lunes, 4 de enero de 2016

El momento


Este viaje sin billete ni retorno, que es en esencia la totalidad de nuestra experiencia vital, está formado por instantes, momentos que, enlazándose unos a otros, cada uno a su o sus anteriores, intentan ajustarse a esa embaucadora e imperfecta línea curva que vemos formarse (aunque ya perfilada de antemano según podría indicar alguien), por la que avanzamos, sin pausa ni tregua alguna, y que solemos intentar definir con ayudas ocasionales como la que nos ofrecen las metáforas.
A veces lo hacemos navegando. Qué más da si es en un modesto navío que con sus velas desplegadas nos engaña haciéndonos creer que dominamos al mar de turno, ya se presente manso o bravío; o si, por el contrario, lo es en un lujoso yate en cuya visita y disfrute casi siempre apareceremos como meros invitados. En otras ocasiones, sin abandonar el salitre del símil, puede que lo realicemos embutidos en un traje de neopreno (que, según avanzan los tiempos, van modelando contra todo deseo el avance de nuestra humanidad y aconsejan su pase en herencia anticipada a generaciones posteriores, para desagravio de la estética) surfeando algunas olas imposibles, lo que magnifica placeres y eleva los orgullos y egos de algún que otro escaparate.
Es justo aquí cuando deberíamos caer en la cuenta de algo que no es ninguna nimiedad: cuando el navegar se torna en un sueño imposible o si el mar está reñido ese día con los vientos necesarios para esos estéticos bailes, nunca debemos dejar pasar la oportunidad de aprovechar los regalos que siempre, aunque nos empeñemos en no verlos, estarán presentes, como la posibilidad de pasear descalzos por una orilla marina, aunque solo sean sesenta minutillos. Eso nunca.
Otras veces, las más, nos ajustamos al trazado como mejor podemos utilizando cualquier otro medio, el que tenemos más a mano o el que manejamos con más soltura. La lástima aquí es que en no pocos de esos momentos pecamos de conformistas y no somos capaces de asimilar enseñanza ni disfrute alguno. Es en reflexiones como la presente cuando recuerdo que siempre he pensado que en nuestra cultura, lo mismo que nadie nos ha enseñado a morir, tampoco nadie ha hecho lo propio con el arte de vivir.
Mirándolo con perspectiva, imagino que todo ese conjunto de seres que conformamos los humanos, improvisando cada momento y el mejor medio para sacarle partido, compone el elenco perfecto para la película de la que el que todo lo ve, o debería ver acomodado en su divinidad, contempla su ensayo, único, en riguroso directo. La duda que me invade y preocupa ahora es si, mientras, comerá o no palomitas, por aquello de la educación para con sus vecinos de butaca, que con seguridad tendrá. También me asalta la duda sobre la supuesta calidad del guion del mencionado filme, visto lo visto en nuestro planeta e incluso en su órbita. Bueno, que conste que queda dicho así para evitar groserías impropias del texto que nos ocupa.
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Ante todo lo expuesto con anterioridad, mi sombra, el reflejo de mi espejo y yo mismo decidimos reunirnos hace un tiempo en asamblea extraordinaria llegando a tomar la siguiente resolución: considerar como momento más importante a aprovechar este que, acabando de llegar, ya pugna por abandonarnos exhibiendo su mejor regate. Menos mal que llevo un tiempo estudiándolo y a veces ya, aunque solo a veces, consigo evitarlo.

© Patxi Hinojosa Luján
(04/01/2016)