martes, 6 de octubre de 2015

40 años después


Me parece estar viéndote con gran nitidez, como si la escena fuera de hoy y, sin embargo, han pasado cuarenta años… ¡Cuarenta años, y qué cortos se han hecho!; cierto, pero no menos cierto es que estamos hablando de cerca de media vida. Te recuerdo con nostalgia, pero lo hago mientras me sacudo la capa de añoranza que bien pudiera amenazar con falsear esa evocación. La verdad es que no has cambiado tanto. Bueno, sí en el aspecto físico, ¡cómo no!, pero tu esencia, tu personalidad con tus valores, pero también con tus defectos, permanecen apenas inalterables contra pronóstico de toda lógica temporal.
Sí, lo recuerdo bien: tú acababas de cumplir diecisiete universitarios años en esos días y los tiempos empezarían en breve a cambiar su piel por otra que pugnaba para ser más moderna y ecuánime. Por desgracia, hoy observamos con tristeza que aún tendrán que venir muchas mudas más para que nos acerquemos siquiera a una verdadera justicia social. No nos confundamos, nos han proporcionado multitud de fabulosos avances tecnológicos sin los cuales ya no podemos vivir, porque no sabemos… Y es que tras esa futurista imagen de modernidad actual se esconde la misma perversa miseria de siempre: se sigue muriendo de hambre, se sigue muriendo de sed, porque se permite, ¿por qué se permite?; el poder establecido sigue mirando hacia otro lado ante tal aseveración, y da la callada por respuesta ante la incómoda pregunta. Y nos seguimos matando unos a otros, sí, con mil y una justificaciones que solo le sirven a aquellos que incluso tienen la desfachatez de esgrimirlas como un arma más.
Pero volvamos a ti. A veces, confundido, he llegado a pensar que has tardado mucho en volver, cuando lo cierto es que durante todo este tiempo él sí ha sentido —así me lo ha confesado— que siempre has estado ahí, acompañándole en su peregrinar por vuestra vida mientras iba improvisando cambios a cada nuevo tiempo al objeto de mantenerse igual y poder así seguir asemejándose a ti.
El tiempo, al fin y al cabo esa es su misión, se ha deslizado inexorable por nuestras vidas y no se ha permitido ningún desliz ni momento de relax, lo que ha provocado que nos hayamos situado en la tesitura actual sin apenas darnos cuenta, en un par de «cerrar y abrir de ojos». Me reconforta comprobar que vosotros dos os llevéis tan bien, que os identificáis al máximo el uno con el otro. No os voy a engañar, no esperaba menos y, mientras os dedico estas sinceras palabras, pugno por evitar que un par de lagrimillas se paseen por mis ya acostumbradas mejillas.
Intuyo que también podrían estar de acuerdo con mis expectativas todos los acompañantes en esta apasionante travesía vital. Esa familia, la de sangre y la otra; esos camaradas, amigos del alma, que, sin saberlo, han sido y son actores protagonistas en esta obra de la que todavía no se han escrito los capítulos finales, aunque sí el inevitable epílogo. Tengo la seguridad de que todos ellos seguirán siendo también coguionistas, como hasta ahora, de esta, esperemos que por mucho tiempo, inacabada obra, mientras se aplican con las suyas propias, en las que yo también tengo un pequeño pero agradecido papel.
¿Sabes?, más de una vez han comentado en mi entorno que, a pesar de todo el tiempo transcurrido, él se parece mucho a ti; y van más allá al asegurar incluso que los tres nos parecemos mucho, demasiado…

© Patxi Hinojosa Luján
(06/10/2015)