jueves, 11 de diciembre de 2014

Y, al final, no llovió.


       Apareciste un lunes en nuestra pequeña localidad; quizá huyendo de los rigores del, este año, frío otoño, desde unas tierras que estarían más al norte, como un vagabundo más. Un vagabundo de manual, a saber: ropas ajadas y sucias, sonrisa desdentada, cierto aire de bohemio y el descaro del que no tiene nada que perder y sí mucho que ganar. Te dejaste ver en las puertas del supermercado y de la iglesia, bien elegidas las horas, estratégicamente, como lo haría todo un experto a la hora de exprimir al máximo las cartas que te ha servido la vida, al objeto de extraer de ellas la mayor cantidad de jugo posible.

       Al cabo de cinco días, casi todo el mundo te conocía, ya formabas parte del «mobiliario urbano», pero también, todo hay que decirlo, ya casi eras uno más entre nosotros porque nos habías ganado con tu simpatía y tu empeño constante en intentar sacarle a tu vieja y desgastada guitarra algún sonido medianamente agradable al oído, lamentablemente, para todos, sin éxito…

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       El domingo de esa misma semana, mi chica me propuso ir a ver una función de teatro en el único cine disponible en la población, obviamente multiusos. Acepté encantado, esa tarde no había jornada de fútbol para el equipo de mis colores que pudiera cortármela por la mitad.

       El espectáculo era gratuito, aunque nos entregaron a todos los allí presentes una entrada simbólica a modo de recuerdo. A punto ya de entrar al recinto, mientras esperábamos en la zona de acceso, de repente nos quedamos sin corriente eléctrica y, por consiguiente, sin luz. Aunque lo peor no fue eso, sino el desagradable, por agudo, estridente y chillón, sonido de la alarma que no pararía, si algo no lo remediaba antes, hasta que la batería de mantenimiento se descargara por completo. Y allí estábamos todos los aspirantes a presenciar la función en la penumbra de la antesala, dedicándonos miradas interrogativas, sin saber muy bien qué hacer, puesto que los minutos iban pasando y no se atisbaba solución alguna a aquella situación tan atípica.

       En un momento dado, el elenco de la compañía de actores hizo acto de presencia para, en la voz de su director, invitarnos a salir a la explanada a la puerta del recinto para así liberarnos del incordio de la molesta alarma y poder pensar en posibles soluciones.

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       El cielo amenazaba lluvia, pero de momento se quedaba en eso.

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       Estando en aquel improvisado escenario, se empezó a debatir sobre cuál sería la mejor decisión a tomar, tanto en lo referente al fallo eléctrico (aquí el gerente del cine-teatro, que estaba presente, poco o nada aportaba…), como a las posibilidades que le quedaban a la función de poder representarse. Cuando ya la gente estaba animada y participando en el debate, pocos nos percatamos de que la sirena había empezado a guardar un respetuoso silencio que ya no rompería en toda la tarde. Aunque el recinto seguía sin corriente eléctrica.

       Después de múltiples deliberaciones en algunos casos acaloradas, el director de la compañía nos propuso representar la función allí mismo, en el exterior, y para ello rogaba nuestra aceptación a mano alzada. Inmediatamente, y desde nueve puntos estratégicamente situados, dieciocho brazos apuntaron al nublado cielo, y a estos siguieron en cuestión de un par de segundos varias decenas más. Al buscar los ojos de mi chica, con una sonrisa de satisfacción en mi semblante, y para compartir con ella la alegría por la buena nueva, vi, en el extremo de la calle que desembocaba en la explanada en la que nos encontrábamos, y acercándose, una figura ya familiar.

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       La función comenzó, y aunque era un tanto surrealista, estaba impregnada de colorido, bellas danzas y músicas, y mejores textos. En un momento dado, algo hizo que todos miráramos hacia atrás. Nuestro vagabundo, vociferando posiblemente por una ingesta excesiva de alcohol, alcanzaba nuestra posición para unírsenos como un espectador más. Le hicimos un hueco a la par que le solicitábamos silencio, discreción y compostura, aunque todo esto era quizá demasiado pedir a un «sin techo». Ese momento lo aprovecharon dieciocho brazos para desaparecer discretamente de entre el público…

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       La función continuó, ahora con más actores sobre el improvisado escenario, pero interrumpida a menudo por nuestro vagabundo, retando a este actor a un cántico medieval, a aquel con un desafío de guitarra que, ¡milagro!, hoy y ahora sí sonaba bien, muy bien, cada vez mejor…


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       No sé en qué momento me di cuenta de la verdadera dimensión de la puesta en escena global, pero he de confesarte, querido amigo vagabundo que, de entre todo el elenco de actores de tu compañía, me quedo contigo, con tu personaje, con tu magistral actuación, ininterrumpida durante siete días…

       Poco a poco, con una progresión milimétricamente estudiada, fuiste incorporándote al grupo actoral, añadiendo al mismo tu extraordinaria técnica con la guitarra (ahora sí, expuesta sin disimulo alguno), tu templada voz, tus perfectos gestos y movimientos y tu elegante dominio de la danza, todo ello aliñado con una fina ironía y un inteligente sentido del humor (según pudimos comprobar en la conversación mantenida una vez finalizada la actuación). Incluso, nueve de tus compañeros actores deben a tu escandalosa aparición el haberse podido escabullir de entre el público para continuar con su rol, ya más estrictamente escénico. Lo dicho, nos regalasteis una magnífica puesta en escena que duró una semana. ¡Magistral!

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       Cuando saludasteis con los brazos enlazados al finalizar vuestra actuación, la curiosidad me llevó a buscar tu sonrisa, para certificar que ya no era desdentada… Supongo que el diminuto y negro disfraz dental ya lo tendrías bien guardado en ese momento a la espera de más actuaciones en otros afortunados pueblos.

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       Y, al final, no llovió…

© Patxi Hinojosa Luján
(11/12/2014)