sábado, 31 de diciembre de 2016

A dos


En cada rincón, por cada pared, destilo la elegancia de una decoración expuesta sin falta alguna en la ortografía del buen gusto; mas no tengo ningún mérito, si lo hago es gracias a la pareja que me habita, en su nombre.
Ellos dos me han moldeado a semejanza de lo que dibujaron en sus mentes y traspasaron a posteriori al pulcro papel de sus ilusiones como diseño único. Nada en mí es casual ni ocupa un lugar que no le corresponda. El resultado es que estoy impregnado de belleza, de sensibilidad distribuida en sus justas dosis. No puedo negarlo, me gusta lo que veo reflejado en los espejos de nuestro mundo compartido, un mundo en el que impera el orden con pinceladas artísticas aquí y allá.
De otro lado, el volumen del silencio que nos envuelve nunca llega al umbral de la incomodidad, por lo que la banda sonora del relajante ambiente abunda en acordes de respeto trenzados con clase y gusto musical. Si prestáis atención, podréis sentir como yo cómo en sus conversaciones tanto el tono como el fondo se mimetizan en tan idílico ambiente una y otra vez.
Volviendo a ellos, aunque ambos son discretos con el mundo que les rodea, no lo son conmigo, no lo necesitan, saben que en asuntos de intimidad voy a seguir siendo mudo, una tumba. Es por eso que los conozco tan bien; a veces, uno de los dos nota cómo una mano tan grande como las suyas le roza en una eléctrica caricia al pasar por su lado mientras continúa su camino, un camino que ha desviado tanto que traza curvas inimaginables para acabar convirtiéndose al final paradoja donde las haya en una recta perfecta, la línea de la ternura…
—Te espero en el salón, cariño.
Voy enseguida, acabo de leer los últimos versos del poema y estoy contigo, añoro tu piel.
En realidad, ellos son siempre así con todo, con todos. Y, a fuerza de ser sincero, os confieso que a veces he llegado a sentir celos por sus cuidados detalles con conocidos y amigos, a veces… Porque, no os confundáis ni os engañéis, yo soy algo más que su vivienda, soy su hogar, y al indicar «su» quiero confiaros que me dotaron de ese privilegio, un alma añadida a mi cuerpo de cemento y pintura, gracias a que su relación se ha convertido en todo un ejemplo, en la constatación de que la clase, la positividad y la generosidad se pueden compartir cuando se vive como ellos, con todas las consecuencias, decidiendo siempre, ¡cómo no!, todo a dos.

© Patxi Hinojosa Luján
(31/12/2016)

lunes, 19 de diciembre de 2016

Entre sombras


Cuando la oscuridad espera impaciente su turno, las luces estudian contornos con precisión de relojero para dibujar plantillas dotadas de movimiento a las que llamo hermanas.
Me muevo en el mundo de las sombras y siempre me sentí a gusto entre ellas. La mía es una existencia intermitente que he aprendido a valorar porque tal es mi naturaleza, ese es mi sino.
Nosotras somos grises; bueno, casi todas, porque desde hace poco tiempo conozco a una que no lo es. Ella es de color, o dicho con exactitud: es de colores, fue tocada con ese colorido don especial del que carecemos los demás miembros de su familia. Aunque gracias a ello, y en poco tiempo, he aprendido a conocerla tanto como a mí misma. Y gracias también, no puedo esconderlo, a que mi poseedor frecuenta la compañía de su propietaria.
Sé así que cuando presenta un tono verdoso, tanto ella como su titular humana están optimistas, esperanzadas; cuando enseña colores de la gama marrón, por el contrario, ambas se encuentran algo decaídas; si aparece pintada de azules están pasando por una etapa productiva y todo lo contrario si lo hace teñida de luto, con ese negro que endurece los grises. Y, por si os lo estabais preguntando, os diré que sí, también hay ocasiones en que elige el color rojo y se viste, expectante, con él…
Mas os tengo que confesar que mi dueño no disfruta de la contemplación de semejante abanico cromático, lo sé por lo que he podido deducir de sus comentarios entre dientes. A pesar de esto entiendo su obsesión por avanzar en la relación, no en vano todo en su amada destila belleza, tanto su personalidad como su físico, y nada nos impide pensar que entre dentro de la lógica el haber caído rendido a sus pies.
Hoy, después de varios encuentros con los dos frenos de mano echados, nuestros humanos han intimado por fin y al rato han prescindido de luces, y por lo tanto de sombras. Nosotras, las suyas, estamos a la espera de acontecimientos en el lugar donde se esconden las sombras y, mientras llegan aquellos, yo acelero el paso del tiempo recordando ese rojo matiz pasión que tuve ocasión de contemplar antes del apagón…

© Patxi Hinojosa Luján
(19/12/2016)

sábado, 17 de diciembre de 2016

Atenuando rutinas


Estoy cambiando…,
«Me sorprendo descosiendo cicatrices para drenar todo resto de toxicidad, la ponzoña que se atrincheró en mis entrañas aprovechando la desidia de aquellos tiempos en los que se acentuaban rutinas y éstas aceleraban, perversas, la caída en picado de la arena de la vida».
… y bien que lo necesito.
En estos tiempos en los que no sólo el aire escasea, me apresuro a desabrochar inspiraciones con la esperanza de llegar a respirar unas ideas fantasiosas que ya sólo me visitan con cruel intermitencia; es preciso que deje de asentar los pies en el suelo, mas no sin antes deshacerme de la cesta de mis desilusiones y dejarla ahí, varada en la playa de la resignación.
Alterando rumbos, deshaciendo decisiones, discuto con la imagen conservadora de mi espejo: le reprocho que no deje más a menudo su plaza a la soñadora; mas me sonríe, burlona, cuando me doy la vuelta, ignorando que lo sé; aunque quizá sea yo el que ignore que ella no lo hace, quizá…
A punto de partir hacia un viaje interior, me ajusto la nueva armadura y observo de reojo a mi antiguo yo enfrentado una vez más a su reflejo; siguen discutiendo, y yo me alegro de continuar atenuando rutinas.

© Patxi Hinojosa Luján
(17/12/2016)

jueves, 15 de diciembre de 2016

Día libre


«[…] Y así, después de una larga travesía llena de aventuras, la nave consiguió llegar hasta su destino donde nuestra protagonista quedó hechizada ante tanta maravilla como encontró. Allí le esperarían, sin duda, una nueva vida y la felicidad que aún no había conocido. Fin.»
Cierro el libro y abro los ojos. La estancia ofrece una iluminación tenue y cálida que permite, no obstante, que destaque la discreta decoración infantil. Me incorporo sobre la pequeña cama.
Buenas noches, cariño le doy un beso en la frente, lo que él aprovecha para, estirándose con la elasticidad que dan los pocos años, plantarme en una mejilla otro bien sonoro que guardo con premura junto con todos los demás en mi cajita invisible de tesoros, que descanses.
Tú también me responde con esa vocecilla que conozco tan bien y que procede de la antesala de sus sueños.
Apago la luz y dejo entreabierta la puerta de su cuarto mientras lo imagino llamando ya a esa otra en la que, a  buen seguro, encontrará amigos que sólo juegan con él en mundos desprovistos de malicia.
«Cómo me gustaba pienso mientras me alejo, procurando no molestar al silencio que me acurrucaran así a mí cuando tenía su edad; pero eso está tan lejos, hace tanto ya por mor de la tiranía del tiempo…».
Arrastro mis pies por el pasillo camino del retiro de mi habitación, donde se concentra el resto de mi universo, y una lágrima, que a estas alturas debería estar deshidratada, amenaza con esquiar por mi semblante al recordar cuando, antes de acostarlo, me ha preguntado si mañana iríamos otra vez a ese parque que tanto le gusta y yo sólo he podido responderle encogiéndome de hombros; porque cree ella, mi Señora, que me ha hecho un favor dándome el día libre.

© Patxi Hinojosa Luján
(15/12/2016)

jueves, 8 de diciembre de 2016

¡Menos mal!


Estaba el bueno de Johnny Depp haciendo de malo malísimo en la pantalla de un recinto iluminado, fuera de programa, por decenas de luciérnagas con forma de teléfono móvil —de esos tan modernos que pueden con todo, incluso con el respeto— cuando, en la discreta penumbra que reina durante las proyecciones cinematográficas, creímos oír un murmullo que por inapropiado nos pareció molesto y que se acentuó al mostrarse con toda crudeza en un instante de la película en el que la trama nos sumergió en un silencio expectante; aun así no logramos ubicar el origen del mismo, caprichos de las ondas sonoras…
Entonces oímos con claridad lo que no era sino la retransmisión de un partido de fútbol, en concreto el Real Madrid - Málaga. Mi amigo y yo nos miramos sorprendidos de que alguien se hubiera dejado encendido su dispositivo y no tuviera el reflejo de apagarlo para que pudiéramos concentrarnos en aquello que nos había llevado hasta allí.
Así, estuvimos oyendo en los ratos en los que lo permitía el volumen de la sala los gritos —que no voces— de los locutores, aliñando la banda sonora de nuestro ocio, hasta que llegó el final del filme y se encendieron las luces junto con los móviles que aún restaban dormidos.
Formando parte ya del río humano que a cámara lenta abandonaba el lugar, noté que alguien me daba un codazo, ligero, como para llamar mi atención. Cuando me volví en busca del dueño de aquel codo vi que había sido mi amigo, y en su cara observé un gesto de sorpresa y susto. Con un movimiento circular por triplicado de su dedo índice, que respetaba el sentido de las agujas del reloj, me indicó que aplazaba algo para más tarde, y supuse que compartiría conmigo ese algo cuando estuviéramos solos; así lo hizo: me confesó que al intentar poner en funcionamiento su móvil se percató de que, no sólo lo tenía encendido por error, sino incluso con la aplicación de una conocida emisora de radio activada. En su expresivo rostro pude leer un «¡tierra, trágame!» y yo me quedé de piedra unos segundos hasta que los dos explotamos en una sonora carcajada.
***
Si he compartido con vosotros el pecado es porque no haré lo propio con la identidad del pecador. Todo lo que acabo de contaros quedará como un secreto confesable, sólo a medias.
***
Y ya finalizo aceptando que, conociendo cómo se las gastan los comentaristas deportivos en su trabajo, tuvimos suerte a pesar de todo, la fortuna de que el resultado final reflejara un sorprendente empate a cero goles.
¡Menos mal!

© Patxi Hinojosa Luján, relatando tal y como ocurrió un caso real vivido en primera persona
(08/12/2016)

domingo, 4 de diciembre de 2016

Fantasía


Me manipulas a tu voluntad, haces conmigo lo que quieres. No es algo nuevo, lo llevas haciendo desde que me creaste, al igual que con mis hermanos, valiéndote de tu ingenio. Aunque a mí no me manejas como procedes con ellos, moviendo sus hilos; conmigo es todo mucho más íntimo: te introduces en mí con suavidad y haces que cobre vida, una vida que te debo sólo a ti, a tu arte.
Cuando esto acontece aprovecho y acumulo la vitalidad necesaria que me permite repartir alegría entre los que acuden a las mágicas representaciones que nacen fruto de tu imaginación, y me siento orgulloso y me inunde el sosiego.
Sé que sabes que lo sé.
Por eso, haz conmigo lo que quieras, te animo a que sigas haciéndolo mientras encuentres fuerzas para imaginar, para continuar alegrando corazones, enriqueciéndolos haciéndoles creer que aún quedan mundos maravillosos por descubrir con sólo mirar hacia el rincón más recóndito del fondo de los espejos, de esos que juegan a esconderse en el escenario de cualquier teatro, donde estas lunas y aquellos universos abundan aún; sin ir más lejos, yo disfruto del privilegio de formar parte de algunos de ellos, que alterno según tu criterio.
Sé que sabes que lo sé porque cuando me creaste pusiste todo tu empeño en dotarme de vida propia gracias a tu creatividad, a tu fantasía. Por ello, siempre que te siento, hago acopio de una felicidad que esparzo y reparto mientras silbo una canción, a veces nostálgica, cierto, mas en no menos ocasiones exenta de cualquier pizca de cruel melancolía.
***
Hoy yo, como hice ayer y haré mañana, sigo tranquilo, jamás me abandonó la seguridad de saber que tú nunca permitirás que nadie ose «no dejar títere con cabeza».

© Patxi Hinojosa Luján
(04/12/2016)