miércoles, 14 de septiembre de 2016

Privilegio


Los últimos días se han presentado envueltos en amaneceres perezosos. Amaneceres con el freno de mano echado, como si no quisieran ocultar la desidia de quien sabe que ha dejado en el camino parte de su alma y convive con la certeza de que, para recuperarla, deberá viajar bien lejos, al otro lado del tiempo y de los espejos. Han conseguido su propósito, nada nos ha cogido por sorpresa.
Han sido éstos unos amaneceres rácanos que no han dudado en regalarnos sus simulacros de luminosidad cargados con más mates que brillos y que, sin embargo, contaban en todos los casos con la trascendente belleza de sus predecesores.
Su estado no es sino un reflejo del nuestro, de aquellos que hemos dejado en la gatera más pelos de los que quisiéramos, y que a pesar de todo nos sentimos afortunados por haber cruzado un día nuestros caminos con el de ella; un camino que desde entonces se enriqueció día a día en una suerte de privilegio compartido por muchos.
Como su nombre, ella era feliciana, mucho, aunque desde un principio descartó la acepción despreocupada del término con un sentido de la responsabilidad que llevaba con toda naturalidad.
Hacía magia con los recuerdos, esos que más tarde —paradojas de la vida— delataron la anomalía. Pero… decía que hacía magia porque a más de tres niños embrujó con sus historias, tan largas como adictivas; y a más de dos jóvenes, y a más de un adulto… Su facilidad para el cálculo mental era tal que obviaba la existencia de ayudas tecnológicas, no las necesitaba. Vamos, que con su gracia habitual podía enlazar la recitación de uno de sus cuentos llenos de fantasía con la resolución de una compleja operación sin más respiro que el momentáneo que producía su fina ironía.
No es necesario que os diga que era generosa, tanto que ni siquiera se daba cuenta de ello. Regalaba su tiempo y su atención con la misma sencillez con que te invitaba a su mesa y a su conversación. Ella era así, todo un ejemplo a seguir sin pretender serlo.
Os diré que para algunos fue como una segunda madre, y aquí he de confesar con orgullo que el que escribe tuvo el honor de sentir que pertenecía a tan privilegiado grupo.
Y no quiero dejar pasar un detalle: Feli tuvo siempre muy buen ojo con las personas, y muy buen gusto, no en vano eligió como compañero a la mejor persona posible —todo bondad, aunque no sólo bondad—, esa que enseguida entendió y asumió que debía tomar las riendas de su relación cuando la anomalía justo empezaba a alejarla, no de nuestras vidas pero sí de nuestro mundo.
Feli fue una bellísima persona, tanto como lo es Manolo, aunque eso vosotros ya lo sabéis.
Nos dejó acompañarla hasta el final, cuando el único lenguaje posible entre los dos mundos distantes era ya el de las caricias y, en contadas ocasiones, el de las miradas cómplices; mas ella, aprovechando la última curva de su senda terrenal, consiguió despistarnos y tomar otra vereda hacia una nueva dimensión desde la que ya, estoy convencido, nos observa, vigila y protege; y también nos espera… Hasta entonces, maduraremos sus enseñanzas recordando el cariño —ese amor incondicional— y el elegante sentido del humor con el que nos las impartió. Nosotros rememoraremos nuestro esfuerzo al intentar devolver semejante generosidad con la torpeza del aprendiz, aunque con la pasión del agradecimiento. Sí, porque como dijo no recuerdo ahora quién, desde hace tiempo dormimos con la mejor almohada, la de una conciencia tranquila, lo que no evita que algunos amaneceres, sólo algunos, encontremos aquélla impregnada con la humedad de la pena que a veces, sólo a veces, se calza uno de sus disfraces favoritos, el de la añoranza…

(Para ustedes dos, queridos suegros)
© Patxi Hinojosa Luján, su «duerno»
(14/09/2016)