sábado, 12 de enero de 2019

Simbolismos

(Imagen extraída de la red Internet)

Quien más, quien menos, se siente atraído por los simbolismos en general, y por el de los números en particular. El que esto escribe no es una excepción.
Os hablaré de un número que desde hace un año no encuentra sosiego; no soporta el peso de lo que representa ante mi hermano, máxime cuando le toca posar en algún calendario. Así, le he visto ocultarse tras la careta de una simple expresión matemática, como si tan sólo fuera el resultado de una atracción total a cuatro mentiras mientras huye por cuatro esquinas. En otras ocasiones le he sorprendido calzándose el disfraz de «dos» para elevarse después cuatro veces por encima de nuestras cabezas y observarnos desde allá arriba, intuyo que con la oculta esperanza de no vernos él tampoco. Yo le entiendo, y quiero pensar que mi hermano también lo hace.
A pesar de ello, he de reconocer que en ocasiones me es imposible controlar mis emociones y le grito que no es más que un número miserable, que no es consciente del dolor que rememora, aunque yo admita para mis adentros que sí pueda serlo… Pero él nunca entra al trapo y sigue inmutable a mis reproches hasta que consigue ceder el testigo a un compañero para poder volverse invisible por otros treinta días.
Entiendo que ese número sienta tanta vergüenza que le cueste dar la cara, aunque también a él le haya tocado bailar con el peor de los recuerdos, el de «la» pérdida; por eso hoy he permitido un adelanto de mi emotividad, a cuatro días de que a aquél le toque desmaquillarse y mostrarse tal cual es sin excusa posible, evitándonos a los dos el mal trago de mirarnos a los ojos. Y de paso a mi hermano también.
Os confesaré algo: nunca dudé, iluso, de que era yo el que jugaba con los números durante el Camino; hasta hoy, cuando empiezo a sospechar que son ellos los que siempre han jugado conmigo, con nosotros. ¿No es verdad, «dieciséis»…?

© Patxi Hinojosa Luján, carente de ánimo para poder expresar algo el día 16…
(12/01/2019)