sábado, 31 de diciembre de 2016

A dos


En cada rincón, por cada pared, destilo la elegancia de una decoración expuesta sin falta alguna en la ortografía del buen gusto; mas no tengo ningún mérito, si lo hago es gracias a la pareja que me habita, en su nombre.
Ellos dos me han moldeado a semejanza de lo que dibujaron en sus mentes y traspasaron a posteriori al pulcro papel de sus ilusiones como diseño único. Nada en mí es casual ni ocupa un lugar que no le corresponda. El resultado es que estoy impregnado de belleza, de sensibilidad distribuida en sus justas dosis. No puedo negarlo, me gusta lo que veo reflejado en los espejos de nuestro mundo compartido, un mundo en el que impera el orden con pinceladas artísticas aquí y allá.
De otro lado, el volumen del silencio que nos envuelve nunca llega al umbral de la incomodidad, por lo que la banda sonora del relajante ambiente abunda en acordes de respeto trenzados con clase y gusto musical. Si prestáis atención, podréis sentir como yo cómo en sus conversaciones tanto el tono como el fondo se mimetizan en tan idílico ambiente una y otra vez.
Volviendo a ellos, aunque ambos son discretos con el mundo que les rodea, no lo son conmigo, no lo necesitan, saben que en asuntos de intimidad voy a seguir siendo mudo, una tumba. Es por eso que los conozco tan bien; a veces, uno de los dos nota cómo una mano tan grande como las suyas le roza en una eléctrica caricia al pasar por su lado mientras continúa su camino, un camino que ha desviado tanto que traza curvas inimaginables para acabar convirtiéndose al final paradoja donde las haya en una recta perfecta, la línea de la ternura…
—Te espero en el salón, cariño.
Voy enseguida, acabo de leer los últimos versos del poema y estoy contigo, añoro tu piel.
En realidad, ellos son siempre así con todo, con todos. Y, a fuerza de ser sincero, os confieso que a veces he llegado a sentir celos por sus cuidados detalles con conocidos y amigos, a veces… Porque, no os confundáis ni os engañéis, yo soy algo más que su vivienda, soy su hogar, y al indicar «su» quiero confiaros que me dotaron de ese privilegio, un alma añadida a mi cuerpo de cemento y pintura, gracias a que su relación se ha convertido en todo un ejemplo, en la constatación de que la clase, la positividad y la generosidad se pueden compartir cuando se vive como ellos, con todas las consecuencias, decidiendo siempre, ¡cómo no!, todo a dos.

© Patxi Hinojosa Luján
(31/12/2016)

lunes, 19 de diciembre de 2016

Entre sombras


Cuando la oscuridad espera impaciente su turno, las luces estudian contornos con precisión de relojero para dibujar plantillas dotadas de movimiento a las que llamo hermanas.
Me muevo en el mundo de las sombras y siempre me sentí a gusto entre ellas. La mía es una existencia intermitente que he aprendido a valorar porque tal es mi naturaleza, ese es mi sino.
Nosotras somos grises; bueno, casi todas, porque desde hace poco tiempo conozco a una que no lo es. Ella es de color, o dicho con exactitud: es de colores, fue tocada con ese colorido don especial del que carecemos los demás miembros de su familia. Aunque gracias a ello, y en poco tiempo, he aprendido a conocerla tanto como a mí misma. Y gracias también, no puedo esconderlo, a que mi poseedor frecuenta la compañía de su propietaria.
Sé así que cuando presenta un tono verdoso, tanto ella como su titular humana están optimistas, esperanzadas; cuando enseña colores de la gama marrón, por el contrario, ambas se encuentran algo decaídas; si aparece pintada de azules están pasando por una etapa productiva y todo lo contrario si lo hace teñida de luto, con ese negro que endurece los grises. Y, por si os lo estabais preguntando, os diré que sí, también hay ocasiones en que elige el color rojo y se viste, expectante, con él…
Mas os tengo que confesar que mi dueño no disfruta de la contemplación de semejante abanico cromático, lo sé por lo que he podido deducir de sus comentarios entre dientes. A pesar de esto entiendo su obsesión por avanzar en la relación, no en vano todo en su amada destila belleza, tanto su personalidad como su físico, y nada nos impide pensar que entre dentro de la lógica el haber caído rendido a sus pies.
Hoy, después de varios encuentros con los dos frenos de mano echados, nuestros humanos han intimado por fin y al rato han prescindido de luces, y por lo tanto de sombras. Nosotras, las suyas, estamos a la espera de acontecimientos en el lugar donde se esconden las sombras y, mientras llegan aquellos, yo acelero el paso del tiempo recordando ese rojo matiz pasión que tuve ocasión de contemplar antes del apagón…

© Patxi Hinojosa Luján
(19/12/2016)

sábado, 17 de diciembre de 2016

Atenuando rutinas


Estoy cambiando…,
«Me sorprendo descosiendo cicatrices para drenar todo resto de toxicidad, la ponzoña que se atrincheró en mis entrañas aprovechando la desidia de aquellos tiempos en los que se acentuaban rutinas y éstas aceleraban, perversas, la caída en picado de la arena de la vida».
… y bien que lo necesito.
En estos tiempos en los que no sólo el aire escasea, me apresuro a desabrochar inspiraciones con la esperanza de llegar a respirar unas ideas fantasiosas que ya sólo me visitan con cruel intermitencia; es preciso que deje de asentar los pies en el suelo, mas no sin antes deshacerme de la cesta de mis desilusiones y dejarla ahí, varada en la playa de la resignación.
Alterando rumbos, deshaciendo decisiones, discuto con la imagen conservadora de mi espejo: le reprocho que no deje más a menudo su plaza a la soñadora; mas me sonríe, burlona, cuando me doy la vuelta, ignorando que lo sé; aunque quizá sea yo el que ignore que ella no lo hace, quizá…
A punto de partir hacia un viaje interior, me ajusto la nueva armadura y observo de reojo a mi antiguo yo enfrentado una vez más a su reflejo; siguen discutiendo, y yo me alegro de continuar atenuando rutinas.

© Patxi Hinojosa Luján
(17/12/2016)

jueves, 15 de diciembre de 2016

Día libre


«[…] Y así, después de una larga travesía llena de aventuras, la nave consiguió llegar hasta su destino donde nuestra protagonista quedó hechizada ante tanta maravilla como encontró. Allí le esperarían, sin duda, una nueva vida y la felicidad que aún no había conocido. Fin.»
Cierro el libro y abro los ojos. La estancia ofrece una iluminación tenue y cálida que permite, no obstante, que destaque la discreta decoración infantil. Me incorporo sobre la pequeña cama.
Buenas noches, cariño le doy un beso en la frente, lo que él aprovecha para, estirándose con la elasticidad que dan los pocos años, plantarme en una mejilla otro bien sonoro que guardo con premura junto con todos los demás en mi cajita invisible de tesoros, que descanses.
Tú también me responde con esa vocecilla que conozco tan bien y que procede de la antesala de sus sueños.
Apago la luz y dejo entreabierta la puerta de su cuarto mientras lo imagino llamando ya a esa otra en la que, a  buen seguro, encontrará amigos que sólo juegan con él en mundos desprovistos de malicia.
«Cómo me gustaba pienso mientras me alejo, procurando no molestar al silencio que me acurrucaran así a mí cuando tenía su edad; pero eso está tan lejos, hace tanto ya por mor de la tiranía del tiempo…».
Arrastro mis pies por el pasillo camino del retiro de mi habitación, donde se concentra el resto de mi universo, y una lágrima, que a estas alturas debería estar deshidratada, amenaza con esquiar por mi semblante al recordar cuando, antes de acostarlo, me ha preguntado si mañana iríamos otra vez a ese parque que tanto le gusta y yo sólo he podido responderle encogiéndome de hombros; porque cree ella, mi Señora, que me ha hecho un favor dándome el día libre.

© Patxi Hinojosa Luján
(15/12/2016)

jueves, 8 de diciembre de 2016

¡Menos mal!


Estaba el bueno de Johnny Depp haciendo de malo malísimo en la pantalla de un recinto iluminado, fuera de programa, por decenas de luciérnagas con forma de teléfono móvil —de esos tan modernos que pueden con todo, incluso con el respeto— cuando, en la discreta penumbra que reina durante las proyecciones cinematográficas, creímos oír un murmullo que por inapropiado nos pareció molesto y que se acentuó al mostrarse con toda crudeza en un instante de la película en el que la trama nos sumergió en un silencio expectante; aun así no logramos ubicar el origen del mismo, caprichos de las ondas sonoras…
Entonces oímos con claridad lo que no era sino la retransmisión de un partido de fútbol, en concreto el Real Madrid - Málaga. Mi amigo y yo nos miramos sorprendidos de que alguien se hubiera dejado encendido su dispositivo y no tuviera el reflejo de apagarlo para que pudiéramos concentrarnos en aquello que nos había llevado hasta allí.
Así, estuvimos oyendo en los ratos en los que lo permitía el volumen de la sala los gritos —que no voces— de los locutores, aliñando la banda sonora de nuestro ocio, hasta que llegó el final del filme y se encendieron las luces junto con los móviles que aún restaban dormidos.
Formando parte ya del río humano que a cámara lenta abandonaba el lugar, noté que alguien me daba un codazo, ligero, como para llamar mi atención. Cuando me volví en busca del dueño de aquel codo vi que había sido mi amigo, y en su cara observé un gesto de sorpresa y susto. Con un movimiento circular por triplicado de su dedo índice, que respetaba el sentido de las agujas del reloj, me indicó que aplazaba algo para más tarde, y supuse que compartiría conmigo ese algo cuando estuviéramos solos; así lo hizo: me confesó que al intentar poner en funcionamiento su móvil se percató de que, no sólo lo tenía encendido por error, sino incluso con la aplicación de una conocida emisora de radio activada. En su expresivo rostro pude leer un «¡tierra, trágame!» y yo me quedé de piedra unos segundos hasta que los dos explotamos en una sonora carcajada.
***
Si he compartido con vosotros el pecado es porque no haré lo propio con la identidad del pecador. Todo lo que acabo de contaros quedará como un secreto confesable, sólo a medias.
***
Y ya finalizo aceptando que, conociendo cómo se las gastan los comentaristas deportivos en su trabajo, tuvimos suerte a pesar de todo, la fortuna de que el resultado final reflejara un sorprendente empate a cero goles.
¡Menos mal!

© Patxi Hinojosa Luján, relatando tal y como ocurrió un caso real vivido en primera persona
(08/12/2016)

domingo, 4 de diciembre de 2016

Fantasía


Me manipulas a tu voluntad, haces conmigo lo que quieres. No es algo nuevo, lo llevas haciendo desde que me creaste, al igual que con mis hermanos, valiéndote de tu ingenio. Aunque a mí no me manejas como procedes con ellos, moviendo sus hilos; conmigo es todo mucho más íntimo: te introduces en mí con suavidad y haces que cobre vida, una vida que te debo sólo a ti, a tu arte.
Cuando esto acontece aprovecho y acumulo la vitalidad necesaria que me permite repartir alegría entre los que acuden a las mágicas representaciones que nacen fruto de tu imaginación, y me siento orgulloso y me inunde el sosiego.
Sé que sabes que lo sé.
Por eso, haz conmigo lo que quieras, te animo a que sigas haciéndolo mientras encuentres fuerzas para imaginar, para continuar alegrando corazones, enriqueciéndolos haciéndoles creer que aún quedan mundos maravillosos por descubrir con sólo mirar hacia el rincón más recóndito del fondo de los espejos, de esos que juegan a esconderse en el escenario de cualquier teatro, donde estas lunas y aquellos universos abundan aún; sin ir más lejos, yo disfruto del privilegio de formar parte de algunos de ellos, que alterno según tu criterio.
Sé que sabes que lo sé porque cuando me creaste pusiste todo tu empeño en dotarme de vida propia gracias a tu creatividad, a tu fantasía. Por ello, siempre que te siento, hago acopio de una felicidad que esparzo y reparto mientras silbo una canción, a veces nostálgica, cierto, mas en no menos ocasiones exenta de cualquier pizca de cruel melancolía.
***
Hoy yo, como hice ayer y haré mañana, sigo tranquilo, jamás me abandonó la seguridad de saber que tú nunca permitirás que nadie ose «no dejar títere con cabeza».

© Patxi Hinojosa Luján
(04/12/2016)

martes, 22 de noviembre de 2016

Cuerda


No había tenido un buen día, ni mucho menos, era algo evidente con sólo contemplar sus ojeras con esas bolsas tan antiestéticas. Durante la jornada laboral no tuvo ocasión de tomarse la tensión, ni siquiera pudo planteárselo; mas, si lo hubiera hecho, a buen seguro que habría podido constatar que la tenía disparada.
Mientras subía a su casa en su ascensor desde la planta de su garaje donde había dejado aparcado su todoterreno con conexión a internet, no podía dejar de pensar en que su correo electrónico no había dado tregua alguna durante las más de nueve horas que estuvo vomitando mensajes con textos que no eran sino la redacción de problemas que iban retorciéndose en complejidad según avanzaban los minutos. Parecía que también la alta frecuencia de llegada obedeciera a un plan preestablecido, a una perversa maquinación cuya única finalidad fuera hacerle perder el control que siempre había tenido sobre su trabajo y su tiempo. Maldijo la tecnología a modo de desahogo y sus gritos los engulló el silencio que, desde hacía ya unos años, presidía su siempre vacío hogar.
No le gustó lo que vio en el espejo del cuarto de baño de su alcoba, esas sombras que le habían añadido diez años en medio día en un regalo envenenado.
Se fue directo a la cama, no sin antes tomar un trago del agua que tenía en su mesilla, no tenía el cuerpo para mucho más. «Mañana será otro día» pensó y se deslizó en aquélla intentando dormirse lo antes posible, aunque sólo consiguió sumergirse en un duermevela que le estuvo recordando las miserias de la jornada durante todas las horas en que lo habitó.
Sonó el despertador informando de la llegada de un nuevo día, y lo hizo con un estruendo que le resultó extrañó y que fue aún más evidente por la ligereza de su dormitar. Algo no cuadraba allí; al intentar acallar al ruidoso aparato, se alarmó al no encontrar su teléfono móvil: en su lugar halló un reloj despertador analógico, de los de antes, que no paraba de martillear sus dos campanitas superiores, alternándolas. Entonces, a un certero toque de su mano cesó semejante contaminación acústica y se quedó envuelto en su familiar silencio.
Acudió al baño al que entró sin encender la luz, tan sólo deseaba refrescarse una cara que notaba perlada de gotas de sudor frío. Lo hizo sin prisas y se secó después con igual parsimonia.
Hijo, date prisa si quieres no perder el autobús. Ya te he preparado el almuerzo, tu bocadillo favorito la voz se oyó cercana y familiar, cargada de cariño.
Volvió a entrar al baño accionando ahora el interruptor, buscando su imagen en aquel espejo que antes solo intuyó; ya sabía la que éste le devolvería. No se extrañó de no ver bolsas ni ojeras en sus ojos, ni canas entre sus ahora poblados cabellos, ni a algunos de sus años, no; hacía sólo unos segundos se había recordado con toda claridad la noche anterior, sentado al borde de su cama, con un reloj despertador en sus manos mientras, con ahínco, le daba cuerda…

© Patxi Hinojosa Luján
(22/11/2016)

jueves, 17 de noviembre de 2016

De ti


Recompongo situaciones y me encuentro
Evocando retazos de tu memoria
Precisaba olvidarme del olvido
Antes de recibir su querella
Hago recuento y cuento
Los fragmentos del puzle mortal
En el que por ti un día me convertí
Mas es sólo hasta que intuyo
Que aquellos ya se encontraron
Y así todos, ya juntos, aguardarán

Pero no es tan fácil componerme
Ciertos sentimientos dudan
Si alistarse con la reflexión
O hacerlo con el impulso
Cuando mente y corazón los apremian
Y la tarea me absorbe tanto que
Sudo lágrimas de sangre incoloras
Indoloras y sabrosas

Mas siempre llega el momento
En el que, sabiendo que te engañas,
Piensas que ya estás completo
Y partes en una búsqueda
En la búsqueda de ese lugar
Más allá de la belleza
Que casi siempre te es esquiva
Pero que necesitas como el respirar
Porque la causa de todo esto
Yo siempre lo tuve claro
Es que para poder vivir en tus noches,
Antes tendría que morir en tus días

Te debía una canción
Al menos una, un son
Cuyas letras, ahora por fin
Sí fueran dignas
Dignas sobre todo de ti

© Patxi Hinojosa Luján
(17/11/2016)

martes, 15 de noviembre de 2016

La claraboya


Su prioridad era abstraerse de todo durante el tiempo que dedicaba a la labor que le daba de comer en los últimos tiempos, y por ello optó desde un principio por la planta superior, la abuhardillada; no tardó en constatar lo acertado de su decisión, teniendo en cuenta el plus de concentración e inspiración que obtenía allí, y máxime en ocasiones como la de esa noche, pues les visitaría la luna llena y la podría observar en todo su esplendor a través de la gran claraboya debajo de la cual había colocado su mesa de trabajo con precisión de ebanista.
Cuando, contra todo pronóstico tanto suyo como de su editor, su primera novela se convirtió en todo un éxito editorial sin precedentes, y ello le proporcionó unos jugosos dividendos, abandonó el mísero trabajo que le privaba de gran parte de su tiempo y le absorbía casi toda su energía vital junto con sus ilusiones, y se animó a adquirir una casita en el claro de un bosque no muy apartado de su ciudad, con lo que siempre que quisiera podría volver a ella para visitar su antiguo universo y recordar sus orígenes al objeto de mantener los lazos de unión con aquél. Aunque, a decir verdad, hacía ya tiempo que no conducía después de desprenderse de su coche.
Aquella madrugada sucumbió antes que de costumbre al hechizo de las andanzas oníricas, por lo que el destino lo encontró dormido sobre su escritorio en una postura imposible cuando el timbre de la vivienda sonó con la inoportunidad de lo desfasado. Tal sobresalto provocó que impactara con una rodilla contra la mesa; sin tener tiempo a que lo tardío de la hora empezara a destapar temores y angustias, se oyó también un golpeo impaciente sobre la madera de la puerta que y él lo tuvo claro ya desde el primer toque no sonó como lo haría el de unos nudillos. Su sentido común le estaba advirtiendo de lo inapropiado de atender tan intempestiva llamada cuando él ya descendía cojeando por las escaleras dirigiéndose hacia la planta baja, desobedeciéndolo; mientras, su natural nerviosismo mutaba hasta convertirse en miedo y llegó a la entrada sin descartar llevarse un susto de importancia, como mal menor. Accionó un interruptor para iluminar el espacio que le rodeaba y a continuación abrió la puerta.
Allí fuera, delante de él, no había nadie; mejor dicho, no había nadie vivo…
A menos de un metro de distancia una especie de espectro cadavérico gigante le retaba mirándole desde sus cuencas vacías, y mantuvo el desafío unos segundos que a él, aterrado como estaba, le parecieron media vida. En una macabra escenificación, el visitante movió la descarnada mandíbula inferior, que desafiaba a la ley de la gravedad al mantenerse en su posición fuera de toda lógica, como queriendo comunicarle algo; y él algo oyó, pero no lo hizo mediante su oído sino que las palabras le sonaron nítidas en su cabeza como en una suerte de perfecta comunicación telepática.
Paralizado, cerró dando un portazo y enseguida interiorizó que le iba a costar encontrar las fuerzas necesarias para girarse y huir de allí porque además le dolía mucho la pierna. En ese momento fue como si la puerta de entrada se hubiera vuelto transparente al enlazarse unos cuantos relámpagos que quisieron participar en la inquietante escena, y entonces lo volvió a ver, amenazante, apuntando con un dedo índice en su dirección. Aquello desencadenó un acceso de ansiedad que sería incapaz de frenar.
Como pudo, en pleno ataque de pánico, se arrastró hasta la escalera y la subió haciendo caso omiso al dolor. Se dirigió a su rincón de escritor y se dejó caer en el confortable sillón. Fue en el instante en que cerró los ojos cuando se percató de algo y entendió lo inexplicable… Entonces abrió un archivador que tenía a su derecha buscando algo que encontró enseguida; leyó con avidez el recorte de prensa que databa de un año atrás como si fuera la primera vez que lo hacía:
«Conocido jugador de baloncesto fallece atropellado cuando circulaba en bicicleta; el conductor causante del accidente se da a la fuga sin auxiliar a la víctima y es buscado como presunto autor de un homicidio involuntario. Se solicita la colaboración de posibles testigos presenciales…»
—¡No, no puede ser, no es posible! —gritó, y su lamento se ahogó en el estruendo provocado por unos cristales rotos.
Tuvo el tiempo justo de poder ver de nuevo a aquella criatura, que se abalanzó sobre él atravesando el hueco de la claraboya mientras volvía a apuntar su dedo índice contra él, contra el responsable de su muerte.
Al final tuvo suerte, su corazón se paró en el instante anterior a que unos huesos afilados lo atravesaran en un claro acto de venganza cósmica.
Sobre la mesa, salpicada con gotas de una sangre espesa de remordimiento, la pantalla del ajado portátil mostraba un cursor parpadeando tras frases huérfanas para siempre de lectores. Unos apéndices óseos se animaron a continuar el texto allí donde se había quedado interrumpido, mas enseguida desistieron, eso no fue nunca lo suyo; cerraron el aparato y, sin apagarlo, lo lanzaron al trozo de cielo visible a través de la abertura; fue una canasta fácil. El cielo captó el mensaje y continuó la partida: un rayo lo desintegró evitando que pudiera llegar a manos de nadie.
Sí, al final tuvo suerte, mucha...

© Patxi Hinojosa Luján
(15/11/2016)

martes, 1 de noviembre de 2016

La paradoja


Todos tenemos a alguien que, en algún momento, te da la espalda, te miente, te responde con un no cuando necesitabas oír un sí e incluso hace repetidas bromas con tu equipo del alma y sin embargo, y aquí entra en juego la paradoja, es posible que esa persona sea un tesoro para ti, oro puro, un diamante pulido por sus actos.
Puede que cuando ese alguien te dé la espalda lo haga para indicarte que no quiere que le expliques nada, que no lo necesita… en aquélla podrás ver escrito con vuestra sangre que él ya te apoyó sin condiciones antes de que tú plantearas el conflicto en el que te ves envuelto.
Si un día te miente, quizá sea en la seguridad de que si no fuera así dejarías más pelos de los deseables en tu gatera emocional, y lo hace confiando en que nunca llegarás a saberlo para así proteger la tranquilidad de tu ánimo.
Y te podrá decir que no, si la vida te lleva por caminos perversos en los que necesites suplicar que, por ejemplo, alguien te done un riñón; podrá ser éste el caso, sí, pero te responderá así con todo el dolor de su corazón, y nunca, y esto es lo importante en verdad, nunca sin habérselo planteado antes.
O quizá te haga bromas con el rival de su equipo, el de tus amores, aunque no admitirá jamás que desea que triunfe para verte feliz, e ignora que tú esto lo intuyes desde siempre.
Es de ese tipo de personas que llega incluso antes de que pienses en llamarle, y no se va hasta que crea que tú no notarás su ausencia, a pesar de que siempre lo hagas. Y, cuando esto no es necesario, puedes estar seguro de que en esas otras ocasiones menos trascendentes descolgará su teléfono para responderte cuando tú aún no hayas pulsado el último dígito en el tuyo.
Él te invitará las veces que haga falta a la penúltima, pero jamás a la última porque sabe que esa es la que te va a hacer mal y se enfrentará a quien haga falta para evitar que caigas en la tentación.
Además, cuando te vea de bajón, te cogerá la mano con las suyas para que notes su calor, su apoyo sin condiciones, sin importarle lo que puedan pensar los demás.
Mas si algo lo define bien es su generosidad, no en vano tiene por norma regalarte sin medida el tesoro más preciado, su Tiempo, sin esperar a cambio nada que no sea el tuyo; en el fondo del cajón de sus anhelos confía en que sea así.
Si disfrutas, amigo lector, de la inmensa fortuna en tu vida de tener cerca de ti a alguien así, entonces puedes estar bien tranquilo; a la persona que se mueve en los mundos de alguna, varias o todas esas alianzas afectivas podrás llamarle Amigo hasta que el tiempo diluya los recuerdos y la energía de vuestra amistad sirva a otras causas, cómplice de una nueva paradoja que a día de hoy no podríamos ni siquiera imaginar.

© Patxi Hinojosa Luján, a mis Amigos, a mi hermano
(01/11/2016)

jueves, 27 de octubre de 2016

Vanidades


Antes de conocerte
Jugando a vivir
Andaba yo
Mas todo se me empezó a prohibir
Sin ni siquiera tenerte

En tus besos aprendí
A regular latidos, respiración
Mientras fingías mil cuidados
Añadiendo néctares al sol
Y al final lo conseguiste
Me viste nadando en tus mares
Bajo tu estrecho control

Queriendo un día constatar
Que no mentía tu piel
Cuando me prometió
Cómplice exclusividad
Algo debí de hacer mal
Porque ese día
Al caer la noche
Me engulló un bravo mar
Más amargo que salado
Impregnado como estaba
De la esencia de tu desnudez

Y no negaré aquí
Que ya unas cuantas lunas atrás
Me invadió un gran desasosiego
Cuando vi asomar aquel disfraz
Debajo de tu almohada
Para acabar de aceptar
Que ya no lograré alcanzar
La orilla más adecuada
En el mar de tus vanidades

© Patxi Hinojosa Luján
(27/10/2016)

miércoles, 26 de octubre de 2016

Tu frialdad


Buscando estaba la pose
Que mereciste antes de ayer
Cuando en mis bolsillos reparé
Y confiando allí encontrar
Alguna idea original
En el diestro, que no fue tal, miré
Mas con la nada me encontré
Pues mezclada con la ausencia
De lo que nunca dudé
Compartir con tu frialdad
Agujeros varios hallé
Por donde, intuyo, raudo escapó
El poco de arena de mi reloj
Que intenté esconder
Sin éxito, lo sé, a tu control

Mas buscando en el siniestro
Que tampoco fue nunca tal
Sino cómplice incondicional
De mis no pocos desvaríos
Entre mis dedos se colaron
Miles de partículas doradas
Portadoras de esperanza
En un futuro sin amarres
Para el reloj de mi tiempo
En libertad

Y así, ahora me encuentro
Digno
Garabateando mi nueva pose
Remontando la mirada
Enfrentándola a mis miedos
Mano derecha en la barbilla
Mientras la izquierda es
Acariciada
En la intimidad de mi bolsillo
Por minúsculas cosquillas

© Patxi Hinojosa Luján
(26/10/2016)

viernes, 21 de octubre de 2016

Mi primera vez


 Aún hoy recuerdo aquella sensación de inseguridad, el pánico por ese salto al vacío que no podía ni debía demorar más; estaba tenso, excitado, y en ese instante una serpiente eléctrica recorrió mi columna de arriba abajo, de abajo arriba…
Siempre tuve claro que tarde o temprano tendría que pasar por ello, era evidente. La inseguridad provenía, con toda seguridad, del vértigo que uno tiene al principio de cada nueva experiencia, y ésta en verdad lo era.
Cuando llegó la ocasión la identifiqué con claridad como tal. Estaba muy cerca de mí, inmóvil, en silencio, provocadora desde su insinuante blancura. Me acerqué hasta poder acariciarla; mi mente repetía una y otra vez que era una situación más de la vida, nada que no hubieran hecho con anterioridad un sinfín de personas y que debía tratar con naturalidad, aunque mi corazón parecía no estar de acuerdo y galopaba como si quisiera escapar de allí sin esperar a nada ni a nadie. Cierto es que hacía poco tiempo que había aceptado la idea de hacerlo por lo que no estaba mentalizado por completo, pero allí estaba yo dispuesto a todo, dispuesto a cometer mi primer asesinato.
Sin dejar de tener como referencia a mi yo pasado, intenté cambiar de piel y meterme por un segundo en la de mi yo futuro cuando un sudor frío recorrió mi febril piel y supe que ya no había marcha atrás. Cogí el estilizado instrumento e intenté respirar hondo, mas el aire entró racionado en mis pulmones y mi cerebro tuvo que cursar la orden de serenarme para retomar la iniciativa; mientras, ella seguía esperando algo de mí, ignorante de mis verdaderas intenciones.
Cogí la hoja en blanco y la observé durante un instante infinito. No me sorprendí al ver en mi mano el bolígrafo rojo; sonreí, «muy apropiado, teniendo en cuenta sobre qué voy a escribir hoy» me dije—, y puse en el reproductor un cd de música instrumental abandonándome en manos de mis musas, portadoras de ideas sangrientas por primera vez.
 Cuando acabé de escribir el relato, otro tipo de inseguridad me envolvió: ¿gustaría a mis potenciales lectores tan brusco cambio temático?, al fin y al cabo se acababa de incluir en un texto mío el primer asesinato, lo que no dejaba de ser una notable novedad en unas letras carentes de violencia hasta entonces; pero al momento consideré que, ya puestos, estaría bien que no fuera el último.

© Patxi Hinojosa Luján
(21/10/2016)

miércoles, 12 de octubre de 2016

Cruces vividos


El tren paró por fin en la estación después de una larga y perezosa frenada. Los viajeros que debían apearse en ella, contagiados en apariencia por el proceder de aquél, tampoco tenían prisa por abandonar sus plazas y bajar al andén con sus equipajes; es cierto que no ayudaba en nada que estuviera lloviendo de manera copiosa. Una joven, con una pesada mochila a la espalda que abultaba casi tanto como ella, se dirigía hacia la sala de espera del vestíbulo atravesando con parsimonia el andén; no tendría mucho más de dieciséis o diecisiete años pero su rostro llevaba grabado el recuerdo de más de una batalla, de esas en las que todos salen perdiendo. Imaginando qué le depararía el destino a corto plazo, tardó en percatarse de que alguien le protegía de la lluvia con un amplio paraguas multicolor. Levantó la mirada para agradecer el gesto con una sonrisa sincera y balbuceó un tímido «gracias» cuando, ya bajo techo, se detuvo y vio cómo caballero y paraguas desaparecían por la puerta que daba acceso a la calle. Se sentó en un banco corrido cuyo asiento no era sino una traviesa de madera de las que se habían retirado del tendido del ferrocarril años atrás; ni que decir tiene que encajaba a la perfección en la decoración de tan ferroviario entorno. Allí, sentada y sin la carga a la espalda, la joven dudaba del acierto en la decisión que acababa de tomar días atrás, a la par que intentaba identificar qué había visto de familiar en aquella expresión cuando su portador lanzó al aire un cariñoso «de nada» antes de desdibujarse tras una cortina de agua. De pronto sintió un vacío interior, algo así como una llamada que le recordaba que no había probado bocado desde la mañana, y ya estaba anocheciendo. Esperó a que escampara y se adentró en las conocidas calles de la conocida ciudad con la firme intención de hacer caso a la primera señal de bar o taberna que le brindara una puerta abierta.
Se acomodó en una de las mesas más pequeñas que encontró frente a la barra de una pequeña pero coqueta taberna y esperó a que le atendieran. El personal no se hizo de rogar. No había terminado de otear la peculiar decoración del establecimiento cuando un joven que no tendría muchos más años que ella carraspeó al objeto de llamar su atención y a continuación le ofreció la carta; volvió al cabo de unos instantes para conocer su elección. La chica cenó con avidez un menú del día tras lo que depositó en el platillo destinado a tal efecto el doble de lo que se indicaba también en una pizarra colocada en un lateral de la barra.
Ya se disponía a abandonar el mesón, mientras observaba otro de los aperos que le conferían su rústico aspecto, cuando oyó a sus espaldas:
—Perdone, señorita, creo que ha tenido una confusión al abonar la cuenta —dijo acercándose a ella.
—No, no, está bien así —y guiñó un ojo sin saber muy bien por qué lo hacía—, lo que sobre es para usted, quiero decir, para ti —rectificó al reparar en la juventud del camarero.
El chico no tuvo tiempo de agradecer semejante gesto porque enseguida ya sólo alcanzó a ver una mochila flotando en el húmedo aire, alejándose. Dio media vuelta y volvió a sus quehaceres con ánimos renovados; si seguía teniendo tanta suerte con las propinas, pronto podría pagarse ese curso de francés que tanto le motivaba.
Acabada la jornada de trabajo, decidió dar un rodeo para llegar a casa y así pasear un poco aprovechando lo bonancible del clima. Al pasar por una calle que hacía tiempo no transitaba pero que recordó por un anuncio, divisó un bulto a lo lejos, en la acera, pegado a la pared. Al alcanzar su posición, el bulto cobró vida y le demandó una ayuda mediante gestos. El consideró oportuno y justo compartir sus propinas del día con aquella persona y así lo hizo, bien podría esperar unos días más para inscribirse en el curso. Depositó su colaboración —su mente se negaba a denominarla limosna— en el recipiente en forma de boina mutilada, por faltarle el rabo, y continuó su camino aún más alegre si cabe, silbando…
El vagabundo murmuró una especie de agradecimiento que ya nació mudo por los efectos del alcohol y se volvió a dormir con el dinero bien asido dentro de uno de los bolsillos de su ajado y sucio gabán. Tuvo un sueño placentero. Cuando despertó, con resaca pero consciente, lo hizo con la intención de cumplirlo.
Ordenó y adecentó lo que pudo su «zona de confort» y se acercó hasta un parque cercano. Allí se sentó en el único banco que vio vacío y sacó de su vieja cartera un trozo de papel algo sucio e irregular y un lápiz que se había quedado en casi nada después de las múltiples veces en las que le debían haber sacado punta. Meditó unos instantes y garabateó unas frases con más pasión que buena caligrafía, después firmó entre dos lágrimas que secó con una manga. A continuación corrió al supermercado de la esquina y compró una botella de agua. Tomó un largo sorbo y empezó a caminar con rumbo fijo; ya no le temblaban ni manos ni piernas.
Un joven trajeado entró al portal de su vivienda y recogió la correspondencia a media tarde, cuando regresó de completar su jornada laboral. En su buzón encontró publicidad, demasiada, alguna que otra factura y un papel roto y arrugado del que sospechó algo, lo que evitó que lo tirara a la papelera creyéndolo una broma. Antes de desplegarlo según subía las escaleras, le dio un vuelco el corazón, aunque enseguida se serenó y lo envolvió una paz que le quitó de encima y de golpe el peso de diez años cuando leyó lo que le decían mediante aquella letra tan familiar. Entró a su apartamento, bebió un botellín pequeño de agua de un solo trago y se cambió de ropa; se deshizo del traje y se puso algo informal, deportivo. Salió a la calle creyendo saber a dónde se dirigía; lo hacía con algo de temor, mas también con esperanza. De repente empezó a tararear una canción que no había oído en los últimos años, quizá desde aquel portazo, desde aquella separación. Aceleró el paso para imitar a su ritmo cardíaco y al doblar una esquina lo vio allí, al fondo, lejos pero ¡tan cerca...! Ya no era un bulto, sino una silueta erguida que desafiaba a su pasado reciente desde una recuperada sobriedad. Parecía que esperara algo o a alguien, o algo de alguien. Comenzó a llover. Abrió su paraguas y se cubrió con él, y también a un transeúnte que, distraído y poco consciente de que se estaba empezando a empapar, repetía una y otra vez palabras en un francés poco ortodoxo. Se giró para agradecer el gesto y se atrevió a probarse con un «merci, merci beaucoup», lo que hizo que se sintiera orgulloso, no en vano aún no había comenzado ese curso tan deseado.
La escena anterior fue observada por un varón que no había tenido el reflejo de llevar consigo su paraguas multicolor y que, en la otra acera, se refugiaba bajo unos balcones centenarios que desafiaban la ley de la gravedad.
Cuando el joven del chándal estaba al llegar a su destino se quedó sin la compañía que compartió su paraguas durante unos pocos metros, porque aquélla entró en un portal, al que adornaba una placa anunciando una academia de idiomas, mientras repetía las dos agradecidas palabras que se sabía tan bien; un segundo después vio llegar a una chica que, despojada de carga a la espalda, de un salto se abrazó a la silueta que ya no era tal; pensó en acercarse a ambos y abrazarlos, y así lo hizo, y al hacerlo sintió que estaba recuperando a un padre y a una hermana, a su padre perdido y a su hermana viajera.
***
Acaba de parar de llover, lo que aprovecha una figura anónima para cruzar a la acera de enfrente y entrar en un portal que por medio de un cartel anuncia una academia de idiomas en su interior. Es cierto que acaba de salir de allí hace un cuarto de hora escaso, cuando terminó su jornada de profesor de francés, pero debe regresar para recoger el objeto que se dejó olvidado, más que nada por si se le vuelve a necesitar para seguir con ese juego de vidas cruzadas, el de los «cruces vividos».

© Patxi Hinojosa Luján, escrito en Sada, entre la casa de Marilén y Javi y su bar, el Rincón de Burgos; ¡gracias por la hospitalidad!
(12/10/2016)