martes, 29 de diciembre de 2015

Sorpresas


Mi hogar amaneció ayer igual que siempre. Bueno, no igual porque andaba revoloteando por el húmedo ambiente el matiz «casi»; el fulgor del nuevo día puso en escena a unos actores de sobra conocidos: el polvo, el humo, el bullicio y el mismo frío de jornadas anteriores, que es lo que correspondía al estar ya metidos en plena estación invernal, pero también el familiar y desgarrador sentimiento de soledad que se manifestó encogido, con mucha menor magnitud; lo pude apreciar de una manera muy nítida mientras tiritaba algo debido al destemple producido por el reciente despertar. Hacía meses que no experimentaba una sensación de paz interior tan intensa como aquella que normalizó con tanta eficacia mis constantes vitales. Después de unos meses triste, de nuevo me sentí feliz. Y todavía no había abierto los ojos.
Llevabas algo más de un mes pasando cerca, un poco más cada día, mientras te hacías el despistado buscando, ahora lo sé con certeza, nada. No creas que no me di cuenta, te observé las dos últimas semanas con la máxima discreción que fui capaz de manejar: fue en el transcurso de los últimos días cuando abandonaste ya toda precaución y te dejaste ver sin ningún pudor, cruzando incluso miradas conmigo que mantenías hasta que las leyes de la física te aconsejaban lo contrario, al objeto de evitar un accidente, mientras caminabas en retirada.
Pero volviendo al día de ayer, cuando mis ojos pudieron por fin enfocar la primera imagen de la mañana, ahí estabas tú de pie, justo enfrente, retándome a una guerra de miradas sin pestañeos en la que el primero que flaqueara sería el perdedor de un juego sin más premio que un cierto orgullo infantil. Añadiste a tu retador gesto una amplia sonrisa en el instante en que, en un allanamiento virtual de morada al dejar atrás mi platillo para los donativos, depositaste una caja mediana con asidero, como las de los aguinaldos, encima de las ropas enrolladas que ejercían de almohada. Levantaste el pulgar izquierdo y, silbando, te alejaste de allí. Intuí que no volvería a verte más, a no ser que tú lo consintieras o cometieras un desliz. Hacía unos instantes que había dejado de tiritar cuando plagié tu ancha sonrisa.
Acaba de empezar a llover, lo habíamos venido presintiendo desde días atrás, pero hoy no dormiremos al raso ni mi mascota ni yo. La generosidad introducida en aquella caja regalo lo hace posible. No se me ha regalado ninguna propiedad, aunque el hecho de que, según se me ha indicado, pueda utilizar este pequeño pero coqueto apartamento (en el que me encuentro ahora escribiendo estas líneas) por tiempo indefinido y sin coste alguno es más de lo que hubiera podido fantasear en cualquiera de mis sueños, incluidos los más ebrios. He tenido que leer y releer varias veces lo que se indica en los folios, que acompañan a algunos alimentos dentro del paquete, para empezar a creer y aceptar que incluso tendré también una pequeña asignación mensual para por lo menos no morirme de hambre sin mendigar.
Tu regalo es mi dignidad: me la has devuelto, y con ella la claridad mental que me permite entender algo importante. Ahora sé que podré volver a verte si ese es mi deseo, aunque intentaré no molestarte para no dificultar tu labor. Ahora ya sé por qué encontré mi anterior hogar callejero tan cálido y bien acondicionado y nadie me lo reclamó nunca…

© Patxi Hinojosa Luján
(29/12/2015)