lunes, 25 de mayo de 2015

Final


Este texto es la continuación, y punto final, del anterior titulado «Continuará…»

      Reconfortado, salió del edificio; el rostro, serio pero sin esbozar gesto alguno; su conciencia, tranquila por el deber cumplido. Según iba dejando atrás el centro siquiátrico, aligerado no solo de espíritu, empezó poco a poco a relajar su semblante hasta llegar a esbozar una pícara mueca casi imperceptible. Caminaba con las manos en los bolsillos, componiendo una figura muy particular y, a pesar de no ser ya un niño, todavía esbelta. Pasados unos veinte minutos, deshizo la estampa para, aprovechando un banco situado en la entrada a un parque público, fumarse uno de sus puritos mientras se sentaba a descansar; lo necesitaba, la tensión acumulada en la última hora, pero también en los últimos meses, había llegado a ser insoportable. Encendió un segundo cigarro, aprovechando la brasa casi consumida del primero, y continuó rememorando con nostalgia y emoción contenida los duros acontecimientos vividos…

***

El panteón familiar de la familia Raya-Peralta había tenido que acoger en su seno a dos de sus miembros en muy poco margen de tiempo. Anochecía cuando, de pie frente a él, una oscura silueta se recortaba en el silencioso paraje, con las manos en los bolsillos a pesar de la cascada salada que brotaba de sus ojos, y observaba con incredulidad aún, gracias a la luz proporcionada por unas velas, los nombres que, grabados en la fría losa de mármol, le atravesaban cual afiladas dagas: Roberto Raya Peralta y María Peralta Narváez, leyó una vez más y acabó por romperse; los contenidos sollozos de antes se convirtieron en sonoras muestras de doloroso desgarro, como si en una manada de lobos, aullaran todos al unísono a una luna que empezara a no ser ya tan llena, implorando que no lo hiciera, que no siguiera empequeñeciéndose...
—Lo hice, tenía que hacerlo —soltó el señor Raya en el cortante silencio, y dio media vuelta para empezar a alejarse en dirección a la paz interior de la confesión.

***

Unos meses antes, un tal Armando, herido en su orgullo cuando leyó las últimas palabras del manuscrito de una novela que le habían escrito por encargo, planeó, con tranquilidad, sí, pero también con todo el odio que pudo acumular, una venganza contra su «negro» a pesar de que la publicación de esa, para todo el público, «su» última novela, le permitió conseguir una muy desahogada situación económica. Como suponía, Roberto había desaparecido del mapa. Le costó bastante tiempo y dinero dar con su paradero, y al final lo logró gracias a unos poco recomendables contactos que conoció frecuentando la noche más oscura de su ciudad. Contactos estos con ramificadas relaciones que llegaban al final a tocar a algunas personas de estamentos oficiales…
Ya tenía todos los datos sobre el nuevo domicilio de Roberto, no necesitaba más. Una lluviosa mañana cogió su coche y se puso en camino hacia la dirección que le habían indicado. Potenció su sed de venganza, aunque pareciera paradójico, bebiéndose dos wiskis de un trago cada uno en el bar más cercano a su destino que pudo encontrar.
Llamaron a una puerta. Esta se abrió. Roberto no pudo llevarse mayor sorpresa. Después de todos esos meses, allí estaba él, Armando, desafiante y con los ojos brillantes y rojos de ira. No fue el único brillo que vio. El otro, que veía por segunda vez en su vida, le atravesó el abdomen antes de que pudiera siquiera pensar cómo defenderse. La embestida, que pudiera no haber sido mortal en un principio, nunca se sabe, continuó, para asegurar el criminal acto, con sendos enérgicos movimientos hacia arriba y hacia abajo, lo que dejó un cuerpo inanimado en el suelo sobre un gran charco de su propia sangre. Durante la violenta acción, no se pronunció ni una sola palabra. Y Armando se fue por donde había venido, embriagado de mucha venganza y algo menos alcohol.

***

La investigación policial, estancada un par de meses después del brutal asesinato, dio un giro radical con la confesión de uno de los contactos de Armando que, arrepentido, juró y perjuró que no sabía que la información que consiguieron para él pudiera estar destinada al propósito que al final tuvo. Armando fue detenido, juzgado y declarado culpable. Pero «poderoso caballero es don dinero», y su holgada situación financiera le permitió contratar a uno de los mejores, y más caros, abogados criminalistas que consiguió que se le reconociera a su cliente un grave e irreversible trastorno mental que imposibilitó su entrada en prisión, siendo derivado a un centro mental para cumplir allí su condena, bajo estricta vigilancia médica y, algo menos, policial.

***

Era temprano, acababa de amanecer y no llovía, todavía. A las puertas de una comisaría de policía aún no abierta al público, un grupo de personas ya guardaban cola esperando el momento de su apertura cuando llegó Ramón Raya y se situó al final de la misma, no tenía ninguna prisa…
—Vengo a denunciar un asesinato que se estará produciendo ahora mismo. Y yo me declaro culpable del mismo —declaró sin titubear a su interlocutor cuando llegó su turno.
— ¿Qué dice? Se ha equivocado señor —respondió el funcionario desde el otro lado del mostrador—, esta fila es para la renovación del carnet de identidad… ¿Pero, qué dice, señor? Señor Martínez, venga aquí enseguida, por favor —gritó dirigiéndose hacia un habitáculo que se situaba detrás de él, mientras giraba la cabeza en un ángulo casi imposible.
El inspector Martínez no salía de su asombro. La llamada urgente, que acababa de realizar a los agentes de policía encargados esa mañana de la vigilancia del peligroso preso y enfermo mental Armando Manzano, le había confirmado que este acababa de fallecer, en apariencia por causas naturales. Aunque él sabía que la obligada autopsia revelaría restos de un potente veneno insípido que había sido mezclado con los tranquilizantes de la mañana, tal y como Ramón Raya, satisfecho al intuir la confirmación por los gestos y respuestas de Martínez, le había adelantado en la confesión oficial.

***

—Por fin, María, querida mía, he hecho justicia. No me importa lo que pueda sucederme a partir de ahora, ese malnacido, aprovechado y asesino, no volverá a hacer más daño a nadie —comentó en voz baja, para sí mismo, Ramón, mientras mostraba sus muñecas para que le fueran colocadas las esposas.
María, esposa de Ramón y madre de Roberto, no había podido soportar la pérdida de su hijo y había muerto, dos meses después que él, de un infarto fulminante que partió en dos su ya destrozado corazón.

***

En la prisión más cercana a su población, uno de los convictos acaba de pasar a encargarse de la biblioteca, a los once meses de su ingreso, debido a su buena conducta. Es muy probable que allí pueda leer la mayor parte de las obras de su hijo, escritas todas bajo un maldito seudónimo, y que se reconcilie con la escritura, a la que tiene abandonada desde sus años de soltería. También es previsible que, al decidir retomar esa afición, lo haga en serio, e intente ser, a pesar de todo lo vivido, lo más feliz que su cuerpo pueda aguantar…


© Patxi Hinojosa Luján
(25/05/2015)

jueves, 21 de mayo de 2015

Continuará…



[…] Accedió a citarse con él en aquel paraje tan poco accesible cuando de personas urbanitas estamos hablando: el final del sendero que une las inmediaciones del monte Muganix (758 m) con el primer pico de Peñas de Aya, el Irumugarrieta (806 m). Quizá fuera solo un capricho, o un cambio de ritual que pretendiera dar por terminada su relación contractual. Fernando, que ya había tenido acceso a gran parte de los capítulos de la novela que Humberto estaba escribiendo por encargo para él, estaba seguro de que esta obra era la que le iba a dar el espaldarazo definitivo hacia el éxito multitudinario, la que le iba a convertir en uno de los grandes vendedores del momento, en el padre de un nuevo best seller; el que le iba a apartar, por fin, del circuito de escritores mediocres con ventas aún más mediocres.
—Llegas puntual, como siempre—le dijo Fernando a Humberto, teatralizando una forzada sonrisa, nada más verle aparecer al otro lado de la roca.
— ¡Hombre!, siendo yo el que te he citado en este lugar, lo lógico es que incluso hubiera llegado antes que tú. Pero lo importante es que ya estamos aquí los dos —matizó Humberto mientras, entre jadeos, terminaba la ascensión y buscaba el lugar menos incómodo donde poder sentarse—. ¿Has traído lo convenido? —dijo enseñando las páginas impresas de la novela con discreción, al hacerlas visibles extrayéndolas unos pocos centímetros por una esquina de su portafolio, lo que no dejó de ser una provocación para Fernando…
— ¿Cuándo no he cumplido yo lo pactado, eh? —Dijo Fernando, y su tono de voz le delató nervioso e irritado.
—Eso es cierto, tranquilo —trató de serenarlo un Humberto que ya casi había recobrado su frecuencia cardíaca normal—, siempre has sido muy puntual…  al pagarme esas miserias con las que solías valorar mis trabajos —en este punto no pudo ya evitar un repentino ataque de desahogo emocional, cual desagravio de su herido, durante tantos años, amor propio.
—Pero esta vez es diferente, ¿verdad Humberto?, esta vez has conseguido embaucarme, no sé cómo, hasta sobrevalorarte, consiguiendo que solo predominara tu criterio, por encima de mi opinión y de mi valoración…
— ¿No estarás intentando regatear el precio, verdad?, porque ya te dejé bien claro a la lectura del tercer capítulo que el valor en que tasé mi trabajo era esta vez innegociable… El tema es clarísimo, tú me das lo convenido y bajas de Peñas de Aya con una obra maestra bajo el brazo, permíteme la inmodestia por una vez;  y si no es así, el que lo hace soy yo, con lo que se podrá conocer y reconocer al verdadero autor de la historia que contienen estos folios, e incluso de las anteriores, para hacer justicia literaria, por primera vez en nuestro caso…
—Bueno, no te pongas así, entre «amigos» —y pronunció la palabra con gran parsimonia, separando en exceso las sílabas— no deberían producirse estos enfrentamientos, ¿no crees, Humberto? —se apresuró a dejar caer Fernando aparentando tranquilidad, aunque con poca credibilidad, todo hay que decirlo—, y tú, nunca me harías eso, ¿verdad?
—Prueba a incumplir tu palabra, y sabrás de lo que soy capaz y de lo que no (por primera vez en mucho tiempo, Humberto se permitió tirarse un farol).
La conversación estaba llegando a un extremo tal que la tensión reinante en el ambiente, húmedo y algo neblinoso a esas primeras horas de la tarde, era tan elevada que bien podría cortarse con un cuchillo… Y un cuchillo fue lo que apareció en ese preciso instante en escena, más en concreto en la mano derecha de un Fernando que, con los ojos rojos de ira, se dirigió (dialéctica y físicamente) hacia Humberto…
—Mira Humberto, yo habría preferido que esto no hubiese acabado así, pero vista tu actitud poco colaboradora, me obligas a zanjar este asunto a «mi manera». ¡Venga! dame ya el maldito portafolio con la novela, al fin y al cabo me pertenece, yo he sido el que te he estado alentando todo este tiempo para que siguieras escribiendo la historia. Sin mi protectorado económico y mi seguimiento constante, no habrías sido más que un vago sin ambición, y un borracho, aunque he de reconocer que con un gran talento —dijo cuando ya el filo del cuchillo rozaba a un inmóvil Humberto y le producía un hilillo de sangre en su cuello… inmóvil hasta que unos instantes después, y de un certero golpe en las «partes nobles» de su atacante, hizo que a este se le escapara el arma de la mano en dirección de un precipicio situado en un lateral, muy cerca del camino, y en un gesto instintivo al intentar recuperarla, acabó acompañándola en el largo descenso por y hacia el vacío definitivo de la nada.
Humberto, que en un principio y por la impresión y angustia generadas por el momento vivido se quedó paralizado y asumió la responsabilidad del trágico suceso, pasados unos instantes cambió de opinión al analizar con algo más de frialdad la situación acaecida e interiorizó la evidencia de que lo que le acababa de ocurrir a Fernando, él y solo él se lo había buscado. No tenía testigos que confirmaran la versión real de los hechos acaecidos, era cierto, porque… en esos momentos no había nadie más en aquellos parajes.   
Decidió bajar de inmediato mientras intentaba hacer «borrón y cuenta nueva». Mantenía la posesión de su trabajo, aunque lo difícil iba a ser ahora darlo a conocer porque esa faceta era del todo desconocida para él, mientras que sí la había dominado el desaparecido Fernando con sus artimañas de seductor.
Y mientras bajaba dejando atrás el peligro de la repentina niebla, tan traicionera entre aquellas rocas graníticas que componen el colosal monumento natural, se prometió a sí mismo cuidar más su dignidad en el futuro que, no sabía a ciencia cierta cómo, sería testigo de su renacer, vital en general y literario en particular.

FIN

***

Se escondió detrás del buzón del monte Muganix esperando la llegada de Armando, quería ver la expresión de su cara antes de la conversación que tendrían por mor de su cita. Lo vio pasar y notó algo extraño en su mirada, aunque no pudo interpretarlo. Cuando vio que llegaba al lugar convenido, Roberto salió de su escondite y se dirigió también hacia allí con menos signos de cansancio que aquel a causa del sigiloso descanso previo. Al llegar, el saludo fue tan frío como el que reinaba en el ambiente debido a la humedad con que lo impregnaba la persistente neblina.
Armando preguntó a Roberto por el manuscrito de la novela, y este le mostró los folios que llevaba abriendo su cartera por una esquina para extraerlos unos centímetros, los suficientes para que reconociera el título y algunas frases que ya antes había tenido la ocasión de leer. A Armando le empezaron a crecer, en sentido figurado, los colmillos. Roberto preguntó que si había traído «todo», como habían convenido, a lo que Armando contestó, para sorpresa de aquel, negando con su cabeza…
—No pensarías que sin acabar de leerlo te iba a hacer el pago completo, ¿verdad? —argumentó, soberbio, Armando.
—Pues eso fue justo lo que acordamos después de mostrarte los primeros capítulos, que tanto te impactaron y entusiasmaron, según me confesaste —protestó Roberto, no sin razón.
—No seas ingenuo, Roberto, «amigo», estas cosas no son así en la vida real —intentó apaciguar Armando, pero su voz le delataba, sonaba más falsa que una moneda de 19 euros con 58 céntimos—, tú te llevas ahora la mitad, y en cuanto lea la novela completa, te ingreso la otra mitad en la cuenta habitual, ¿ok? ¡Y tan amigos!
Roberto, en el fondo, y en la superficie también, era débil, y por eso Armando había hecho siempre lo que había querido con él. Estuvo a punto de protestar de nuevo, pero recordó la escena final del último capítulo que él mismo había escrito para la novela en cuestión y, no queriendo que la cosa llegara a mayores, agachó la cabeza y accedió al desigual trueque. Se despidió de Armando invitándolo a iniciar el descenso solo con la excusa de que él se quedaría un rato más disfrutando del granítico entorno. Sabía que no se pondría a leer hasta estar disfrutando de la comodidad del sillón de su despacho mientras se bebía un whisky y se fumaba un buen puro, lo conocía bien, y eso le daba un margen de tiempo para poder bajar por un camino alternativo y desaparecer para siempre de su vida. No quería estar presente en la comarca cuando Armando terminara la lectura del manuscrito que, como en ocasiones anteriores, registraría a su nombre, aunque en este caso después de cambiar él mismo «algo» del final, quiso suponer Roberto.
Armando, satisfecho, inició el descenso sin despedirse y casi sin mirar a Roberto. Fue justo cuando se inclinó para salvar el primer desnivel rocoso, y debido a un fugaz rayo de sol que se coló entre dos nubes, cuando este último pudo ver con toda claridad el brillo metálico de la lámina del gran cuchillo que aquel llevaba asegurado, con estilo profesional, a su cinturón…

Continuará…

© Patxi Hinojosa Luján
(21/05/2015)

lunes, 18 de mayo de 2015

Luna color rojo sangre

No había sido una mala semana, o por lo menos no peor que las anteriores. Ni había tenido más incidentes negativos en mi entorno laboral, ni menos ternura y relajación en casa. Aunque no estaba desanimado, que no, tampoco era el «yo» habitual el reflejo que me saludaba cada día en el espejo de turno, ese que me animaba a seguir en la lucha. Necesitaba pasear un rato para digerir la abundante cena y también mis últimos pensamientos. La suerte estaba de mi lado porque la noche pintaba preciosa, con una intrigante y enorme luna llena color rojo sangre que, según anunciaban en las noticias, nos acompañaría así dos o tres días más, debido a no sé qué fenómeno meteorológico…        
Salí. Caminé sin rumbo fijo, sin saber por dónde y hacia dónde me dirigirían mis pasos, durante casi una hora. Cuando quise darme cuenta, estaba intentado «colarme» en un parque municipal que ya estaba cerrado a aquellas horas. Una vez dentro, después de un buen salto que casi acaba con uno de mis ya muy maltratados tobillos, el izquierdo, y sin preocuparme de cómo y cuándo saldría de allí, seguí caminando como pude por los múltiples senderos que lo atravesaban  y decoraban con mil y un dibujos. Allí solo había paz y silencio, un silencio que incluso hacía daño por lo intenso que era… hasta que dejó de serlo según me iba acercando a lo que parecía ser un quiosco rodeado de bancos con forma curvilínea en uno de los cuales, el que parecía estar más ajado por el tiempo y la intemperie pero que era el que, por el contrario, mejor visión tenía de la Luna, una pareja hablaba en confidente voz baja, aunque suficiente para eliminar de un plumazo el aterrador silencio anterior.
No soy ningún cotilla, pero el camino me conducía muy cerca de allí, por lo que pasaría, calculo, a escasos siete metros del banco en cuestión. Cuando estuve lo bastante cerca, pude observar que estaba ocupado por lo que parecía ser un señor mayor con su nieto, o un niño con su abuelo, según la perspectiva mental que quisiéramos utilizar. Estaban inmersos en una conversación que iba alternando sus voces pero que seguía siendo ininteligible para mí.
«Mejor así —pensé—, a nadie le deberían interesar los asuntos ajenos…»
Proseguí caminando por entre aquel entramado de senderos creyendo que me alejaba de allí, cuando al cabo de una media hora volví al mismo escenario, donde me esperaban los mismos protagonistas, que a pesar de aquella escasa luz lunar, ahora no me resultaron del todo desconocidos, más bien al contrario.
Abandoné el parque por una pequeña puerta que parece ser no se podía cerrar a causa de su deterioro y me dirigí a casa con mejores sensaciones de las que tenía al salir, si exceptuamos la del tobillo. Nunca le hablé de aquella noche a nadie y su recuerdo acabó escondiéndose en mi memoria…
Unos cuantos años después, ya jubilado, salí a pasear con mi flamante y nuevo reproductor digital de música, aunque con calidad analógica, cuando, sin saber por qué, acabé en aquel mismo parque. No lo había vuelto a visitar y me apenó encontrarlo en bastante peor estado que la vez anterior, la primera vez, salvo por un detalle: el banco donde habían estado sentados aquellos dos personajes se conservaba como si no hubiera pasado el tiempo para él, y equiparado ahora en desgaste al resto de bancos que bordeaban al quiosco dibujando una circunferencia a su alrededor.
Me senté en él esperando a que anocheciera, ese día habría luna llena que también anunciaban de color rojo sangre y que se podría ver a la perfección al estar el cielo despejado en su totalidad. Mientras en mi reproductor iban sonando uno tras otro los álbumes de mi añorado Elton con una calidad sonora increíble aunque con la calidad musical conocida de siempre, me sorprendí ya entrada la noche recordando mi infancia y juventud, y lo que es más importante, aceptando todo aquello que me venía a la mente, a buen seguro gesticulando sin darme cuenta. Es posible que estuviera ya solo en el parque por lo tardío de la hora, pero creí oír pasos en el sendero que pasaba por detrás de mi ubicación. Cuando mis recuerdos infantiles me dieron permiso en forma de pausa para observar de dónde provenían esos pasos, al girarme vi una figura familiar alejándose con dificultad al cojear de manera ostensible de su pie izquierdo.

© Patxi Hinojosa Luján
(18/05/2015)

jueves, 7 de mayo de 2015

De Reparto

Me acabo de enterar, hace tan solo un instante que lo he leído: te has ido. Quiero pensar que es porque te han llamado ofreciéndote un contrato irrechazable desde ese espacio etéreo donde acabamos todos, los que habéis dejado sobradas muestras de vuestro arte en vida, y los demás, todos nosotros. Por lo que se ve, de un tiempo a esta parte hay un superávit de creatividad por allí, sobre todo en el caso de los guionistas, y, ¡claro!, no dejan de llamar a colegas tuyos de profesión para que interpreten esos papeles recién salidos de sus imaginaciones, y que ya serán para siempre eternos. Y hoy te ha tocado a ti, para nuestra desgracia, que ya no podremos disfrutar con tus nuevos proyectos y tendremos que contentarnos con volver a ver y recordar obras que, en algunos casos, nos sabemos de memoria…
Todavía no me lo puedo creer y, a pesar de que me he quedado de piedra, intentaré plasmar todas esas palabras que me vienen en estos momentos a la cabeza de forma atropellada y desordenada.
Lo tengo tan presente como lo que acabo de comer. Aquella tarde salí de la sala de cine comentándole a mi chica que el personaje que más me había marcado y gustado era el de ese cura tan jatorra y que tan bien compusiste. Y en las semanas posteriores se lo hice saber a todo mi entorno cinéfilo. Algunos me dieron la razón, otros no del todo… aunque todos coincidieron en tu excelente interpretación. Y, como soy tímido por naturaleza, también te lo hice saber a ti, pero no antes de la cuarta o quinta vez en que coincidimos en el bar donde solía comer hasta hace algo más de medio año. Ese día, sin que nadie nos hubiera presentado, te paré cuando ibas de la barra a tu mesa y te lo solté:
—Perdone que le moleste, me gustaría compartir con usted que el papel que más me gustó en 8 apellidos vascos fue el suyo, sin  duda alguna. Solo quería que lo supiera.
—Gracias, no es la primera vez que me lo comentan —me manifestaste después de un breve silencio—, pero, ¡para lo que me ha servido! No me han llamado para la segunda parte…
— ¡Vaya, lo siento! No me parece lógico, aunque, ellos se lo pierden —y nosotros también, pensé.
Los siguientes días nos saludábamos con la cortesía de dos conocidos, pero nada más. Y de repente, en el que luego se convirtió en el último día que te vi, te mostraste como si fuéramos amiguetes de infancia, y me comentaste, ya en la barra, unas cuantas anécdotas, a cuál más graciosa, sobre el rodaje de tus escenas en la mencionada película y en otra que acababas de rodar. Datos y detalles que, por respeto, no desvelaré, pero que guardo como un valioso regalo por tu parte. Después ya hablamos de política, de recortes, de deportes y, cómo no, de tu Bilbao natal.
Hace once días volví de visita al bar donde tantos años comí a diario. Puedes creerme si te digo que tenía la esperanza de volver a verte para poder seguir comentando contigo chascarrillos de tu mundo artístico, y no te miento si te digo que me desilusionó no verte por allí, en ninguna de las mesas. ¡Quién se podía imaginar esto!

***

Es cierto, los críticos te encasillaron dentro del grupo de los actores secundarios, de los que tú fuiste un firme valedor, a lo que yo añadiría: secundario, sí, pero «de lujo». No entendías el desmesurado ensalzamiento de los actores protagonistas; en todo caso, hoy, muy a tu pesar y al de todos, has sido el protagonista, el triste protagonista, aunque no actor.
Y acabo diciendo que, como tu oficio era repartir alegría y buenos momentos artísticos, siempre me seguirá pareciendo más respetuoso calificarte como actor «De Reparto», en tu caso con mayúsculas.


© Patxi Hinojosa Luján
(07/05/2015)