lunes, 22 de diciembre de 2014

Ingratitud


De súbito, me encontré en un lugar que no reconocía. Mi instinto me decía que nunca antes había estado allí. No podía negar que aquel era un bello lugar para perderse, y eso era lo que en un principio pensé, que me había perdido. Esto me produjo tal estado de ansiedad que cuando ya conseguí recobrar la consciencia por completo, aquella aumentó hasta su grado máximo.
Estaba solo, no localizaba a nadie conocido entre la muchedumbre que me rodeaba y que, de momento, también me ignoraba mientras disfrutaba de aquel precioso entorno natural, un parque donde no faltaban poblados árboles de muy dispares especies, junto a cuidados setos de verdes arbustos y diversos jardines aquí y allí floreados con multitud de colores, cual accesible arcoíris abstracto. Y todo ello enlazado mediante herbosos caminos que invitaban a cualquier persona a caminar con la libertad de ir descalza por ellos.
Aunque me iba serenando algo mientras recorría con mi vista todo ese entorno en un giro de trescientos sesenta grados, no lo logré del todo puesto que una vez finalizada mi rotación no llegué a atisbar a nadie de mi mundo, de mi reducido mundo. Me dirigí a lo que desde mi posición me pareció un aparcamiento para vehículos de esos «en batería», por las paralelas rayas blancas que divisé a lo lejos, quizá allí pudiera encontrar alguna pista que me ayudara en mi búsqueda. Y lo hice, ¡vaya si lo hice!
Mucho antes de llegar ya lo percibí con claridad, estaba tan presente en una de las plazas de aparcamiento que distinguí a la perfección su fragancia, ese persistente y dulce olor del perfume del que no podía prescindir cada vez que salía de casa. Una fragancia que se había alejado con ella en su coche desde el punto al que me acercaba, con toda seguridad para no volver a compartirla nunca más conmigo…
Cuando llegué a comprender la verdadera magnitud de lo que había ocurrido, algo del todo inesperado para mí, dejé mi mente en blanco y dejé también que pasaran las horas con una apatía que no era sino fruto de la decepción por la recién adquirida desconfianza en la raza humana, la más absoluta.
Ahora lo veía todo claro, ya recordaba. Con falsas promesas de pasar un día inolvidable en un paraje idílico para ella y para mí, supuse que se las había ingeniado para suministrarme algún fuerte somnífero, casi con seguridad mezclado con mi desayuno y, una vez aquí, cuando se aseguró de que Morfeo me abrazaba con fuerza, me dejó tirado en el suelo entre dos arbustos y me abandonó…
Ya es noche cerrada, noche de luna llena, y a esta le aúllo demandando respuesta a una concisa pregunta: «¿por qué tanta ingratitud?»
No me quedan fuerzas para ladrar…

© Patxi Hinojosa Luján
(22/12/2014)