martes, 12 de junio de 2018

Afianzando certezas

(Imagen extraída de la red Internet)

Imagino a mis vecinos señalándome con unos índices tan temblorosos como acusadores, cuchicheando a mi paso, murmurando que me he convertido en una suerte de espectro; no les culpo. Les deberá extrañar, y mucho, mi extrema palidez, pero sobre todo el extraño, nocturno y antisocial comportamiento que gasto esta última temporada. Yo, que siempre fui una persona de trato afable y generoso, lamento compartir que a mí, llegados a este punto, eso me trae sin cuidado.
Por ello hoy también saldré de casa aprovechando que el Sol sigue obstinado en su periódica ronda de visitas por la superficie terrestre y un día más se ha deslizado por detrás de nuestro horizonte. Además, esta noche tampoco la Luna estará visible, estrena piel nueva lo que aprovechará para esconderse tras ella; podría decirse que espera así saciar su furtiva curiosidad, pero todos sabemos que en el fondo es una romántica. Dentro de quince días lo confirmará cuando envuelva con su brillo llena de luz, pero esa deberá ser la historia de otro relato.
De este modo, con la oscuridad y el silencio pugnando por alcanzar el nivel más extremo, reflexiono negándome a creer que los astros se hayan confabulado sólo para que algunos depredadores puedan salir de caza; acepto que me es imposible evitar liberar una mueca de sonrisa cargada con algo más que un poso de amargura mientras continúo con el plan previsto.  
Voy caminando con cierta ligereza y el repiqueteo de mis tacones en la acera no es sino la llamada que incita a mis miedos a acompañarme; es paradójico, pero sólo ellos me aportan la seguridad que necesito, aunque esto no lo haya asumido hasta hace bien poco.
Debo confesar que nunca creí que los toleraría tan bien, pero aquí vamos mis tacones, mis miedos y yo hacia nuestro acotado particular en el sórdido polígono desde donde puedo observar lo que ocurre en los otros. Y nunca me gusta lo que veo, no podría gustarme.
Mientras avanzo hacia allí examino mis convicciones. Me hiere constatar una vez más que no consigo afianzar certezas desde aquella noche, desde aquella llamada con el archivo adjunto más perverso que se pueda portar: la notificación de la pérdida de un ser querido de manera violenta.
Acabo de llegar a mi puesto y sigo teniendo todas las dudas del mundo y alguna más. Con la respiración aún un tanto forzada por la caminata a paso ligero, me inclino por pensar que seguirá sin aparecer, pero no desfalleceré hasta que lo haga. Quizá se huela algo, o sólo sea que está dejando por precaución que el tiempo corra a su favor; un tiempo valioso en su escala, no lo dudo, pero no tanto como el que él nos arrebató de un plumazo.
De repente, un latido falta a su cita en mi corazón y éste me da un vuelco: lo estoy viendo acercarse a la penumbra del acotado de enfrente con los aires chulescos que ya le presuponía; es él, no cabe duda, los informes policiales que le sustraje del archivo de «clasificados» a aquel policía vicioso, ¡pobre diablo!, lo han descrito a la perfección.
Respiro con dificultad, intentando ajustar la cadencia para dejar de hiperventilar. Cuando por fin lo consigo, me acerco hasta allí con sigilo, tacones en mano, lo que agradezco. Improviso en mi imaginación el teatrillo de pugnar con mi «compañera» por el cliente, o de pedirle fuego a éste para un cigarrillo que nunca fumaré; cualquiera de estas situaciones me servirá antes de que él pueda siquiera sospechar algo.
Por cierto, estoy cayendo en la cuenta de que antes me ha faltado sinceridad, de que en cierta medida he mentido, o no he dicho toda la verdad: debo confesar que también me aporta seguridad esta pistola con la que ahora lo encañono, en unos momentos en los que aún no puedo predecir si, al final, acabaré apretando el gatillo…
Y justo en ese instante me sorprendo buscando en el cielo un guiño cómplice que me ayude, con escasas esperanzas de encontrar ese rostro que era clavadito al de su madre… si no fuera por el halo de profunda tristeza que reflejaba el fondo de su mirada y ese afeitado tan apurado que, ahora lo sé, disimulaba para sus noches más especiales a base de maquillaje sin que yo lo llegara a intuir. Corrían unos tiempos en los que acumulé pocos méritos para poder compartir sus más íntimos sentimientos; mi tolerancia andaba aún en pañales, aunque a día de hoy ya conseguí perdonármelo al reconocerme cambiado.
Y no encuentro su imagen ni siquiera en el fugaz destello que acompaña a la detonación y que ilumina por un brevísimo instante la escena. Pero esto ya poco importa...
Mi sangre impregna el suelo de cemento mientras me tambaleo antes de caer. Debí suponerlo, él se encontraba alerta y ha disparado antes. A punto de cerrarse mi mente para siempre, constato que en este último suspiro dispongo de un lapsus de tiempo precioso, y por una vez lo aprovecho; es tiempo suficiente para afianzar una certeza, la de que en esta ocasión sí intentaba hacer lo correcto.

© Patxi Hinojosa Luján
(12/06/2018)