© Patxi
Hinojosa Luján
Los textos que puedes leer aquí, expresan mis inquietudes, sentimientos y emociones, así de simple.
lunes, 13 de noviembre de 2023
Brillando aún a tus sesenta y cuatro…
domingo, 14 de mayo de 2023
Antonio
(Esta magnífica imagen, que ha servido de inspiración para el relato, es propiedad de Marcos Gestal @mgestal, y se reproduce con su permiso)
El destrozo era bastante mayor del que se adivinaba cuando acabaron de atravesar las capas más altas de la atmósfera terrestre y sobrevolaron diferentes áreas del planeta; y, sin duda, mucho más importante de lo que predijeron al programar la misión. Después de seleccionar una zona en concreto y de unos minutos de búsqueda en ella, la nave aterrizó en el único lugar más o menos despejado y liso que encontraron en varios kilómetros a la redonda trazando una trayectoria perpendicular a un suelo que les esperaba indiferente. Los tres ocupantes cruzaron unas miradas tristes cargadas de resignación y un suspiro triple resonó en cada pieza metálica del reducido habitáculo. Se dieron un tiempo para hacerse a la idea; el informe que deberían entregar a la vuelta al que era su nuevo hogar desde hacía unas pocas décadas iba a ser desalentador: la raza humana no había cambiado en nada, no era sólo que no se habían desecho de aquel espíritu autodestructivo que provocaron las inevitables misiones de exilio, sino que lo habían aumentado a la vista de los primeros destrozos que observaron. El final se intuía cercano, si es que no se había producido ya. Allí donde habrían resonado infinidad de explosiones y disparos, ahora reinaba un silencio ensordecedor. Esperaron a que la densa nube de polvo y cenizas provocada por el aterrizaje hubiera acabado de depositarse en la superficie de nuevo y abrieron la puerta decididos a salir.Podían hacerlo vestidos con la indumentaria de «paseo», tan diferente de su traje de viajeros espaciales y sin el molesto casco, pues al fin y al cabo estaban en «su» Tierra respirando «su» aire, aunque en esta ocasión aún más contaminado que la última vez que lo inhalaron, unos veinte años atrás; y así lo hicieron. Ya fuera, sellaron la nave y se apartaron de ella hasta llegar a un punto que les pareció adecuado. Entonces, formaron con sus espaldas algo parecido a un triángulo equilátero y empezaron a girar en el sentido de las agujas de un reloj analógico que al mayor del grupo, al Mando, le recordaba al que consultaba, sacándolo de su bolsillo, una persona muy querida para él en un tiempo que le pareció de otra era. En un determinado momento, éste dio la orden de parar, algo le había llamado la atención. Les indicó el lugar a sus compañeros y empezaron una perezosa marcha hacia aquel lugar. Mientras lo hacían, su pensamiento se permitió ir por libre y acercar recuerdos que habían marcado, o no, su estancia allí años atrás, pero que, en todo caso, tenían un significado especial.
El muchacho empezó a correr en cuanto percibió que tres desconocidos uniformados con la misma vestimenta, a la manera militar según interpretó, se dirigían a su encuentro. Ya había tenido bastantes encuentros con gente así y no deseaba ninguno más. Ellos le imitaron y, desde una prudencial distancia, le indicaron que parara, que no iban a hacerle ningún daño, más bien al contrario, que le ayudarían en lo que fuera que estuviera en sus manos. El chico frenó en seco al reconocer su idioma, lo que le serenó hasta el punto de girarse y ofrecer una mirada asustada, pero orgullosa. No era tan joven como supusieron, rondaría los cuarenta años; bien llevados a pesar de la evidente malnutrición, paradoja que sólo podría darse en un superviviente. Se dirigieron hacia él con sus manos bien visibles y vacías para generarle confianza; mientras, él parecía ocultar algo en las suyas, lo que les mantuvo en alerta hasta que al llegar cerca de su posición comprobaron que no era nada que pudiera producirles temor o alarma, era un simple papel impreso enrollado.
El Mando se adelantó a sus compañeros y le repitió al lugareño, esta vez gesticulando también, que venían en son de paz, que querían ayudar, ayudarle; el efecto fue inmediato: la serenidad se añadió al ambiente palpándose como un elemento más de aquel cuadro hiperrealista y duro; unos momentos después, la curiosidad le obligó a pedirle que le enseñara aquello que con tanto cuidado sostenía entre sus manos. Éste accedió y desenrolló con parsimonia y delicadeza el pliego hasta mostrarle lo que en realidad era: el póster de una fotografía, maltratado por el tiempo, pero con una magnífica fotografía, en blanco y negro. A aquél le dio un vuelco el corazón y palideció de repente…
Sus dos compañeros, que permanecían con discreción un par de metros por detrás, tuvieron el tiempo justo de adelantarse y lograr que éste pudiera apoyarse en ellos antes de dejarse caer al suelo debido a lo que supusieron una repentina bajada de tensión arterial. Pasados unos instantes, el Mando recuperó el color, las fuerzas y la vertical, y se pasó la bocamanga por la frente para hacer desaparecer las gruesas gotas de sudor frío que habían aparecido de golpe. Tartamudeó unas palabras inconclusas, carraspeó y, ahora sí, pudo formular la pregunta que le golpeaba la cabeza por dentro pugnando por salir. Se dirigió al portador de la fotografía y le preguntó:
—¿De dónde has sacado esto…? —interrogó señalando el póster ante la extrañeza de sus compañeros, que se miraron incrédulos opinando, sin abrir la boca, que se podrían encontrar mil y una preguntas para hacerle a aquella persona antes que aquélla.
—Yo… yo no la he robado. Ya no queda nada en pie. Todos están muertos, que yo sepa. Ya no queda nada —repitió matizando de manera inequívoca su respuesta anterior—. Era la única que quedaba en la pared y me pareció que iba a desprenderse en cualquier momento. Me gustó mucho en cuanto la vi y, bueno, nadie me la reclamaría, o eso pensé yo…
El Mando meneó la cabeza y, mientras un par de lágrimas correteaban por sus mejillas, murmuró:
«¡Acabaron presentándola al concurso a mis espaldas y, por lo visto, fue seleccionada para que fuera expuesta…!».
—¿Qué dice, jefe?, no se le ha entendido. —gritó el más joven de los recién llegados, que al momento se arrepintió.
—¡No me diga, jefe, que usted ya ha estado aquí! —agregó su compañero frotándose las sienes en espiral unos segundos mientras elucubraba...—A usted, como a nosotros, nos tocó hacer el traslado a la Colonia desde la Tierra; pero así como nosotros lo hicimos de bebés, usted lo hizo de adulto; apostaría a que no obedeció la orden de borrar sus recuerdos, y estos provienen de aquí en concreto, ¿me equivoco?
El Mando parecía ausente pero, aunque no lo pareció en aquellos momentos, había estado atento a las palabras de los dos. En cuanto acabaron de hablar, intuyendo la escasez de alimentos que sin duda reinaría por allí, les ordenó que entregaran al lugareño una caja de píldoras de supervivencia y a continuación se dirigió a éste indicándole que se tomara una, sería suficiente para cubrir los requerimientos mínimos diarios; en un par de días se sentiría más fuerte. Así lo hicieron, y la primera cápsula no tardó en ser ingerida evidenciando confianza, desesperación, o ambas cosas.
En esta situación, el Mando aprovechó para solicitarle que le cediera el póster, asegurándole que se lo devolvería sin causarle más deterioro del que ya de por sí tenía. Lo desplegó sobre el capó de un coche en ruinas, después de quitar todos los cascotes que le molestaban, y lo observó con una expresión de cariño reflejada en su mirada. Estuvo contemplando la imagen mientras los otros tres guardaban un respetuoso silencio. Al rato, los buscó con la mirada y volvió a hablar:
—Es Antonio. Mejor dicho, sus manos apoyadas en un bastón que ellas mismas tallaron. —No pudo evitar suspirar como si le fuera la vida en ello, antes de añadir…— ¿sabéis?, cuando se hizo esta fotografía contaba con 96 años de edad y estaba hecho un chaval, fresco como una lechuga, como decíamos por aquí; aún vivió diez años más con la misma dignidad que todos los anteriores, porque os diré que su vida no fue fácil, tuvo que ganarse el pan de mil maneras, trabajando de peluquero, conserje y varios oficios más hasta que le tocó ser albañil, empleo al que dedicó la mayor parte de su vida laboral. Es curioso cómo todo eso lo veo reflejado en la textura, pliegues y arrugas de la piel de sus dedos, de sus manos; para mí son como una enciclopedia abierta, un tesoro difícil de igualar, si no imposible. Nunca lo olvidé en el exilio a la Colonia y nunca lo olvidaré pues, como estáis confirmando vosotros ahora mismo, conseguí esquivar la orden y el programa de borrado de recuerdos.
Su mente se perdió enumerando todo lo que esa imagen le había hecho rememorar y, por un instante, el tiempo y el espacio dejaron de tener significado y valor.
Al lugareño la escena anterior le acabó emocionando, y se animó a sí mismo y a los otros dos a acercarse al coche para ver mejor los detalles mencionados por el Mando. Éste lo entendió al instante y se retiró hacia un lado dejándoles vía libre. A aquél le bastó con intentar apreciar esos detalles, ahora con otra mirada, y se retiró también. Los otros dos se fijaron en algo distinto, y se giraron para preguntar al unísono:
—Jefe, ¿ha visto la firma…?
—Sí, claro —contestó el Mando que, de repente, recordó algo y buscó con un impulso frenético entre sus pertenencias; algo que al final encontró.
Sacó una fotografía que llevaba a modo de amuleto, y cuya visión en contadas ocasiones se permitía contemplar, y la colocó al lado. No cabía la menor duda, era una copia idéntica a la del póster, aunque ésta fuera una ampliación.
En ambas la firma era nítida y legible: podía leerse «Marcos Gestal», y era la misma que a día de hoy seguía usando el Mando Marcos Gestal, el orgulloso nieto de Antonio.
lunes, 3 de abril de 2023
Soneto a la reconciliación (dedicado a Panchito Varona)
© Patxi Hinojosa Luján
(24/03/2023)
domingo, 22 de enero de 2023
Anomalía
En estos tiempos de zozobra mis despertares suelen encontrarme inmerso en un ajetreo mental perturbador. Son momentos de confusión en los que los resquicios del ventanuco de mi reducido habitáculo no filtran sino la negrura más absoluta; siempre, haya amanecido o no, circunstancia que ya no tengo clara pues la información que me aportan mis ciclos vitales empiezan a ser confusos.
Cuando se produce el súbito traspaso del umbral entre el sueño y la vigilia, en lo que dura un bostezo y con mi cuerpo perlado de gélido sudor, alargo una mano hasta el interruptor, enciendo la lámpara de la mesita de noche y recupero mis gafas para comprobar si lápiz y libreta, que son las únicas pertenencias que conservo aquí, siguen donde los dejé al acostarme; alimento la esperanza de poder plasmar cada detalle que consiga recordar del interrumpido sueño. Todo ello a pesar de que sé con seguridad que me leen cuando duermo; intuyo que se sirven de algún potente sedante que me deben suministrar con las comidas, pues yo nunca he dormido tan profundo y de un tirón. ¿Que cómo sé que revisan mis anotaciones?: soy minucioso al máximo y detecto cualquier mínima variación en la alineación del lapicero con el cable de la lampara, y en el ángulo que forman estos con la libreta; hasta ahora no han sabido recolocarlo todo con precisión ni una sola vez, lo que me instala en la certeza de que si me tienen así es porque necesitan saber cuánto recuerdo, hasta dónde recuerdo...
Mas aún no he sido capaz de resolver el puzle de mis dudas: ¿qué pasó para que me mantengan encerrado así, en mi particular Día de la marmota? Admito que estoy empezando a rendirme. Aquí pasan las horas, los días y las semanas en la más cruel monotonía y sin más presencia humana que las escasas visitas de los «gorilas» que me vigilan.
Cada vez tengo más claro que mis pesadillas son recurrentes, pues al comparar las frases esbozadas día a día por mi yo aún amodorrado me pregunto, intrigado, qué pasará con ese puente que empieza a adquirir protagonismo; y después de semanas de lo que parecía que terminaría siendo una tarea infructuosa, al solapar las anotaciones pude extraer de ellas por primera vez algo con un cierto sentido:
Siempre está esa luz. Es una luz tenue, como filtrada, que me saluda y acaricia por estribor del boscoso camino; pero por más noches que pasan nunca intento acercarme a ella, sino que continúo por aquél centrándome en el pequeño puente que lo segmenta sin conseguir sobrepasarlo nunca. De repente veo una marca en el suelo, hacia su mitad..., y el relato choca aquí con la imposibilidad de recordar más detalles.
―¡Tanto tiempo para esto! ―me digo maldiciendo, y mi esperanza se trastabilla cayendo un par de peldaños más…
A estas alturas del relato ellos entran en alerta: «¡Precaución!, el cuadro que empieza a esbozar el detenido se asemeja demasiado a la realidad»; y un día, de repente, sin previo aviso, aparece alguien enfundado en un uniforme familiar, aunque el mío carezca de alardes de mando.
―Llegaste hasta la mitad del puente, junto a tus compañeros, ¡grave error...!, ¿aún no lo has conseguido recordar? ―suelta sin mediar saludo.
»Como ves, estás en una especie de celda-hospital hasta que decidamos qué hacer contigo cuando te repongas de todas tus lesiones, aunque me temo que seguirás a la sombra algún tiempo. Tus compañeros no opusieron resistencia durante el arresto y están en otras celdas, aislados. ―Después, se acerca un poco más a mi oído y me susurra.
»En cierta medida, la culpa fue mía; porque siendo justos, lo tuyo es más una obsesión que una insubordinación. De todas las fotos que me ordenaron hacer de la zona que iba a ser pasto de las llamas para su explotación posterior por la constructora, no entiendo cómo llegó a tus manos la del famoso puente y su ubicación exacta, y menos aún cómo llegaste a poner en riesgo tu futuro laboral.
Entonces, me da un medio abrazo de cortesía y arroja una carpeta a mi cama antes de despedirse sin apenas mirarme.
Enseguida abro la carpeta y veo que contiene una lámina tamaño A4 que me da una bofetada emocional al contemplarla: ahí está el bosque con mi puente de madera donde, al acudir a hacer nuestro trabajo, vimos la marca que indicaba el punto para la colocación del material que provocaría el devastador incendio definitivo instantes después de que me detuvieran junto con mi equipo. Y en ese preciso instante la recuerdo, recuerdo la orden que nos prohibía volver a ejercer nuestros servicios como bomberos hasta nuevo aviso, la que intenté desobedecer sin asumir sus consecuencias.
Pasan unas horas que no consigo cuantificar. Entra un vigilante y con una excusa médica me inyecta algo en el brazo. Empiezo a perder la visión justo en el momento en que otro coge la carpeta y le prende fuego en la papelera metálica. Tengo el tiempo justo de esgrimir un esbozo de sonrisa antes del final. Una sonrisa similar a la que dejé formada instantes antes en la mesita con el cable de la lampara y pedazos del lápiz que troceé asumiendo que ya no necesitaría utilizarlo más.
Oscuridad. Fuego y oscuridad.
«La circular interna era clara: hay que acabar con cualquiera que obstruya el macro proyecto urbanístico.»
domingo, 15 de enero de 2023
A Manolo
lunes, 14 de noviembre de 2022
Recuerdos inconexos
lunes, 18 de julio de 2022
La pasajera 37
sábado, 16 de julio de 2022
Los presentes del ayer
sábado, 16 de abril de 2022
Por amor
Ellos están aquí, en mi cabeza; los recuerdo con una nitidez que me perturba,
y por momentos me entra ese temblequeo que los loqueros se empeñan en decir que
es debido al «noséquéson», aunque yo sé que es otra cosa, algo cercano o
muy parecido al pánico que surge de esta soledad encubierta que nos devora. Está
aquel policía bonachón del que nadie diría que lo es, y al que llamaré «P». También
el alpinista al que si le das la cuerda adecuada te sube a la cima más alta que
encuentre; él será «A». Y un juez de la nueva escuela, sin herencias condicionantes
y con sentido de la Justicia con mayúsculas; nuestro «J». Ellos, y algún otro
que sería irrelevante mencionar aquí, tienen en común que frecuentaban el garito
en el que yo servía copas cada noche. Si se conocen entre sí, no tiene
importancia para el asunto que estoy relatando. Lo que siempre supe es que comparten
la misma inclinación, algo que la sociedad se empeña en llamar debilidad. Una
debilidad que debe quedar en secreto, a riesgo de dar con los huesos encerrados
en una celda de lo más lúgubre. Después del trato que mantuvimos durante el
tiempo que conservé mi trabajo, los tres intuían, y ahora saben a ciencia
cierta, que yo nunca los delataré, ni aun después de que alguien ajeno a mi
entorno sí lo hiciera conmigo.
***
Vivimos tiempos de zozobra, convulsos; malos tiempos
en definitiva. La inestabilidad reinante en cada aspecto de la vida social
genera unas turbulencias con las que resulta difícil convivir. Al margen del
anterior, el ejemplo más patente de todo esto son las guerras; éstas son legales
a poco que cumplan unos requisitos que, de tan mínimos, no son sino la perversión
hecha realidad, máxime cuando son cumplidos en la mayoría de las ocasiones sin
necesidad de teatralizar excusas que, en todo caso, siempre serían tan falsas
como el Judas aquel.
Por el contrario, las emociones están mal vistas,
y el amor prohibido en todas y cada una de sus manifestaciones. Si cualquier muestra
de cariño conlleva cuantiosas multas, ya la primera reincidencia te lleva
directo a la cárcel o a un Centro Mental, según caiga la moneda. Eso sí, sin juicio
previo, tal es el dictatorial poder de los dueños del mundo. Y en esas, aquí
estamos unos cuantos, encerrados.
***
Nikita era un caso especial. Cuentan por los
pasillos que en su sentencia no hubo moneda y que su ingreso aquí fue decidido a
dedo, pues «hay que tener una severa enfermedad mental para dejarse llevar por tentaciones
semejantes a las que frecuentaba», según vociferan los estridentes altavoces del
techo cada fin de semana, quizá con otras palabras, antes de obligarnos con
sutileza a padecer sus interminables celebraciones religiosas. No ir, no
aceptar, es peor, mucho peor, y yo no quiero tener que volver a enfrentarme a
la limpieza a fondo de nuestros apestosos baños comunes, por no utilizar otros
adjetivos más acordes; todo ello bajo la presión insoportable de sus amenazas. Sí,
lo reconozco, acepto el chantaje sin protestar.
Pero Nikita era un
alma libre, y almas como la suya son imposibles de encerrar por mucho tiempo. Me
viene ahora a la memoria aquella frase que tanto me ha llegado a emocionar cada
vez que me regalaba la película en mi anterior vida, en la real: "Algunos pájaros no pueden ser
enjaulados, sus plumas son demasiado hermosas. Y cuando se van volando, se
alegra esa parte de ti que siempre supo que era un pecado enjaularlos. Aun así,
el lugar donde tú sigues viviendo resulta más gris y vacío cuando ya no están". Por eso decidí ayudarle, a
pesar del amor no correspondido que le rendía; o quizá por ello mismo.
***
Un interno de los más veteranos, que como yo tuvo la «suerte» de que la moneda le encerrara en este psiquiátrico, insiste en declarar que Nikita huyó por el boquete que abrió una bomba enemiga en el techo de uno de los corredores. Añade nervioso y con risa floja que aprovechó un rayo de luz que la Luna llena, compasiva, llenó de estrías antes de enviárselo por aquél para que pudiera escalar por él. No seré yo quien lo niegue, me cae bien ese tipo. Pero siempre supe que si Nikita consiguió huir fue por amor y que nadie arriesgará su vida por mí como sí hizo aquel celador al que pronto también echarán en falta, si no lo han hecho ya. Sé que disfrutarán de su compañía mutua y de su amor hasta que el infortunio les delate y sean privados de libertad, en el caso de Nikita por segunda vez. Pero, ahora, después del éxito de la acción de «A», si «P» y «J» consiguen también hacer bien su trabajo, y estoy seguro de que por ellos así será, tienen un tiempo precioso para desaparecer, pues los expedientes de su huida estarán un buen tiempo siendo recolocados debajo del montón de asuntos pendientes a cada caso nuevo que entre en los respectivos despachos. Mientras tanto, este tiempo que considero ya como una suerte de redención para mí, hará más llevadera mi particular «Cadena Perpetua».
© Patxi Hinojosa Luján
sábado, 19 de marzo de 2022
Hoy, que es el Día del Padre…
© Patxi Hinojosa Luján
miércoles, 3 de marzo de 2021
Querido Josean:
© Patxi Hinojosa Luján