sábado, 28 de marzo de 2015

Seguimiento

       Inspiré profundamente. Tenía la impresión de que mis pulmones se habían quedado sin una sola molécula de las que componen el aire, y necesitaba con urgencia llenarlos al máximo, como si me fuera la vida en ello. Sin duda alguna, mi cuerpo estaba pagando la ansiedad producida por el estado de estrés en el que me encontraba desde hacía ya un tiempo, que se me antojaba demasiado a estas alturas. Pero un día más, con la oscuridad de la noche como cómplice fiel y parapetado detrás de mi columna favorita de los soportales del ayuntamiento, la única con capitel románico, esperé como era ya mi costumbre a que te alejaras lo suficiente para poder seguirte a prudencial distancia sin que, una vez más, sospecharas nada. Me estaba convirtiendo en un experto y ya no dudaba de que de nuevo seguiría siendo invisible para ti, en los dos sentidos; gestos como el de encender un cigarrillo ocultando la cara entre mis manos y la generosa capucha del anorak me salían ya que ni pintados, sobre todo teniendo en cuenta mi condición de no fumador. Pero un actor tiene que meterse por completo en su papel y yo estaba dispuesto a dejarme la piel por representar a la perfección el mío, el que yo mismo me había adjudicado meses atrás, y por el que esperaba ganar el inexistente Oscar para los actores sin el correspondiente carnet de su gremio.

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       Llegados a este punto, bueno sería aclarar que, mientras duró nuestra relación —estarás de acuerdo conmigo—, nos acompañó la felicidad y que aquella tuvo su secuencia lógica: nació cuando la chispa de la pasión nos prendió a la vez, duró mientras estuvo encendida con el esfuerzo de ambos y, muy a nuestro pesar, desapareció cuando nos alcanzó ese dardo envenenado que el Cupido del desamor lanzó, aún sigo creyendo que por error, pese a mi equivocación… Aunque de nada sirve lamentarse, la vida sigue para los dos, sobre todo para ti. No pretendo que estas palabras sirvan de excusa por mi comportamiento, no es mi intención disculparme, asumo mis actos y sus posibles consecuencias con la misma naturalidad con la que asumí nuestra ruptura.

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       Has emprendido la marcha desde «nuestro» portal y sigues el mismo itinerario que de costumbre, el que te lleva a encontrarte con esa persona que no te conviene lo más mínimo. Tú aún no lo sabes, o no quieres saberlo, pero con mi ayuda llegarás a comprenderlo más pronto que tarde; yo solo quiero tu bienestar, tu felicidad, aunque ya nunca más vayas a compartirlos conmigo, lo tengo asumido, no tienes por qué preocuparte por ello. Pero a lo que iba, desconoces aspectos de tu nuevo acompañante que te pondrían los pelos de punta, y sé que tarde o temprano te va a hacer sufrir. Yo solo quiero estar ahí para, llegado ese momento, intentar evitarlo.

       He observado que de un tiempo a esta parte te recibe sin la efusividad de las primeras veces, tú lo llevas padeciendo en silencio varias semanas sin querer aceptarlo, tal y como hiciste conmigo, aunque esa es una historia pasada que no removeré porque ya no viene a cuento. Hoy no es una excepción e imagino muy bien un gesto de decepción en tu rostro que intentas disimular. Se ha girado antes de que llegaras a su altura y casi has tenido que correr para situarte a su altura hasta poder agarrarle del brazo y continuar paseando como si fuerais esa pareja de enamorados que, sé sincera, ya no sois… Después, casi te empuja para «invitarte» a pasar a ese tugurio de mala muerte que siempre odiaste, y no te queda otra que acompañarle. Y a mí se me está revolviendo el estómago.

       —Tranquilo —me digo—, no se atreverá a más, no traspasará esa frontera, todavía no…

       ¡Pero, qué equivocado estaba! Esta vez su maldad, unida al alcohol ingerido, le ha trastornado más que en ocasiones anteriores y desde mi discreta y privilegiada posición en el exterior he podido comprobar cómo te ha menospreciado con gestos e insultos, que hasta yo he podido oír a la perfección. No he podido evitar unas ligeras arcadas.

       Se recompone la situación y salís a la calle. Tú no quieres ir de su mano pero él te obliga. Tú te sueltas y él te empuja contra la esquina de la pared de esa calle que está tan escasamente iluminada. Caes al suelo y él te levanta con malas maneras mientras tú intentas evaluar tus daños y taponar tus heridas sangrantes; entretanto él sigue zarandeándote y menospreciándote. Ahora es cuando sé que tú ya no puedes más. Yo tampoco…

       Cuando consigues recobrar tu dignidad, aceleras el paso hasta adelantarte unos metros, benditos metros, momento que aprovecho para hundirle a ese malnacido uno de los cuchillos de cocina, ese jamonero que me tocó en el reparto de bienes de nuestra separación, en la parte superior izquierda de su espalda, en pleno corazón. Sí, por paradójico que pueda parecer, también tienen uno este tipo de individuos. ¡Hasta la empuñadura!, y allí lo dejé, cayendo al abismo de la justicia eterna, mientras yo huía en sentido contrario hasta que, creyéndome a salvo de curiosos y exhausto por la carrera, tuve que parar; en ese instante vomité la comida de una semana entre dos autos aparcados en la negrura de la noche. A pesar, o quizá por ello, creo que nunca me he sentido tan en paz conmigo mismo. Yo he puesto rumbo a mi apartamento, sin premura, contento y satisfecho, dispuesto a escribir estas palabras.

***

       He impreso dos copias de esta declaración: una para enviártela a ti, la otra a modo de «nota de suicidio». Aunque, según escribo esto último, acabo de cambiar de parecer… esta segunda la voy a quemar, sin prisas, con un último cigarrillo que voy a encender para, como los anteriores, tampoco fumármelo mientras, con la tranquilidad del deber cumplido, los espero; ellos… ya no tardarán mucho.

© Patxi Hinojosa Luján
(28/03/2015)