lunes, 2 de diciembre de 2019

Horizontes - Primer Acto

Escena I

Sala de espera del gabinete de psicología de Claire. Se va iluminando poco a poco y muestra a Lucena sentada.

Lucena: (Con los auriculares de su reproductor de música puestos, moviendo la cabeza al compás de la música y tarareando desinhibida. Al cabo de un momento se los quita, mira con extrañeza su reloj haciendo patente que su cita va acumulando retraso y piensa en voz alta) ¡Qué raro!, Claire me ha pedido la máxima puntualidad y ya lleva más de cinco minutos de retraso. Y qué extraño también que no haya nadie más esperando, a veces la gente suele llegar un poco antes por si se anula una cita y puede entrar antes, o eso he creído siempre…

Sus pensamientos son interrumpidos por la llegada de Jaime a la sala de espera. Este reconoce a Lucena en la única silla ocupada y se dirige hacia ella.

Jaime: ¡Lucena, qué casualidad verte por aquí! (Le planta dos besos en las mejillas) Lo último que esperaba era encontrarme en esta sala de espera con algún amigo o conocido, y menos aún contigo. (Dice, mientras se sienta en una silla contigua).

Lucena: Lo mismo me pasa a mí, Jaime, ¡qué sorpresa! (Reflexiona y añade) Espero que no te sientas como si te hubiera pillado in fraganti…

Jaime: ¿Por qué dices eso, Lucena?, no te entiendo…

Lucena: Lo digo porque en su día, después de que ocurriera aquello, y al ver cómo quedó tu ánimo, pensé que quizá habrías sentido la necesidad de buscar ayuda profesional de este estilo…, (gesto de extrañeza de Jaime) psicológica, quiero decir; aunque no se lo confesaras a nadie, o por lo menos no a mí, barajé la posibilidad de que lo hubieras hecho; pero te diré que hoy ese pensamiento lo tenía olvidado por completo.

Jaime: ¡Vaya, sí que eres directa! No, no es lo que tú crees…, cierto es que me lo llegué a plantear, Lucena, pero ni me decidí entonces, ni lo he hecho ahora, ya en frío y más relajado debido al tiempo transcurrido. Como te digo, valoré en aquellos momentos tu misma idea, pero al final lo fui dejando y hasta hoy, en que la tengo tan descartada como tú olvidada. La verdad es que si estoy ahora aquí, Lucena, no es por iniciativa mía, sino porque Claire me ha citado; aunque no sé para qué, no ha querido decírmelo.

Lucena: (Con cara de asombro) ¿Qué, qué dices, que a ti también te ha citado Claire? Esto sí que no me lo esperaba. (Pensativa) Así es que si yo no soy la única, puede que ni siquiera tú y yo seamos los únicos; quizá haya citado a más, ¿conocidos también?, y quién sabe para qué.

Jaime: Pues sí, la verdad es que sí, que a mí también me ha citado Claire, a las cuatro y diez «en punto» para ser exactos, y, ¿sabes qué?, me empieza a intrigar, y mucho, ese «también»...

Lucena: A mí a las cuatro; «en punto» también. (Gira la cabeza y entre dientes añade) No quiero creerme lo que estoy pensando ahora mismo. ¿Sabrá o intuirá algo?, no habrá sido capaz, ¡si para ella aún estoy casada «en lo bueno y en lo malo, hasta que la muerte nos separe», por Dios!

Jaime: ¿Perdona? No te he entendido bien lo último.

Lucena: (Aliviada) Nada, nada, no tiene importancia. Pensaba en voz alta.

Jaime: Pues, por acabar con lo de antes, Lucena, espero que no me odies por no haberte confiado mis sentimientos durante estos últimos meses, pero es que no me lo has puesto nada fácil al distanciarte como lo hiciste. (Hace un gesto elocuente con una mano para apartar en el aire algo imaginario) No me hagas caso, no quisiera que esto lo tomaras como un reproche, porque supongo que entonces sí lo harías.

Lucena: ¡Cómo voy a odiarte, sabes bien que no podría! (Le mira fijamente a los ojos: mirada profunda y larga); además, eres muy buen cocinero (sonrisa no forzada), y no quiero renunciar a ese don tuyo.

Jaime: ¡No sabes cómo agradezco oír eso, Lucena!, y con respecto a esto último, no todo es mérito mío; como bien sabes, tengo los mejores colaboradores, recuerda que sin mi querido Darío, por ejemplo, no podría llevar el restaurante. Y tú, ¿qué tal con tus niños?

Lucena: Con mis niños, como tú les llamas, todo como siempre; es cierto que tienen días bastante malos, pero los demás son…, aún peores (no puede evitar reír), la verdad es que no me puedo quejar del ambiente que hay en clase, quiero decir que no me dejan hacerlo, el quejarme... (Vuelve a reír)

Jaime: (Carraspera ligera para cambiar de tema) Hace ya tiempo que no nos vemos en plan tranquilo, desde aquel día... Si te apetece, pásate por casa, o por el restaurante, lo que te venga mejor; si es que quieres volver a probar alguno de mis platos más recientes en exclusiva, claro, y ya sabes que estás invitada (pausa, pensativo). Será un honor para mí hacértelo; cocinar para ti, quería decir… (Carraspera mutada a tos, ahora no tan ligera).

Lucena: (Sonriendo por la propuesta recibida) ¡Muchas gracias, Jaime! No me creerás, pero hace unos días que pienso que ya va siendo hora de ir volviendo a las viejas costumbres y aceptarte, de momento, galanterías de este tipo. (Gesto de reverencia) Miraré en mi agenda, y te cuento.

Ambos ríen mientras se acomodan en sus respectivos asientos.

Lucena: Son más de y diez y Claire no aparece, (y añade con retintín) creo que vas a entrar con retraso, Jaime.

Jaime: Vamos, vamos a entrar, (dando tres toques en el hombro de Lucena mientras añade…) porque te recuerdo que tú a las cuatro ya no entras. ¿Qué tal el resto de las chicas?; bueno, a Claire la veré ya en breve, o eso creo. (Risa)

Lucena: Pues como siempre, bien, cada una con sus cosas. Mira, ya pronto nos juntaremos para cenar, espera un momento; (busca en el calendario del móvil) en ocho días, el sábado de la semana que viene y, ya sabes, nos volveremos a poner al día. Como hace tiempo que no lo hacemos, puede que reservemos una mesa en tu restaurante, quién sabe…

Jaime: ¡Pero qué dices, si vuestra cenas son mensuales y la última, como tantas otras, también la hicisteis allí! (Leve toque con el anverso de su mano en el brazo de Lucena. Cambia su expresión a la versión seria y añade…) Pues daos prisa en reservar, ya sabes que siempre tenemos el local «abarrotao», y yo no puedo dar tratos especiales; ¿o sí? Ja, ja, ja.

Lucena: Si eso, lo haremos, no te preocupes. Ya se encargará Maitane, como de costumbre, de hacérselo saber a Darío. ¡Qué dos…!

Jaime: (Adelantándose) ¿… tortolitos, querías decir?

Lucena: Pues sí, algo así. Aunque no lo quieran hacer público, ni siquiera reconocerlo a los más íntimos, nosotros dos bien sabemos que les ha dado fuerte, ¿verdad? Esas son las ventajas de tener información privilegiada. Supongo que lo podríamos denominar «privilegio gremial», por aquello de que ambos trabajamos con ellos.

Jaime: (Pensativo) ¡Vaya que sí!, ya nos podría dar a otros también… ¡en fin!

Lucena: Jaime, recuerda que después de aquello quedamos en darnos un tiempo para después, llegado el caso, seguir poco a poco, sin prisa…

Jaime: Quedamos no, más bien quedaste tú por los dos… (Jaime se desahoga, mas no denota enfado) Y la pausa, que supongo no ibas a mencionar pero que tiraniza mi momento actual, me ha sobrado desde el principio; ya se me está haciendo demasiado larga y me produce tal desasosiego que me lleva por instantes a una apatía que solo supero con mi trabajo.

Lucena: Dame un poco más de tiempo, solo un poco, ¡por favor!, y si lo nuestro tiene futuro, y espero con toda el alma que lo tenga, mi corazón lo sabrá más pronto que tarde y lo compartirá con el tuyo. (Acaricia sus mejillas con las manos) Te pido que tengas confianza en mí y que, en caso de necesitarlo, te tomes la penúltima dosis de paciencia que sé que tienes bien guardada bajo la llave de tu generosidad, como diría algún poeta cursi, supongo...


Escena II

Lucena, con la mirada ahora perdida, está pensando cómo cambiar de tema cuando, a las cuatro y cuarto en punto, aparece Claire tras abrir la puerta de su despacho.

Claire: Perdonad el retraso, chicos, una urgencia telefónica, ya sabéis cómo es esto. ¿Quieres pasar, Lucena?

Lucena: ¡Hola, Claire, pensé que me habías olvidado! (Y girándose ahora hacia Jaime mientras se levanta de su silla, le habla en voz baja) Hasta otra, Jaime, supongo…, no, más bien sé que no tardaremos en vernos.

Lucena, para no infundir sospechas, termina de despedirse de Jaime mediante un beso por el aire al que le sigue un saludo con la mano, y acompaña a Claire, desapareciendo las dos por la puerta de su despacho. Jaime se queda solo en la sala de espera, sin moverse de su asiento, pensativo. Sale de su estado al oír que llega alguien…

Jaime: ¡Alessia! ¿Por qué será que no me extraña verte aquí? (Levanta la palma de una mano como frenando cualquier cosa que fuera a hacer o decir Alessia, que se para en mitad de la sala, sorprendida) No me digas nada, Claire te ha citado a y veinte, a las cuatro y veinte, quiero decir, ¿me equivoco?

Alessia: Pues sí; quiero decir, ¡no, no te equivocas!, tienes razón. ¿A ti también te llamó Claire?

Jaime se levanta para darse un par de besos con Alessia y ambos toman asiento.

Jaime: A mí y a Lucena, que está ahora mismo dentro de la consulta con ella. Y tengo que decirte que la cosa va con un cuarto de hora de retraso. (Pensativo) Es como si quisiera que tuviéramos tiempo de hablar entre nosotros, porque por lo que veo e intuyo esta tarde no tiene consulta y va a dedicar su tiempo a sea lo que sea lo que quiera contarnos, o tenga que contarnos.

Alessia: ¡Qué misterio!, ¿no? Y además está lo de su secretaria, ¿desde cuándo no trabaja un viernes por la tarde, con la de trabajo que siempre tienen en la consulta? Aunque, a decir verdad, aquí estamos solo nosotros, que somos de su círculo más cercano. Quiero decir que no hay ningún paciente esperando; quizá la agenda referente a esta tarde la gestione solo Claire y por eso no necesite a Valeria, que no creo que se haya enfadado por tener un fin de semana algo más aprovechable.

Jaime: ¿Valeria?

Alessia: Sí, su secretaria.

Jaime: La verdad es que ni me había fijado en el detalle de la secretaria... (Se coge la barbilla con la mano, como para dar trascendencia a lo que va a decir a continuación) ¿Habéis notado últimamente en el grupo algo raro en Claire, algo que os haya extrañado en su comportamiento?

Alessia: Ahora que lo dices (y baja el tono a continuación como compartiendo un secreto), esta última semana la he notado algo ausente, esquiva, con la excusa de que tenía mucho trabajo que no podía desatender…

Jaime: Sí, ¿y?, continúa, por favor.

Alessia: Pues ya ves que aquí, aun siendo viernes, huele a día de fiesta; quiero decir que se oye el silencio contenido de cuando no hay actividad laboral; aquí no hay hoy ni un alma, aparte de nosotros, claro, que encima no sabemos de qué va todo esto de las citas…, porque tú tampoco sabes nada, ¿no es así?

Jaime: Así es. Cuando me llamó pensé que sería para algo relacionado con el restaurante, quizá para alguna cena de grupo que cerrara algún congreso relacionado con su actividad, pero ahora estoy casi seguro de que no es así y me temo que no tengo ni la más remota idea de qué va esto; y no me extrañaría nada que tú no seas la última visita de esta tarde, y si no al tiempo…

Alessia: A ver, recapitulemos: En la consulta de Claire están ella y Lucena, y aquí estamos tú y yo. No hay que ser muy listos, según tu corazonada, para pensar que quizá aparezcan también por aquí los que faltan, Evita, Maitane, Darío…, no sé, ¿se te ocurre alguien más?

Jaime: Pues así a botepronto, no, por lo menos de vuestro círculo más cercano; ¡si no se te ocurre a ti...! (Cambia de expresión y pone cara de habérsele ocurrido algo). ¡Un momento! ¿No será que nuestra psicóloga se ha enamorado, por fin, y quiere saber la opinión de cada uno de nosotros por separado, para que no nos influyan las del resto? A ver, es una hipótesis, bastante pueril, eso sí, ahora que recapacito sobre ella...

Alessia: ¡Hombre!, no digo yo que no se haya enamorado, que lo esté o que haya dejado de estarlo, no, pero no creo que le diera por ahí; no, tiene que ser otra cosa, y lo que sea es importante pero no grave ni negativo, se lo noté en la voz cuando me citó, y eso que la psicóloga es ella y no yo.

Jaime: Entonces, piensas que le ha ocurrido algo bueno, y con la suficiente importancia como para montar todo este tejemaneje, y que lo quiere compartir con nosotros, pero sin prisa, porque no hay urgencia…

Alessia: ¡Eso es!, quiere contárnoslo, porque es importante, pero no le urge porque lo que sea es bueno y antes quiere sumergirnos en su juego psicológico, como si la estuviera viendo… (Y añade, subiendo el tono de voz) ¡Estas psicólogas!


Escena III

Se entreabre la puerta de la consulta de Claire, aunque aún no aparece nadie.

Claire: (Su voz suena algo lejana) ¡Hasta pronto, Lucena! Estamos en contacto.

Aparece Claire por la puerta de su consulta, viene sola al utilizar los pacientes otra para su salida.

Claire: (Conteniendo la risa) Sí, ¿me llamabas, Alessia? (Y se recompone para añadir) Ya puedes pasar, Jaime.

Jaime se levanta, se despide de Alessia con un par de besos y desaparece con Claire tras cerrarse la puerta de la consulta. Alessia se queda sola, pensativa, y no se percata de que ha cerrado los ojos. Un sonido de pisadas la devuelve a la realidad y mira hacia el pasillo de entrada esperando encontrar una cara conocida, ¡y vaya si la encuentra!

Alessia: ¡¡¡Carlo!!!, ¿qué haces tú aquí? (Recapacita un instante, y añade) ¡No me digas que a ti también te ha citado Claire, porque no me lo puedo creer!

Carlo se sienta en la silla que encuentra más alejada de Alessia.

Carlo: Ciao, cara. Yo también me alegro de verte, her-ma-ni-ta (Remarcando cada sílaba). Y sí, me ha llamado, aunque no me ha querido decir para qué, sólo que era importante para ella y para mí. Si no, ¿para qué iba yo a venir a ver a una, bueno, a casi una loquera? ¿No será que se me quiere declarar, verdad?, (Risa falsa) ¿sabes tú algo?

Alessia: (Un poco irritada) Si la conozco algo, y créeme, la conozco bastante, tiene mucho mejor gusto que todo eso, así es que vete quitando esa absurda idea de la cabeza. No sé por qué ni para qué te ha llamado, pero estoy segura de que ha sido un error que ya debe estar lamentando, o que en todo caso lamentará en breve.

Carlo: ¡Fría como los pies de un cadáver! Te has debido de tomar tu trabajo tan en serio que ahora ni tú sientes nada, ¿verdad, doctora? Bueno, lo dicho, hermana, ¡que yo también te quiero! (Se gira y murmura en voz baja) Que te quiero, ¡coño!, aunque no me creas…

Alessia: (Con tono de enfado) No te he entendido lo último, pero, ¡corta el rollo, no mezcles mi profesión de anestesista en esto!, porque te podría decir que he tenido pacientes en quirófano que anestesiados tenían más sensibilidad que tú, y no me refiero solo al plano físico; tú fuiste el que jodió la relación, o sea que no me vengas con ironías ni tonterías. Yo choqué contra un muro cada vez que quise contactar contigo después de la separación de nuestros padres, ¿no te acuerdas? Y al final me cansé de ser la única que intentaba arreglarlo, me cansé…

Carlo: (Cara de decepción) Pues entonces, haberlo pensado antes de animar a mamá a irse de casa en el momento que peor lo estaba pasando yo y que más la necesitaba a mi lado.

Alessia: (Indignada) ¿Que yo animé a mamá a qué…? ¿A irse de casa? ¡Vamos, hombre!, yo solo la apoyé una vez que ella tomó una decisión que después confesó no haber consultado con nadie, porque a nadie se lo tenía que consultar. Los tres nos enteramos al mismo tiempo, papá, tú y yo, créeme, y fue a partir de ahí cuando manifesté mi opinión. En todo caso, que sepas que yo nunca la hubiera animado a tomar esa decisión, no por ti, ¡faltaría más!, sino por mí, y solo una vez tomada le di todo mi apoyo, porque es mi madre y merece ser feliz; no sé de dónde sacas que yo hubiera podido tomar esa postura para perjudicarte…

Carlo se levanta y empieza a andar de un lado a otro de la sala de espera.

Carlo: ¿Lo dices en serio?, entonces, ¿tú también hubieses preferido que mamá se quedara aquí? ¡Joder, qué confundido y terco he estado todo este tiempo!, sin querer saber nada más de ti, ni darte la oportunidad de que me contaras tu versión, tu verdad, que seguro que es la verdad a secas…

Alessia se sorprende de ver tal cambio en Carlo, que se coloca a un metro de su silla y le mira directamente a los ojos.

Carlo: ¡Lo siento, lo siento de veras, hermana! (Alarga los brazos hacia ella) ¿Sabrás perdonar mi torpeza, podrás perdonarme?

Alessia: (Medita unos instantes hasta que el rencor se retira de escena) ¡Claro que sí, tonto! Anda, ven aquí y dale un abrazo a tu hermana.

Alessia se levanta y Carlo lo aprovecha para acercarse a ella. Se dan un sentido abrazo que tiene sabor a reconciliación. Se separan con una sonrisa en la cara de ambos. Se contemplan con detenimiento y a los dos les parece que el otro está más guapo que nunca. Vuelven a sentarse.

Carlo: ¿Qué tal mi sobrino, Alessia?

Alessia: ¿Ismael?, creciendo sin nuestro permiso, está hecho todo un hombrecito a sus once años. Pero por lo menos me queda el consuelo de que no se parece nada a su tío… (Risas)

Carlo: ¡Pero qué tonta eres, hermana!

Alessia: ¿Y tú que me cuentas del negocio familiar, (y añade riendo) ya lo has llevado a la quiebra?

Carlo: Pues hablando en serio, la verdad es que aún da para que comamos papá y yo y para que él pueda enviarle la pensión a mamá, aunque no te negaré que la crisis la hemos notado bastante y hemos tenido que ir reciclándonos; más yo que papá, claro, que ya debería haberme dejado solo y disfrutar de su jubilación, es que la estaba retrasando en exceso.

Alessia: ¿La estaba, quieres decir que…?

Carlo: (Interrumpiendo) ¡Perdón!, quiero decir, la «está» retrasando.

Alessia: ¿Sabes qué, Carlo? Últimamente le he estado dando vueltas a la cabeza y al final he llegado a relativizar el tema de la separación de papá y mamá. Me refiero a que si ya no estaban bien juntos, si su mutua compañía les hacía infelices, la que han tomado es la mejor decisión. (Pausa) En cuanto a que mamá se haya ido a la tierra que la vio crecer, a su querida Toscana y a su más querido aún Val d’Orcia, qué quieres que te diga, ahora, pasado el tiempo, ya lo veo como algo lógico, ¿dónde encontrar un sitio mejor para perderse a su edad que esos pueblos y esos valles que conoce y la conocen tan bien?

Carlo: Negaré haberlo dicho, pero yo también noto que el paso de este tiempo ha hecho que coincida contigo, hermanita; aunque muy a mi pesar, que lo sepas (Risas). Y la verdad es que, pensándolo bien, no encuentro razón alguna para que dejaran todo aquello de recién casados y se vinieran a instalar aquí; aunque esta sea nuestra tierra y nos encante, aquello es un paraíso, poblado de pobres humanos mortales, eso sí (Risas).

Alessia: Me la imagino allí, y también imagino que le encantaría que la fuéramos a visitar; los dos juntos, quiero decir, porque ella no es tonta y captó hace bastante lo de nuestras diferencias. (Y con el rostro pensativo) ¿A qué madre lo le hace feliz ver a sus hijos unidos?

Carlo: (Muy sonriente) Pues no te digo yo que no, que no organicemos un viaje el día menos pensado y nos plantemos en su casa de sorpresa. Eso sí, iríamos en avión, yo no vuelvo a pegarme la paliza que supone conducir atravesando casi doscientos túneles y otros tantos viaductos, con esos carriles tan estrechos, sin casi arcén, con esa manera de conducir suya tan…, peculiar, por no decir otra cosa…

Alessia: ¡Y que lo digas, Carlo, yo tampoco! Estoy de acuerdo contigo en todo lo que acabas de decir. ¡Quién me lo iba a decir a mí antes de entrar a esta consulta!

Carlo: ¡Y a mí, Alessia, y a mí!

Se abre la puerta de la consulta y aparece Claire.

Claire: Ya puedes entrar, Alessia.

Alessia: Voy, Claire. (Y, dirigiéndose a su hermano) Anda, acércate Carlo.

Los dos hermanos van al encuentro el uno del otro y se funden en un abrazo; Claire sonríe, Carlo está emocionado.


Escena IV

Alessia y Claire desaparecen de la escena y Carlo se queda solo en la sala de espera. Se sienta y rebobina mentalmente para intentar volver a sentir lo que acaba de suceder allí. Al cabo de un momento oye pasos, es Maitane la que se acerca.

Maitane: ¡Hola, buenas tardes! (Saluda y se sienta en una silla distante)

Carlo: ¡Buenas tardes, sí!

Silencio incómodo hasta que Carlo rompe el hielo.

Carlo: ¿Problemas con algún hijo, quizá?

Maitane: ¡Oh, no! Claire, bueno, la psicóloga, que me ha citado a las cinco menos veinte. Es amiga, aunque no me ha dicho qué quiere…

Carlo: ¿A usted también?, pues ya somos tres por lo menos, porque Alessia, mi hermana, está dentro. Acaba de entrar con algo de retraso; fíjese que yo tenía que haber entrado a las cuatro y media y ya son casi menos veinte…

Maitane: ¡Alessia, claro!, ahora recuerdo su cara. Hace un par de años usted fue en alguna ocasión a recoger a su sobrino Ismael a la clase de Lucena, que es amiga de las dos y compañera mía. (Y cambiado el gesto a uno de enfado) Por cierto, su hermana le dijo que usted no se comportó nada bien cuando sus padres se separaron…

Carlo: Eso fue solo un malentendido; por suerte, ya lo hemos arreglado aquí mismo antes de que ella entrara a la consulta. Y es que el asunto parecía más grave de lo que en realidad era; fíjese, cinco minutos escasos han bastado para eliminar los nubarrones que nos impedían ver, aunque he de reconocer que casi toda la culpa fue mía. (Y pensando en voz alta, añade) Por qué no se hablarán más las cosas, por qué…

Maitane: (Con la expresión relajada, sin gesto alguno de enfado) O sea que esta bruja de Claire ha citado a gente de su entorno, imagino que habrá anulado todas las citas de hoy porque ni siquiera la secretaria está en su puesto de la entrada. ¿¡Qué estará tramando!?

Carlo: Pues yo no sé nada, hace siglos que no la veo y esta llamada me ha extrañado más que si el Atlético hubiera ganado la Champions.

Maitane: ¿Qué?

Carlo: No, nada, era un símil futbolís...

Maitane: (Cortando a Carlo) Sí, eso ya lo sé; quiero decir que qué es lo que insinúa, ¿acaso que el Atlético no puede ganar la Champions? (Y rompe en carcajadas) ¡Era broma, yo también empiezo a creerlo!

El ambiente se ha relajado tanto que se intuye el tuteo.

Carlo: O sea que sigue el fútbol, y al Atlético, por lo que veo.

Maitane: Algo, a la fuerza, por mi marido. Y creo que será mejor que me tutees…

Carlo: Lo haré solo si lo haces tú. ¿Tu marido es del «Aleti»?

Maitane: Era, falleció en un accidente de tráfico.

Carlo: ¡Cuánto lo siento! Creo que ha sido una torpeza por mi parte sacar el tema del fútbol, aunque yo no pudiera saber que…

Maitane: ¡No pasa nada! En efecto, tú no tenías por qué saberlo; además, yo ya me esfuerzo día a día por superarlo, aunque los recuerdos estén ahí para siempre, han sido muchos años juntos y dos hijos en común. Pero deberías saber que tanto tu hermana Alessia como sus amigas Claire, Evita y Lucena, mi compañera en el colegio, me acogieron en los momentos más duros en el seno de su grupo de amigas y me integraron en él como una más, como si llevara toda la vida con ellas, que sí la llevan juntas.

Carlo: En todo caso, siento de veras haber traído a tu memoria todos esos recuerdos. Estarás lamentando tu mala suerte por haberte tocado conmigo en la sala de espera. (De repente su rostro se vuelve más serio) Un momento, espera, quizá no te haya tocado conmigo. Si Claire ha citado a su entorno más próximo, para lo que sea, ya nos enteraremos, quizá ha hecho que a mí me toque contigo, la única amiga del grupo de mi hermana que no conocía, para que ya no sea así, piénsalo…

Maitane: Tiene sentido. Si ha citado a quienes yo imagino, solo tú y yo no nos conocíamos, y por qué no empezar a romper el hielo en esta sala de espera de donde pronto saldrás tú y a donde puede que llegue otra persona. ¿Quiénes faltarán por pasar? Pero no tengamos prisa, supongo que todo a su debido tiempo, ¿no crees?

Carlo: Sí, lo que sea ya sonará. De momento me alegro de haberte conocido, y espero que ya no pienses de mí lo que parece que pensabas hasta esta mañana. (Sonrisa relajada)

Maitane: Puedes estar tranquilo. Y yo también celebro haberte conocido en estas nuevas circunstancias de vuestra relación, quiero decir ahora que Alessia y tú ya estáis bien.

El silencio vuelve a apoderarse de la estancia, hasta que aparece Claire para llamar a Carlo.

Claire: Carlo, ¿puedes venir conmigo, por favor?

Carlo: Ya voy. (Y mirando a Maitane) Espero que hasta pronto, Maitane, encantado otra vez.




Escena V

Maitane: (Sumergida en sus pensamientos, no se percata de que despide a Carlo cuando ya no está) Sí, lo mismo te digo, Carlo. (E intenta imaginar quién llegará ahora al gabinete, suponiendo que ella no sea la última)

Quiere pensar que sabe la respuesta y se le ilumina la cara cuando oye unos pasos acompañados del aroma de un perfume que conoce bien. Darío entra a la sala de espera y observa a Maitane que lo mira de frente.

Darío: ¡Maitane, tú aquí! (Pausa) ¿Sabes si ha llamado Claire a más gente de nuestro entorno? (Toma asiento a su lado e intenta acariciar su mano, pero ella esquiva la suya)

Maitane: ¡No, aquí no, Darío, no estoy cómoda!

Darío: ¿Qué pasaría si nos vieran?, no estamos cometiendo ningún delito…

Maitane: (Cortando a Darío) No, por supuesto, pero necesito algo más de tiempo, por favor.

Darío: (Carraspea y cambia de tema) ¿Y, qué me dices, qué sabes?

Maitane: Nada, aparte de que dentro de la consulta está ahora mismo Carlo, ya sabes, el hermano de Alessia (Darío asiente con la cabeza), y antes que él ella misma. O sea que al menos cuatro personas del entorno de Claire; no es casualidad, supongo que nos habrá llamado a todos. (Pausa) Porque a ti también te ha llamado, ¿no es cierto?

Darío: Tan cierto como que estoy enamorado de ti hasta las trancas desde la primera vez que te vi. Esto me huele a… bueno, a nada, ahora no puedo pensar bien, eso es lo cierto; teniéndote delante no lo puedo hacer con normalidad. (Sonrisa de complicidad)

Maitane: No seas bobo, no hay para tanto.

Darío: No habrá para tanto para ti, pero no creo que tengas que decirme cómo me siento o me dejo de sentir yo. (Teatralizando cierto tono de reproche)

Maitane: No te enfades ahora conmigo, además por nada…

Darío: No estoy enfadado, es que me gustaría ver en ti lo mismo que en mí, nada más. Pero no te preocupes, tendrás tu tiempo, el que me pediste. Dejémoslo ahí. (Tos y pausa) ¿¡Qué estará tramando nuestra psicóloga particular!?

Maitane: ¡Qué más quisiera saber yo! Aunque no sé si me intriga más eso o saber cómo acabará lo nuestro.

Darío: Ya te lo digo yo: «… y comieron perdices.» (Sonrisa de oreja a oreja)

Maitane: ¡No te rías de mí!, estoy hablando en serio.

Darío: Y yo, y yo, más en serio que  nunca. Sé que lo nuestro saldrá bien, dure el tiempo que dure, porque yo ya tengo una edad…

Maitane: ¡Anda, no digas tonterías, si estás hecho un chaval!

Darío: Ya, pero se acerca el invierno a mi vida…

En ese momento llega a la consulta Evita y encuentra a los dos con la discusión anterior.

Maitane: ¡Evita!, deja que lo adivine: llegas pronto, ¿no?, porque Claire te habrá citado…, cuándo, ¿a las cinco?, ¿me equivoco?

Evita: (Mientras se sienta) No te equivocas, pero estaba tan ansiosa por saber qué demonios pasa que me he venido con tiempo de sobra. (Apuntando con la barbilla a la puerta de la consulta) ¿Sabéis quién está ahí dentro?

Maitane: Está Carlo, y antes que él estuvo Alessia. Al final pasaremos todos, ya veremos para qué.

Evita: ¡Pues eso parece! (Se levanta, nerviosa, y da un par de vueltas por la sala) ¡Joder!, estoy tan nerviosa que hoy ni he comido. Tanto misterio, el exigir tanta puntualidad, y esa sonrisita que se le notaba a Claire, ¿lo notasteis vosotros también?

Darío: Yo sí, por lo menos parece que mala no va a ser la sorpresa.

Maitane: También yo, y quise saber el porqué de esa risita pero no hubo manera, me dijo que eran imaginaciones mías y me colgó, así sin más.

Evita: (Sentándose de nuevo) No podemos negar que el asunto es raro de coj…, ¡perdón, qué modales los míos! Raro de narices, quería decir.

Darío: (A Maitane) Seguimos más tarde con la conversación, Maitane, y así me repites eso de que estoy hecho un chaval.

Maitane: Es que lo estás, a que sí, Evita…

Evita: (Mirando primero a Maitane y después a Darío) ¡Cierto!, solemos comentar las chicas lo bien que os conserváis ahora los hombres maduros de nuestro entorno.

Darío: ¿Maduros, yo maduro?, (Entre risas) ¡a que te prohíbo la entrada al restaurante…! (Más risas de los tres)


Escena VI

Aparece en escena Claire. Repara en Evita y mira su reloj…

Claire: ¡Hola, chicos! Evita, ¿no llegas muy pronto? Por cierto, ¿he oído restaurante?, no tengo mucha hambre, aún es pronto, pero si hay que ir ya… (Risas) Bueno, ya me pongo seria. ¿Me acompañas, Maitane?

Maitane se retira de la escena junto con Claire que mira de reojo a Evita cuando esta se queda en la sala de espera con Darío.

Evita: (Removiéndose en su silla) ¡Y esta Claire, tan tranquila, oye, como somos nosotros los que no sabemos de qué va esto…!

Darío: Relájate, Evita, no te vaya a dar algo. No hay que darle demasiadas vueltas a la cabeza para intuir que no pasa nada malo, más bien al contrario, ¿no lo has visto en su cara?

Evita: (Inspirando y expirando con fuerza) Vale, ya te hago caso. (Adelantando el cuerpo en su silla hacia él) Y por cierto, ¿qué es eso de los piropos, me estoy perdiendo algo?

Darío: No es nada, simple cortesía hacia un hombre maduro por parte de una admiradora. (Carcajadas de Darío que contagia a Evita)

Evita: Vale, ahora ya sé que sí me estoy perdiendo algo pero que no debo preguntar; no te preocupes, no lo haré, ya me enteraré a su debido tiempo, ¡a que sí!

Darío: La verdad es que nada me gustaría más (Pausa, pensativo), nada desearía más. (Guiño que es toda una confidencia)

Evita: (Cambiando de tema) ¿Qué tal el trabajo, seguís teniendo tanto como siempre? Nosotras quizá vayamos a visitaros, la semana próxima tenemos cena de amigas.

Darío: Pues sí, lo cierto es que no nos podemos quejar. Bueno, ¡Jaime no se puede quejar! (Risas por parte de los dos) Y tú, ¿sigues calzando al pueblo de Irún?

Evita: Me alegro que os siga yendo bien; y sí, sigo calzando a medio Irún, yo también tengo mucho trabajo, como estoy sola…

Darío: O sea que tus jefes siguen sin atender a tu demanda de ayuda. Vamos, que no contratan a nadie más y tú tienes que lidiar con todo sola…

Evita: (Encogiéndose de hombros) ¡Pues sí, qué se le va a hacer! Mientras no encuentre algo mejor tocará aguantar ahí. Una cosa, acaba de ocurrírseme: ¡no estaréis buscando una buena cocinera para el restaurante, por casualidad!..., ¿verdad?

Darío: Pero, ¿tú eres cocinera?; quiero decir, a nivel profesional…

Evita: No, claro que no. (Gesto de no entender nada en Darío) Pero aprendo rápido, ¡ponedme de pinche en la cocina, ya veréis…!

Darío: Oye, todo es comentárselo a Jaime, aunque desde ya te advierto que el sueldo de pinche no será nada del otro mundo.

Evita: ¿Es que te crees que ahora tengo un sueldo de ejecutiva?, si me dan poco más que el salario base…

Darío: Pues no se diga más, a la noche se lo comento a Jaime y te decimos algo. Sería curioso que acabaras trabajando con nosotros después de las vueltas que has dado por ahí, porque al final llegaste a dar una vuelta al mundo, ¿no es cierto?

Evita: Sí y no. Te explico. Sí he dado la vuelta al mundo, pero no una vez sino dos; por cierto, en la segunda me acompañó Claire, ¿lo sabías?

Darío: Pues no. ¡Qué calladito lo teníais, parejita!

Evita: (Sorprendida) ¿Qué insinúas con lo de parejita?

Darío: Nada, mujer, es una forma de hablar, una broma como otra cualquiera, inocente. ¡No fastidies que te sienta mal…!

Evita: Es que… a veces creo que os lo ha contado a todo el mundo, y no sé qué pensar sobre ello…

Darío: ¿Contado, qué…, quién? (Con cara de asombro) ¡Me estás liando, no sé a qué te refieres!

Evita: Pues vale, si es así, mejor que mejor… (Y negando con la mano) Olvida el comentario, yo no te he dicho nada.

Darío: Sí, será mejor, no tengo la cabeza ahora para jeroglíficos. (Evita sonríe aliviada) Bueno, supongo que ya no tardaré en entrar, tengo ya ganas de acabar con este misterio y volver a la rutina.

Evita: ¡Pues anda que yo…! Pero al menos ya no estoy tan nerviosa como cuando llegué, gracias por tranquilizarme, Darío.

Darío: De nada, (y con una reverencia teatral) siempre a sus pies.


Escena VII

Justo en ese momento Claire entra en la sala de espera.

Claire: Bueno, Darío, te llegó el turno, ¿me acompañas? (Y mirando a su amiga) Evita, en breve estoy contigo.

Claire y Darío entran en la consulta y Evita se queda sola en la sala de espera. Mira en su móvil buscando la hora, y lo vuelve a mirar porque no se acuerda si lo ha hecho antes; y en todo caso si lo ha hecho no recuerda qué hora es. Se levanta de la silla y da unas cuantas vueltas por la estancia, algo más nerviosa que hace unos momentos; bastante más nerviosa al cabo de unos instantes. Pega un largo trago del botellín de agua que lleva en el bolso y vuelve a sentarse. Vuelve a mirar el móvil, busca en su agenda y llama a uno de sus contactos. Hay línea: un tono, dos tonos, tres tonos… «¡Evita!, ¿qué me cuentas?», se oye al otro lado de la línea.

Evita: ¡Hola, Lucena!, estoy en la consulta de Claire, me ha citado para no sé qué; pero qué tonta, seguro que a ti también, como a todos, ¿no? (Escuchando la respuesta de Lucena) O sea que sí, y hace casi tres cuartos de hora que saliste de aquí, con razón no nos hemos cruzado… (Escuchando a Lucena) Vale, es secreto, no te preguntaré nada entonces. Oye, Lucena, esto no tiene nada que ver, y te va a sorprender, pero tengo que preguntártelo: ¿te ha dicho Claire algo de mí, esta tarde o en alguna otra ocasión anterior? (Escuchando de nuevo) ¿No?, vale, estupendo, no esperaba menos de ella, no sé por qué me entró la duda. (Escuchando de nuevo) Si es que es una tontería, pero lo hemos mantenido en secreto, por lo menos en mi caso por vergüenza… (Lucena insiste desde el otro lado de la línea) Bueno, a ver cómo te lo digo… (Se anima porque sigue sola en la sala de espera, aunque baja el tono de voz)

»¿Recuerdas cuando nos fuimos las dos a dar la vuelta al mundo?, lo pasamos muy bien, tuvimos todo tipo de experiencias, a cual más recordable, si es que este palabro se puede decir, y volvimos entusiasmadas por todo lo vivido; pero yo me traje además un sentimiento de culpa y vergüenza que no he sido capaz de quitarme durante todos estos años.

»Verás… ya sabes lo cariñosa que me pongo con un par de copitas, pues en una cena especial que tuvimos en la selva del Amazonas me enchispé un poquito y entre eso, los calores, las danzas, la emoción de lo desconocido…, a mí me gustan los chicos, es bien sabido, pero le planté un beso en los labios a Claire; ella no me lo devolvió, es cierto, pero tampoco se retiró, como si no le hubiera disgustado. A partir de ese momento, no me miró de forma distinta ni me mencionó el incidente jamás; es como si para ella nunca hubiera ocurrido, pero para mí es una losa que ya no sé cómo llevar. No le digas nada de esto a Alessia ni a Maitane, ya buscaré yo el momento oportuno para hacerlo, ahora que ya he dado el primer paso. (Pausa en la que parece que no quisiera hablar ninguna de las dos)

»¿No vas a decirme nada? (Pausa, escuchando a Lucena) Entiendo que te haya sorprendido y te agradezco un montón que me animes diciéndome que no tiene importancia. Eres una buena amiga. ¡Te quiero, Lucena!

En ese momento hace aparición Claire que, luciendo su mejor sonrisa, se dirige a Evita…

Claire: (Seria) ¡Esas cosas no me las dices a mí!, vas a hacer que me ponga celosa… (Silencio incómodo) Bueno, ¿quieres pasar, por favor?

Evita: (Levantándose) ¡Voy!, (y con confianza) y que sepas que a ti también te quiero, ¿¡cómo no te voy a querer con lo que tú y yo hemos vivido!? (Le guiña un ojo y a Claire le cambia el semblante)

Las dos amigas desaparecen tras la puerta de la consulta, con lo que acaba el primer acto.

(Continúa...)


© Patxi Hinojosa Luján
(28/06/2017)

domingo, 22 de septiembre de 2019

Hermosa palabra


Sé que a muchos os extrañará, pero hoy quiero compartir con vosotros que, además de mis queridas tres hermanas, tengo dos hermanos. Sí, tal y como lo leéis, en plural y en masculino, ese género que tantas veces nos cuesta a algunos reconocer como propio por todo lo que ya sabéis y que no viene al caso para el relato, este conjunto de palabras juntadas para la ocasión en un ejercicio de improvisación emotiva. Y los tengo porque, hace más espinas clavadas de las que puedo recordar, y de manera unilateral, ellos empezaron a llamarme Hermano, hermosa palabra donde las haya. Y lo hacen así, con esa magnífica «H» mayúscula y sin el titubeo que podría generarles el hecho de que no compartamos la misma sangre, porque ni esta ni la Amistad, la verdadera, entienden de vínculos si no son afectivos, y de afecto los nuestros andan sobrados. Debo confesar aquí y ahora cuán honrado me siento por tal privilegio y que lo seguiré estando hasta el final. Los dos lo saben incluso hoy, a pesar de ayer. Y cada uno tiene todo ello bien presente; no así la existencia del otro.    
A uno de ellos, el menor, lo tengo tan cerca que nos vemos poco, muy poco para lo que sería de desear. Una paradoja más de las que aliñan nuestras existencias. Aunque, por el contrario, nos sentimos mucho, a menudo, siempre. Y a veces nos escribimos. Y en ocasiones nos enviamos sin saberlo mensajes en clave que sólo nosotros dos podremos llegar a descifrar algún día, si es que alguien decide algún día que ese día tiene que llegar. Y mientras reflexiono, «¡son tantos los días que interactúan con nosotros desde el pasado y desde el futuro, cuando lo tendrían que estar haciendo desde el presente!», ya estoy pensando en otras cosas, ensayando vivirlas.
Mas hoy quisiera detenerme en el mayor de los dos, el que hasta ayer me seguía a dos días de prudente distancia vigilando de cerca mi rumbo. Porque ayer tarde, demasiado pronto para cualquier lógica, tomó una curva cerrada que no aparecía en el Maps de marras y consiguió ―¡dita sea!― despistarnos para irse en busca de algo de bienestar y de ese descanso que llaman eterno aunque yo no sé si creérmelo; me quedo con la certeza de que bien ganado se lo tenía después de tanto sufrimiento.
Ahora no puedo por menos que recordar la última vez que oí la hermosa palabra salir de su boca, con gran esfuerzo por su parte: fue hace once días y quizá, sólo quizá, ambos presentíamos que aquella podía estar siendo la despedida final, por lo que en un acuerdo tácito la aceleramos maquillándola de «hasta pronto»; él por esperanza, tan justa como humana, yo por cobardía. Recuerdo que los dos le añadimos tanto ánimo que las lágrimas, las mías al menos, tuvieron que esperar, pacientes, a momentos de intimidad para conseguir liberarse.
Y es sobre todo en esos momentos de intimidad cuando estos días me asaltan los recuerdos. En muchos de ellos estamos los dos disfrazados contra nuestra voluntad, felices de habernos hermanado. La sonrisa siempre de oreja a oreja para despistar y contrariar a los que se autoerigían como nuestros mandos, ¡a la orden!, ¡sí, señor!
―Y en uno de tantos de esos recuerdos, repetido sin rubor, aparecemos tú y yo metiendo por enésima vez en la máquina de discos una moneda que, junto a otras que seguirán su mismo camino, evitará sin saberlo que, al término de una nueva tarde, acabemos emborrachándonos. Y ahí nos veo, a ti y a mí, oyendo una vez más cómo los Status Quo vuelven a equivocarse en el estribillo de su canción más famosa; qué chicos, nunca recordaban, ni siquiera lo hacen hoy en día, el verso correcto, el que sí gritábamos nosotros dos a grito pelado. ¿Te acuerdas, Eduardo?
―…
―Te prometo que intentaré que llegue nuestro grito de libertad, camuflado de fiesta, eso sí, hasta la inimaginable dimensión en la que ya deberías estar descansando.
―…
―«Queremos champán, queremos champán…». ¿Me recibes, Hermano?


© Patxi Hinojosa Luján
(22/09/2019)

lunes, 5 de agosto de 2019

Esquirlas de vida


Antes de abrir la puerta que comunica el salón con la terraza, me aseguro siempre de cerrar la del balcón de la cocina; por las corrientes, ¿sabe usted? Es que están orientadas a calles distintas, y ambas son acristaladas.
»Mi modesta pensión de jubilado no da para extras como cristaleros; si apenas soporta los gastos de mi comida y la de los gatos que me acogieron en la que yo consideraba hasta entonces mi casa, y donde se pasan buena parte del día maullando que abra puertas a su paso…
»¡Ay!
»Pero esta vez me olvidé por completo. La memoria de uno ya no es la que era. ¿Puede que tenga algo que ver con ese principio de nosequé del que cuchicheaban esos jóvenes enfermeros el otro día?
―…
―No se disguste con ellos, doctora, ¡ayayay!, intentaron que yo no los oyera, pero resulta que a mi edad tengo el oído de un mozalbete, ¿puede creerlo?
―Seguro que hablaban de otro paciente ―con su bata blanca a medio abrochar, carraspea para aclararse la voz en un vano intento de resultar creíble, pero casi se atraganta con el nudo de una emoción para la que no encuentra acomodo―. Ahora no te muevas, papá, estoy con la última esquirla de cristal, casi no te quedará marca.

«Está decidido, reflexiona quitándose los guantes, te mudas a nuestra casa.»

Ya en el rellano, cruzan sus miradas vidriosas entre maullidos de impaciencia; y entretanto, unas lágrimas escapan surfeando arrugas para caer en el olvido justo antes de abrir la puerta.

© Patxi Hinojosa Luján
(06/08/2019)

viernes, 2 de agosto de 2019

De engaños y deseos


Antes de abrir la puerta garabateé cuatro palabras tan atormentadas como desordenadas y dejé la nota bajo el imán de tu desdén. Tenía la seguridad de que allí la encontrarías.
  
[…] Los goznes chirriaron, sorprendidos, evidenciando un desuso crónico, cuando traspasé el umbral prohibido sin rastro alguno de arrepentimiento […]

Caíste en la trampa, cariño; creíste vengarte cruzando la imaginaria puerta tú también, siendo tú también infiel. Porque, como supuse, ni por un instante se te ocurrió confirmar una realidad en la que jamás habrían tenido sentido esos dos «también».
Y yo tarde supe que estabas deseando este nuevo escenario desde que, bien al principio, deseaste dejar de desearme.

© Patxi Hinojosa Luján
(02/08/2019)

martes, 9 de julio de 2019

Ansiedad


Antes de abrir la puerta cierra los ojos; es poco más que un pestañeo. Busca alejar su ansiedad para evitar enfrentarse a una nueva versión de la misma.
Ya había estado dentro antes. De aquí se sale ―intenta calmarse―, aunque no consigue olvidar los malos tragos pasados allí, y lo hace tragando saliva, como si quisiera adelantar trabajo y allanar el tortuoso camino.  
Recuerda los instantes previos, cuando notó cómo esa sensación gélida salía huyendo por debajo de la puerta y se enroscaba alrededor de sus temblorosas piernas bajo las perneras de sus pantalones.
Acaban de llamarle, ahora debe entrar. Cierra la puerta tras de sí dejándose fuera su escasa seguridad.

―Buenas tardes ―saluda su nerviosismo, pues son las diez de la mañana―. Perdone mi atrevimiento, pero, ¿podrían «bajar» un poco el aire acondicionado, por favor?

La mujer hace un gesto casi imperceptible a su ayudante, que se apresura a subir dos grados el termostato, y otro a él que, obediente, se sienta.

Se la ha imaginado tantas veces cogiendo algo de una bandeja, girándose hacia él, dirigiendo el foco de luz hacia su cara, empapada de sudor gélido…

Intenta no apartar la vista de la puerta, en este momento la puerta más inaccesible del mundo a sus ojos; ansía poder atravesarla de nuevo, mas esta vez en sentido contrario, aunque aún falte lo peor.

…, mientras presiona con suavidad el émbolo de una jeringuilla apuntando a un costado para expulsar el poco aire que pudiera contener.

―Y ahora, procure tranquilizarse. ¿Qué muela me dijo…?

© Patxi Hinojosa Luján
(09/07/2019)

viernes, 28 de junio de 2019

Principiante

(Imagen extraída de la red Internet)

Las aguas hacen honor al nombre de su océano con una calma que sobrecoge, de tal modo que parece que la embarcación patinara sobre un gigantesco espejo horizontal donde se reflejan los más bellos tonos plateados, esmeraldas y turquesas, según qué pasatiempo utilicen las nubes para distraer al Sol en cada ocasión. Consecuencia: por momentos me engaño al imaginar que estoy navegando por placer; aunque mi sensatez, con un quiebro certero, me recuerda que no es así.
En verdad, esta placidez me desconcierta, sospecho que en cualquier instante pueda saltar la sorpresa en forma de algún otro nuevo y notable susto... Dos puntos. Imploro al Cielo para que lo impida, pues le temo al mar embravecido casi tanto como a una posible nueva versión de mí mismo.
***
Acabamos de llegar a destino, la pantalla no miente, y el hormigueo en el estómago, compañero durante la travesía completa, amenaza ahora con desquiciar mi sistema nervioso. Para tranquilizarme, rememoro el viaje reconociendo que ha habido suerte, que no puedo quejarme del trayecto. Además, las modernas técnicas de navegación facilitan el trabajo de manera considerable incluso a marinos tan inexpertos como yo. Y aquí estoy, en este pequeño barco, a más de 1700 km al este de Nueva Zelanda, rodeado de agua hasta donde me alcanza la vista en cada uno de los 360 grados que recorro no sin cierta inquietud. Así, permaneceré anclado en pleno Pacífico Sur los próximos siete días, al final de los cuales se cumple el plazo que me he dado antes de dar por finiquitado mi retiro voluntario.
***
En estos tiempos todo está en la red de redes, y al menor indicio de duda o problema acudimos a ella en busca de consejo o solución. Presuroso, eso hice después del incidente, pues antes yo no creía… Dos puntos. Y a la única solución con algo de lógica me aferré tras descartar las demás por descabelladas. Va a ser una semana larga, lo sé, pero el esfuerzo habrá merecido la pena si cuando termine resulta que es verdad, que mi «contratiempo» se resuelve tal y como prometían.
¿Que si tengo fe en que funcione…?, no sabría qué responder; al menos, de momento, parece que el asunto no va a más, y ello me procura un atisbo de optimismo.
Pero contaba con que las horas no transcurrirían a la misma velocidad con que se agotan las provisiones, unas provisiones que traje por partida doble, y por desgracia no me equivoqué. Deberé tener cuidado si no quiero desfallecer antes de que pase lo que sea que tenga que pasar.

*****

He rebasado el ecuador de mi tiempo de aislamiento y algunas cosas han cambiado. Las aguas han olvidado su quietud y amenazan con no respetar a nada ni a nadie. Se avecina tormenta ―pienso en voz tan alta que incluso creo percibir asentimiento en el graznido del albatros que nos sobrevuela huyendo hacia el sur―; y llega.
En su tiranía, las aguas obligan a su convidado a una danza violenta que provoca que emerjan desde la bodega crujidos de madera junto con otros lamentos sordos. Aunque no me transmite menos intranquilidad sentir cómo aumenta por momentos esa presión en mis encías que creía dormida. El escaso optimismo que mantenía se va desmadejando poco a poco sin remedio y la fisura que amenazaba con rasgar el casco cambia de objetivo y acaba haciéndolo en mi esperanza; intuyo con terror que he dejado atrás mi particular «punto de no retorno».
***
En este trance todos mis pensamientos giran alrededor de aquel maldito suceso, también esta obsesión por vestir con cuello alto que comenzó al poco de mi primera visita al castillo, cuando fui incapaz de recuperar los recuerdos de una buena parte de la misma y me descubrí los… Dos puntos. También esta dichosa tensión en los cuatro caninos.
Espero que la sangre no llegue al río, pienso, y rompo en carcajadas nerviosas al percatarme de la magnitud de mi pensamiento, con su doble sentido, con su sinsentido...

*****

Ahora que el escenario es inexorable, asumo que, al igual que en los que traje conmigo, pronto tampoco contemplaré mi reflejo en el espejo gigante que ha vuelto a aparecer debajo del casco. Ha amainado el temporal. A pesar de ello, sigo oyendo ruidos provenientes de la bodega, y a cada instante que pasa su frecuencia e intensidad aumentan. No son sino la confirmación de que se habrá pasado, antes del tiempo que preví, el efecto de la droga que le suministré a mi «plan B», al desdichado que ya estará digiriendo, supongo, el destino que le espera, el de los... Dos puntos. Escapa a la razón, lo sé, pero alguien tiró una moneda al aire y salió cruz, cruz para los dos…
La Luna Llena luce magnífica esta noche; es parte del encanto de este entorno, y lo disfruto a sabiendas de cuál es mi destino; a pesar de saber lo cruel que llegará a ser.
Sí, mi destino dictó su sentencia coincidiendo con mi segunda e indagadora visita: es ya muy tarde para él, nunca debió merodear solo por los alrededores del Castillo de Bran, una fortaleza que por requerimiento del dichoso consejo ―para contrarrestar el mal, y anularlo, huir de inmediato lo más lejos posible, acuciaba mi «plan A»―, se encuentra justo en las antípodas de este lugar donde en breve, tan excitado como cualquier principiante, tatuaré con su sangre mis primeros… dos puntos.

© Patxi Hinojosa Luján
(28/06/2019)

jueves, 13 de junio de 2019

La mejor


En "Esta Noche Te Cuento" (ENTC) buscaban relatos con menos de 200 palabras inspirados en esta magnífica foto de Annie Leibovitz, que capta una mueca exagerada de Cate Blanchett. Un servidor colaboró con el siguiente texto:

La mejor

Siempre fuiste como una madre para mí, lo sabes bien. Me protegiste, me cuidaste, me guiaste, me allanaste el camino. Tú, siempre tan recta, tan formal, tan perfecta… Mas he de confesarte que si por ello alguna vez pudiera haber tenido la tentación de querer parecerme a ti, ese deseo hubiera desaparecido hoy de un plumazo.
Verás, podía pasarte que fueras tan maravillosa porque lo eras sin intentar sustituir a mamá en mi corazón, y eso me mantenía serena; pero lo de esta tarde…
No contabas con que estuviera en casa, claro; aceptarás que la profesora del taller de teatro tenga derecho a enfermar... Te decía que he vuelto a casa antes de que tú llegaras del trabajo. Me ha extrañado que no hicieras ruido alguno y he salido de mi habitación a ver: ensayabas frente al espejo y he comprobado con horror que lo has conseguido, que has superado a nuestra madre en esa mueca de burla que sacaba a pasear frente a mis debilidades; sí, esa que tanto me enfadaba y que yo nunca fui capaz ni de garabatear. A ti, hermanita, hoy te ha salido perfecta.
También en esto tenías que ser la mejor, ¿verdad?

© Patxi Hinojosa Luján
(22/04/2018)

El cofre del tesoro


En "Esta Noche Te Cuento" (ENTC) buscaban relatos con menos de 200 palabras inspirados en esta foto de René Maltête. Un servidor colaboró con el siguiente texto:

El cofre del tesoro

Te preguntarás qué aire me ha dado para garabatearte estas líneas con mis torpes manos. El suyo no es sino el segundo tipo de torpeza que las ha propiciado, porque te confesaré que ayer me dio por husmear en la cajita nacarada que te regalé en nuestro séptimo aniversario, donde ocultas tus secretos, después de que una vocecita me provocara desde su interior…
Cuando intenté ver lo que contenía, me temblaron las manos más de lo habitual y se me cayeron al suelo varias fotografías. Al recogerlas, me llamó la atención una que no había visto en mi vida, donde sin embargo estaba yo con cuarenta años menos; calculo que sería más o menos de la época en que nos conocimos. En ella destacaba un tapiz, que estaba aireándose en mi balcón, con una imagen incompleta enlazando su contorno con mi perfil al sobresalir yo por encima de él.
Ahora entiendo, por fin, lo de los inusuales nombres que propusiste para que nos identificáramos con ellos desde el principio. Por eso, pirata Jack, cierra ya tu cofre del tesoro y escóndelo para que no vuelva a encontrarlo; después búscame en nuestro mirador, tu sirena estará esperándote de nuevo…

© Patxi Hinojosa Luján
(14/03/2018)

Imaginando


En "Esta Noche Te Cuento" (ENTC) buscaban relatos con menos de 200 palabras inspirados en esta foto de Tom Waterhouse. Un servidor colaboró con el siguiente texto:

Imaginando

Yo ya sé que a quién le debo todo. Esto es algo que tengo bien claro desde que aparezco en cuanto ellos me imaginan; por eso nunca pienso que me puedan abandonar dejándome así, como hoy, en tan incómoda posición.
La mía es una postura imposible que él, en una especie de burla perversa, intenta imitar mientras abandona la escena huyendo bajo un suave sirimiri que tiñe de húmeda tristeza el recuerdo de lo que ya nunca más será; desconoce que, un fotograma después, una pequeña balsa de agua va a hacer que resbale yendo a perder algo más que su digna porte en ella. Pero eso no pertenece a este relato y yo me quedo inmóvil, oscura, sabedora de que ya di mi último paso, a la espera de que el tiempo en su transcurrir se alíe con vientos y desidias, y llegue el día en que ya no quede rastro de mí en la pared y pueda, al fin, olvidarme de esta molesta tortícolis imaginando que algún otro artista me imagine, quién sabe si esta vez en colores, para variar, y que yo no necesite imaginar pedruscos que bien podrían desnucar a alguien tras un resbalón inoportuno...

© Patxi Hinojosa Luján
(23/01/2018)

Alivio


En "Esta Noche Te Cuento" (ENTC) buscaban 100 relatos de 200 palabras inspirados en esta fotografía de Thomas Hoepker. Un servidor colaboró con el siguiente texto:

Alivio

Hoy he vuelto a fracasar, me doy por vencido. Dicen que no se puede ganar siempre; matizaría que hacerlo, aunque fuera una sola vez, no estaría de más.
Estoy cansado, necesito un café cargado antes de regresar a casa solo. La cafetería tiene buena pinta. Entro. Me dirijo a una mesa libre que incluye prensa. Mientras espero al camarero, echo una ojeada al mostrador y en ese instante se me para el corazón. Consigo reiniciarlo tosiendo con violencia y me concentro en la escena. Estás ahí, en esa concurrida barra, con la mirada perdida de costado. Veo tu cara en blanco y negro en contraste con tu figura, enfundada en ese disfraz multicolor. Eres tú, un par de decepciones mayor, y unas lágrimas que creía extinguidas aparecen por mi rostro yendo a mojar el periódico. Lo cojo y me parapeto detrás de él esperanzado; al contemplarte me sumerjo en tu tristeza, que siempre será la mía, porque hacer reír nunca garantizó felicidad, ¿no es cierto?
Entonces suspiro hondo, aliviado al fin, pues tu mirada carece ahora de aquella carga de soberbia con que te dirigiste a nosotros cuando juraste desaparecer para siempre y no seguir jamás mi vocación de payaso.

© Patxi Hinojosa Luján
(10/01/2018)

Gateando


(Imagen extraída de la red Internet)
Este texto supuso mi colaboración con ENTC («Esta noche te cuento») en enero de 2017.

Gateando  

Estos días son más cortos, grises, fríos, húmedos y tristes de lo que mi bienestar demanda. No lo recordaba de otros años, pero es cierto que la gente está más ruidosa que de costumbre. Aunque lo que en verdad me preocupa es que mi inquilino dedica menos tiempo del habitual a prestarme atención; en todo caso, creo que lo mantendré de momento en la nómina de mi universo, supongo que en breve todo volverá a la normalidad y que recuperará el comportamiento que espero de él.
Es ya muy tarde. Hoy volverá, si vuelve, bien entrada la madrugada; menos mal para él que me dejó preparada comida y bebida y mi espacio privado recogido y limpio.
Oigo ruidos en la escalera que me han despertado, se aproximan a la puerta; noto cómo intentan abrirla: es él, seguro.
En efecto, lo es. A la par que la puerta se abre después de varios intentos, su cuerpo se deja caer al suelo, en un intento de amortiguar y minimizar el inevitable golpe. Me ve y pronuncia algo ininteligible para cualquier ser vivo mientras pretende acercárseme.
Es extraño, yo soy el gato pero es él, mi humano, el que está, con torpeza, gateando.

© Patxi Hinojosa Luján
(04/01/2017)