viernes, 4 de enero de 2019

Siempre anónimo

(Imagen extraída de la red Internet)

El nuestro es un pueblo pequeño, aquí nos conocemos todos. Por eso, cuando llega algún forastero con la intención de quedarse nos enteramos enseguida…
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Suele contarse en las tertulias de banco de su Plaza Mayor que, aunque cerraba siempre la puerta al anochecer, tenía especial cuidado en dejar su corazón abierto durante el resto del día, y así era casi imposible que no se fuera ganando el respeto y el aprecio de todos sus convecinos, uno a uno, poco a poco.
Aún hoy, algunos suelen recordar de cuando en cuando que llegó aquí una tarde de otoño hace más años de los que mi memoria admite abarcar, y que lo hizo con discreción, la misma de la que hizo gala después; y cuentan también que con discreción se fue una medianoche, cuando ya todos creían caducado el plazo para su partida, incluido un servidor. Esto fue un duro revés para todos los que acabamos sucumbiendo a sus encantos, queriéndole como se quiere a un amigo de toda la vida o al familiar más cercano.
Aunque lo que más recuerdan algunos es cómo, coincidiendo con su llegada o al poco de ésta, comenzó todo...
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Salpicadas con una periodicidad matemática, empezaron a circular noticias sobre unos sorprendentes eventos que vinieron a alegrar, y en ocasiones solucionar, la vida de no pocos lugareños. Pronto se impuso la lógica y fue imposible mantenerlas en secreto dentro de los límites del municipio, por lo que más pronto que tarde llegó a oídos de las localidades vecinas y las peticiones de empadronamiento desde ellas se multiplicaron. Reaccionando con celeridad, el gobierno del consistorio se vio obligado a emitir un edicto municipal que suspendía sine die todas aquellas que no fueran motivadas por un nacimiento dentro de alguna familia del vecindario.
Pero volviendo a él, era inútil preguntarle nada sobre la cuestión; su reacción ante el osado que se atreviera a planteárselo era un encogimiento de hombros acompañado de un arquear de cejas que evidenciaba una extrañeza no fingida, lo que obligaba a su interlocutor a volverse por donde había venido con nuevas preguntas y el mismo número de respuestas: ninguna.
Después de su partida, se pudo constatar que seguían produciéndose los mismos hechos, aunque es cierto que en estos últimos tiempos se dan con una periodicidad que coquetea más con la anarquía creativa de las Letras que con la exactitud de las Ciencias.
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Desde hace unos días me noto raro, algo disperso. Mi memoria y mis reflejos fallan por momentos e ignoro cuánto tiempo más me acompañará la lucidez para poder seguir ocultando lo que sé sobre esas órdenes bancarias que tanto sorprenden por su generosa cuantía. Desconozco también si algún día se llegará a identificar al impulsor de semejante plan, a su autor intelectual y material.
A veces, cuando noto aquellas lagunas, me da por releer la enigmática nota manuscrita que apareció un buen día sujeta bajo un imán en la puerta de mi frigorífico, con esa caligrafía que me recuerda tanto a la mía…

[…] en las transferencias bancarias deberá figurar siempre «ordenante anónimo» y el beneficiario ser elegido al azar con el sistema que yo considere más oportuno; eso sí, respetando que no pueda haber dos agraciados dentro de una misma familia […]
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Cuenta la leyenda que nunca nos dejó del todo. ¡Y quién soy yo para rebatirlo...!

© Patxi Hinojosa Luján
(04/01/2019)