miércoles, 22 de noviembre de 2017

Expulsado


La estancia exhibe una decoración poco discreta que se aleja de cualquier toque de elegancia, aunque la envuelve una cálida iluminación que le otorga una agradable sensación de serenidad. Es media tarde y, en un sillón colocado de espaldas al ventanal, una dama ataviada con ropa de andar por casa parece haber sucumbido a los encantos de Morfeo mientras disfrutaba de la lectura de un libro, pues éste ahora reposa sobre sus muslos en una posición que reta a la fuerza de gravedad cual avezado equilibrista. En un momento dado, alguien la inoportuna obligándola a abandonar su plácido descanso; tan indignada como alterada, abre los ojos e interpela a la inesperada visita después de la somera explicación que ésta ha emitido a modo de saludo:
—¿Pero… esto qué es?, ¡no entiendo nada! —Y añade, no pudiendo disimular su enfado ¿Cómo que lo expulsan, es eso posible?
—Ya sabe usted, señora, que la nuestra es una institución muy exclusiva y que quién entra ya no sale —empieza a argumentar la visita con voz grave y decidida—. Pero en este caso, excepcional a todas luces, se han dado unas circunstancias fuera de lo normal que han sido las que nos han hecho tomar tan extrema medida.
—Pero… yo ya me había hecho a la idea, ya me había acostumbrado a la nueva situación —no esconde su cambio de estrategia, con un tono que se acerca ahora a una aparente serenidad; comprenda que todo esto me sobrepasa y trastoca por completo mi vida. ¿No podrían reconsiderar el asunto y readmitirlo, por favor? ¡¡¡Se lo ruego!!!
—¡Imposible!, no podemos, en serio… La decisión está tomada y créame que ha sido muy meditada por parte de todo el consejo, con su máximo representante al frente. Es definitiva. No es que él no se haya acostumbrado a su estancia allí, es que su inaudito comportamiento ha revolucionado y alterado en grado superlativo la correcta marcha de nuestra organización y ésta no puede soportarlo ni un instante más. Quizá en otro momento, más adelante, cuando este tema se haya enfriado con el olvido del tiempo…
De las tres figuras que recortan sus siluetas en la habitación, la de la sorprendida anfitriona, inmóvil aún en su sillón, niega con su cabeza mientras intenta hacerse a la idea. Otra, la segunda, se dispone a desaparecer tal y como había llegado, pero ahora sin compañía y tarareando algo. En el giro previo a su partida, los negros harapos que constituyen su indumentaria se abren en un vuelo semicircular dejando entrever el filo de una afilada guadaña que desaparece junto con su portador, no sin antes proyectar el reflejo de un postrer y tímido rayo que entra por la ventana y va a iluminar durante un instante una de las esquinas del cuarto. Allí, hecho un ovillo en el suelo sin pronunciar palabra alguna, un hombre repasa, con los ojos cerrados y tiritando, la estrategia utilizada para contravenir a su destino; recuerda la reciente escena martilleándole las sienes y se arrepiente de aquel descomunal y sobrehumano esfuerzo, empieza ya a asumir que se maldecirá por ello el resto de su existencia…
Mientras observa a su marido, la mujer reflexiona un instante sobre lo inverosímil de todo aquello, también sobre la situación generada por ese imposible giro cósmico. Advierte que aquel mantiene las vestimentas con las que ella misma le acicaló para su, creía entonces, último viaje, ahora sucias y ajadas. En ese momento se incorpora y su gesto cambia perfilando una sonrisa burlona, pero no se percata de que el libro empieza a caer al suelo; por un capricho del destino lo hace a cámara lenta, mostrando al hacerlo un abanico de páginas, todas ellas en blanco. Ya de pie carraspea como si con ello quisiera también aligerar su conciencia y se dirige despacio hacia aquella esquina después de intentar hacer acopio de una ternura que le sigue siendo tan ajena como siempre, porque ha decidido tomar la iniciativa y así romper el hielo de la insólita situación:
—¿Quieres que hoy cenemos pronto, cariño?

© Patxi Hinojosa Luján
(22/11/2017)

lunes, 20 de noviembre de 2017

Sin disfraces

Mi novena aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «No podremos salir del castillo hasta el próximo Halloween...».

No podremos salir del castillo hasta el próximo Halloween, en esta lúgubre estancia todos lo tenemos asumido. Incluso la pequeña Selene, tan distinta ella, lo acepta porque aspira, entusiasmada, a participar en el ritual de cada año; pero nuestra hermana no entendió que papá prescindiera de mamá poniendo en riesgo nuestra triunfal aparición anual. Es cierto que, poco después, ella colaboró una última vez en los festejos con su caracterización más realista, rígida y fría; sin embargo, hoy su presencia sería inadecuada.
Brota ahora aquel recuerdo en mí: Papá buscándose en los espejos, gritando que el desliz de mamá no podía quedar sin castigo, que por eso la momificó...

© Patxi Hinojosa Luján
(15/11/2017)

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Preguntas

Mi octava aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «¿Qué será lo que le ponía su madre?...».

¿Qué será lo que le ponía su madre? La pregunta le martilleaba las sienes cada vez que, al acabar el recreo, sus extenuados amiguitos regresaban a clase buscando unos asientos que se convertían en los más cómodos sofás; porque, mientras, él lo hacía tarareando canciones sin el menor signo de fatiga.
Cuando un buen día se animó a hacerle la delicada pregunta a su madre, ésta le contestó con evasivas, admitiendo sólo que manejaba un ingrediente secreto que a veces incluía en el bizcocho del desayuno.
Y entonces le asaltó una nueva pregunta: ¿sería por eso por lo que tenían casi siempre los ojos tan rojos…, los dos?

© Patxi Hinojosa Luján
(08/11/2017)

lunes, 6 de noviembre de 2017

Penas

Mi séptima aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Y se ríe...».

Y se ríe, cómplice, aunque sólo lo haga en soledad. Imagino su expresión cotidiana, disimulando, tan fría como la lápida que cubre los restos de nuestro compañero.
Ahora él es feliz por mí, lo conozco bien, mas nunca se permitirá, si es observado, mostrar en su semblante ni una leve sonrisa; aspira a acabar sin sobresaltos su particular pena.
Sé que sabe que estaré esperándole cuando termine, y entonces ya podremos reír juntos al evocar la mañana en que al pasar lista no me encontraron allí. Pero debo confesárselo: Él tenía razón, no fue fácil excavar aquel túnel y escapar de la prisión.

© Patxi Hinojosa Luján
(01/11/2017)