sábado, 29 de marzo de 2014

PALETA DE GRISES


       
       Me gusta el gris claro de la luna llena en noche estrellada.

       Me gusta el gris resplandeciente del horizonte marino en un atardecer sin trapisonda a la vista.

       Me gusta el gris brillante del marco que encuadra tu mirada atrapada en una instantánea «robada».

       Me gusta el gris oscuro de nuestros paseos nocturnos.

       Incluso me gusta el gris imperfecto del asfalto de la carretera si la recorro contigo.

       Y no me asusta el gris futuro si tú lo enfrentas a mi lado, porque eso me permitirá seguir viéndome reflejado en tus preciosos ojos color azul cielo y mar.

       ¡No todo iba a ser gris!

Patxi Hinojosa Luján

(29/03/2014) 

jueves, 27 de marzo de 2014

MAGIA BLANCA

       El niño salió al exterior, buscaba a su madre para compartir con ella un secreto. Cuando por fin la localizó, le soltó de repente:

       —Mamá, he visto magia.

       —Pero, ¿cómo es eso?

       —Sí mamá, he visto magia cuando estaba dormido.

       —Y, ¿te ha gustado? —dijo la madre con la mente puesta en otras prioridades.

       —Sí, mucho… ¿quieres que te lo cuente?

       —¿Qué? ¡Ah, sí, por supuesto cariño!

       El niño reflexionó un instante y comentó:

       —En realidad son dos las magias que he visto, mami…

       —¿Dos? —Apuntó su madre, ahora ya con más atención.

       —Sí dos. Las dos las hizo una misma persona, diferente a nosotros, en lo que puede que fuera su casa, no sé…

       —Continúa, hijo.

       —La primera era que podía convertir la noche en día y el día en noche con solo tocar la pared —la madre guardaba silencio…

       —Pero la segunda magia era mucho mejor, como un milagro: tocaba o movía algo que sobresalía de otra pared y por allí salía… ¡agua!, mucha agua, «toda» la que quisiera hasta que volvía a tocar o mover aquello y ya dejaba de salir. Esa agua estaba muy limpia, transparente del todo, y servía para beber, cocinar, lavarse, lavar las ropas y también limpiar cualquier otra cosa —dijo sin ocultar su gran entusiasmo.

       La madre miró con detenimiento a su hijo, para pasar después a echarse una ojeada a sí misma. Pensó que un poco de aquella agua, tan abundante y tan limpia en la visión de la que hablaba su hijo, no les vendría nada mal, no…

       Se agachó lo suficiente para poder besar a su hijo, primero en la frente y después en las mejillas; lo abrazó con ternura y cariño, pero también con toda la fuerza que pudo reunir desde todas las desnutridas células de su cuerpo hasta poder erguirse con él en sus brazos para, con un gesto de resignación, entrar en la modesta choza de paja y barro que compartían ellos dos solos desde que aquella bestia peluda se «llevó» al que compartía sus vidas como compañero y padre.

       Una semana después, más o menos, y sin previo aviso, un convoy de la Cruz Roja Internacional pasó casualmente por su poblado, lo que permitió al niño comprobar y confirmar, perplejo, que esa magia sí existía y que además con ella sería más fácil esquivar su «negro porvenir».

       A partir de esa experiencia, y a pesar de su corta edad, el chico se planteó un único objetivo en la vida: hacerle un regalo a su queridísima mamá. Lo que ignoraba en aquel momento era cuándo, cómo y a qué precio lo conseguiría.

       No cejó en su empeño y cuando por fin logró su objetivo, el otrora cabello negro azabache de su madre ya se había cubierto de nieve coronando un rostro con algunas arrugas pero henchido de satisfacción y orgullo.

       Mientras se aproximaba el reencuentro empezó a pensar en cuál sería el «envoltorio» adecuado para esa «Magia Blanca».

Patxi Hinojosa Luján

(27/03/2014)

sábado, 22 de marzo de 2014

¿POR QUÉ NO…?

       Estaban a punto de consumar su reconciliación y algo más, el entorno era perfecto, el idóneo para la ocasión a esas horas de la madrugada en aquella playa desierta de la paradisíaca isla caribeña en la que se encontraban.

       La larga temporada de dolorosa introspección personal, con parámetros cercanos a la depresión debido a aquellos malentendidos que se habían instalado en la rutina diaria, estaba a punto de ser solo un doloroso recuerdo para dejar paso a una etapa, otra más, de armonía pasional. Claro que… algo tuvo que ver en ello el embrujo de la luna llena y los tres chupitos de ron añejo por cabeza que se habían tomado.

       No fueron conscientes de cómo y cuándo se despojaron de las vestimentas que, como un muro, se interponían entre sus cuerpos, pero estos ya estaban «estudiándose» como si fuera la primera vez con toda la parsimonia y sensualidad imaginables; de hecho, el universo entero se concentraba ya en aquellos momentos de lujuria, placer y felicidad...

       Dos despertadores, separados por algo menos de un kilómetro entre sí, sonaron al unísono interrumpiendo ese mágico momento y cortando sin miramientos y de golpe la misma escena. Sus adormilados propietarios se incorporaron en sus respectivas camas maldiciendo y bostezando a partes iguales, alternativamente. Ambos sentían la misma frustración por tan inoportuna interrupción.

      Ambos eran personas solitarias con pánico no solo a las relaciones sentimentales sino incluso a las cotidianas personales. Ambos eran, sí, lo que se suele denominar una persona introvertida, tímida… una rara avis.

       Después del desayuno de rigor y ya totalmente despiertos, aún recordaban los dos, extrañamente por lo inusual, cada detalle de ese sueño tan erótico como perturbador. Algo durante aquella noche se había convertido en un punto de inflexión en sus vidas puesto que, en los dos casos, ese recuerdo monopolizaba la totalidad de sus pensamientos hasta el punto de casi olvidar sus obligaciones laborales. No dejaban de darle vueltas a una posibilidad: quizá sí mereciera la pena arriesgarse a intentar entablar una relación personal que pudiera evolucionar hasta derivar en sentimental; relación que, aunque sin duda conllevaría momentos de sufrimiento, estos se verían debida y sobradamente compensados por las oportunas reconciliaciones, si es que en realidad se producían con la misma intensidad que «vivieron» en aquel sueño.

       ¿Por qué no? —se preguntaron, e intentaron recuperar sus respectivas rutinas diarias, con relativo éxito.

      La tarde estaba llegando a su fin y empezaba a anochecer cuando, a la salida de un centro comercial, dos personas que caminan en sentidos contrarios van tan sumidas en profundos pensamientos, similares entre sí, que no pueden esquivarse y sufren un encontronazo, lo que les permite mirarse fijamente a los ojos durante una décima de segundo, para a continuación continuar con sus respectivas trayectorias durante unos siete metros cada uno; en ese justo momento, cuando les separan catorce metros, frenan en seco y miran para atrás queriendo y «deseando» reconocer en el otro al coprotagonista de su pasado y «presente» sueño.

       Solo han pasado unos segundos cuando ambos esbozan una sonrisa similar y en su cabeza oyen un: ¿por qué no?

Patxi Hinojosa Luján


(22/03/2014)

sábado, 15 de marzo de 2014

MI NUEVA VIDA

       Estaba de visita en un precioso pueblecito costero y ya me ardían las plantas de los pies de tanto caminar cuando atisbé a menos de media manzana de casas de distancia lo que parecía ser un café-bar al viejo estilo del far west, hecho y decorado con madera y… ¡más madera! De pronto mi cuerpo me recordó que estaba medio deshidratado y que era necesario, más bien urgente, repostar de inmediato. Me dirigí de buena gana y dispuesto a tomarme un «pelotazo» hacia aquella copia de bar de película americana, copia que me iba pareciendo más  y más minuciosa según me iba acercando a ella. Aunque cuando llegué a su puerta y pude por fin observar cómo eran sus entrañas me quedé maravillado, tanto su arquitectura interior como su decoración eran (siempre según mi criterio, ¡claro!) preciosas; desbordaban clase y estilo, y hasta contaba con un escenario para actuaciones musicales perfectamente acondicionado que pareciera fuera a ser utilizado en breve debido al conjunto de instrumentos, focos y cables que lo ocupaban casi al completo.

       Pero la urgencia era la que era, por lo que me fui directo a la barra a pedir una consumición; mi petición fue más cobarde que mi intención inicial y me sorprendí pidiendo un botellín de agua, eso sí, con gas… Con mi botellín en la mano me dispuse a dar una ojeada a la totalidad del recinto y mientras eso ocurría me iba pareciendo más… ¿cómo lo diría?, más hecho a mi medida. Sí, ¡eso era!, si lo hubiera diseñado yo a mi gusto sería prácticamente igual.

       No había mucho personal en el local en aquellos momentos, media mañana, pero me llamó la atención un señor que, sentado en una mesa frente al escenario, justo en el centro, leía y escribía alternativamente de y en lo que parecía ser un netbook, antiguo pero bien cuidado. Pareció notar mi mirada en su nuca y se volvió hacia mí; me saludó cortésmente con un gesto de cabeza y siguió a lo suyo.

       El poco trabajo que tenía el barman en ese momento le permitió a este observar la escena anterior…

       —Es el jefe, el dueño de todo esto…
       —¡Perdón! ¿Qué dice? —añadí distraído
       —Que aquel de allí es el jefe… cada día pasa unas cuantas horas aquí, en «su» mesa, leyendo y escribiendo hasta el momento del ensayo de la banda o el solista de turno, ¡le encanta!

       —¡Ah, gracias por la información! —dije aparentando indiferencia, aunque no había tal, al contrario…

       Con disimulo, haciéndome el despistado, me fui acercando a la mesa de aquel hombre. Había algo en él que me resultaba familiar, y ello me intrigaba e inquietaba a partes iguales; no estaba dispuesto a irme de allí sin saber qué y por qué era. A punto de llegar a su mesa, se giro hacia mí y con otro gesto me invitó a compartirla con él. No lo dudé y accedí gustoso. El jefe, un tipo de lo más normal al que me asemejaba en aspecto físico, si no fuera por esa densa y larga «perilla», enseguida empezó un monólogo durante el que me confesó que alguna de sus pasiones eran la música y los textos literarios, tanto ajenos como propios, y era por ello que mientras esperaba a que sonara la música en directo, solía sumergirse en la red literaria Veritalia en la que leía y escribía alternativamente y a discreción, como era el caso en esos momentos. Se sinceró al contarme que aparte de haber podido leer algunos textos muy buenos, al final para él contaba casi tanto como ello el hecho de haber entablado amistad con algunos miembros de la mencionada red, profunda en algunos casos.

       —¡Ah! veo que ya salen los músicos a ensayar —dijo mientras escribía un último par de frases antes de plegar el netbook.

       Algo brilló en su pecho al encenderse los focos del escenario pero, concentrado como estaba en toda aquella escena y situación, no le presté la debida atención.

       Compartí con él la mesa, los ensayos (un completo concierto de blues en toda regla) y hasta la bebida, pues casualmente él también se estaba tomando un agua con gas. El tiempo pasó volando, literalmente, y llegó el momento de partir, no quería que mi presencia se convirtiera en molesta por prolongada ni abusar de su cortesía. Me despedí prometiéndole una próxima visita, a lo que él respondió con una mueca que no supe interpretar en aquel instante. Pagué las consumiciones y le dejé una generosa propina al barman, al fin y al cabo se la había ganado, y salí del local con un esfuerzo extra, porque era como si algo me lo quisiera impedir.

       Llevaba recorridos escasos veinte metros cuando de repente me sacudió un escalofrío. Vi claramente, como ampliado en un buen monitor, aquello que tanto brilló en el pecho del dueño del bar cuando se encendieron los focos del escenario: era el pin de plata del escudo del Athletic con mis iniciales grabadas que mi chica me había regalado por (según dijo ella) mis primeros cincuenta años de vida…

       Me sobresalté al pensar en una posible pérdida, o cualquier otra circunstancia extraña que se me escapaba, pero no había nada de lo que alarmarse puesto que miré y allí estaba, como siempre, en el ojal del botón del bolsillo de mi camisa.

       No pude sustraerme al impulso de mirar hacia atrás y comprobé, con menos asombro del que sugeriría la lógica, que allí donde antes había visitado y disfrutado el café-bar contemplaba ahora una especie de chiringuito de playa. Fue en ese preciso momento cuando en mi rostro se alojó aquella mueca durante unos segundos, justo hasta el momento en que, alejándome de allí, decidí continuar con mi nueva vida.

Patxi Hinojosa Luján

(15/03/2014)

jueves, 6 de marzo de 2014

¡¡¡MALDITO «OSCURO VAGÓN», MALDITO CAMBIO DE AGUJAS!!!

       Verás, viniste a este nuestro mundo hace hoy exactamente ochenta años, y en aquel mismo instante la raza humana ganó en calidad, subió muchos enteros en bondad, generosidad, humildad, espíritu de sacrificio, capacidad de amar y cualquier otro atributo positivo que se nos pueda ocurrir; y no digo todo esto porque es lo que se supone que pueda y deba decir cualquier persona al referirse a su madre, sino porque también muchísima gente que no tuvo la suerte de pertenecer a tu familia, pero sí el privilegio de compartir tantos momentos como para conocerte y convivir contigo de una u otra manera, estoy seguro que incluso me reprocharía el haberme quedado corto en mis apreciaciones, tal fue tu conducta en vida.

       Durante años viajamos todos juntos en el mismo coche de entre los que componían el convoy del tren de nuestras vidas. Después, estas nos fueron cambiando de vagón secuencialmente, pero manteniéndonos en el mismo convoy y con la cercanía que magnifica el cariño que nos teníamos y nos unía.

       Pero un día, sin previo aviso, de repente te encontraste sola, sin ninguno de nosotros, sin ninguno de tus hijos, en un oscuro vagón tan lúgubre que en un cambio de agujas tan inoportuno como maldecible, aquel escogió unas vías diferentes de las nuestras para seguir por un camino sin luz, sin compañía y sin esperanzas de vuelta atrás, por un camino sin retorno… mientras que los nuestros continuaban enganchados entre sí, y, por fortuna, aún hoy siguen así, permitiéndonos una relación más o menos frecuente, pero siempre con esa calidez perenne que otorgan las múltiples vivencias conjuntas por llevar la misma sangre.

       Sí, hoy es tu cumpleaños, y no se me ocurre qué pueda regalarte aparte del eterno y amoroso recuerdo y estas mis torpes palabras de admiración y agradecimiento. Más bien he sido yo el receptor de un regalo grandioso por tu parte, porque me (y nos) dejaste un legado inconmensurable con esas tres joyas, esos tres diamantes; diamantes en femenino, y en bruto sí, pero que se han ido puliendo cada uno a su manera poco a poco y todavía lo hacen con la inevitabilidad del paso del tiempo; esos tres diamantes que me llaman hermano, y lo que es más importante para mí, desde luego, que me tratan como tal, con el cariño que ello conlleva. Sé que allí desde donde nos observes, estarás orgullosa de las tres, de su comportamiento en la vida y del trato que intentan siempre dar a sus semejantes; yo también lo estoy y presumo sin ambages de ser su hermano mayor, y los que bien me conocen saben que es de las pocas ocasiones en que pulo mis galones y los saco a relucir.

       Y no podemos por menos los cuatro que añorar un día más el tener la posibilidad de darte un abrazo y «comerte» a besos y es por ello que hoy me sale del alma más que nunca el gritar a los cuatro vientos:

¡¡¡Maldito «oscuro vagón» y maldito cambio de agujas!!!

Patxi Hinojosa Luján

(07/03/2014)