viernes, 6 de mayo de 2016

Caída al vacío


¡¿Han apagado la luz?!
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Instalado en tu mundo de tinieblas, añorarás los momentos en los que la inmensidad del mar te obsequiaba ese sosiego tan necesario como esquivo en ocasiones y que sé que ahora te es imposible rememorar; o al menos eso creo.
Te imagino, no sin cierta nostalgia por tantos instantes compartidos, en un universo paralelo carente de todo lo que rebosa en éste y en el que sólo el silencio, la oscuridad, el vacío más absoluto, tienen cabida. Claro que tampoco puedes disfrutar de los restantes tres sentidos, ¿cómo podrías, ahora que ya eres un miembro más del «Reino de los muertos»?
Tu cuerpo está ahora preso, es prisionero de la inexorabilidad del paso mortal por la vida, con su insoportable certidumbre. Tu alma, ¡quién sabe!, imagino que vagando sin sentidos…, intuyo que esperando a la mía, aunque si alguna vez llegara a encontrarla, sentiría gran frustración al no poder ejecutar esa venganza que nunca pudiste llegar a planear.
Sé que no me ves, que no me oyes; y sé que no me estás tocando, ¡qué tontería tan sólo pensarlo!..., y aun así te percibo. Quiero pensar que es porque, de alguna manera, tu espíritu no encuentra el modo de olvidar este paraje, quizá porque ni siquiera intenta buscarlo, al menos no hasta que acabe de entender qué pasó, y por qué.
***
La erosión ha hecho retroceder al acantilado unos centímetros desde la última vez que estuve aquí, en este rocoso entorno, contigo, querido examigo. Han pasado, ¿cuántos, diez años ya?, y pareciera que fue anteayer. A pesar del tiempo transcurrido y de todo lo ocurrido, este recóndito lugar, de tan difícil acceso, conserva toda la magia con que nos cautivó en las numerosas ocasiones en que vinimos a impregnarnos de ella, a perdernos en ella.
Estaba en lo cierto al intuir que me propondrías venir hasta aquí para suavizar los efectos de la espantosa resaca con la refrescante brisa marina. Tú mismo te metiste en la boca del lobo, amigo, y con ello acabaste de escribir los últimos detalles de mi plan poniéndole el punto y final.
Aún hoy me pregunto cómo, teniendo ese vértigo desmesurado, osaste situarte tan al borde del precipicio que las punteras de tus pies retaban al vacío; y tú te preguntarías, antes del impacto mortal, qué había pasado, por qué yo te había «ayudado» a caer. Dudo de que en el corto espacio de tiempo que duró tu vuelo en caída libre tuvieras ocasión de entender…
… que el bebé lleva tus apellidos, pero mis genes
… que no tardarías en ver en sus facciones rasgos míos
… que organicé aquella cena con exceso de alcohol porque éste aligera, no sólo gatillos, sino también plumas con las que firmar seguros de vida, por poner un ejemplo que nos atañe.
Nunca pude evitarlo, y hoy es el día en que enfermo sólo de pensar en la escena de seducción que, papeles en mano, debió brindarte «nuestra» chica, y siento unos celos tan hirientes, tan absurdos…
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Pareciera que el Sol me hace un guiño justo cuando comienza a esconderse detrás de un monte familiar, pero enseguida bajo de ese pedestal a mi vanidad al recordar que el ligero parpadeo observado no está dedicado a mí sino que es producto del movimiento de las capas de aire a diferentes temperaturas que observo allí a lo lejos. Y empieza a refrescar. No hay nadie más aparte de mí, bueno, de nosotros, porque aún hoy tu recuerdo lo envuelve todo. Es la hora de la retirada. Mi chica y mis dos hijos me estarán esperando. Mis hijos, dos gotas de agua pese a llevarse algo más de dos años.
***
Antes de partir, algo me empuja a sentir la necesidad de echar un vistazo al precipicio desde el borde del acantilado; ya está, aunque no sé por qué me he adelantado tanto, tengo casi medio pie en el vacío, ¡qué vértigo, ahora te entiendo mejor!
Pero, ¿qué pasa?, estoy perdiendo el equilibrio, voy a caer…
Un segundo antes de que mi corazón deje de latir en plena caída y yo me sumerja de lleno en las tinieblas eternas que tú tan bien conoces, consigo mirar hacia arriba y te veo allí, en el mismo borde, sonriente. Solo acierto a gritar: ¡¡¡No, no puede ser!!!, pero mi grito se confunde con el silencio y lo engulle la indiferencia del Universo.

© Patxi Hinojosa Luján
(04/05/2016, Hendaye, de paseo por «Le Domaine d’Abbadia»)