sábado, 7 de junio de 2014

La marea de la vida

       —Hola, buenos días… ¿podría indicarme en qué población nos encontramos?, es que he visto el cartel ese de la cuchara y el tenedor en forma de equis de la salida de la autovía anunciando este restaurante, pero no recuerdo que indicara ningún nombre…

       El camarero, con más desinterés que diligencia, me indicó con la mano una mesa vacía de comensales, pero en la que figuraban cubiertos para seis, mientras farfullaba algunas palabras ininteligibles para mí en lo que supuse era la respuesta a mi pregunta, a mi curiosidad. No me pareció conveniente ni prudente insistir. Al dirigirme hacia mi mesa, pasé junto a otra de igual tamaño en la que una sola persona (la crisis está haciendo estragos, pensé) se disponía a dar buena cuenta de, supuse, su «menú del día», por el aspecto y calidad de de lo tenía colocado frente a sí, ya sabéis, cubertería, vajilla y cristalería de las de «todo a cien», que decíamos antes de la entrada del euro.

       Al tener todo el sitio libre en mi mesa, elegí un asiento con vista directa hacia esa otra mesa. No sé porque, pero el chico en cuestión me resultaba simpático, agradable, y no había nada digno más que ver en todo el comedor. Era un joven, calculé, de unos treinta y pocos años, por su similitud en edad con mi hijo mayor, que no perdía el tiempo, no. Mientras comía, leía algo (no sé porqué, pensé en una novela, o quizá relatos cortos, no sé… ) en un libro electrónico bastante ajado; en estos casos, sí, cuando se tienen las dos manos ocupadas casi constantemente, son mucho más prácticos estos nuevos aparatos que los libros de siempre en papel, los clásicos.

       Yo andaba en esos momentos de mi vida inmerso en la escritura de una novela corta, por lo que saqué de la mochila mi querida libreta y la situé junto con mi bolígrafo de tinta de gel roja preferido a mi derecha, más que nada por si mis musas particulares se animaban a compartir el menú conmigo, aunque solo fuera el postre… Durante este, apenas esbocé unas pocas líneas que, de todas formas, calmaron mi sed literaria creativa hasta el punto de que me despedí de mis musas con agradecimiento sumo.

       Cuando el camarero me trajo el descafeinado de máquina cortado que le había solicitado en el momento en el que me servía el postre, aproveché para pedirle la cuenta. Su respuesta me descolocó:

       —Señor, su cuenta ya la ha pagado ese joven de allí —dijo indicando «la» otra mesa ocupada.

       Me levanté y me dirigí hacia allí para mostrar mi agradecimiento cuando, a punto de llegar, el joven se levantó de su asiento y dirigiéndose a mí con toda ternura me dijo:

       —Vamos, papá, que no quiero que se nos haga tarde. Puede que mamá se esté ya impacientando y ardo en deseos de contarle lo que nos ha dicho el médico: que en breve estarás ya recuperado casi por completo de ese maldito accidente vascular. Por cierto, perdona que no te haya esperado para comer, tenía mucha hambre y tú cada vez que entramos en algún sitio te vas directo al baño y… ¡lo que te cuesta salir!

Patxi Hinojosa Luján

(07/06/2014)