viernes, 10 de octubre de 2014

La hora de (antes de) dormir de Oscar y Patxi

       Desde hacía ya unos cuantos meses, solían sentarse siempre en el  mismo banco de madera. Ambos lo habían elegido porque era el que, desde su colocación, menos deterioro había sufrido por la humedad derivada de la proximidad de la orilla del río de la localidad, que enseguida, un par de cientos de metros más adelante, se confundía con la ría, salina y marina ella;  aunque lo hacían uno en cada extremo del mismo y no acostumbraban a socializar entre ellos, que sí reflejaban en sus caras y cuerpos el deterioro, no ya por la humedad, sino por el paso inexorable del tiempo.

       Aquella jornada, hacía ya tiempo que el Sol nos engañaba haciéndonos pensar que se había ido a dormir, cuando la realidad era que había cambiado nuestra compañía por otra a la que ofrecía en estos momentos su calor y su color. La oscuridad se había adueñado del entorno y ni siquiera la Luna, a un par de días de presentarse llena, lo evitaba, visitada como estaba por un mar de nubes, componiendo, eso sí, una estampa embaucadora digna del mejor pintor impresionista.

       Nuestros dos protagonistas amaban, aunque es muy posible que por diferentes motivos, ese momento de la jornada que sucede y antecede a los sueños, a los dos tipos de sueños: los que soñamos despiertos, y también los que soñamos dormidos. Pero en esta fase de sus vidas, a ambos se les hacía difícil expresar a los demás sus porqués, aunque por fortuna sí eran capaces de percibirlos e interiorizarlos perfectamente.

       Un día… mejor dicho, una noche, el hielo se rompió y surgió una conversación:

       — ¿Tiene usted hora?, preguntó uno de ellos, el más moreno, al otro, el más rubio, cuando se percató de su presencia.

       —Pues deben de ser ya las... a ver que mire... sí, las «Oscar menos diez». 

       — ¡Huy, qué tarde se ha hecho ya para mí!, yo suelo retirarme antes, sobre las «Patxi y media» como muy tarde. Será mejor que me vaya yendo ya para casa, que si no me espera regañina…  

       —Sí, yo también me retiraré en breve, en cuanto las nubes dejen de danzar alrededor de la Luna y me dejen despedirme de ella, como intento casi todas las noches y la mayoría consigo —dijo el más rubio y alto, mientras encendía el penúltimo del día.

       La escena completa había sido presenciada de cerca, de muy cerca, por una joven que, como ellos, también había escogido hacía tiempo aquel paraje fluvial para su particular relajación pre-descanso nocturno. Y lo había hecho desde un banco contiguo al de ellos con la única intercalación de una farola de baja intensidad lumínica, lo que hacía más entrañable y misterioso el ambiente. Pero no era la primera ocasión en que esto pasaba, raro era el mes en que no se repetía la escena cinco o seis veces, y siempre en su presencia.

       Nuestra joven llevaba siempre consigo un libro bajo el brazo, o en el bolso, según el tiempo que hiciera; era una novela que le regaló su madre años atrás, y a la que tenía especial cariño después de haberla «devorado» en más de una ocasión.

       No tenía prisa, ninguna, aunque esperaba una ocasión especial, aquella en la que se diera la situación de que ellos dos se percataran al unísono de su presencia y la invitaran a una conversación que en esos momentos entablarían los tres…

       Ese sería el momento que ella aprovecharía para pedirles a ambos un favor, que se convertiría en el mejor de los regalos…

       No era otro que el que le dedicaran la novela, novela que, a cuatro manos, habían escrito ellos dos hacía ya bastantes años durante un loco y fructífero verano de vacaciones conjuntas en las costas onubenses: La hora de (antes de) dormir de Oscar y Patxi.

       Cuando por fin lo consiguió, no supo identificar qué le emocionó más, si tener ¡por fin! la tan deseada dedicatoria, o ver el abrazo de oso que se dieron los dos amigos al reconocerse después de bastantes meses de sequía neuronal, cuando, asiendo a la vez el libro como dos chiquillos, se reconocieron en el retrato de su contraportada, reviviendo en aquel mismo instante mil y una vivencias conjuntas.

© Patxi Hinojosa Luján

(09/10/2014)