viernes, 17 de julio de 2015

Los más bajos…



      Hoy me encuentro raro, diferente. Tengo una extraña sensación que no podría definir como angustia, sino más bien como una ligera desazón. No te miento si te confieso que es porque me he acordado de ti; así, de buenas a primeras y después de tanto tiempo. Si te soy sincero, este hecho me ha pillado desprevenido porque, aunque al principio me costó, al fin conseguí hacerte desaparecer de mi mente por completo; por lo de aquel día, ya sabes…
Durante unas semanas recordé, como hago ahora, todos esos momentos tan maravillosos que compartimos, esas excursiones montañeras, esos paseos bucólicos entre bosques, y no me lo podía creer. No podía creer que hicieras aquello. Aún hoy, cuando la herida justo comienza a reabrirse, me cuesta aceptarlo. Aunque ahora ya no es como antes, ahora sí quiero hacerlo porque sé que todo lo que vi es verdad, y ya no me engañaré más.
Aquel día tenías un brillo diferente en los ojos, lo generaba esa malicia que coqueteaba con el exterior al no esconderse de pleno y asomarse, desafiante, desde lo más profundo de esos grandes ojos oscuros. Pero yo no lo entendí hasta después, ingenuo, cuando ya todo hubo pasado y, permíteme la metáfora, justo antes de encerrarte y tirar la llave al mar. Recuerdo que no acababa de entender tu cambio de planes unilateral. Habíamos quedado en subir a esa montaña que nos gustaba tanto y tú, a última hora, me camelaste para que te acompañase en tu nuevo plan. En vez de subir, íbamos a bajar, sabías de un hermoso lugar en la mayor depresión de una zona que conocías bien y querías, me dijiste, que te ayudara con algo. Y hacia allí fuimos los dos, como siempre. Bueno, como siempre no: en aquella ocasión hablabas menos de lo normal y solo me mirabas de reojo. Quizá la dosis de cordura que aún te acompañaba te aconsejara hacerlo así, quién sabe…
Llegamos a la zona más baja y me indicaste, con un gesto de cabeza, que era allí, a unos diez metros de nosotros. Nos acercamos y no tardaron en notar nuestra presencia porque se empezaron a oír unos lamentos y gemidos que subían de volumen por momentos; provenían de una especia de oquedad inferior cerrada con una gruesa trampilla metálica que solo se podía abrir, y entre varias personas, desde fuera.
¿Quiénes son y qué hacen ahí encerrados? —recuerdo que te pregunté, asustado.
No temas, no nos harán nada, son amigos  —me intentaste tranquilizar—, tienes que ayudarme a sacarlos de ahí abajo.
Recuerdo bien que conseguimos, después de un esfuerzo sobrehumano, abrir aquella trampa, que lo era, sí, aunque ahora sé que solo para los de fuera… y mientras esos seres iban saliendo, mi curiosidad y yo les íbamos preguntando por su nombre…

***

Tengo que dejarte un momento, traen mi medicación y se enfadan mucho conmigo si no me la tomo enseguida. ¡Dichosas enfermeras!

***

… y ellos me fueron contestando, todos y cada uno, todos lo mismo: instinto, mi nombre es instinto. ¿Entiendes ahora por qué hice lo que hice?
Sí, ya sé que lo de antes no era ninguna metáfora, pero es que me lío, se me dan tan mal las figuras literarias…

© Patxi Hinojosa Luján
(17/07/2015)