sábado, 28 de diciembre de 2013

CON CARIÑO…

       Necesitaba darme un respiro, cambiar el chip, salir de la rutina en definitiva. Pasé de largo, aunque enseguida retrocedí al darme cuenta con efectos retardados que aquel café-bar estaba vacío, y como a mí nunca me han gustado las aglomeraciones… entré. Encontré al barman secando, supuse que por enésima vez, la misma copa con una desidia que me preocupó hasta que lo justifiqué con el repetido: «será la crisis». No sé por qué, pero intuí que ambos necesitábamos lo mismo, charlar distendidamente con algún desconocido, él para volver a vivir esa experiencia (¡la maldita crisis otra vez!) y yo para saber qué se siente al experimentarlo como novedad.

       Me iba a dirigir a él mientras me acercaba a la barra cuando se me adelantó saliendo de su letargo, y mostrando un esbozo de sonrisa que me pareció sincero y su mejor pose profesional, preguntó al viejo estilo:

       ―¿El señor tomará…?

       ―Un café, por favor

       ―¿Cómo lo quiere el señor?

       Llegado este momento, aproveché la coyuntura y, recordando y homenajeando a mi querido y viejo amigo bilbaíno solté:

       ―Con cariño… ¡como si fuera para ti! <Y por favor, tú también tutéame, pensé…>

       La ocurrencia debió hacerle gracia, al igual que había ocurrido con todos los camareros que atendieron a Sergio en mi presencia mientras hacíamos el Camino y éste repetía la misma petición una y otra vez.

       No sé si el café fue preparado o no de alguna manera especial, o es que siempre los hacía o le salían tan exquisitos, pero a mí me pareció que simplemente había atendido a mi demanda y se había esmerado. Realmente disfruté tomándolo como hacía tiempo que no lo hacía. Lo saboreé al tiempo que intimábamos contándonos nuestras penas respectivas que no diferían tanto entre sí. Hablamos de lo divino y de lo humano, de esto y de aquello, y de lo de más allá también. Hasta me confesó que a la copa con la que le vi al entrar la llamaban «comodín», que nunca se utilizaba con la clientela y que servía para evitar dar una imagen de desocupación. Vamos, que era una especie de talismán.

       Mientras, el local seguía vacío, si se nos exceptuaba a nosotros ¡claro! Aunque la Luna, tímida ella pero celosa de nuestra complicidad, nos mostró un rato su ombligo a través de la cristalera de la fachada principal sin decidirse a entrar, hasta que se lo pensó mejor al ver que no le prestábamos atención y decidió visitar otros lares.

       Al café inicial le siguieron un par de ellos más, tan deliciosos como el primero, para pasar después a una bebida más contundente, concretamente el ron, que compartimos con gusto, él solo y yo con cola, y que hizo que desatáramos nuestras lenguas para acabar de arreglar el país, el mundo y casi hasta el universo entero si no llega a ser porque alguien entró en el local e hizo que la magia del momento pasara a «pausa». No tuve que volverme hacia la puerta, reconocí su tos de fumador. Intuí que no era casualidad, sino que había salido a buscarme presumiendo que ambos pudiéramos estar con la moral situada en parámetros similares y que un rato de mutua compañía y conversación no nos vendría mal.

       ―¿Podrías ponerle un café a mi amigo…? ―me apresuraba ya a pedir a mi nuevo amigo barman cuando en ese momento la magia el momento volvió a «play» al adelantárseme éste y apuntar:

       ―Sí, sí, ya lo sé, “con cariño, como si fuera para mí…”

Patxi Hinojosa Luján
(28/07/2013)

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