domingo, 22 de diciembre de 2013

No lo vi venir


Él acababa de sufrir un desengaño, no diría que amoroso porque a tanto no llegó, pero sí un desencanto existencial. Y fue a las primeras de cambio. Decidió que no volvería a ocurrir.
Su amor propio, aliñado con unas gotas de orgullo herido, creyó haber tejido una coraza protectora que le aislaría desde ese instante —¡por supuesto!— de cualquier atisbo de relación afectiva que con toda probabilidad derivaría en más sufrimiento.
Pero, no lo vio venir.
En la misma comarca habitaba un hada. Era como un duende, pequeña, risueña, juguetona, incansable y vital. Un duende todo energía. Un torbellino de pasión. Pero a la vez era un ser dotado de una sencillez y naturalidad embriagadoras.
Lo de menos fue que sus destinos se cruzaran en aquel baile popular hace ya doce mil ochocientos cuarenta y siete días.
―¿Bailarías conmigo?, demandó el hada sin necesidad alguna de pronunciar palabra.
Como era de esperar su respuesta fue afirmativa, por el hechizo al que estaba siendo sometido, pero sobre todo porque ésa era su voluntad, su deseo.
De todas formas, de no haber sido así, en cualquier otro momento habrían cruzado una mirada, ya hemos mencionado su vecindad, y la de ella, con esos grandes y preciosos ojos color cielo y mar le habrían embrujado al instante, tal y como ocurrió durante aquel encuentro lúdico, tan casual como trascendente.
A partir de ese momento, y hasta nuestros días, tanto la luz del Sol como el reflejo de la Luna y las gotas del agua de la lluvia los encontraron siempre como compañeros y cómplices en una apasionante aventura vital que, aparte de momentos maravillosos y otros mágicos que se quedan en su privacidad, deparó el acompañamiento de dos nuevos seres tan cautivadores como la madre y, por qué no decirlo también, con algunas de las manías de su padre.
Han sido muchos años de experiencias compartidas entre los cuatro, tanto positivas como negativas, que han enriquecido a todos por igual. Y, a estas alturas de la película, cuando los caminos se han separado porque los dos vástagos son ya los que manejan los timones de sus propias naves, se puede asegurar que todo ha merecido la pena. ¡Vaya que si ha merecido la pena!
En el momento presente, el hada no ha perdido ni un ápice de su poder, y aún hoy en día sigue hechizando, para bien, a propios y extraños. Seres que después de su primer contacto con ella ven como su vida cambia en positivo, a mejor. Seres que se convierten en mejores personas.
Y aquel joven de antes de ayer, inmaduro e inexperto, apasionado pero introvertido, evolucionó hasta convertirse en el adulto apasionado e introvertido, pero todavía inmaduro e inocente que hoy veo reflejado en los pocos espejos que sostienen mi mirada. Asumo mis errores, como también acepto mis descuidos y despistes, como aquél de hace doce mil ochocientos cuarenta y siete días, aquel descuido maravilloso que me cambió la vida para llenarla de felicidad hasta hoy.
No sé si me pilló con la guardia baja, o todo fue fruto y efecto de su hechizo y era algo inevitable, pero…
… por fortuna, ¡NO LO VI VENIR!

© Patxi Hinojosa Luján
(31/08/2013)