martes, 22 de noviembre de 2016

Cuerda


No había tenido un buen día, ni mucho menos, era algo evidente con sólo contemplar sus ojeras con esas bolsas tan antiestéticas. Durante la jornada laboral no tuvo ocasión de tomarse la tensión, ni siquiera pudo planteárselo; mas, si lo hubiera hecho, a buen seguro que habría podido constatar que la tenía disparada.
Mientras subía a su casa en su ascensor desde la planta de su garaje donde había dejado aparcado su todoterreno con conexión a internet, no podía dejar de pensar en que su correo electrónico no había dado tregua alguna durante las más de nueve horas que estuvo vomitando mensajes con textos que no eran sino la redacción de problemas que iban retorciéndose en complejidad según avanzaban los minutos. Parecía que también la alta frecuencia de llegada obedeciera a un plan preestablecido, a una perversa maquinación cuya única finalidad fuera hacerle perder el control que siempre había tenido sobre su trabajo y su tiempo. Maldijo la tecnología a modo de desahogo y sus gritos los engulló el silencio que, desde hacía ya unos años, presidía su siempre vacío hogar.
No le gustó lo que vio en el espejo del cuarto de baño de su alcoba, esas sombras que le habían añadido diez años en medio día en un regalo envenenado.
Se fue directo a la cama, no sin antes tomar un trago del agua que tenía en su mesilla, no tenía el cuerpo para mucho más. «Mañana será otro día» pensó y se deslizó en aquélla intentando dormirse lo antes posible, aunque sólo consiguió sumergirse en un duermevela que le estuvo recordando las miserias de la jornada durante todas las horas en que lo habitó.
Sonó el despertador informando de la llegada de un nuevo día, y lo hizo con un estruendo que le resultó extrañó y que fue aún más evidente por la ligereza de su dormitar. Algo no cuadraba allí; al intentar acallar al ruidoso aparato, se alarmó al no encontrar su teléfono móvil: en su lugar halló un reloj despertador analógico, de los de antes, que no paraba de martillear sus dos campanitas superiores, alternándolas. Entonces, a un certero toque de su mano cesó semejante contaminación acústica y se quedó envuelto en su familiar silencio.
Acudió al baño al que entró sin encender la luz, tan sólo deseaba refrescarse una cara que notaba perlada de gotas de sudor frío. Lo hizo sin prisas y se secó después con igual parsimonia.
Hijo, date prisa si quieres no perder el autobús. Ya te he preparado el almuerzo, tu bocadillo favorito la voz se oyó cercana y familiar, cargada de cariño.
Volvió a entrar al baño accionando ahora el interruptor, buscando su imagen en aquel espejo que antes solo intuyó; ya sabía la que éste le devolvería. No se extrañó de no ver bolsas ni ojeras en sus ojos, ni canas entre sus ahora poblados cabellos, ni a algunos de sus años, no; hacía sólo unos segundos se había recordado con toda claridad la noche anterior, sentado al borde de su cama, con un reloj despertador en sus manos mientras, con ahínco, le daba cuerda…

© Patxi Hinojosa Luján
(22/11/2016)

jueves, 17 de noviembre de 2016

De ti


Recompongo situaciones y me encuentro
Evocando retazos de tu memoria
Precisaba olvidarme del olvido
Antes de recibir su querella
Hago recuento y cuento
Los fragmentos del puzle mortal
En el que por ti un día me convertí
Mas es sólo hasta que intuyo
Que aquellos ya se encontraron
Y así todos, ya juntos, aguardarán

Pero no es tan fácil componerme
Ciertos sentimientos dudan
Si alistarse con la reflexión
O hacerlo con el impulso
Cuando mente y corazón los apremian
Y la tarea me absorbe tanto que
Sudo lágrimas de sangre incoloras
Indoloras y sabrosas

Mas siempre llega el momento
En el que, sabiendo que te engañas,
Piensas que ya estás completo
Y partes en una búsqueda
En la búsqueda de ese lugar
Más allá de la belleza
Que casi siempre te es esquiva
Pero que necesitas como el respirar
Porque la causa de todo esto
Yo siempre lo tuve claro
Es que para poder vivir en tus noches,
Antes tendría que morir en tus días

Te debía una canción
Al menos una, un son
Cuyas letras, ahora por fin
Sí fueran dignas
Dignas sobre todo de ti

© Patxi Hinojosa Luján
(17/11/2016)

martes, 15 de noviembre de 2016

La claraboya


Su prioridad era abstraerse de todo durante el tiempo que dedicaba a la labor que le daba de comer en los últimos tiempos, y por ello optó desde un principio por la planta superior, la abuhardillada; no tardó en constatar lo acertado de su decisión, teniendo en cuenta el plus de concentración e inspiración que obtenía allí, y máxime en ocasiones como la de esa noche, pues les visitaría la luna llena y la podría observar en todo su esplendor a través de la gran claraboya debajo de la cual había colocado su mesa de trabajo con precisión de ebanista.
Cuando, contra todo pronóstico tanto suyo como de su editor, su primera novela se convirtió en todo un éxito editorial sin precedentes, y ello le proporcionó unos jugosos dividendos, abandonó el mísero trabajo que le privaba de gran parte de su tiempo y le absorbía casi toda su energía vital junto con sus ilusiones, y se animó a adquirir una casita en el claro de un bosque no muy apartado de su ciudad, con lo que siempre que quisiera podría volver a ella para visitar su antiguo universo y recordar sus orígenes al objeto de mantener los lazos de unión con aquél. Aunque, a decir verdad, hacía ya tiempo que no conducía después de desprenderse de su coche.
Aquella madrugada sucumbió antes que de costumbre al hechizo de las andanzas oníricas, por lo que el destino lo encontró dormido sobre su escritorio en una postura imposible cuando el timbre de la vivienda sonó con la inoportunidad de lo desfasado. Tal sobresalto provocó que impactara con una rodilla contra la mesa; sin tener tiempo a que lo tardío de la hora empezara a destapar temores y angustias, se oyó también un golpeo impaciente sobre la madera de la puerta que y él lo tuvo claro ya desde el primer toque no sonó como lo haría el de unos nudillos. Su sentido común le estaba advirtiendo de lo inapropiado de atender tan intempestiva llamada cuando él ya descendía cojeando por las escaleras dirigiéndose hacia la planta baja, desobedeciéndolo; mientras, su natural nerviosismo mutaba hasta convertirse en miedo y llegó a la entrada sin descartar llevarse un susto de importancia, como mal menor. Accionó un interruptor para iluminar el espacio que le rodeaba y a continuación abrió la puerta.
Allí fuera, delante de él, no había nadie; mejor dicho, no había nadie vivo…
A menos de un metro de distancia una especie de espectro cadavérico gigante le retaba mirándole desde sus cuencas vacías, y mantuvo el desafío unos segundos que a él, aterrado como estaba, le parecieron media vida. En una macabra escenificación, el visitante movió la descarnada mandíbula inferior, que desafiaba a la ley de la gravedad al mantenerse en su posición fuera de toda lógica, como queriendo comunicarle algo; y él algo oyó, pero no lo hizo mediante su oído sino que las palabras le sonaron nítidas en su cabeza como en una suerte de perfecta comunicación telepática.
Paralizado, cerró dando un portazo y enseguida interiorizó que le iba a costar encontrar las fuerzas necesarias para girarse y huir de allí porque además le dolía mucho la pierna. En ese momento fue como si la puerta de entrada se hubiera vuelto transparente al enlazarse unos cuantos relámpagos que quisieron participar en la inquietante escena, y entonces lo volvió a ver, amenazante, apuntando con un dedo índice en su dirección. Aquello desencadenó un acceso de ansiedad que sería incapaz de frenar.
Como pudo, en pleno ataque de pánico, se arrastró hasta la escalera y la subió haciendo caso omiso al dolor. Se dirigió a su rincón de escritor y se dejó caer en el confortable sillón. Fue en el instante en que cerró los ojos cuando se percató de algo y entendió lo inexplicable… Entonces abrió un archivador que tenía a su derecha buscando algo que encontró enseguida; leyó con avidez el recorte de prensa que databa de un año atrás como si fuera la primera vez que lo hacía:
«Conocido jugador de baloncesto fallece atropellado cuando circulaba en bicicleta; el conductor causante del accidente se da a la fuga sin auxiliar a la víctima y es buscado como presunto autor de un homicidio involuntario. Se solicita la colaboración de posibles testigos presenciales…»
—¡No, no puede ser, no es posible! —gritó, y su lamento se ahogó en el estruendo provocado por unos cristales rotos.
Tuvo el tiempo justo de poder ver de nuevo a aquella criatura, que se abalanzó sobre él atravesando el hueco de la claraboya mientras volvía a apuntar su dedo índice contra él, contra el responsable de su muerte.
Al final tuvo suerte, su corazón se paró en el instante anterior a que unos huesos afilados lo atravesaran en un claro acto de venganza cósmica.
Sobre la mesa, salpicada con gotas de una sangre espesa de remordimiento, la pantalla del ajado portátil mostraba un cursor parpadeando tras frases huérfanas para siempre de lectores. Unos apéndices óseos se animaron a continuar el texto allí donde se había quedado interrumpido, mas enseguida desistieron, eso no fue nunca lo suyo; cerraron el aparato y, sin apagarlo, lo lanzaron al trozo de cielo visible a través de la abertura; fue una canasta fácil. El cielo captó el mensaje y continuó la partida: un rayo lo desintegró evitando que pudiera llegar a manos de nadie.
Sí, al final tuvo suerte, mucha...

© Patxi Hinojosa Luján
(15/11/2016)

martes, 1 de noviembre de 2016

La paradoja


Todos tenemos a alguien que, en algún momento, te da la espalda, te miente, te responde con un no cuando necesitabas oír un sí e incluso hace repetidas bromas con tu equipo del alma y sin embargo, y aquí entra en juego la paradoja, es posible que esa persona sea un tesoro para ti, oro puro, un diamante pulido por sus actos.
Puede que cuando ese alguien te dé la espalda lo haga para indicarte que no quiere que le expliques nada, que no lo necesita… en aquélla podrás ver escrito con vuestra sangre que él ya te apoyó sin condiciones antes de que tú plantearas el conflicto en el que te ves envuelto.
Si un día te miente, quizá sea en la seguridad de que si no fuera así dejarías más pelos de los deseables en tu gatera emocional, y lo hace confiando en que nunca llegarás a saberlo para así proteger la tranquilidad de tu ánimo.
Y te podrá decir que no, si la vida te lleva por caminos perversos en los que necesites suplicar que, por ejemplo, alguien te done un riñón; podrá ser éste el caso, sí, pero te responderá así con todo el dolor de su corazón, y nunca, y esto es lo importante en verdad, nunca sin habérselo planteado antes.
O quizá te haga bromas con el rival de su equipo, el de tus amores, aunque no admitirá jamás que desea que triunfe para verte feliz, e ignora que tú esto lo intuyes desde siempre.
Es de ese tipo de personas que llega incluso antes de que pienses en llamarle, y no se va hasta que crea que tú no notarás su ausencia, a pesar de que siempre lo hagas. Y, cuando esto no es necesario, puedes estar seguro de que en esas otras ocasiones menos trascendentes descolgará su teléfono para responderte cuando tú aún no hayas pulsado el último dígito en el tuyo.
Él te invitará las veces que haga falta a la penúltima, pero jamás a la última porque sabe que esa es la que te va a hacer mal y se enfrentará a quien haga falta para evitar que caigas en la tentación.
Además, cuando te vea de bajón, te cogerá la mano con las suyas para que notes su calor, su apoyo sin condiciones, sin importarle lo que puedan pensar los demás.
Mas si algo lo define bien es su generosidad, no en vano tiene por norma regalarte sin medida el tesoro más preciado, su Tiempo, sin esperar a cambio nada que no sea el tuyo; en el fondo del cajón de sus anhelos confía en que sea así.
Si disfrutas, amigo lector, de la inmensa fortuna en tu vida de tener cerca de ti a alguien así, entonces puedes estar bien tranquilo; a la persona que se mueve en los mundos de alguna, varias o todas esas alianzas afectivas podrás llamarle Amigo hasta que el tiempo diluya los recuerdos y la energía de vuestra amistad sirva a otras causas, cómplice de una nueva paradoja que a día de hoy no podríamos ni siquiera imaginar.

© Patxi Hinojosa Luján, a mis Amigos, a mi hermano
(01/11/2016)