martes, 19 de septiembre de 2017

Desnudo


Aún hoy tiemblo al recordarlo, incluso mi cuerpo empieza a sudar sin motivo aparente para los ojos extraños que me puedan observar.
Los dos éramos muy jóvenes, aunque no tanto como para no desear ya en aquellos tiempos liberarnos de una adolescencia que suele enquistarse a veces, aunque sea sólo en los sujetos más temerosos de asumir responsabilidades.
Como os decía, tiemblo al evocarlo, admitiendo que desconozco de dónde pude sacar la osadía para pedírselo, para pedirle que se desnudara para mí; pero el caso es que lo hice y, aunque no reaccionó enseguida, lo cierto es que no salió huyendo, y yo lo interpreté como todo un éxito previo al inevitable triunfo final.
A partir de entonces, con una complicidad recién estrenada, escapamos juntos en más de una ocasión a esa cara de la Luna que se oculta ante nuestros ojos pero no ante nuestros anhelos, y así podíamos seguir estudiándonos para aprendernos el uno al otro con la privacidad que da la intimidad. Recuerdo esas escenas, y otras con tanta o más carga de pasión, como si hubieran sucedido hace un momento, justo antes de elegir esta manzana que ya antes se eligió para mí y que acabo de morder. Y ahora sonrío, pues la equiparo a aquel recuerdo; parece que no pudiera resistirme a algunas tentaciones…
Llegados a este punto, caigo en la cuenta de que algunos de vosotros, amables lectores, quizá estéis pensando que este es tan buen momento como cualquier otro para que aparezca en el relato ese giro que termina por otorgar al texto un significado situado en el extremo opuesto de lo que se suponía hasta entonces... Siento decepcionaros, esta vez no hay tal giro final. En efecto, es cierto que le pedí que se desnudara, como pensaba hacerlo yo también, y no tardó en complacerme, pues lo hizo pocos días después cuando me abrió de par en par su corazón en un apasionado e integral desnudo emocional.
Porque…, eso era lo que habíais pensado, ¿no?  

© Patxi Hinojosa Luján
(19/09/2017)

lunes, 18 de septiembre de 2017

La porción

Mi segunda aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER...

Otra vez a oscuras, en silencio, cómplice de una sonrisa inocente que veo disfrutar.
Hoy es un día que en otra época fue especial, aunque procuro mantener bien escondido ese matiz a sus ojos. Él ignora que esta tarta, nuestro regalo por su cumpleaños, disimula lágrimas en su masa; cree que vendrá a por su porción, y que por eso le esperamos escondidos, ¡sorpresa! Mas lo cierto es que nos refugiamos en la clandestinidad del silencio, de la oscuridad, de la discreción del maquillaje… Y que rezo para que se equivoque, para que jamás volvamos a ver al monstruo.

© Patxi Hinojosa Luján
(14/09/2017)

sábado, 16 de septiembre de 2017

Íntegro


Cuenta la leyenda que jamás lograrás verlo si tu mirada no es capaz de buscarlo, que no estará cuando no lo eches de menos, porque él nunca se manifestará si es para estar de más. Cuenta otras muchas cosas, cierto, por algo es una leyenda, pero sólo es eso, o nada menos que eso. Por ello mismo opto por aparcar este libro que no he llegado a abrir y os contaré lo que el álbum de mis recuerdos aún conserva con mayor o menor claridad.
Es imprevisible, tanto como lo pueden llegar a ser nuestros pensamientos, y se nos puede aparecer en el momento y lugar más inesperados. Su conversación es relajada, ponderada, esclarecedora, conciliadora…, siempre. Sin saber por qué, cuando nos damos cuenta de que no nos importa compartir con ese desconocido nuestras intimidades, ya le hemos invitado a visitar los recovecos más recónditos de nuestras personalidades; pero no utiliza estos recursos para su beneficio, al contrario, sólo le interesa una cosa: ayudar de manera incondicional.
No exagero un ápice si afirmo que él es un ser íntegro a todos los niveles; y creo no equivocarme si considero que humano es un adjetivo que no le hace justicia, se le queda corto, demasiado…
*
—¿Va bien así, sí?, ¡estupendo! Entonces, ¿podría apartarse, aunque sea sólo un poco, por favor?..., es que, verá, sus alas me hacen cosquillas, sobre todo la derecha, se le está desprendiendo; y además, ¡ejem!, me está haciendo daño esa pistola clavada en las costillas…
**
Decía…

© Patxi Hinojosa Luján
(16/09/2017)

viernes, 15 de septiembre de 2017

La barrera


(Soneto fecho «casi» al itálico modo y dedicado a mi hermana en «la menor» Monse en su cincuenta cumpleaños)

Hoy te toca a ti, hermana en «la menor»
Pasar la barrera de los cincuenta
Ya nos llegó a todos sin darnos cuenta
Y en tu caso lo aceptamos con humor

Sé que lo afrontas carente de temor
Pues ya tu troupe te aleja la tormenta
Tres chicas, dos chicos, esa es tu renta
Grupo tan unido que es todo un clamor

Ves que un nuevo tiempo se manifiesta
Ayer irrumpió el cambio de sopetón
Hoy desestimas echarte una siesta

Y así, colmando de pasión su zurrón
El destino se incorporó a tu fiesta
Y te tatuó una nieta en el corazón

© Patxi Hinojosa Luján
(15/09/2017)

jueves, 14 de septiembre de 2017

Indolencia

Mi primera aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER...

La casa ha comenzado a llenarse de hormigas. Ya sé que no te importará, por mí también pueden coger todo lo que les interese. ¿Sabes?, ellas sí consiguen vivir como una verdadera sociedad; y lo mejor de todo, no son nada ruidosas, se cuidan de no molestarme cuando estoy cansado, cuando descanso o cuando no quiero que me molesten, y eso no lo puede decir todo el mundo, ¿verdad?
Hormigas… A mí no me importa que acudan cada vez en más número a la llamada de sus congéneres, pero ahora debo tener mucho cuidado, mirar bien dónde piso, no quiero más cadáveres en la casa aparte del tuyo.

© Patxi Hinojosa Luján
(06/09/2017)

martes, 12 de septiembre de 2017

El porqué


Deslizo, travieso, mi osadía por debajo de tu alma hasta soñarnos en un nuevo beso que siempre es aquel primero. Entonces nos veo: a mí en un blanco y negro que, ilusionado, se va tiñendo de tu mundo de colores imposibles; a ti en color, condenando la puerta al salir del mío, el negro y blanco del que me rescataste.
Y en ese preciso instante lo recuerdo cada vez, recuerdo el porqué…

© Patxi Hinojosa Luján
(12/09/2017)

sábado, 2 de septiembre de 2017

La extraña luz en el cielo


Estaba el otro día escuchando la radio; hablaban de alta costura y su influencia en nuestra sociedad, asunto serio donde los haya, cuando, de repente aunque con aviso previo, cambiaron de tema y se pusieron a hablar de platillos volantes, de ovnis, vamos… A punto estuve de cambiar de emisora, pero algo superior a mí hizo que dejara tranquilo el dial, supuse que sería la curiosidad.
Yo, que nunca he creído en todo esto de los fenómenos paranormales y de las posibles visitas de seres extraterrestres, aluciné con los testimonios de personas que llamaban al programa para compartir sus supuestas experiencias. La verdad es que me irritó sobremanera la carga de trascendencia y verosimilitud con las que las acompañaban, como si pensaran que los oyentes les estábamos creyendo; y eso estaba reñido con la clara evidencia, a todas luces.
Cuando terminó el programa, apagué el aparato y salí de casa. Había leído que ese día estrenaban la nueva película de un joven director que parece ser que prometía, y yo tenía ganas de cine esa noche. Hacía un buen rato que había anochecido por lo que conducía despacio por la ciudad, he de reconocer que mirando de reojo al cielo, aunque no esperando ver nada raro.
Y entonces lo vi, un círculo perfecto, muy brillante, de color verde, inmóvil ahí arriba justo encima de nosotros. Frené de golpe, oí frenadas detrás de mí, supuse que de personas que, como yo, admiraban extrañadas el espectáculo. Casi sin darnos cuenta ascendió sin hacer ruido alguno cambiando su color al del sol, mas fue solo un instante porque al momento nos retaba desde una posición un poco más elevada a la vez que adquiría un nuevo color: rojo intenso y muy brillante. Ahora recuerdo que oí algún sonido estridente y agudo que no pude interpretar al estar hechizado por la visión. De repentemente —¡uy, perdón!—, volvió a descender y a mutar de color hasta el verde con que se nos presentó al principio. Yo ya no sabía qué pensar, deslumbrado como estaba por el espectáculo, cuando volvieron a sonar los diabólicos ruidos acompañados en esta ocasión de unos sonidos guturales, como llegados de ultratumba, entre los que… algo sí llegué a entender:

—¡¡¡¿¿¿Pero tú eres gilipollas???!!!, ¡¡¡arranca ya que se nos va a volver a poner el semáforo en rojo otra vez…!!!

© Patxi Hinojosa Luján
(02/09/2017)

(Este año se cumple el cuarenta aniversario del estreno de Encuentros en la tercera fase, del genio Steven Spielberg. Sirva este micro de humor de humilde homenaje)

jueves, 31 de agosto de 2017

No más monstruos


El amanecer ha reincidido con las cosquillas de sus primeros rayos despertando a mi compañero de fatigas, envolviéndolo en una calidez que solo será protectora hasta que constate que necesita algo más, bastante más. Yo he quedado en un segundo plano, pero no se lo reprocho a la ardiente esfera, más temprano que tarde actuará igual conmigo y yo tengo por máxima no cuestionar los regalos, ni en su cantidad ni en su oportunidad.
Como cada mañana saco a pasear mis necesidades y expectativas para que se aireen al mismo tiempo que mis ideas, mas debo hacerlo esquivando miradas de desagrado y desprecio. Las de odio también nos acorralan, se distinguen con cruda claridad porque acostumbran a acompañar al brillo de los ojos rojos, ceños fruncidos y mandíbulas y puños apretados como si les fuera la vida en ello; pero se mantienen, cobardes como sus poseedores, algo más alejadas, no en vano mi compañero ha aprendido a mostrarles sin disimulo sus colmillos cuando nos ve amenazados, lo que nos suele servir como medida disuasoria, solo a veces...
Utilizan también la violencia verbal con fluidez. Con ella nos apremian a que abandonemos un espacio que los de su clase no frecuentarán jamás, y nos exigen que no volvamos. Nos amenazan con uniformes y leyes, con desprecio, con la violencia de Goliat contra un David que aún no ha conseguido pasar la ITV de su honda.
*
Esta mañana me he propuesto, una vez más, erradicar de mi mundo unos monstruos, los más temibles, los que nos acechan a plena luz del día: urgencias, exigencias, prejuicios, cobardías, malos modos, violencia…, y como cada mañana me escondo tras la excusa de que eso no depende de mí, nada de eso. El tenue alivio que me invade no consigue esconder un punto de frustración y otro de vergüenza.
**
Un día más aireo el mismo propósito de los anteriores y me parapeto en mi restaurada excusa de que alcanzar mis anhelos ya no solo depende de mí. Me envuelve un alivio aliñado de esperanza. Sigo soñando.
***
Amanece un día que no va a ser otro más. Esta vez los primeros rayos me han visitado antes a mí. Recojo mi modesto campamento y hago limpieza en lo que ha sido nuestro hogar durante los últimos meses, el banco merece estar aseado cuando lo utilicen otras personas, y esas personas se lo merecen tanto o más que aquel. Es cuestión de respeto y de sentido común, tan solo. Mientras, mi compañero se mueve en círculos meneando la cola, feliz, sabedor de que viajaremos sin sentido ni dirección fijos ahora que caminamos por la senda adecuada, una senda en la que ya no aceptaremos más monstruos.

© Patxi Hinojosa Luján
(31/08/2017)

sábado, 26 de agosto de 2017

La delgada línea


Recupero la consciencia, parece ser que he estado dormida un buen rato.
Inspecciono lo que abarca mi nublada mirada y constato que me encuentro sola en mitad de una estancia en la que la penumbra no consigue disimular la blancura de paredes y techo. Intento recordar todo lo que aconteció antes de sumirme en el letargo que me ha privado de un tiempo indeterminado de realidad y lo hago poco a poco, como a plazos pagados con dificultad.
Enseguida deduzco que la operación ha debido de salir bien porque no hay señales de cuidados intensivos, ni tan siquiera especiales, y no ha quedado nadie para poner en mi conocimiento indicación alguna. Intento incorporarme a cámara lenta, pero a mitad de maniobra echo en falta un extra de energía y me dejo caer. «Tú sabes hacerlo mejor» —me digo— y lo vuelvo a intentar, esta vez con éxito.
Una vez erguida, abandono el sillón —que no es tan incómodo como dicen por aquí— y salgo de la estancia por las puertas abatibles que me recuerdan que mi trabajo en el quirófano acabó hace rato. Decido, aunque no me creo en absoluto, que no volveré a aceptar nunca más el doblar guardias, cada vez me cuesta más librarme del sopor que aparece con el cansancio y me invita, en un ejercicio de sutil seducción, a traspasar la delgada línea, la que separa la vigilia del sueño más profundo.
Recuerdo algo y río con ganas: Alguien nos definió una vez a los anestesistas como «gente medio dormida atendiendo a gente medio despierta»; y no le faltaba razón…

© Patxi Hinojosa Luján
(26/08/2017)

viernes, 25 de agosto de 2017

El descarte


Recordando me ves mi torpe olvido
Realojando en su urna la decepción
Dejándome arrastrar por la sedación
Recuperándome aún de aquel ruido

Me confías tu plan envejecido
Descartada ya una segunda intención
Se intuye una nueva reconciliación
¿Me dejo llevar por ti y reincido?

Sé que para mí siempre fuiste un mito
Mas siempre me refugié en mis baluartes
Tan frágiles cual férreo es el granito

Y aunque retomaras tus finas artes
Y aliñaras mi plato favorito
Yo… ya me descarté de tus descartes

© Patxi Hinojosa Luján
(25/08/2017)

miércoles, 23 de agosto de 2017

Sombra en Madrid (Un soneto a Joaquín)


Sombra en Madrid
(Un soneto a Joaquín)

Hoy Tirso de Molina vendería
A su convidado de piedra obrera
Incluso a la mejor espigadera
Por conseguir una zona sombría

Hoy que el Sol ataca desde Gran Vía
Oficinistas blindan su trinchera
Sofoca su fuego una camarera
Y un Tribunal condena al nuevo día

De labios pintados habló el canalla
Que del metro emergió en su gran actuación
 Pero dijo algo más de la metralla

Si me sobran menos noches que pasión
Si tengo que atravesar la muralla
Que sea en aquel Caballo de Cartón

© Patxi Hinojosa Luján
(23/08/2017)

viernes, 4 de agosto de 2017

Solitario, pero menos


No sé cómo he podido llegar hasta aquí, pero sí sé que ya no habrá vuelta atrás…
***
Los veo levantarse de sus sillones y aproximarse, desconcertados, hasta mi posición; mientras lo hacen, murmuran entre sí palabras que me resultan incomprensibles, absurdas.
—¡¡No se acerquen, que no respondo!! —Acierto a decir sacando un poco la cabeza del pozo donde me ha encerrado mi nerviosismo.
¡No, por favor, no le haga daño! Ella no es responsable de nada, es inocente, ¡se lo juro! responde el director de la peculiar asamblea, acercándose a mi posición con prudencia mientras relaja el nudo de su garganta al aflojar el de su corbata.
—¡Alto, ni un paso más! —Añado, ahora con más convencimiento—, tienen que volver a oír mis condiciones y aceptarlas, de lo contrario…
—… ¿Qué?, ¡no irá a hacerle daño! —Corta el jefe que ya ha mandado sentar a los demás miembros de su junta de gobierno; se aleja un par de metros por precaución.
—Si la restituyen y anulan la prohibición de su uso, les prometo que se la devolveré intacta; si no, quizá me vea obligado a ofrecerles la representación de una tragedia en directo, aténganse a las consecuencias…
—¡Ah! Ya entiendo, ahora lo veo claro: usted es el loco que nos envió aquellas amenazas tan ridículas, a las que, por cierto, no dimos ninguna credibilidad.
»Se lo ruego una vez más, no haga más tonterías, déjela libre; ella es un icono para todos nosotros, el símbolo de nuestra exclusividad.
»… Y ya dijimos en rueda de prensa que la nuestra no era una prohibición absoluta, sino una recomendación; encarecida, eso sí. No hacía falta llegar a esta pantomima.
—¡No mienta más!, usted sabe tan bien como yo que plantearon su exclusión como definitiva —Recompongo mi figura para teatralizar mi alegato final:
»Se lo advierto por última vez: si no nos devuelven el uso de la tilde para nuestro «solo» menos solitario, asistirán a una amputación, la que sufrirá esta letra. Me llevaré la virgulilla de la «ñ» como trofeo; ustedes verán para qué les sirve una segunda «n» y cómo reescriben sus tratados de Historia, sus libros de Literatura

© Patxi Hinojosa Luján
(04/08/2017)

martes, 1 de agosto de 2017

El solar (y 3)


Al final va a resultar que el todopoderoso tiempo, sin dejar de alardear de su lógica indescifrable, toma una nueva dimensión para los que, como yo, ya han dejado de ser. Veréis… En este nuestro momento, tan atemporal, los plazos de permanencia han vencido y lo que una vez nos definió como ente físico ya no descansa en la misma zona del solar que tantas veces contemplé con aquella mezcla de intriga, fascinación y atracción; no encontraría forma alguna de asegurarlo sin que pareciera un verdadero disparate.
Mas no tendría que ser consciente de nada de esto, a no ser… ¡sí, va a ser eso…! Interiorizo que quizá no sea del todo erróneo considerar que en mi caso, como en otros muchos, haya quedado algún tema pendiente, y algo parecido a una visión evoca el brillo del estilete pegado a mis restos.
¿Alguien estuvo atento y rápido para hacer desaparecer el arma de su crimen en el lugar y momento oportunos? Claro, ¿qué le importaba a quien fuera que se descubriera durante el traslado, manchado con el rojo de su víctima, si no se abriría ninguna investigación al haber prescrito el delito…?
¿O no? pienso, incrédulo, mientras retiro mi irreal vista de la nueva visión que presenta mi mano izquierda, bajo la derecha, empujando aquel acero en el espacio justo que latiría al son de mi corazón por última vez. ¡Oh, no!
El solar… Sonará a desvarío, pero añoro el solar de enfrente, el que albergaba mi hogar, con aquella ventana siempre tan abierta…

Para Oscar, él ya sabe por qué…

© Patxi Hinojosa Luján
(01/08/2017)

domingo, 30 de julio de 2017

El solar (2)


Al final me mudé al solar de enfrente; mejor dicho, me mudaron. He podido comprobar que también aquí, como en todas partes, hay clases: me tenían reservada una modesta y fría parcela que rompe la relatividad de la humedad al superar siempre el cien por cien. A mí, que ya no siento ni padezco, poco me importa, como tampoco que toda esa gente que aparece de visita de vez en cuando, nunca lo haga por un servidor.
Sé que, cada vez que eso ocurre, la pesada puerta de hierro de la verja que circunda nuestro solar chirría en sol menor debido a la herrumbre acumulada gracias al trabajo en equipo del tiempo y de aquella humedad tan poco relativa; me lo dice el recuerdo, ahora desubicado, que un día habitó en mí. Mas yo ya no oigo ese chirrío, nunca más lo haré, al menos no en esta eternidad que ha teñido mi esencia de oscuridad y silencio.
Y, como tengo todo el tiempo, que en mi caso es equivalente a nada, me ha dado por preguntarme si alguien reclamará algún día este brillante objeto afilado que enterraron conmigo y que ni antes de morir pude reconocer como propio; y no sé qué contestarme…

© Patxi Hinojosa Luján
(30/07/2017)

sábado, 29 de julio de 2017

El solar (1)


Mis vecinos de enfrente son muy discretos. Jamás hacen ruido alguno. Rara vez reciben visitas cuando anochece, y las que lo hacen durante el día respetan siempre el silencio reinante, desplazándose con lentitud, destilando añoranza…
No dan problemas. He de reconocer que son unos buenos vecinos, aunque un poco pesados de un tiempo a esta parte: llevan semanas pidiéndome que me mude con ellos; supongo que será porque desean que también yo disfrute de su tranquila residencia.
Pero ahora no puedo ni siquiera acercarme a su solar, no sin ayuda. Imagino que intuyen que lo sé…
Sí, sé que yo, al igual que mis vecinos del solar de enfrente, estoy muerto, aunque ningún vivo se haya percatado aún de ello…

© Patxi Hinojosa Luján
(29/07/2017)

sábado, 22 de julio de 2017

Sentimientos encontrados


(Estamos en el equivalente al año 2153 terrestre; octubre, más o menos. Nave interestelar Luna XLIII en misión colonizadora camino del centro de la espiral de la Vía Láctea)

El inmenso salón está muy iluminado, en contraste con la imagen que les regala la no menos inmensa cristalera oval, espectacular aunque jamás abandone la noche, o quizá debido a ello… Dos figuras humanas son los únicos seres multicelulares que lo ocupan en estos momentos.
¡Madre, mire lo que he encontrado!, parece ser una memoria externa muy antigua.
¿Cómo lo sabe, hija?
Porque mi LACBM* detecta información básica en él, un fichero con texto simple; pero mire qué primitivo es, fíjese, ¡si hasta tiene una especie de conector! añade, sacándolo del aparato para mostrárselo a su madre.
¿Dónde dices que lo has encontrado? —pregunta la madre, haciendo gala de su habilidad.
Aquí, en esta antigua caja de grafeno con recuerdos de sus antepasados, junto a estos libros de paopel…
—¡Papel, se dice papel! —Interrumpe su madre, sonriendo—. Aprovecho para recordarle que ese material se produjo en las papeleras de nuestro añorado planeta hasta que en el año 2040 se dejó de hacer cuando el número de árboles se situó por debajo del umbral mínimo crítico. Espero que la Tierra haya recuperado ya algo de su esplendor pasadoagrega con seca nostalgia.
La joven vuelve a colocar su descubrimiento en el dispositivo LACBM* y pregunta:
¿Quiere leerlo conmigo, madre? indica señalando un punto indeterminado sobre el escritorio que ocupa y que se presenta ajeno a lo que va a mostrar en breve.
Sí, claro, hija, con mucho gusto y se sienta a su lado junto con un incipiente hormigueo.
La chica mira a su madre con una mezcla de ternura y orgullo y activa el dispositivo. Ambas dirigen ahora su mirada a la pantalla virtual y empiezan a leer:

 ***

Año 2042, 11 de noviembre. Sé que es un día muy especial, pero…

Hace tantos años ya de todo que mi memoria, en la mayoría de las ocasiones, se equivoca en algún cruce y rara vez consigue regresar para recordármelo; es por ello que ya no recuerdo cuando lo escribí, aunque sí me reconozco en esas palabras escritas en papel que acabo de encontrar por casualidad y que voy a traspasar a este formato enseguida. Veo, como si fuera hoy, esas imágenes que tanto representan para mí. Y ahora que recuerdo sentir que la amo más que a mi vida, se lo diré una vez más, pero no que echo de menos quién fue, ¡tanto de menos!… Quiero escribirlo aquí, bien alto, por si algún día alguien lo lee en voz baja, deseando que ella sienta lo mismo en los escasos intentos de lucidez que compartimos…

*

Año 2017, 11 de julio

Hay una imagen que se ha atrincherado en mi cerebro, en la esquina que presume de las mejores vistas, a base de repetirse una y otra vez; y parecería que intenta poner a su nombre las escrituras de esa propiedad, porque ha llegado a cobrar una notoriedad que, cuando todo empezó, no llegué a intuir que alcanzaría.
Reconozco que al principio me vi sorprendido por la pasión con la que silenciaba nuestros silencios, posponiéndolos, cuando me urgía a compartir con ella cada una de las bellezas que captaba su mirada. Recuerdo ahora la de aquellos rayos de sol aterrizando en alguna de las colinas que han rodeado siempre nuestros paseos de dedos enlazados, aunque tampoco desdeñaba si los sorprendía descansando sobre algún tejado incauto. Pero lo que recuerdo con mayor nitidez es la imagen que la capta a ella haciéndome cómplice de su apasionamiento.
Poco tiempo después, tras unos cuantos entusiastas «mira qué bonito, esos últimos rayos de sol sobre el mar, con el gris azulado jugando con el azul marino… qué imagen tan bella dejan», no me queda la menor duda de que siempre ha sido debido a su generosidad, ese no imaginar no compartir cada tesoro que va encontrando en su camino es una de las múltiples perlas que conforman el collar de su identidad.
Con el tiempo, he aprendido a disimular mi media sonrisa cada vez que le oigo decir «mira, mira allí, qué bonito…», sé que no la debo exponer cuando ella busca en mi rostro la reacción que espera, ese gesto de admiración, porque solo aspira a verse reflejada. Y es más, cuando alguna vez, de un tiempo a esta parte, los «mira…» se espacian, creedme que me inquieto.
Mas sé que el tiempo acabará momificando este y todos los demás recuerdos, que llegará el día en que ella no localice el resorte que le haga querer seguir mostrando su pasión, también el día en que yo ya no la eche de menos, a esa pasión, quiero decir…; pero hasta entonces, como seguimos jugando a este juego de complicidad y arrebato, ella me apremia desde la puerta de entrada para que deje de escribir estas apresuradas líneas; «ya las terminarás después», me dice y, coqueta, se pone sus gafas de sol para que este no llegue a sospechar nunca que tiene la intención de seguir observando sus juegos de luz. Yo la sigo…, siempre lo he hecho, siempre lo haré…

***

Las mujeres se miran honrando el silencio que genera el respeto a los valores más puros. Tanto una como otra saben que ambas han necesitado leer dos veces el texto. De las dos, la cara que hace tiempo disimuló con láser sus arrugas más rebeldes muestra un evidente gesto de nostalgia, ya no tan seca.
Madre, ¿qué significa pasión? —Y la mira con cara de niña buena antes de añadir ¿Existía esa palabra cuando usted era joven… o niña?
Siente que su hija la ha pillado desprevenida, y respira hondo antes de responder.
Sé de ella poco más de lo que me contaron tus abuelos: que, según los gobernantes, era un híbrido entre emoción y sentimiento muy peligroso y que por eso no tuvieron más remedio que prohibirla a nivel mundial y a perpetuidad recuerda con una nostalgia que no esconde sus toques de humedad, haciendo caso omiso por primera vez en su vida de la orden que prohibió también el tuteo entre todas las personas, al ser un trato de cercanía y complicidad que fomentaba la subversión.
»Pero, ¿sabes?, yo sé que no la prohibieron por eso, que lo hicieron porque le tenían miedo piensa un instante y continúa—; creo que era más bien pánico, eso era, pánico. Ese sentimiento, hija, movía el mundo y lo pintaba de colores, haciendo que nos moviésemos con él. Lo sé porque muchas veces sueño que disfrutamos de ella, y la sensación es maravillosa, aunque siempre desaparece muy rápido por la mañana.
Sabedora de que están en un punto de inflexión, que habrá un antes y un después de esta conversación, la mujer prepara dos unidades de vino, de uva por algo es una ocasión especial, se dice, decidida y le ofrece una a su hija antes de apostillar:
Los gobernantes siempre se han reservado para ellos todo el poder acompañado de lo mejor que brinda la vida, dejándonos a los demás unos lúgubres mundos en blanco y negro que algunos coloreamos a escondidas siempre que podemos.
¡Por nuestros tatarabuelos —propone al fin, en un brindis, su hija—, que conocieron la pasión y la disfrutaron incluso después de dejar de ser conscientes de ello! ¿Verdad, mamá? —Suelta, emocionada, en su primer intento de algo parecido a un tuteo.
¡Verdad, hija mía! La abraza contra su pecho. Ahora que me paro a pensar, veo que es cierto…
¿El qué, mamá? interrumpe curiosa.
—Que el tiempo nunca miente a la hora de la verdad…

* Lector Analizador de Códigos Binarios Modificado

© Patxi Hinojosa Luján
(21/07/2017)