Todo está en penumbra, casi en silencio, si no fuera por la costumbre
que tienen algunos soldados, cuando están excitados, de extraer su espada de la
vaina unos centímetros para volverla a colocar en su sitio en un tic nervioso.
—Tardan en empezar, ¿no? —le susurro a padre.
—Tranquila, no seas impaciente, empezarán pronto—me
responde padre sin siquiera mirarme.
—Tú ya has visto antes esta obra, ¿no es cierto?
—pregunto para acelerar el tiempo.
—Tantas veces que me la sé de memoria; muchas con
madre, antes de que… —Se para en seco, y yo quedo inmóvil al imaginar ese nudo
en su garganta que le impide continuar.
—También ella se la sabría, ¿verdad? Madre era
muy lista y tenía muy buena memoria.
Tadeo, que así se llama padre, asiente sin
girarse a mirarme, pero me coge una mano con las dos suyas y ese calor familiar
me reconforta.
Tiemblo al pensar en cómo sería la vida ahora con
ella, con tantos peligros como nos acechan en estos tiempos cambiantes, mas
enseguida recuerdo lo valiente que era y el valor que esgrimía ante las
injusticias. Por eso muchos hombres se burlaban de padre y lo tildaban de
aquella manera tan despectiva.
Tengo que parar de recordar, han encendido las
velas del escenario anunciando que la obra comenzará en breve, y necesito
disfrutarla concentrada. Padre me aprieta un poco más la mano, quizá por volver
a vivir conmigo lo que tantas veces disfrutó con madre.
Titilan las llamas de las velas al acercarse los
actores por el movimiento de sus vestimentas, y noto cómo me pongo nerviosa. Ya
no se oye ni una mosca cuando el primer actor empieza a declamar su texto; tiene
una voz alta y clara. Hay palabras que no conozco, pero entiendo el conjunto de
todas las frases. De repente, mi cabecita loca se va por otro camino y se hace
una pregunta que ignoro de dónde ha salido: ¿qué pasará en un futuro, si a
espectáculos de este tipo acuden muchas más personas y los escenarios son mucho
mayores?, ¿cómo harán para que todos los espectadores escuchen bien, incluso
los que se sienten en las filas más alejadas? Padre se ha dado cuenta de que he
desconectado por un instante y, con un leve toque en mi brazo, me devuelve al
presente.
Termina la función sin más distracciones por mi
parte. La gente se levanta de sus taburetes. Ha gustado tanto que todos quieren
manifestar su agrado, algunos con vítores, los más; los menos desenvainando sus
espadas y haciéndolas silbar en el aire con más bebida encima de la deseable,
por lo que padre me aparta de ellos con celeridad para evitar accidentes, y yo
apunto en mi lista imaginaria una nueva cualidad que debe de venir de serie con
los padres.
Todavía es de día cuando llegamos a casa, padre
no quiere que frecuente taberna alguna, y menos cuando acaba de llegar al
poblado un tercio de soldados envalentonados a raíz de su reciente y sonada
victoria. Gran parte de los honorarios obtenidos lo destinarán a embriagarse y
no sería prudente estar cerca, me explica padre, aunque no hayamos tenido más
remedio que hacerlo antes, en la representación teatral donde, más o menos, se
han comportado.
—Te vas a acostar sin cenar otra vez… —me
reprocha padre cuando ve que voy directa a mis aposentos, y yo asiento.
—Tengo poca hambre —miento, pero mis ansias por
escribir todo lo vivido durante la tarde se comen a aquélla, y deseo ponerme a
ello ya para no olvidar lo importante— mañana desayunaré bien, te lo prometo,
padre.
Traspaso el cortinón que hace de puerta y entro a
mi reino particular donde doy rienda suelta a mis inquietudes. Si padre supiera
leer, sabría que intento reflejar todo lo que ocurre en nuestras vidas desde
que madre desapareció sin dejar huella, aunque aquí todo el mundo sospecha que
no fue voluntario, quién lo hizo y por qué. Si padre pudiera ver todo lo que he
escrito desde entonces, sé que lo aprobaría, sobre todo cuando hablo de la
personalidad de madre: valiente, rebelde, intransigente con las injusticias.
Tozuda, intento aferrarme a la vigilia sin éxito;
me duermo, continuaré mañana. Ahora, espero que me vuelvan a visitar esas locas
ideas que dibujan mundos diferentes, como el de la función teatral. Y espero contar
con la reconfortante compañía de madre, tan irreal como entrañable.
***
Terminando está el siglo XIX cuando una niña curiosa encuentra en un
baúl escondido en la buhardilla de su casa unos manuscritos, al parecer muy
antiguos; están amarillentos y va a tener que tratarlos con mucho cuidado para
que no acaben por descomponerse. Se sienta en el suelo. Lee con atención y empieza
a absorber todo lo que está escrito en torno a «madre», y la devoción con la
que su hija la ha descrito. En pocos minutos queda atraída por la fuerte y
magnética personalidad que desprende. Ese día se promete a sí misma intentar
parecerse a aquella mujer para homenajearla, por dignidad y justicia para ella
y para el resto de mujeres.
Tarde tras tarde, al salir de la escuela, corre a
casa a refugiarse con su tesoro, un tesoro que para ella no son sino tiritas,
tiritas para el alma.
—Te vas a tener que instalar ahí arriba, Carmen
Eulalia, casi no bajas a visitarnos.
—Te recuerdo, mamá, que ahora me llamo Clara, ¡Clara!
© Patxi Hinojosa Luján
(17/06/2026)

Hola Patxi, me gustó mucho tu relato desde el principio y es a uno de los que más puntos le he dado. Me ha encantado la mezcla de tiempos, personajes, la historia es cruzadas. Enhorabuena un abrazo y feliz verano.
ResponderEliminarMuchísimas gracias, Ainhoa, por tu visita, por tus generosas palabras analizando el relato y por tu apoyo en forma de puntos.
EliminarTe envío un fuerte abrazo y te deseo igualmente un verano lo más feliz posible.
Y como no el homenaje a Clara Campoamor que eso ha sido muy bonito.
ResponderEliminarTe agradezco que compartas que has apreciado mi intención del final del texto con este nuevo comentario; y, ya de paso, te confesaré que, aunque su personalidad no casa con la mía, he querido homenajear también a Arturo Pérez-Reverte iniciando cada párrafo del texto con una "T", letra del sillón que ocupa en la R.A.E.
EliminarUn relato precioso, Patxi. Deja un poso de melancolía y el homenaje que esconde la sorpresa final es una maravilla. Muy dulces también esas tiritas para el alma que tanta falta hacen a veces. Un beso y enhorabuena por la mención. Muy merecida.
ResponderEliminarMuchas gracias, querida Marta, por tus cariñosas y motivadoras palabras y por el comentario en general que es de los que suben el ánimo a tope.
EliminarTe envío un fuerte abrazo de vuelta.
¡Hola, Patxi! Me haces un regalo, ¡un verdadero premio! al decirme lo de mi relato. Disfruté un montón escribiéndolo (ya ves si adoro el aire también yo) y es genial que te identificaras tanto. Gracias por venir hasta mi blog para decírmelo.
ResponderEliminar¡Para nada imaginaba que otros dos compañeros antes que yo hubieran elegido el mismo tema!, jaja, y además tan bien llevados. Quizá hubo sobreabundancia de Velázqueles ;) y el mío no entró ya ni con guiños aéreos ;)
A mí tu relato me gustó mucho, mucho también. Desde la primera línea capté tu nivel literario sin tener la menor idea de quién era el autor; lo bien que fluye toda la acción, la consistencia histórica, y sobre todo esa ternura preciosa que desprende...
"yo apunto en mi lista imaginaria una nueva cualidad que debe de venir de serie con los padres."
Me alegra un montón que te dieran la mención, muy merecida.
Un abrazo fuerte, Patxi y ¡feliz verano!
Muchas gracias, compañera, por responder a mi comentario sobre tu relato, y por pasarte a comentar el mío con tan cariñosas y generosas palabras. No sé si la Mención es o no merecida, pero la verdad es que estoy encantado con ella.
EliminarUn fuerte abrazo de vuelta, Maite, con el deseo de un felicísimo verano para ti y los tuyos.
Muy buen homenaje a esa escritora, una mujer "montaña" denominación de todas esas mujeres con principios definidos, fuertes convicciones y ganas de cambiar las cosas.
ResponderEliminarA parte de escritora, que es como nos la presentas en ciernes, fue abogada y política. Fue impulsora del sufragio universal y gran luchadora a favor de los derechos de la mujer.
Naturalmente fue vilipendiada y tuvo que huir de la quema.
Un relato muy sugerente en la que también dejas entrever tu afición al teatro ¿Me equivoco?
Un abrazo, compañero.
Muchas gracias, compañero, por tu visita y documentado comentario.
EliminarSí, quise ubicar e germen de la personalidad de Clara Campoamor en la de una mujer cuya hija, orgullosa, la dibujó con palabras allá por el Siglo de Oro español. "Mi" Clara bebió de esa fuente y se convirtió en lo que todos conocemos. Una versión libre, muy libre de la Historia, que para eso están los relatos...
El teatro me gusta, pero no lo frecuento tanto como los cines o los conciertos de música, pero sí es cierto que me encanta escribir sobre sus entresijos.
Un fuerte abrazo de vuelta, tocayo.