les reparte siempre las mejores cartas al no poder resistirse a sus encantos; los entiendo, ¿quién lo haría al embrujo que simulara el guiño de las quintas pestañas de unos preciosos ojos color verde promesa? A ellos eso les preocupa más bien poco, ya jugaron sus partidas más importantes y ahora solo aspiran a que sean recordadas, a que se les tenga presentes.
¡A veces las emociones están tan unidas a los recuerdos, a veces…!; pero siempre lo hacen iluminando todo con su brillo especial.
***
Hay una mesa que siempre está preparada desde el mes anterior, y a pesar de que las órbitas de nuestras vidas giren ajenas a ello durante esos treinta días, al final nos conducen hacia aquella atraídas por su cautivador magnetismo. Unos platos y unas copas nos esperan cuando hace un buen rato que las emociones y los recuerdos se repartieron los papeles en la representación; y mientras transcurre el tiempo de esta, chocamos esas copas, y aunque haga casi media vida que nos miramos a los ojos al hacerlo, puede que sea por aquel brillo especial por lo que siempre somos capaces de ver cada vez un poco más dentro.
A veces nos dejamos llevar por ellos, por ellas; a veces…

© Patxi Hinojosa Luján
(11/05/2017)