jueves, 27 de marzo de 2014

MAGIA BLANCA

       El niño salió al exterior, buscaba a su madre para compartir con ella un secreto. Cuando por fin la localizó, le soltó de repente:

       —Mamá, he visto magia.

       —Pero, ¿cómo es eso?

       —Sí mamá, he visto magia cuando estaba dormido.

       —Y, ¿te ha gustado? —dijo la madre con la mente puesta en otras prioridades.

       —Sí, mucho… ¿quieres que te lo cuente?

       —¿Qué? ¡Ah, sí, por supuesto cariño!

       El niño reflexionó un instante y comentó:

       —En realidad son dos las magias que he visto, mami…

       —¿Dos? —Apuntó su madre, ahora ya con más atención.

       —Sí dos. Las dos las hizo una misma persona, diferente a nosotros, en lo que puede que fuera su casa, no sé…

       —Continúa, hijo.

       —La primera era que podía convertir la noche en día y el día en noche con solo tocar la pared —la madre guardaba silencio…

       —Pero la segunda magia era mucho mejor, como un milagro: tocaba o movía algo que sobresalía de otra pared y por allí salía… ¡agua!, mucha agua, «toda» la que quisiera hasta que volvía a tocar o mover aquello y ya dejaba de salir. Esa agua estaba muy limpia, transparente del todo, y servía para beber, cocinar, lavarse, lavar las ropas y también limpiar cualquier otra cosa —dijo sin ocultar su gran entusiasmo.

       La madre miró con detenimiento a su hijo, para pasar después a echarse una ojeada a sí misma. Pensó que un poco de aquella agua, tan abundante y tan limpia en la visión de la que hablaba su hijo, no les vendría nada mal, no…

       Se agachó lo suficiente para poder besar a su hijo, primero en la frente y después en las mejillas; lo abrazó con ternura y cariño, pero también con toda la fuerza que pudo reunir desde todas las desnutridas células de su cuerpo hasta poder erguirse con él en sus brazos para, con un gesto de resignación, entrar en la modesta choza de paja y barro que compartían ellos dos solos desde que aquella bestia peluda se «llevó» al que compartía sus vidas como compañero y padre.

       Una semana después, más o menos, y sin previo aviso, un convoy de la Cruz Roja Internacional pasó casualmente por su poblado, lo que permitió al niño comprobar y confirmar, perplejo, que esa magia sí existía y que además con ella sería más fácil esquivar su «negro porvenir».

       A partir de esa experiencia, y a pesar de su corta edad, el chico se planteó un único objetivo en la vida: hacerle un regalo a su queridísima mamá. Lo que ignoraba en aquel momento era cuándo, cómo y a qué precio lo conseguiría.

       No cejó en su empeño y cuando por fin logró su objetivo, el otrora cabello negro azabache de su madre ya se había cubierto de nieve coronando un rostro con algunas arrugas pero henchido de satisfacción y orgullo.

       Mientras se aproximaba el reencuentro empezó a pensar en cuál sería el «envoltorio» adecuado para esa «Magia Blanca».

Patxi Hinojosa Luján

(27/03/2014)