martes, 15 de noviembre de 2016

La claraboya


Su prioridad era abstraerse de todo durante el tiempo que dedicaba a la labor que le daba de comer en los últimos tiempos, y por ello optó desde un principio por la planta superior, la abuhardillada; no tardó en constatar lo acertado de su decisión, teniendo en cuenta el plus de concentración e inspiración que obtenía allí, y máxime en ocasiones como la de esa noche, pues les visitaría la luna llena y la podría observar en todo su esplendor a través de la gran claraboya debajo de la cual había colocado su mesa de trabajo con precisión de ebanista.
Cuando, contra todo pronóstico tanto suyo como de su editor, su primera novela se convirtió en todo un éxito editorial sin precedentes, y ello le proporcionó unos jugosos dividendos, abandonó el mísero trabajo que le privaba de gran parte de su tiempo y le absorbía casi toda su energía vital junto con sus ilusiones, y se animó a adquirir una casita en el claro de un bosque no muy apartado de su ciudad, con lo que siempre que quisiera podría volver a ella para visitar su antiguo universo y recordar sus orígenes al objeto de mantener los lazos de unión con aquél. Aunque, a decir verdad, hacía ya tiempo que no conducía después de desprenderse de su coche.
Aquella madrugada sucumbió antes que de costumbre al hechizo de las andanzas oníricas, por lo que el destino lo encontró dormido sobre su escritorio en una postura imposible cuando el timbre de la vivienda sonó con la inoportunidad de lo desfasado. Tal sobresalto provocó que impactara con una rodilla contra la mesa; sin tener tiempo a que lo tardío de la hora empezara a destapar temores y angustias, se oyó también un golpeo impaciente sobre la madera de la puerta que y él lo tuvo claro ya desde el primer toque no sonó como lo haría el de unos nudillos. Su sentido común le estaba advirtiendo de lo inapropiado de atender tan intempestiva llamada cuando él ya descendía cojeando por las escaleras dirigiéndose hacia la planta baja, desobedeciéndolo; mientras, su natural nerviosismo mutaba hasta convertirse en miedo y llegó a la entrada sin descartar llevarse un susto de importancia, como mal menor. Accionó un interruptor para iluminar el espacio que le rodeaba y a continuación abrió la puerta.
Allí fuera, delante de él, no había nadie; mejor dicho, no había nadie vivo…
A menos de un metro de distancia una especie de espectro cadavérico gigante le retaba mirándole desde sus cuencas vacías, y mantuvo el desafío unos segundos que a él, aterrado como estaba, le parecieron media vida. En una macabra escenificación, el visitante movió la descarnada mandíbula inferior, que desafiaba a la ley de la gravedad al mantenerse en su posición fuera de toda lógica, como queriendo comunicarle algo; y él algo oyó, pero no lo hizo mediante su oído sino que las palabras le sonaron nítidas en su cabeza como en una suerte de perfecta comunicación telepática.
Paralizado, cerró dando un portazo y enseguida interiorizó que le iba a costar encontrar las fuerzas necesarias para girarse y huir de allí porque además le dolía mucho la pierna. En ese momento fue como si la puerta de entrada se hubiera vuelto transparente al enlazarse unos cuantos relámpagos que quisieron participar en la inquietante escena, y entonces lo volvió a ver, amenazante, apuntando con un dedo índice en su dirección. Aquello desencadenó un acceso de ansiedad que sería incapaz de frenar.
Como pudo, en pleno ataque de pánico, se arrastró hasta la escalera y la subió haciendo caso omiso al dolor. Se dirigió a su rincón de escritor y se dejó caer en el confortable sillón. Fue en el instante en que cerró los ojos cuando se percató de algo y entendió lo inexplicable… Entonces abrió un archivador que tenía a su derecha buscando algo que encontró enseguida; leyó con avidez el recorte de prensa que databa de un año atrás como si fuera la primera vez que lo hacía:
«Conocido jugador de baloncesto fallece atropellado cuando circulaba en bicicleta; el conductor causante del accidente se da a la fuga sin auxiliar a la víctima y es buscado como presunto autor de un homicidio involuntario. Se solicita la colaboración de posibles testigos presenciales…»
—¡No, no puede ser, no es posible! —gritó, y su lamento se ahogó en el estruendo provocado por unos cristales rotos.
Tuvo el tiempo justo de poder ver de nuevo a aquella criatura, que se abalanzó sobre él atravesando el hueco de la claraboya mientras volvía a apuntar su dedo índice contra él, contra el responsable de su muerte.
Al final tuvo suerte, su corazón se paró en el instante anterior a que unos huesos afilados lo atravesaran en un claro acto de venganza cósmica.
Sobre la mesa, salpicada con gotas de una sangre espesa de remordimiento, la pantalla del ajado portátil mostraba un cursor parpadeando tras frases huérfanas para siempre de lectores. Unos apéndices óseos se animaron a continuar el texto allí donde se había quedado interrumpido, mas enseguida desistieron, eso no fue nunca lo suyo; cerraron el aparato y, sin apagarlo, lo lanzaron al trozo de cielo visible a través de la abertura; fue una canasta fácil. El cielo captó el mensaje y continuó la partida: un rayo lo desintegró evitando que pudiera llegar a manos de nadie.
Sí, al final tuvo suerte, mucha...

© Patxi Hinojosa Luján
(15/11/2016)