viernes, 2 de octubre de 2015

Oculta


—Ahora ya no podemos verla; ¿sabes por qué?, porque eligió ocultarse allí arriba, en la cara oculta, esa a la que todos denominamos, con poco acierto, «la cara oscura de la Luna», la que no vemos nunca. Es que —te cuento—, parece ser que un buen día Selene —que así se llama la Dama, la Luna— se enfadó con la Tierra por permitir tanto desmán en su seno, y desde entonces le ofrece una única pose en la que solo le enseña alguna de sus arrugas y su ombligo, claro, como muestra de altivez y…
—Pero… ¿de quién y de qué me hablas, abuelo?, no entiendo nada…
—Tienes razón, ¡perdona hijita! Ahora recuerdo que anoche te quedaste dormida antes que de costumbre y no llegarías a oír la parte final de la historia que te estaba contando:
»Te decía que nuestra amiga, tan aventurera ella, salió a pasear una noche antes que sus compañeros, sola, y desapareció para siempre. Después de una búsqueda a conciencia, como se haría con un hijo perdido, todos están convencidos de que, tal y como era su objetivo desde hacía ya tiempo, al final logró convencerla y ahora se hacen compañía eterna. Me refiero a la Luna y a ella. Y es por eso que, desde entonces, cada noche de luna llena todo el grupo le canta al unísono a la figura del pequeño satélite —grisáceo a veces, pero también naranja, rojizo e incluso azulado— en demanda de noticias de su compañera y no desisten en su lamento hasta que, para tranquilizarles, la Luna les guiña uno de sus cráteres con tal sutileza y disimulo que nadie más puede apreciarlo. Entretanto, un miembro de la comunidad que siempre antes de finalizar se aparta del grupo con discreción, ve cómo se va agrandando esa grieta que adorna su corazón, poco a poco pero sin pausa.
—Abuelo, ¿quieres decir que ella no sabe que dejó aquí un enamorado? ¡Qué triste!, ¿no?
—Al principio no, no lo sabía, pero con el tiempo lo fue intuyendo y a cada noche de luna llena esa certeza fue haciéndose más y más grande, hasta que creyó oírlo, sentirlo; y al final acabó oyéndolo y sintiéndolo.
»Cuenta la leyenda que, a partir de ese momento, desde que sintió esa pena ajena como suya también, cada noche se desprende unos instantes de la congoja que invade su estancia en soledad, suspira desde lo más profundo de sus entrañas y lanza un apasionado aullido que no es sino un deseo: ¡ojalá estuvieras aquí!
»Y a él se le va empequeñeciendo la herida por momentos, hasta que llegue un día en el que solo quede como un tatuaje, triste recuerdo de su largo penar.

© Patxi Hinojosa Luján
(02/10/2015)