domingo, 20 de mayo de 2018

Arañazos en tu piel

(Imagen extraída de la red Internet)

¡Cómo me gustaba aquel antiguo reloj de pared! Observar su madera noble, sus exquisitos detalles de marquetería, el vaivén de ese péndulo tan protegido...; todo ello me inducía a la calma, al menos antes…
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Si una cosa es cierta, es que nunca te agradeceré lo suficiente que me sacaras de la calle en contra de la opinión de todo tu entorno, familia incluida. No debió ser nada fácil tomar aquella decisión, máxime teniendo en cuenta tu clase social, media lindando con alta, donde tanto importa el qué dirán.
Pero nuestra relación ya no es la que fue. Hace tiempo que no disimulas, que te presentas en casa en compañía de tu amante ocasional y le ofreces nuestra cama sin pudor alguno. En los últimos tiempos, y en un plus perverso, nos cierras la puerta en las narices a mi vanidad y a mí y hasta creo oír cómo corres el pestillo del desprecio.
Debo admitir que, aunque escasean, hay temporadas en las que el azar permite que permanezcamos varios días los dos solos, sin injerencias externas, y entonces me engaño pensando que podríamos continuar por siempre así; pero más pronto que tarde una nueva traición surgida de tu debilidad vuelve a poner mi mundo patas arriba.
A veces pienso en renunciar a todo y abandonarte, pero no consigo hacerlo ni en los momentos en que encuentro más decisión; reconozco que en otras ocasiones tampoco he sabido cómo. Cuando esto ocurre, no me queda más remedio que olvidarlo todo y ceder a la cómoda derrota; entonces me permito de nuevo el roce de tu cuerpo en un intento de recomenzar que nace siempre, lo sé, tan imperfecto como fallido.
Ahora recuerdo con nostalgia aquellos primeros encuentros tuyos, cuando me permitías permanecer en nuestro dormitorio, cual voyerista, mientras tú y tu amante disfrutabais del juego más íntimo y yo observaba sin molestar, asumiendo que antepusieras sus arañazos a los míos; desde la perspectiva actual, confieso que estar presente lo hacía menos cruel, a pesar de lo que la lógica pueda dictar.
Dudo a estas alturas de que en algún instante hayas sabido interpretar mis intenciones; la verdad es que mis movimientos siempre estuvieron orientados a que viviéramos en armonía, a que reinara la felicidad. Por eso no entiendo que hayas necesitado traicionarme, que aún lo sigas necesitando demostrándome así que ya no soy lo más importante en tu vida —ya ves, ni siquiera pido exclusividad—; tampoco que maldigas entre dientes cuando recoges cada día los pelos que va soltando mi pequeño cuerpo felino.
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Hoy es el día en que ya no siento lástima si te veo en apuros, y añado más leña al fuego al sentenciar: ¡Nunca sabrás dónde fue a parar ese péndulo que tanto te está costando reponer!

© Patxi Hinojosa Luján
(20/05/2018)