domingo, 26 de octubre de 2014

Una luz en la oscuridad

       Hay momentos en los que conviven soledad, silencio y oscuridad, o los hacemos coincidir de manera consciente, ¿o quizá inconsciente?; al final ¡qué más da…! El caso es que cuando nos encontramos habitando uno de ellos, no necesariamente aflora la tristeza, como se pudiera intuir, sino, más bien al contrario, es una paz interior la que emerge de nuestras entrañas para revestirnos de una tranquilidad en muchas ocasiones largamente añorada.

       Y hay veces que, durante esos momentos, dejamos la mente en blanco y los disfrutamos, así sin más. En muchas ocasiones es una muy buena terapia contra la aceleración que está adquiriendo de un tiempo a esta parte nuestra vida moderna, ¡y así nos va!, lo que no nos da la tregua suficiente para poder mirar las cosas con la adecuada perspectiva.

       Aunque admito que no siempre la oscuridad es total porque, como si estuviera encendida la limitada llama del encendedor de un no fumador, disponemos de la escasa y cercana claridad suficiente como para ver posibles decisiones a tomar… y tomarlas.

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       Conozco, y  bien,  a alguien que no hace tanto, en uno de sus momentos «SSO», y aprovechando esa pequeña luminosidad, ha tenido la oportunidad de pensar en una arriesgada decisión que le cambiaría la vida, y al final la ha tomado. Como he adelantado, creo que lo conozco lo suficiente como para asegurar que la aparentemente súbita decisión ha sido tomada después de analizar profundamente sus pros y sus contras en varias y sucesivas «sesiones SSO». Yo, por mi parte, le deseo toda la suerte del mundo, porque le aprecio y quiero mucho (esto él ya lo sabe), aunque reconozco que no tanto como su familia y amigos que le rodean y que le aportan mucho más de lo que ellos mismos nunca puedan ni siquiera llegar a imaginar.

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      Como un voyeur, improviso una pequeña rendija imaginaria por la que poder observarlo en su mencionada última sesión, y la escena me descoloca:

       No hay soledad, está arropado por muchos seres, es cierto que no visibles en estos momentos, pero que le acompañan, indudablemente.

       No hay silencio, porque él les agradece esa compañía y apoyo en voz alta, aunque a bajo volumen, que no es cuestión de incomodar a nadie.

       No hay oscuridad, o por lo menos no total. Y tengo, todo un privilegio, el tiempo suficiente de ver cómo esboza una enorme sonrisa de satisfacción antes de «callar» la mencionada escasa luminosidad de ese encendedor de no fumador, con un decidido gesto que se me antoja toda una declaración de intenciones; justo un instante antes, me parece observar que, cómplice, guiña un ojo en mi dirección...

© Patxi Hinojosa Luján

26/10/2014