sábado, 10 de octubre de 2015

40 años atrás


Me parece oír una llamada y ejecuto un gesto convulsivo, un movimiento casi involuntario por el que —valga la paradoja— me quedo quieto durante un instante, inmóvil cual estatua humana en Las Ramblas; de un tiempo a esta parte pareciera una maniobra necesaria para así escuchar mejor, para entender lo que se dice a mi alrededor o lo que se me dice a mí en concreto. Aunque sé con certeza que si esto ocurre, que si así capto mejor todo lo que resuena en mi proximidad, es sobre todo por ese plus de concentración que sucede a la operación anterior. También sé que todo esto no es más que una factura a pagar por el uso —no sabría si añadir «y abuso»— de auriculares durante todos estos años, a los que desde aquí no solo perdono sino que agradezco todos los momentos de felicidad, sumergido en la clausura de mi mundo exclusivo, que me han brindado desde esos tiempos casi inmemoriales, y aquí me refiero tanto a los auriculares como a los años; además, tranquiliza comprobar que la ligera pérdida de esos sonidos agudos a que aludía la doctora en aquella revisión rutinaria no añade dificultad alguna en mi vida cotidiana.
Estoy oyendo una llamada, pertinaz, que proviene del pasado, más en concreto del año 1975, y no me sorprendo al constatar que soy yo mismo el que la realiza, un «yo» con cuarenta años menos. Ese mágico año, tengo que reconocerlo, me acabé de enamorar de manera definitiva de la Música; es más, hasta me enamoré del amor a la Música. Me permitiréis la licencia de escribirla con mayúsculas por lo menos en este relato, al fin y al cabo lo estoy haciendo a través de mis sentimientos, y así lo siento. Ese año un servidor tenía la sensibilidad a flor de piel y los acontecimientos musicales no dieron ninguna tregua para una posible desconexión emocional.
Pues bien, parece que, desde ese año, aquel muchacho casi imberbe estuviera interpelando a mi «yo» actual al grito de «ojalá estuvieras aquí», parafraseando a nuestros amigos del fluido rosa; y la verdad es que en cierta manera todavía lo estoy, nunca he dejado de estarlo… a través de la Música. El mencionado año 1975 fue muy productivo en cuanto a cantidad de lanzamientos de nuevos álbumes, pero es que además nos dejó tesoros —esperad, voy a echar un rápido vistazo a mi discoteca— como:

«Blood On The tracks» de Bob Dylan
«Zuma» de Neil Young
«Minstrel In The Gallery» de Jethro Tull
«Born To Run» de Bruce Springsteen
«Ommadawn» de Mike Oldfield
«The Who By Numbers» de The Who
«Physical Graffiti» de Led Zeppelin
«Voyage Of The Acolyte» de Steve Hackett
«Crisis? What Crisis?» de Supertramp
«Venus And Mars» de Wings
«A Night At The Opera» de Queen
«Wish You Were Here» de Pink Floyd…

… y, ¡cómo no!, el «Captain Fantastic And The Brown Dirt Cowboy» de mi gran amigo y compañero en mis aislamientos voluntarios: mi primo Elton John. En este punto tengo que agradecer a mi querido hermano de sangre ajena que frecuentara Andorra para, saltándonos el despótico retraso cultural, intentar ser un poco europeos en aquellos tiempos de incertidumbre, y empezar a sentir, no ya aires pero sí tenues brisas de libertad.
Está claro que en esta modesta lista faltan muchísimos álbumes que asimismo podrían catalogarse como joyas y que también se publicaron en ese año tan fantástico como prolífico. Hasta tal punto productivo que nuestros amigos de Genesis, que habían grabado su excepcional «A Trick Of The Tail» a finales de ese mismo año, decidieron no quitar protagonismo a Hackett, uno de sus miembros, y optaron por publicarlo el año siguiente. Año en el que también Eagles compartieron con nosotros su mítico y magnífico «Hotel California». Pienso, y que conste en acta que esto es cosecha propia, que esta maravilla debió editarse un año antes, para pertenecer asimismo al selecto grupo de nuestro mágico año pero, ante la avalancha de obras maestras, nuestro grupo, haciendo gala de la prodigiosa vista que le otorga su nombre, decidieron posponerlo para que pudiera apreciarse y valorarse en su justa medida ese trabajo del que se sentían tan orgullosos y al que tanto aportó el hoy denostado y apartado —para nuestra desgracia— Don Felder.
***
Hoy y ahora estoy escuchando unas preciosas canciones de este mismo año en el que, no nos engañemos, también las hay y en cantidad, y en mi inocencia quisiera «rizar el rizo» y compartirlas contigo, joven muchacho imberbe, porque intuyo que rondarás por aquí; intento avisarte con todas mis artes pero no lo consigo… no me oyes, debes tener, como casi siempre, puestos tus auriculares. Tendré que intentarlo más tarde, sí, lo intentaré de cara en la próxima canción, esperando recompensa, al fin y al cabo todo es cuestión de intensidad, casi siempre, ¿verdad Txetxu?…

© Patxi Hinojosa Luján
(10/10/2015)