martes, 7 de julio de 2015

El muro





Ambos lo tenían muy claro: ante ellos, pero sobre todo «entre» ellos, se levantaba un alto y sólido muro construido a base de prejuicios, convencionalismos y caducada moral para su manera de ver; este criterio lo compartían los dos, aunque nunca antes se lo hubiera confesado ninguno de ellos al otro, y esto impedía que les fuera posible dar rienda suelta a su amor, a sus deseos, a sus pasiones, escondidos durante tanto tiempo bajo la espesa, por añeja, capa de su infelicidad…
Cuando esa primavera ambos fueron invitados a la boda de unos amigos comunes que no vivían nada cerca, y que se celebraría durante el verano siguiente, un sentimiento contradictorio se apoderó de sus corazones, de sus mentes, de sus cuerpos. Ellos dos tampoco vivían en poblaciones cercanas, por lo que solo se veían en esas escasas ocasiones en las que el destino, en ocasiones aisladas y por diferentes motivos, se aliaba con ellos al organizar algún tipo de evento que los pudiera reunir.
***
Acabados los festejos que siguieron a la ceremonia en sí, ya entrada la noche, ¡qué casualidad! , ambos fueron alojados en el mismo domicilio, por cortesía de otro amigo común. Sus habitaciones estaban en el mismo pasillo, una enfrente de otra, y cuando se apresuraron a despedirse a pesar de estar con alguna copita de más, deseándose buenas noches, los dos sabían que ninguno osaría transgredir la regla establecida y acatada, no de muy buen grado, por los dos: no se recorrería la infinita distancia en que se convertía el ancho del estrecho pasillo y que comunicaba sus dos puertas, las dos puertas que hubieran brindado al inquilino de enfrente, en el utópico caso de desobediencia ética, la oportunidad de entrar en un muy deseado, por desconocido, mundo de placer, en su paraíso particular…
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Sonó el móvil de ella, no sabría decir por qué pero no lo había apagado:
— ¿Estás despierta? Yo no consigo dormirme, por una sola razón, porque estoy pensando en ti. Cuánto me gustaría que estuvieras aquí… conmigo… en mi cama…
—A mí me pasa lo mismo que a ti, mi situación es calcada a la tuya y también me gustaría poder cumplir tu deseo, o que tú pudieras venir a «visitarme»… pero como soy consciente de su imposibilidad, me consuelo imaginando que las manos que ahora mismo, mientras te imagino en mi cuerpo, acarician mi nuca, mi vientre, mis pechos, mis pezones, son las tuyas; me consuelo fantaseando con que el dedo que se esmera en darme el máximo placer al acariciar, con la suavidad que te imagino, mi clítoris, no me pertenece, sino que es tuyo, amor… Antes, al desnudarme, créeme que has sido tú el que lo ha hecho porque te he prestado mis manos, has sido el protagonista de mi fantasía y es por eso que ahora mi desnudez te pertenece solo a ti… ¡ojalá!...
— ¡Ojalá fuera como dices, querida…! En todo caso me estás poniendo a cien y ya me sobra toda la ropa. ¿Quieres acariciarme con mis manos?, también te las presto. Espero tus indicaciones impaciente…
— ¿Sí?, pues entonces (humm, ¡qué placeeer me estás dando!) piensa que tus manos son mis manos y acaricia con ellas tu torso y tu vientre primero, y luego baja a tus muslos, acaricia su cara interna, sube un poco y roza por un instante tus testículos, ¡ya, es suficiente! No dejes de acercarte a la base de tu, imagino tan apetecible, miembro viril, pero no lo toques todavía, deja que vaya activándose poco a poco, sin prisas, hasta que llegue a una plenitud casi explosiva…
— ¡Cómo me estás poniendo, querida…! ¿Cómo va «mi» dedo en tu botón del placer, sus compañeros ya buscan adentrarse en tus entrañas como un preludio de la penetración fálica?, algo me dice que sí, no sé si será mi soldado que ya está en posición de firmes a la espera de instrucciones…
— ¿Ya?, pues entonces, y mientras sigues acariciándome tan bien con las manos que sigo prestándote, con las que tú me prestas juega un poco con tu glande, imprégnalo de humedad, que piense y sienta que mi ávida lengua le regala una visita de placer, luego déjame masturbarte y cuando ya no puedas más avísame porque, no sé cómo, pero me gustaría sentir que estoy cabalgándote, y que tú también lo sientas así... ¡Por Dios, qué bien lo haces, creo que no va a tardar en llegarme!
—Espera, creo que en nuestra primera vez sería muy gratificante que los dos alcanzáramos el orgasmo al unísono, ¿de acuerdo?
—De acuerdo amor, avísame cuando quieres que me siente encima de tu miembro para que los dos sintamos a la vez ese regalo maravilloso del placer compartido al unísono. Quiero que te corras dentro de mí, para ello tendrás que prestarme las dos manos a la vez y ser muy hábil, como lo estás siendo con las mías, humm, yo ya…
— ¡Venga, ahora, yaaaaaaaaaaaa! —gritaron de placer a la vez, pero también de satisfacción al haber aprobado, por fin, su asignatura pendiente.
El escondido amor de esa pareja, representado esta primera vez por la pasión y el deseo, había cumplido un sueño, dejando dos cuerpos satisfechos en lo que a su sexualidad se refiere en el mismo domicilio, aunque en camas distintas, en dormitorios distintos; dos sudorosos cuerpos con apenas cinco metros de separación…
***
Antes de cortar la comunicación telefónica, y esperando que su discreción al no elevar en demasía el volumen de sus voces hubiera sido suficiente para no alertar oídos indiscretos que pudieran pasar por el pasillo por casualidad, los dos estuvieron de acuerdo en que el manos libres era un buen invento, y que, para sucesivas ocasiones, el cargador debería de estar siempre localizado y a mano, por si acaso la sesión se prolongaba más que en esta primera ocasión…
— ¿No es así, querida prima?
— ¡Así es, primo, mi amor!

© Patxi Hinojosa Luján
(18/12/2014)