sábado, 12 de abril de 2014

LUNA ROJA

       No había sido una mala semana, o por lo menos no peor que las anteriores. Ni había tenido más incidentes negativos en el trabajo ni menos ternura y relajación en casa. La noche estaba preciosa, con una intrigante y enorme luna llena color rojo sangre que según decían en las noticias nos acompañaría así dos o tres días más debido a no sé qué fenómeno meteorológico; y yo necesitaba pasear un rato para digerir la abundante cena y también mis últimos pensamientos. No estaba desanimado, no, pero tampoco era el «yo» habitual, el que me saludaba cada día en el espejo de turno y me animaba a seguir en la lucha.

       Caminé sin rumbo fijo, sin saber por dónde y hacia dónde me dirigirían mis pasos, durante casi una hora. Cuando quise darme cuenta, estaba intentado «colarme» en un parque municipal que ya estaba cerrado a aquellas horas. Una vez dentro, después de un buen salto que casi acaba con uno de mis ya muy traqueteados tobillos, el izquierdo, y sin preocuparme de cómo y cuándo saldría de allí, seguí caminando como pude por los múltiples senderos que lo atravesaban  y decoraban con mil y un dibujos. Allí solo había paz y silencio, un silencio que incluso hacía daño por lo intenso que era... hasta que dejó de serlo según me iba acercando a lo que parecía ser un quiosco rodeado de bancos con forma curvilínea en uno de los cuales, el que parecía estar más ajado por el tiempo y la intemperie pero que era el que mejor visión tenía de la Luna, una pareja hablaba en confidente voz baja, pero suficiente para eliminar de un plumazo el aterrador silencio anterior.

       No soy ningún cotilla, pero mi camino pasaba cerca de allí por lo que pasé a escasos diez metros del banco en cuestión. Cuando estuve lo suficientemente cerca, pude observar que estaba ocupado por lo que parecía ser un señor mayor con su nieto, o un niño con su abuelo, según la perspectiva mental que se utilizara. Estaban inmersos en una conversación que iba alternando sus voces pero que era ininteligible para mí.

       —Mejor así —pensé— a nadie le deberían interesar los asuntos ajenos…

       Proseguí caminando por entre aquel entramado de senderos creyendo que me alejaba de allí, cuando al cabo de una media hora volví al mismo escenario, donde me esperaban los mismos protagonistas, que a pesar de aquella escasa luz lunar no me resultaron del todo desconocidos, más bien me resultaron familiares.

       Abandoné el parque por una pequeña puerta que parece ser no se podía cerrar a causa de su deterioro y me dirigí a casa con mejores sensaciones de las que tenía al salir, si exceptuamos la del tobillo. Nunca le hablé de aquella noche a nadie y su recuerdo acabó escondiéndose en mi memoria…

       Unos cuantos años después, ya jubilado, salí a pasear con mi flamante y nuevo reproductor digital de música con calidad analógica cuando, sin saber porqué, acabé en aquel parque, que no había vuelto a visitar, y que me pareció encontrar en bastante peor estado que aquella primera vez salvo por un detalle: el banco donde estaban sentados aquellos dos personajes se mantenía exactamente igual según mi recuerdo, y ahora equiparado en desgaste al resto de bancos que bordeaban al quiosco dibujando una circunferencia.

       Me senté en él esperando a que anocheciera, ese día habría luna llena que también anunciaban de color rojo sangre y que se podría ver perfectamente al estar el cielo totalmente despejado. Mientras en mi reproductor iban sonando uno tras otro los álbumes de mi añorado Elton con una calidad sonora increíble aunque con la calidad musical que conocía de siempre, me sorprendí ya entrada la noche recordando mi infancia y juventud, y lo que es más importante, aprobando todo aquello que me venía a la mente, seguramente gesticulando sin darme cuenta. Posiblemente estuviera ya solo en el parque por lo tardío de la hora, pero creí oír pasos en el sendero que pasaba por detrás de mi ubicación. Cuando mis recuerdos infantiles me dieron permiso en forma de pausa para observar de dónde provenían esos pasos, al girarme vi una figura familiar alejándose torpemente al cojear ostensiblemente de su pie izquierdo.

Patxi Hinojosa Luján

(12/04/2014)