sábado, 5 de diciembre de 2015

Imaginé


Flores, cantos rodados, tierra, cemento, mármol y más flores conformaban el teatral y frío escenario con actores en contra de su voluntad.
Pensé que bien podría haberme sucedido a mí. Solo contemplar esa idea me produjo un escalofrío tan evidente que temí haber hecho el ridículo con mis convulsiones. Estudié con discreción lo que sucedía a mi alrededor, pero cada quién estaba a lo suyo y nadie se dignó en dirigirme su mirada; mejor así —pensé, y resoplé, aunque ni siquiera el aire se movió.
¡Pobre… hombre!, o al menos eso supuse por las lágrimas de aquella mujer de negro, con algún que otro detallito en rojo, que no dejaba de alternar su mirada entre el nicho sin cerrar y las caras de las que supuse serían sus dos hijas; estas le arropaban, una a cada lado, sin dejar margen alguno para que el aire pudiera separarlas lo más mínimo al pasar entre ellas. A pesar del dolor reinante en la atmósfera, cargada de esa emoción retenida que turbia la visión con la ligera capa húmeda y salada que anuncia el nacimiento de un llanto, pude focalizar mi atención en aquella estampa familiar para comprobar que, por la edad de la damas, esa escena se había adelantado en el tiempo, diría que bastante, en un acto tan antinatural como frecuente. Y me puse a imaginar.
Imaginé proyectos retrasados con quebradizas excusas ahora condenados al limbo de su no realización. Imaginé proyectos de muebles sentenciados a permanecer como bosquejos en láminas que acabarán amarilleándose sin remedio. Imaginé canciones, relatos, novelas, todos ellos con la firma «dedicado a e inspirado por», sin conseguir ni plasmarse en un mísero folio o una desgastada pantalla.
Pero imaginé «tequieros» apostados en el trampolín de una lengua, mudos —valga la paradoja— por no atreverse a saltar en su momento. Imaginé asimismo abrazos rodeando vacíos al llegar un instante después de cuando eran necesarios.
También imaginé viajes, aventuras, risas; le imaginé a él en esos días en que desde sus apasionados despertares en amaneceres luminosos y cálidos y hasta la llegada de sus rojizos anocheceres hubiera permanecido sin soltarse de la conocida cintura, cual tabla de salvación.  
E imaginé a nuestro protagonista imaginando que alguien pudiera imaginar todo lo anterior. Admití que le puede pasar a cualquiera…
Cuando finalizada la ceremonia todo el personal allí presente dio media vuelta para alejarse, y sin oposición física alguna pudo franquear mi posición, un nuevo estremecimiento, ahora con nitidez incorpórea, me sacudió el alma.
Y, aceptado lo irremediable, me imaginé imaginando que alguien pudiera imaginarme en todo lo anterior.
Imaginé… ¡por imaginar!

© Patxi Hinojosa Luján
(05/12/2015)