miércoles, 10 de diciembre de 2014

En la estación…


       Si hay un sitio privilegiado, en mi opinión, para la observación de las distintas reacciones humanas ante diferentes estímulos, este es sin duda una estación. Bueno, para ser preciso debería concretar más: me refiero a una estación de ferrocarril. Si tienes paciencia, y el tiempo no te apremia, al final tus expectativas se ven satisfechas, e incluso superadas. A mí en concreto, lo que más me gusta y motiva es ver llegar a su destino, en este caso a mi localidad, a toda esa gente que viaja en los trenes.

       No ha mucho me dispuse, libreta en mano, a llevar a cabo el manido ritual de tantas otras veces: sentarme en cualquier banco de los que adornan el andén primero de nuestra estación y, mientras esperaba a que llegara el siguiente convoy cargado de historias, de anécdotas… de múltiples vidas en definitiva, me deleitaba, como siempre, con la contemplación de diversas locomotoras en su ir y venir, cambiando de vías, hasta completar las formaciones de trenes que, en ese momento, ya tendrían adjudicado unos acompañantes pasajeros y un destino; y a veces también un cambio de destino para aquellos. Siempre me ha seducido sobremanera ese mundo tan extraordinariamente heterogéneo donde casi todo es posible, con ese halo de magia...

       Esa tarde-noche de viernes llegó, con la puntualidad a la que en los últimos tiempos nos tiene acostumbrados, el tren de siempre, con parte de su pasaje ansioso de abandonarlo para reencontrarse con su mundo, y la otra parte ilusionado por visitar y conocer uno que todavía no puede catalogar como tal, aunque a veces algunos corazones acaban recibiendo ese regalo tan especial…

       Me llamó la atención, por su descoordinación, lo que al final pareció ser una pareja. Mientras él se movía nervioso por el andén, recorriéndolo impaciente de un extremo al otro, esperando a la que yo presumí su chica, ella, por el retraso que le ocasionaba el desproporcionado volumen de su equipaje, porque iba en el último vagón, oculto tras la curva del final del andén, o por ambas cosas, para cuando hubiera sido visible para su pareja, este ya había abandonado, desconsolado y desesperanzado, la estación. Anoté en la libreta en cuatro trazos un esbozo de la escena, a la espera de ampliarlos en casa con tranquilidad, y me apresuré a ayudar a la chica con sus bultos a la par que le indicaba que un joven, ¿quizá su chico?, acababa de abandonar cabizbajo el recinto de la estación. Ahora que caigo, ¿una pareja joven sin comunicarse con teléfonos móviles…? Hummm, supongo más bien que alguno de los dos se habría quedado sin batería…

       También tuve la suerte de asistir al emocionado encuentro de un señor, que rondaría la cincuentena, con el que con toda seguridad sería su padre, por las atenciones con el que aquel lo recibió al pie del estribo de la puerta lateral del vagón por el que apareció. Antes de que el anciano pudiera darse cuenta, su hijo ya le había ayudado a bajar a tierra firme, a la par que se había adueñado de sus pertenencias para evitarle su peso. El abrazo que se dieron ya en el andén no denotaba sino un cariño extremo fruto sin duda de una convivencia llena de dicha y respeto mutuo. A pesar de todo lo indicado a resultas de mi intuición, cuando se alejaban de allí oí, con menos perplejidad de la que cabría esperar, cómo uno se dirigía al otro llamándole yerno. Había errado en el parentesco, sí, lo reconozco, aunque no en todo lo demás, y de eso estoy seguro… Todo esto también quedó reflejado en la libreta con la oportuna corrección de última hora.

       Alguna que otra historia más cupo en las páginas de aquel día, para mi gozo. Y ya en casa, me dispuse a componer con todas ellas una especie de relato como homenaje a mi querida estación. Y así lo hice. Una vez leído y revisado un par de veces el texto, o tres, y justo cuando iba a compartirlo con mis amigos de la red literaria, algo me detuvo. Me llamó la atención el título del texto de un nuevo miembro, recién publicado: «El observador observado». En él pude leer, mientras aumentaba mi asombro, entre otras cosas…

       […] Cuando mi tren llegó a la estación, allí estaba él, como casi siempre que regreso a casa después de mi semana laboral. Y, como casi siempre también, lo observé interrelacionándose con algunos de los pasajeros que llegaban conmigo, ayudando incluso a algunos con sus equipajes. Él, anotando mil y un detalle en su inseparable libreta, él, el observador observado… ¡por mí desde hace tanto tiempo ya! Él, que no sabe que ya no trabajo en la misma población que antes y que me las ingenio para llegar en un tren que ya no es el mío solo para poder verlo unos minutos que se me antojan escasos segundos. Él, que no ha reparado en mí hasta el día de hoy, en el que ese cruce de miradas ha hecho saltar la chispa en mi interior que me ha animado a escribir estas líneas tan personales como sinceras, con la esperanza de que pueda leerlas aquel a quien van dirigidas con todo mi amor […]

       Leí ese texto, lo releí; y una vez más todavía, y después una sonora carcajada salió de mi garganta. «El cazador cazado», me dije aún entre risas. Después volví a leer mi texto y, sin cambiar nada salvo el título, al que ya podéis intuir, lo publiqué, confiando en que también lo leyera aquella persona a la que, ahora sí, estaba dedicado. Pero lo que yo no podía saber en ese momento era si mi deseo se iba a cumplir, y si cuando ella leyera el párrafo con el que desde un principio concluía mi relato…

       […] Hoy, por fin, la chica de los grandes ojos azules, que llega siempre en el mismo tren, cuando ya el viernes, bostezando, nos insinúa que se quiere ir a dormir, se ha fijado en mí y ha cruzado una mirada conmigo tan sensual que me ha alegrado el día, como poco… […]

       … seguiría con la misma rutina, ahora confesada como forzada. Faltaba ya menos de una semana para comprobarlo, una semana que se me haría eterna por mi renacido sentimiento; una semana en la que mi semblante no perdería ni por un solo instante esa bobalicona sonrisa que, en algunos casos, tienen los enamorados primerizos.

© Patxi Hinojosa Luján
(10/12/2014)