jueves, 11 de junio de 2015

Inocencia descarada


       Ella no le quitaba ojo de encima, él hacía como que no se daba cuenta pero le delataban sus fugaces miradas buscándola mientras esta, sin duda, lo advertía. A la par del juego de miradas, otro juego empezó, el del acercamiento por parte de ella a la posición de su desvalida presa. Hasta que llegó un momento en que ya estuvieron tan cerca que ambos podían, si es que se hubieran producido, que no era el caso, oír los pestañeos del otro. Pasaron un par de minutos sin ninguna conversación, hasta que ella, descarada, empezó a hurgar en el pantalón de él, y no paró hasta conseguir lo que estaba buscando y tanto deseaba. Cuando lo hubo logrado, empezó a maniobrar con aquello para dejarlo liberado, bien a la vista, sin obstáculo alguno que le impidiera empezar a disfrutarlo. Y, ante el gesto de sorpresa por parte del abordado, ella lo empezó a lamer con toda la pasión de que era capaz, con un ansia desmedida pero auténtica. Y antes de que él se pudiera dar cuenta, se lo metió entero en la boca sin parar de chuparlo, eso sí. Y allí estuvo, dentro de su boca todo él, mientras era lamido con la máxima suavidad, al objeto de retardar la salida del sabroso, exquisito y embriagador manjar líquido. Pero, con esa experta e ininterrumpida maniobra era imposible que se demorara por mucho más tiempo lo que a todas luces era inevitable…
       Y sucedió lo que tenía que pasar. En un principio a nuestra protagonista le pilló de improviso, pero enseguida reaccionó para no dejar que se escapara ni una sola gota del arrebatador manjar. Se afanó en este menester y, cuando ya hubo conseguido la totalidad, procedió a tragárselo poco a poco. Apartándose hacia atrás, se relamió la comisura de los labios dejando entrever, con picardía, la punta y algo más de su lengua. Mientras, cómplice, le guiñaba un ojo a la pareja de tan particular juego.

***

       En el patio de un colegio, sonó el timbre que indicaba que el tiempo del recreo se había acabado. Todos los niños se dirigían con celeridad hacia sus respectivas aulas, cuando tuvo lugar una conversación de lo más inocente…
       —Pues ya sabes —dijo la niña—, por cada bombón de licor que me des, como el que te acabo de coger, yo te ayudo una hora con los deberes, ¿te parece justo el trato?
       —Por mí no hay problema, encantado, ya sabes que no se me da tan bien como a ti la Lengua y que, además,  mi mamá trabaja en la chocolatera del pueblo; pero no se lo digas a María, podría ponerse celosa…

© Patxi Hinojosa Luján
(16/12/2014)

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