jueves, 27 de abril de 2017

Llora


Me sorprende verte aquí, tan lejos de la serenidad. Te he reconocido por casualidad y quiero pensar que tú a mí no; me he acercado lo suficiente para observarte mientras paseas por este barrio de la Tristeza que visito en ocasiones para no morir de felicidad, aunque he de confesarte que lo hago siempre embutido en disfraces diversos. Ahora, mientras atuso un mostacho que nunca me creció, advierto que cambias de acera y con ello te acercas, no sé si eres consciente, a la calle Autocompasión; me recorre un ligero escalofrío. Mi corazón anhela que no entres, que pases de largo, no conozco a nadie que haya salido de ella sin negativas secuelas emocionales. Entonces, grito llamadas mudas esperando que no me sean devueltas por «destinatario desconocido o ausente» a la par que ordeno en mi mente todo aquello que desearía compartir contigo.
Sí, ya sé que pocas cosas angustian más que presentir que acabaremos ahogándonos en nuestros propios fracasos, estén anunciados o no, pero existen válvulas de escape que tenemos todos a flor de piel…
Llora, amigo, libera compuertas antes de que el tiempo aliado solo en ocasionesinutilice sus goznes con el óxido de su tiranía y sea ya demasiado tarde.
Llora, ya debes saber que hacerlo no te hará más débil pese al criterio de aquellos que cada vez lo son más sin siquiera sospecharlo.
Llora, humedece nuestras miradas cruzadas con tu desahogo cuando el nudo de tu garganta bloquee esas palabras que solo te podré leer en el brillo de los ojos.
Llora pues, cuando lo necesites llora, no te contengas, mas el resto de tus instantes sonríe, sonríe siempre que el llorar no se antoje tan inevitable como necesario.
Por sonreír, sonríe cuando seas tú el que tenga que recordarme todo esto a mí; sé que no lo olvidarás, como sé también que no escatimarás apoyo alguno.
Y ríe, jamás reprimas tus carcajadas…

© Patxi Hinojosa Luján
(27/04/2017)

domingo, 2 de abril de 2017

Su número


Sacó de su cartera un folio doblado que desplegó con mimo; volvió a mirar lo que en él estaba garabateado y marcó, antes de que pudiera arrepentirse, ese número que se sabía de memoria. Al instante oyó los sonidos que confirmaban que había línea disponible: uno, dos, tres, cuatro, cin…
—Sí, ¿quién es? —después del quinto tono, que sonó interrumpido, un par de respiraciones poco disimuladas dieron paso a una voz grave y recelosa que le permitió al momento imaginar a un señor entrado en recuerdos, y ello no hizo sino aumentar un nerviosismo que llevaba horas hostigándolo.
—Perdone que le moleste, ¿vive ahí Diana...?, no recuerdo ahora su apellido —soltó, temiendo la respuesta, fuera cual fuera el sentido de esta.
—Diana es mi nieta, esta es su casa pero ella no está, ha salido a hacerme unos encargos, ¿sabe usted? —Reveló el abuelo con una voz que ya se estaba desprendiendo de cualquier indicio de desconfianza, esta vez no eran los pesados que siempre le intentaban engañar con ventas fraudulentas—. No creo que tarde ya, ¿quiere que le deje algún recado?
Después de unos segundos que al él le parecieron horas, lo mismo que a su interlocutor, carraspeó para contestar:
—Ha sido muy amable, pero no se moleste, volveré a llamar en otro momento. Gracias por todo —añadió pensando, equivocado, que ahí acababa la conversación.
—¿Usted es el que le ha llamado otras veces, verdad? —oyó como un susurro cuando ya se disponía a cortar la llamada; volvió a acercar el aparato a su oído.
—No, no. Yo…, es la primera vez que llamo —respondió sin mostrar convicción. Una inquietante curiosidad retornó a su ser en aquellos momentos esperando que el anciano compartiera parte de su tiempo, del que con toda seguridad le sobraría mucho, comentando algo más sobre aquellas llamadas.
—Discúlpeme, pensé que tal vez… —dejó terminar la frase en su mente, aunque ello no impidió que se oyera completa al otro lado de la línea.
Le costó romper el silencio inquieto que, teñido de provisionalidad, se instaló en la conversación durante unos segundos; mas no podía mantenerlo, no si quería avanzar en su propósito una vez que pudo esquivar su pánico con un dribling que lo dejó atrás aunque sin lograr hacerlo desaparecer, y lo hizo sin meditar en las posibles consecuencias…
—Dígame, ¿a qué se refiere con lo de «otras veces»?, ¿ha tenido su nieta alguna llamada que se pudiera calificar de especial? —preguntó apostando fuerte al intuir que ese era el momento oportuno para hacerlo.
—Pues sí, me dijo que la semana pasada llamaron dos veces pero que no respondieron, aunque se notaba que había alguien al otro lado… —calló de golpe dejando oír sus dudas, sus sospechas, una vez más.
«Así que era eso, al final llegué a marcar ese número un par de veces aunque me quedara en silencio después de que descolgara —se dijo al confirmar su presentimiento—, ¡maldito ron, no debí probarlo aquellos días!, me dio la valentía justa para dar el primer paso y al instante se esfumó abandonándome antes de que pudiera abrir mi corazón».
Aparcó los anteriores pensamientos y, tratando de desviar el rumbo de la conversación, aumentó el riesgo una muesca más al atreverse a preguntar:
—Su nieta, Diana, ¿se dedica por casualidad a la publicidad? —No se reconocía, nunca hubiera pensado ser tan osado; esperó oír cualquier cosa: una respuesta, también un reproche.
—No, no, ¡qué va! ¡Gracias a Dios!, a mí eso me hubiera disgustado, no me hacen ninguna gracia los anuncios, no me gustan en absoluto —confesó añadiendo un suspiro de alivio.
—¡Vaya!, yo pensaba que sí —indicó, decepcionado, rechazando la idea de contestar a su comentario; él opinaba que la publicidad es algo más, que posee muchos más matices—. Quizá me haya equivocado —pensó, con la pena ganándole la partida a la decepción.
—Joven, mi instinto es sabio, aunque lo sea solo por viejo, y me dice que no, que no se ha equivocado; puede que de profesión sí, pero no de persona, no me pregunte por qué, no sabría contestar…
Un nuevo silencio, ahora más nervioso, mucho más incómodo, se apoderó de la situación hasta que fue roto por un ruido de llaves y cerraduras.
—Mire, acaba de llegar a casa Diana; espere, se la paso…
La imaginó con más intensidad si cabe que las anteriores veces. Oyó cómo su abuelo le plantaba un sonoro beso —en la frente, supuso— y le pasaba el teléfono: «Es para ti, niña, un chico muy agradable».
—Sí, ¡¿dígame?! —no podía verla, pero seguía imaginándola con la misma intensidad, y esa era la voz que llevaba tanto tiempo queriendo volver a oír. Solo entonces recordó, con su mejor sonrisa delineándole la expresión, la tarde en que fue a ver aquella película y la pantalla del cine le mostró, encuadrándola y acercándola con un elegante movimiento de zoom que se escoraba hacia un costado, una agenda abierta por la página correspondiente a la letra «D» con aquel dedo señalando su número…

© Patxi Hinojosa Luján
(02/04/2017)