domingo, 18 de enero de 2015

La libertad de los jueves

       La joven, que no llegaría a los veinte años, me tranquilizó al instante desde su ubicación, observándome ya en erguida posición; mirando hacia abajo dirigiéndose al espacio en que descansaba mi rígido cuerpo, y mediante un expresivo gesto con sus manos, me hizo ver que no había motivos para mi incomodidad moral; a la física no se refirió, obviamente no era consciente de ella. En definitiva, que me transmitió que allí no había pasado nada, a pesar de que yo había caído estrepitosamente sobre ella en uno de los primeros ejercicios, cuando no pude llevar mis rodillas a la altura de mis orejas después de haber estado un par de segundos con las piernas apuntando hacia el oscuro techo…

       En estos ambientes que persiguen la armonía plena, cualquier incidencia ajena a la clase, por pequeña que sea, o cualquier ruido extraño, pueden ser suficientes para romper el tan ansiado equilibrio físico, mental y espiritual, y es por ello que el maestro yogui nos solicitó a todos que volviéramos a esa posición imposible para mí, al menos de momento, por lo que me limité a observar al resto del grupo, no sin un cierto punto de envidia…

       Aquella era mi primera clase, y a partir de ese momento hice lo que pude, de veras que lo intenté, pero mi ligero sobrepeso y mi condición de novato en estas artes solo me permitieron conseguir algunas estrafalarias posturas desde las que observaba las de mis compañeros, que sí se acercaban, y mucho, a aquellas que se nos demandaba en cada momento. Seguro que yo también podría llegar a un nivel semejante a los suyos en un futuro —pensé—, total, solo sería necesario que perdiera peso y que acudiera puntualmente a todas las clases, digamos… unos cuántos años… Sonreí discretamente al comprobar que todavía era capaz de reírme de mí mismo y mis pulsaciones empezaron poco a poco a bajar de frecuencia, relajándome en muy breve espacio de tiempo.

       Aquella fue mi primera clase, sí, y a pesar de que ya no intenté más las posturas que sabía de antemano no podría llegar a conseguir, me resultó muy positiva porque me fui empapando de su espíritu, a la vez que observaba y memorizaba figuras, movimientos, silencios, respiraciones… Cuando el maestro yogui la dio por finalizada y nos invitó a hacer lo mismo al tiempo que nos recordaba el día y horario de la siguiente cita, y sin salir de la penumbra que nos otorgaba una única vela situada en el centro de la estancia, procedimos a abandonarla con discreción. Creí reconocer la figura de la primera persona que lo hizo, al ser la que estaba más cerca de la puerta de salida, cuando ya desaparecía por ella; su media melena pelirroja brilló un instante con los últimos rayos de sol que le estaban esperando en el exterior, pero yo apenas le presté atención puesto que tenía mi mente ocupada en otros menesteres.

       Al llegar a casa, mi mujer me informó de que cenaríamos solos. Los chicos tenían planes para esa noche y llegarían tarde, por lo que llegado el momento preparamos la mesa para nosotros dos únicamente y nos dispusimos a dar buena cuenta de los platos que ambos teníamos preparados para esa tarde-noche. Cuando ya me disponía a servirme el segundo, y mi mujer me preguntó extrañada que por qué no repetía del primero, como hacía siempre, le respondí que a partir de ese día iba a intentar tener un poco más de cuidado con lo que comía, en cuanto a cantidad, para empezar a despojarme de parte de lo que le sobraba a mi figura. Le debió parecer una decisión muy lógica y acertada, porque no me preguntó el motivo…

       Unos minutos después, terminada la cena, mi mujer oyó, con asombro, cómo del cuarto de baño provenían unas sonoras carcajadas. En ese momento ella no sabía que yo, mientras me cepillaba los dientes, me acababa de encontrar un pelo en el lavabo, un rojizo pelo que, no sé por qué, me guardé como un tesoro…

***

       Y este no es peor momento que otros para reconocer que, de un tiempo a esta parte, la rutina instalada con el permiso de los años pasados en convivencia, ha hecho que ya no nos esforcemos en compartirlo todo. Bueno, por fortuna sí lo importante, pero no determinados aspectos calificados erróneamente como menores, como por ejemplo alguna de nuestras aficiones personales que nos proporcionan placer a cada uno por separado, pero que los dos consideramos que no le interesarían al otro. En un acuerdo tácito, ambos escogimos el jueves por la tarde, por diferentes motivos, para ese momento de libertad:

       En mi caso, con la partida de mus junto a los colegas que la semana anterior se tuvo que suspender, hasta nueva orden, por la ausencia durante un tiempo indefinido de uno de sus participantes…

       Ella, con su nunca mencionada en casa clase de yoga.

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       Y a mí, para aprovechar ese espacio de tiempo que quedaba desocupado, no se me ocurrió mejor idea que apuntarme a mitad de curso a unas clases que la tenían a ella por alumna sin yo saberlo, y encima llegar tarde mi primer día, cuando ya todos estaban ubicados en su sitio, envueltos por la penumbra que proporcionaba aquella única vela…

© Patxi Hinojosa Luján
(18/01/2015)