jueves, 22 de septiembre de 2016

Aquella sensación


No fue un sonido el que nos alertó. La impoluta estancia estaba ofreciendo durante esos días un silencio no perfecto respetado por las emociones contenidas; éstas ralentizaban cada acción mientras los susurros de nuestras conversaciones surcaban el aire cual subtítulos garabateados en él sin ánimo de molestar. Susurros, por si en un descuido de quien sabe quién hubieran podido llegar a leerse con sus —en apariencia— dormidos oídos.
Tampoco la vista nos advirtió de nada que pudiera salirse de un guion que ya nos sabíamos de memoria, el de Miradas desde mundos distantes, la triste película estrenada en los particulares cines de demasiados hogares.
Cierto es que durante toda la estadía mantuvimos la concentración para que el tacto tuviera suma importancia; mejor dicho, los dos tactos. Nos esmeramos para que el cariño y el respeto envolvieran dichos y hechos mientras, como recompensa, se nos obsequiaba con la calidez del contacto de su piel cuando acariciábamos la de sus manos y cara disimulando lloros convulsivos.
Por intuir, sospechábamos que el desenlace pudiera presentarse en cualquier momento, aunque aquí el olfato, distraído él por desocupado, nada tuvo que ver.
No, no fue ninguna alerta de nuestros sentidos lo que hizo que ese mediodía, con sólo mirarnos, tomáramos la decisión de frenar en seco y volver sobre nuestros pasos decididos así a alargar nuestra compañía diaria… hasta ese final que ya se presentía próximo y que se certificó poco después. Justo en aquellos instantes previos al desenlace tuvimos la sensación de que allí había algo más, algo diferente a todo lo que conocíamos hasta entonces; lo percibimos como una entidad intangible, sobrenatural e inalcanzable, y reveladora… A día de hoy la tenemos bien presente, porque no la olvidaremos jamás; no en vano, cuando entrábamos en los últimos cien metros de la carrera sin saberlo, nos deparó la oportunidad de acompañar su despedida en paz.
Después llegaron miradas cruzadas, barbillas trazando asentimientos, nudos en las gargantas, pulsador encendido, enfermera acudiendo; su confirmación, nuestra aceptación…  
Y con la frialdad con que nos envuelve la pena y la resignación enraizada por el inexorable paso del tiempo, ahora rememoramos el trascendente momento con toda claridad: nuestra afortunada reacción se debió a esa extraña percepción; sin duda fue provocada por aquella sensación…

© Patxi Hinojosa Luján
(22/09/2016)